2 de Agosto

Evangelio del Martes XVIII

Mt 15, 1-2.10-14
Mercabá, 2 agosto 2022

            Es pasaje evangélico de este día nos ofrece una muestra de la enconada controversia que Jesús mantuvo con los letrados y fariseos a propósito de la pureza ritual y del respeto a la tradición. Cada vez que alguno de estos se acerca a Jesús con una pregunta, no lo hace con la intención de hallar luz en una cuestión oscura o difícil, ni con el deseo de saber, sino más bien con una intención aviesa e innoble, con el oculto propósito de ponerle una trampa o simple y llanamente de lanzarle una acusación bajo el disfraz de un interrogante. ¿Por qué –le espetan a quemarropa- tus discípulos desprecian la tradición de nuestros mayores y no se lavan las manos antes de comer?

            De la observación de una conducta externa (no lavarse las manos), aquellos fariseos deducen que los discípulos de Jesús desprecian la tradición de sus mayores; y que Jesús, su guía y maestro, aprobaba ese desprecio. La pregunta era, en realidad, una acusación: “Tus discípulos no respetan la tradición de los mayores y tú lo consientes. Luego tú tampoco la respetas”. Jesús responde a su censura con otra censura: también ellos quebrantan el mandato de Dios amparados en una supuesta tradición, y les pone como ejemplo de semejante usurpación el mandato que dice: Honra al padre y a la madre, mandato divino que ellos invalidan con esa supuesta tradición que aconsejaba ofrecer los bienes con que se debía ayudar a los padres al templo. Con esto se desentendían del deber filial de auxiliar a los padres, lo cual no era sino un ejercicio de cinismo o hipocresía.

            Pero la argumentación de Jesús no se da por concluida con esta réplica. Jesús, llamando a la gente con ánimo de enseñar, les dice: Escuchad y entended: No mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre. Jesús introduce esta distinción porque es clave para entender bien lo que se propone. Lo que mancha –se entiende, moralmente- al hombre no es lo que entra por la boca, el presunto alimento impuro de la tradición judaica, sino lo que sale de la boca y procede del corazón (=interior, mente), pues la boca es sólo un lugar de tránsito; en realidad, de donde sale lo que mancha –como explicará a continuación a sus discípulos- es del corazón. Ahí es donde tienen su origen los pensamientos perversos, los propósitos homicidas, los deseos fornicarios o adulterinos, las blasfemias y difamaciones,  y hasta los robos. Todas esas maldades frotan del corazón y hacen impuro al hombre. Por tanto, si esto es lo que hace impuro, habrá que lavar el corazón –y no sólo las manos- si se quiere recuperar la pureza. No bastará con lavarse las manos, como manda la observancia tradicional; porque ¿de qué serviría lavarse las manos si perdura la mancha del corazón? Hay que ir al origen de la impureza, a la raíz, para encontrar el remedio.

            Pero aquel razonamiento cargado de lógica escandalizaba a los fariseos, tan apegados a sus tradiciones y tan alejados en este punto de la razón; porque, como le hacen saber sus discípulos, sus palabras habían escandalizado realmente a esos fariseos para quienes Jesús aparecía como un empedernido transgresor de la ley y cuya ortodoxia religiosa despertaba muchas sospechas. No era, sin embargo, éste el escándalo de los pequeños que hay que evitar a toda costa, sino un “escándalo” medicinal y benéfico que buscada derribar la puerta de los encerrados en su castillo de marfil. Por eso aludirá, como gran obstáculo, a su endurecimiento –que no es plantación divina- y a su ceguera. Pero la planta que no haya plantado mi Padre del cielo, será arrancada de raíz. Y los fariseos, o mejor, el fariseísmo de los fariseos no es plantación de Dios, sino semilla de otra índole, siembra del diablo. Y como se han constituido en guías, pero están ciegos –les dice Jesús- son guías de ciegos.

            No sólo tropiezan ellos, sino que hacen tropezar a los demás, conduciéndoles al hoyo, o peor, al abismo. El problema no es que sean ciegos, sino que no saben que son ciegos y se ofrecen como conductores del mundo. Y porque son ciegos, pero no lo saben, no se dejan curar como esos ciegos que, por saberse sin vista, le salen al paso implorando su curación. ¿No es éste también el caso de tantos contemporáneos nuestros que se han constituido a sí mismo en guías de otros porque creen ver la realidad con una mirada más aguda o más penetrante, pero que en realidad no la ven o la ven deformada y no sólo tropiezan ellos, sino que hacen tropezar a los demás? Y puesto que la falta de fe es falta de luz, no debe extrañar que la incredulidad se identifique con la ceguera. La incredulidad es un tipo de ceguera de difícil curación, porque lleva anejo un componente de soberbia que no resulta fácil remover. Que el Señor nos libre de esta ceguera levantada sobre la base de la autosuficiencia.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ·CID, doctor en Teología

 Act: 02/08/22     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A