3 de Agosto

Evangelio del Miércoles XVIII

Mt 15, 21-28
Mercabá, 3 agosto 2022

           El Dios creador del universo, infinitamente compasivo y misericordioso, no puede sino tener compasión de todos, incluso de los en algún tiempo extraños o extranjeros por no formar parte del pueblo elegido. En realidad, para Dios no hay extranjeros. Ninguna criatura le puede ser extraña, aunque haya quienes puedan extrañarse (o alejarse) de Él.

           Así lo anunciaba el profeta Isaías: A los extranjeros que se han dado al Señor para servirlo… y perseveran en mi alianza, los traeré a mi monte santo. Y así lo confirma Jesucristo con sus obras, teniendo misericordia de aquella mujer cananea que le suplica hasta el extremo de soportar una gran humillación. Todos estamos llamados a la salvación. Nadie es excluido salvo el que finalmente quiera excluirse.

           El pasaje evangélico de este día ilustra bien esta idea. Nadie está excluido de la misericordia divina, aunque a veces Dios se haga rogar para probar la fe de sus fieles e incrementar su humildad. Jesús sale del escenario habitual de su actividad, quizá buscando descanso en un país vecino donde pueda pasar desapercibido. De hecho, el evangelista nos dice que se retiró al país de Tiro y Sidón.

           Pero ni siquiera en este lugar extraño a su país natal pasa desapercibido. Una mujer (cananea) les sale al encuentro, como solía suceder en Palestina, donde tantos enfermos y leprosos se presentaban a Jesús en el momento más inoportuno implorando su compasión. También esta mujer implora compasión para sí, aunque no es ella la enferma, sino su hija. Pero el beneficio de su hija será su propio beneficio. Por eso, pide compasión para sí, porque ella está sufriendo el sufrimiento de su propia hija; y la liberación (=curación) de su hija será su propia liberación.

           La primera respuesta de Jesús es una ausencia de respuesta. Jesús responde con la indiferencia o una aparente insensibilidad. Hace como el que no oye. Pero ella insiste en su reclamo, hasta el punto de que sus discípulos, ya molestos, le dicen: Atiéndela, que viene detrás gritando. Y aquí sí hay respuesta por parte de Jesús, pero una respuesta displicente y excluyente: Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel; y ni él está en Israel, ni esa mujer que grita es israelita.

           Pero ella les alcanza y se arrodilla ante él en un gesto de humillación, y le suplica: Señor, socórreme. Y la displicencia de Jesús se hace ahora humillante y ofensiva. Les compara (en plural) con perros que no tienen derecho al pan de los hijos. Y ella acepta el desafío y la humillación: Está bien, somos perros; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos. No tienen derecho al pan de los hijos, pero pueden disfrutar al menos de las migajas que caen de su mesa. ¡Qué alarde de fe y de humildad el de esta mujer! Y Jesús se deja vencer por esta grandeza, la grandeza de una fe que sólo es posible desde la humildad: una humildad capaz de superar la prueba de la indiferencia, la displicencia y el desprecio.

           Porque lo que había hecho Jesús, con su actitud, es someterla a prueba para darle finalmente el premio que se otorga a los vencedores: que se cumpla lo que deseas –le oye decir aquella mujer-. Su deseo se vio cumplido porque había dado muestras de mucha fe, una fe sostenida en la dificultad gracias a la humildad. Sin esta humildad no hubiese podido mantener su fe.

           Luego a pesar de su previa afirmación (sólo a las ovejas descarriadas de Israel), no era verdad que había venido sólo para los judíos, o que la misericordia de Dios se circunscribiese a una región o parte de la humanidad, o a un pueblo respecto del cual todos los demás son extranjeros. No, la misericordia de Dios es universal. También los extraños en otro tiempo podrán incorporarse a la alianza, y acceder al monte santo, y ofrecer sacrificios aceptos a Dios, y formar parte de esa casa (universal) de oración, así llamada por todos los pueblos, puesto que ninguno será excluido.

           Esos eran los gentiles en tiempos de san Pablo, en otro tiempo ajenos a la llamada de Dios, pero ahora obedientes, en cierto modo gracias a la desobediencia de los judíos. Pero tampoco los judíos quedarán encerrados en su obstinación y desobediencia, puesto que los dones y la llamada de Dios son irrevocables. Y Dios seguirá llamando a esos judíos desobedientes para traerlos a la obediencia de la salvación aportada por Cristo, el Salvador. Al final resulta que todos, judíos y gentiles, han vivido tiempos de desobediencia.

           En este sentido, ninguno tiene ventaja sobre el otro. Al contrario, Dios hace de la desobediencia el medio para tener misericordia de todos. Pero ésta se hará efectiva en diferentes modos o por diferentes caminos: por el camino de la humillación (el más universal) que suele ir acompañado de sufrimiento, por el camino de la carencia, o también de la abundancia (aunque éste puede ser el más equívoco); acudiendo de inmediato, haciéndose rogar y esperar, por la senda del descalabro del pecado y del perdón que pasa por el arrepentimiento.

           En fin, se trata de traer a la obediencia de la fe, casi siempre desde las regiones tenebrosas o penumbrosas de la desobediencia. ¡Ojalá podamos oír de sus labios algún día: Qué grande es tu fe!; porque más grande será nuestra recompensa.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ·CID, doctor en Teología

 Act: 03/08/22     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A