5 de Agosto

Evangelio del Viernes XVIII

Mt 16, 24-28
Mercabá, 5 agosto 2022

            Ya hemos comentado este mismo pasaje en la versión que ofrece el evangelio de Marcos (8, 34-9,1). Jesús se dirige a sus discípulos, invitándoles a su seguimiento, pero también advirtiéndoles de las graves implicaciones del mismo: Si alguno quiere venirse en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. Irse con él es un acto de voluntad que responde a una llamada. Pero el que inicia el seguimiento debe saber que tiene que negarse a sí mismo, y no una vez, sino muchas veces, constantemente, cuantas veces sean necesarias para mantenerse en el camino emprendido. La negación de sí mismo o abnegación debe ser una actitud permanente en la vida del seguidor de Jesús. En realidad, la negación forma parte de la vida de todo hombre que se afirma en sus diferentes opciones.

            Generalmente, el que opta por una cosa tiene que dejar otras; el que opta por un oficio o un estado de vida como el celibato, tiene que renunciar a otros como el de casado. No se puede ser a la vez algo y su contrario; no se pueden ejercer dos oficios al mismo tiempo, ni se puede servir simultáneamente a dos amos. La negación es el reverso de la afirmación; y en toda afirmación se halla implicada una negación. Seguir a Jesús como al Maestro y Señor de nuestras vidas implica de ordinario dejar de seguir otros magisterios o dejar de pertenecer a otros señores; por tanto, negación no sólo de otros –de su enseñanza o señorío-, sino de nosotros mismos, renunciando a nuestras tendencias autodidactas o inclinaciones autonómicas.

            Negarse a sí mismo supone muchas veces renunciar a apetencias propias, a proyectos personales, a aspiraciones legítimas, a ensoñaciones de independencia, a compromisos afectivos, a éxitos profesionales, quizá a cierto grado de desarrollo intelectual o al cultivo de ciertas cualidades, a la propia voluntad: un sacrificio en aras de una voluntad superior, pero al mismo tiempo una voluntad más íntima y luminosa que la propia.

            Y la negación, por lo que tiene de negación, suele llevar consigo un componente de cruz o de sufrimiento. Por eso, tome su cruz y me siga. También la cruz es un elemento omnipresente en la vida de todo ser humano. Para advertirlo basta con prestar atención a su condición mortal y sufriente. Todos, tarde o temprano, acabamos encontrándonos con la cruz, o las cruces, porque éstas son múltiples y variadas, en nuestro camino. Pretender caminar por la vida sin cruz es a todas luces una pretensión imposible. Puesto que esto es así, hemos de tomar nuestra cruz –tantas veces inevitable-, y con ella seguirle.

            El seguimiento de Jesús no nos va a eximir de la cruz; al contrario, añade la suya a la nuestra, es decir, incorpora a nuestra vida otras cruces anejas al mismo seguimiento o consorcio con él. Son esas cruces asociadas a nuestra condición de cristianos entre las cuales se cuentan renuncias exigidas, rechazos o desprecios indeseados, persecuciones previstas o imprevistas, martirios. La cruz se suele presentar como una carga generadora de sufrimiento; por eso se habla de “llevar la cruz” o de “cargar con la cruz”.

            Esa carga puede ser un defecto congénito o adquirido, un complejo que nos retrae u obstaculiza nuestra tarea o nuestras relaciones, una tara física o psíquica, un acontecimiento que nos deja heridos o disminuidos, una difamación que perdura en el tiempo, una pérdida relevante de salud, una limitación acentuada con la edad. A estas cargas pueden sumarse todas aquellas que nos sobrevienen por el simple hecho de habernos incorporado al seguimiento de un Crucificado, esto es, de un rechazado por el mundo. Hacerse consortes de Jesús es compartir la suerte de alguien que fue arrojado de la ciudad y clavado a una cruz en la cima de un monte; por tanto, compartir la suerte de alguien tenido por un malhechor y por un mártir. Nada tiene de extraño que entre sus seguidores haya también mártires, y no uno ni dos, sino muchos. Al fin y al cabo seguimos a un mártir, esto es, a alguien que dio la vida –y por eso la perdió- por el Evangelio, es decir, por anunciar la salvación que él mismo traía, la salvación que llegaba con él.

            Por mucho que pretendamos salvar la vida que actualmente poseemos (y muchos parecen dispuestos a emplear medios tan descabellados como la criogenización en este empeño), la perderemos, puesto que es una vida temporal (la idea de la detención del envejecimiento humano parece más una ensoñación que una posibilidad real) y, por tanto, con fecha de caducidad; pero si perdemos la vida por el que la ha perdido por nosotros y por el Evangelio, la salvaremos, como él mismo la salvó o la recuperó tras haber pasado por la muerte. De nada sirve ganar el mundo entero si perdemos el alma o la vida. Sin vida no es posible gozar de la posesión del mundo. No hay comparación entre ambos valores: el mundo, con todas sus riquezas, y la vida. El mundo sin la vida no vale nada para el que no dispone de aquélla; y aunque no conocemos por experiencia una vida sin mundo, podemos esperarla porque nos ha sido prometida, y podemos hallarla en Cristo resucitado. La vida nos resulta tan valiosa que seguramente estaríamos dispuestos a entregar todas nuestras posesiones por obtenerla o por recobrarla, pues la totalidad de éstas no valen lo que vale la vida.

            Pues bien, Cristo, el crucificado, pero también el resucitado, nos ofrece una vida que, por ser eterna, no tiene comparación con esta vida caduca y temporal, una vida de incomparable calidad, una vida sin sombra de muerte que se nos ofrece como paga o recompensa a nuestras buenas acciones. Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta. No es que semejante galardón sea equiparable a nuestros méritos, pero estos serán tenidos en cuenta a la hora de la paga. Ninguno de nuestros méritos, por muy valiosos que sean, merecerán semejante salario, pero la conducta por la que cada uno hace méritos se tomará como medida o evaluación de la recompensa.

            El pasaje evangélico se cierra con una solemne afirmación, que no por solemne es menos enigmática, y que parece aludir a esa futura venida en gloria del Hijo del hombre a la que se refería en la frase inmediatamente anterior. Son palabras que el evangelista pone en boca de Jesús: En verdad os digo que algunos de los aquí presentes no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre en su reino.

            Jesús parece conceder el privilegio de esta visión gloriosa en vida sólo a algunos de sus seguidores, no a todos. Pero si se trata de su segunda venida, como parece sugerirse, no cabe pensar que haya habido coetáneos de Jesús que hayan tenido ocasión de disfrutarla durante su vida mortal, puesto que todos han gustado ya el sabor de la muerte. Hay quienes refieren el texto a la visión con la que fueron obsequiados los apóstoles Pedro, Santiago y Juan en el monte de la transfiguración o a las apariciones del Resucitado, el Hijo del hombre nimbado por la gloria de la resurrección. Pero tales interpretaciones se presentan más bien como intentos de salvar la dificultad que plantea una más que probable alusión a la Parusía o venida en gloria de Cristo. Sea como fuere, lo cierto es que sólo el tránsito por la muerte nos dará acceso a la contemplación gloriosa y definitiva del Hijo del hombre –que también tuvo que hacer este tránsito- en su reino.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ·CID, doctor en Teología

 Act: 05/08/22     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A