20 de Septiembre

Evangelio del Martes XXV

Lc 8, 19-21
Mercabá, 20 septiembre 2022

           El evangelio narra que en cierta ocasión la madre y los hermanos de Jesús se acercaron a verle, pero la gente que rodeaba al Maestro se lo impedía. En ese instante le dan un aviso: Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte.

           La reacción de Jesús es desconcertante para todos, pero especialmente para esa "madre y esos hermanos" que quieren verle. Entienden que su "parentesco" les permite tomarse esta licencia. Pero ante su requerimiento Jesús responde con esta frase: Mi madre y mis hermanos son éstos (como si no fueran los otros, los que en razón de la sangre se creían con derecho a reclamar su presencia): los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra.

           Jesús parece anteponer la relación que ha establecido con éstos a la relación que tenía con los otros, su familia biológica, su "madre y sus parientes". Estos han dejado de ser extraños, para convertirse en sus allegados (su familia) en virtud de la atención que han prestado a la palabra de Dios, que es su palabra, y en la disposición de que dan muestras para llevarla a la práctica. Sintonizan, pues, más con él los que le prestan esta atención que sus propios familiares. Se refuerzan los lazos que podríamos llamar "ideológicos" y afectivos y se debilitan los lazos biológicos o de sangre.

           Jesús muestra su preferencia por quienes sintonizan con él y estiman lo que él estima: su pensamiento, sus deseos, sus aspiraciones, sus afectos, pues todo esto se expresa en su palabra, hasta el punto de hacer de ellos su familia, su nueva familia, ese círculo humano en el que él se encuentra más a gusto, con el que pude compartir más su vida y sus intereses. Su familia biológica parece quedar muy atrás en la estimación.

           ¿Es que su madre había dejado de ser su madre? ¿Es que había roto los vínculos naturales que le unían a su propia familia de sangre? El vínculo natural tenía que seguir vivo, al menos con su madre; de lo contrario, nos veríamos obligados a pensar que era un hijo poco agradecido.

           Pero al vínculo natural se sobreponía un vínculo de otro signo (¿quizá sobrenatural?), un vínculo hecho de intereses o de estimaciones comunes, un vínculo surgido del común aprecio por la palabra de Dios, un vínculo que brotaba de la sintonía de pensamientos y de corazones.

           Para formar parte de este círculo familiar, la "madre y los hermanos" de Jesús tenían que dar este paso que les llevaba a sintonizar con su corazón. En María no había problema, puesto que no podemos pensar que no sintonizara con el pensamiento y los sentimientos de su hijo. Pero otros parientes que no se sumaron al discipulado de Jesús pudieron quedar alejados de él y de su plan de hacer de todos partícipes de su Reino.

           Tan importante es la atención que le prestamos a la palabra de Dios, que su escucha atenta y bienintencionada nos convierte de inmediato en "madres y hermanos de Jesús", es decir, nos hace miembros de su familia más próxima. Y si esto es así, no podrá decirnos en su día: No os conozco, alejaos de mí, malvados.

           Y una última puntualización. Supongo que no todos los oyentes que le rodeaban, no todos los que escuchaban la palabra de Dios, "la ponían por obra". Pero Jesús al menos parece apreciar en ellos el deseo de hacerlo. Y esto ya es bastante para declararles "madre y hermanos" suyos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ·CID, doctor en Teología

 Act: 20/09/22     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A