17 de Noviembre

Evangelio del Martes XXXIII

Lc 19, 1-10
Mercabá, 17 noviembre 2020

           El evangelio nos presenta a Jesús en Jericó, ciudad de Judea próxima al Mar Muerto, cuyas ruinas se pueden visitar todavía hoy. Mientras atravesaba la ciudad en medio de una multitud de gente que se agolpaba a su alrededor, un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente que le rodeaba se lo impedía, pues era bajo de estatura.

           La escena nos permite suponer que Jesús había adquirido un alto grado de notoriedad. Su fama se había extendido realmente por toda la región de Judea. A Zaqueo también le habían llegado noticias de él: de las acciones milagrosas que salían de sus manos y que tanto asombro provocaban, de la autoridad magisterial con que hablaba, de su aureola de profeta, etc. Por eso, como tantos otros habitantes del lugar, deseaba conocerlo e intentaba distinguirlo en medio del gentío.

           Pero no lo conseguía. Entonces ideó subirse a un lugar elevado. Corrió hacia delante y se encaramó en lo alto de un sicómoro o higuera propia del lugar, porque Jesús tenía que pasar por allí. Cuando el Maestro llegó a la altura de la higuera, alzó los ojos, vio a Zaqueo y, dirigiéndose a él como si le conociera, le habló por su nombre y le hizo una propuesta que alegró a Zaqueo, pero que provocó la crítica de todos sus paisanos: Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en su casa. Jesús escoge como lugar de alojamiento la casa de un publicano. Esto genera una cadena de murmuraciones entre los oyentes que decían: Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.

           En semejante murmuración se esconde una mentalidad farisaica. Hospedarse en casa de un pecador era como ingresar en casa de un pagano, algo que no se podía hacer sin contraer impureza. Por eso escandaliza tanto la iniciativa de Jesús de ir a alojarse en casa de Zaqueo. Sólo las casas de los paganos eran más indignas que la de este publicano. Pero Jesús hace caso omiso de las críticas y lleva a cabo sus propósitos, que no eran otros que los de salvar lo que estaba perdido. Sin embargo, para los fariseos y los copartícipes de la misma mentalidad lo perdido para la causa religiosa –así eran catalogados los publicanos- no era salvable.

           Pero quienes resultan más difíciles de salvar por el Salvador del mundo eran precisamente los que se creían menos necesitados de esa salvación, esto es, los fariseos. A Zaqueo, sin embargo, el hecho de que Jesús escogiera su casa como lugar de alojamiento le llenó de alegría. Su propósito inicial era sólo distinguirle de entre la multitud, tener un conocimiento meramente visual del afamado Maestro y Sanador. Pero ahora se le ofrecía la oportunidad de mantener una larga conversación con él y de acogerle en su casa. Se sentía realmente honrado de tener por huésped en su propia casa al Maestro taumaturgo y al ilustre predicador de Nazaret. Y así lo recibe, con gratitud, como sintiéndose acogido por aquel a quien acoge.

           Al parecer, el primer movimiento lo hace Zaqueo que, informado de la llegada de Jesús a su ciudad, sale no tanto a recibirlo, cuanto a conocerlo, quizá impulsado por la simple curiosidad que había despertado su fama. En realidad, es Jesús quien le sale al encuentro. Es Jesús quien llega a Jericó. Es él quien le busca con la mirada y le llama por su nombre. Es él quien concierta la entrevista y se autoinvita en su propia casa, la casa de un pecador. Zaqueo no hubiera imaginado nunca aquella situación.

           Obviando los destalles del encuentro, el evangelista nos presenta el desenlace de la narración. Zaqueo, puesto en pie, es decir, solemnizando el momento, hace una declaración de intenciones: Mira –le dice a Jesús-, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.

           No es extraño que la tradición haya interpretado este encuentro como un acontecimiento penitencial en el que tiene lugar el arrepentimiento y la salvación consiguiente. Las palabras de Zaqueo son reveladoras de un cambio de actitud que pasa por el arrepentimiento y el deseo de reparar lo dañado o de resarcir lo injustamente substraído. Constituyen en la intención un verdadero acto de satisfacción.

           El pecado de Zaqueo tiene que ver evidentemente con el dinero. Está dispuesto a desprenderse de la mitad de sus bienes para gratificar a los pobres. Y respecto de aquellos de quienes se ha aprovechado indebidamente, está dispuesto a restituirles lo substraído con una cantidad no doblada, sino cuadriplicada. No es que se quede en la miseria, porque aún podrá disfrutar de bienes, pero son muchos los bienes de los que se desprende. Con razón sentencia Jesús: Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.

           Zaqueo, el publicano, vivía perdido en medio de sus riquezas, bajo su servidumbre y envuelto en la opacidad de los injustos procedimientos empleados en su adquisición. La entrada de la salvación en su casa significaba el ingreso de una fuerza liberadora que le arrancaba de esta servidumbre, que le permitía liberarse de los bienes injustamente adquiridos y de los bienes innecesarios para él, pero muy necesarios para la supervivencia de los pobres. Y porque Zaqueo era también hijo de Abrahán no se le podía excluir de la salvación como hacían los fariseos. También era salvable. Y el que había venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido, había encontrado a uno de esos elementos perdidos o retenidos en las mazmorras de la avaricia, o de la lujuria, o de la soberbia, o de la codicia, o de la gula o del pecado que sea, y lo había salvado o liberado permitiéndose reencontrar su verdadera libertad.

           Bastó la presencia misericordiosa de Jesús, acompañada de su palabra absolutoria, para provocar de inmediato la reacción igualmente misericordiosa y clemente del publicano Zaqueo. La acción de Jesús provoca una reacción equivalente en Zaqueo: el perdón de Dios llama al perdón de los hermanos; la misericordia de Dios despierta en el corazón del hombre verdaderos deseos de practicar la misericordia para con sus semejantes. Y esta misericordia efectivamente realizada tendrá su correspondencia en el día del juicio. Pues el que practicó la misericordia tendrá un juicio misericordioso: con la medida con que vosotros midiereis seréis medidos.

           Quedémonos, pues, con esta lección: Cristo ha venido a salvar lo que estaba perdido y no hay nada perdido que no sea salvable. Basta dejarse tocar por la gracia liberadora de Dios para experimentar la salvación y la libertad que le viene asociada y que despierta necesariamente la necesidad de satisfacer o de hacer lo necesario para restituir lo injustamente adquirido o reparar los daños causados.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 17/11/20     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A