21 de Noviembre

Evangelio del Sábado XXXIII

Lc 20, 27-40
Mercabá, 21 noviembre 2020

           En cierta ocasión, refiere el evangelista, se acercaron a Jesús unos saduceos, miembros de la aristocracia judía y doctrinalmente contrarios a la idea de la resurrección de los muertos. Le plantean un caso límite que les permite desacreditar o presentar como poco sostenible la fe en la resurrección. Se trata de una mujer que ha estado casada con siete hermanos tras haber enviudado de cada uno de ellos y haberse vuelto a casar con el siguiente, conforme a la ley mosaica del levirato que dice: «Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano».

           Tenemos, pues, a una mujer que ha estado casada con siete hombres. La cuestión que se plantea es la siguiente: Cuando muera la mujer y llegue la resurrección, ¿de cuál de aquellos hombres con los que estuvo casada en la tierra será mujer por toda la eternidad, o habrá que pensar que será la mujer de todos ellos y que en el cielo, por tanto, se admitirá la poligamia que no estaba permitida en la tierra? La circunstancia es límite, pero podría valer cualquier caso de segundas nupcias: un marido casado por segunda vez con otra mujer o una mujer casada por segunda vez con otro hombre. Si la resurrección recupera las vidas de los muertos, se verían unidos en matrimonio con varias personas simultáneamente. La resurrección vendría a consagrar y a inmortalizar semejantes uniones poligámicas. Este pensamiento les llevaría, hipotéticamente, a descartar la resurrección como poco adecuada o inconveniente.

           Jesús, en su respuesta a la cuestión planteada, acentúa el contraste entre la situación (marital) de hombres y mujeres en esta vida y su situación (angélica) en la otra. En esta vida, dice, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección.

           Según esta observación, en la vida futura, entre los resucitados, ya no habrá matrimonios (no sólo los que pudieran celebrarse en la eternidad, sino los ya celebrados en el tiempo) ni, en consecuencia, relaciones matrimoniales; pues ya no pueden morir, ni necesitan procrear para la perpetuidad de la especie. Desaparecerá la institución matrimonial, porque seremos como ángeles.

           No seremos ángeles, puesto que somos hombres; pero sí seremos como los ángeles en lo que se refiere a la corporeidad (gloriosa), a la inmortalidad o a la espiritualidad. ¿Qué necesidad hay de matrimonio entre seres inmortales o entre seres dotados de cuerpos gloriosos? Y como no habrá matrimonios, tampoco habrá poligamia y menos aún promiscuidad. Pero sí habrá fraternidad, puesto que habrá hijos de Dios, en plural, e hijos de Dios resucitados. Es precisamente la participación en la resurrección la que nos hace definitivamente hijos de Dios. Tan definitivamente que ya nada ni nadie nos podrá arrebatar esta condición filial y fraternal; pues la filiedad deriva en fraternidad. Somos hermanos porque somos hijos del mismo Padre. Luego no habrá matrimonios, pero habrá amor mutuo, amor de hijos y de hermanos, y amor plenificante, capaz de colmar las ansias de unidad que bullen en el corazón humano.

           Jesús completa su respuesta remitiéndose a la Sagrada Escritura, palabra autorizada no sólo para él, sino también para los saduceos que intervienen en el debate; concretamente menciona el episodio (teofánico) del libro del Éxodo en el que Moisés contempla una zarza ardiendo que no se consume y se dirige al Señor llamándole: «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob», e interpretando que todos ellos le son contemporáneos habiendo pertenecido a generaciones distintas en el tiempo.

           Si los personajes mencionados estuvieran muertos, Dios ya no sería su Dios. Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. Moisés puede referirse a su Dios, el que le ha librado de la muerte, el que ahora entra en contacto con él, como Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob porque, para Él, todos ellos están vivos. De no estarlo, habría dejado de ser su Dios. Dios, aun siendo creador y conservador de la materia inorgánica, no es propiamente su Dios, al menos no es el Dios de la alianza que entra en contacto con seres vivos como Moisés.

           Jesús presenta las palabras de Moisés como una indicio de que hay resurrección de muertos, puesto que su Dios es también el Dios de sus antepasados Abrahán, Isaac y Jacob que, indudablemente, ya murieron, pero que tienen que estar vivos para que Dios sea también su Dios. Y para estar vivos, tras haber muerto, tienen que pervivir tras la muerte o tienen que resucitar. El recurso de Jesús a este pasaje de la Escritura y la interpretación que ofrece de él revelan con toda claridad su postura doctrinal a favor de la resurrección, ganándose en este caso la aprobación de los fariseos (letrados) que, como él, también eran partidarios de la resurrección de los muertos.

           Tras la respuesta a la objeción, no se atrevieron ya a hacerle más preguntas. Ahí concluye el debate, pero no las consecuencias que podemos extraer. Porque si creemos en la resurrección hemos de mirar la vida que ahora disfrutamos y padecemos temporalmente con otros ojos, y sobre todo la muerte que pone término a esta vida. Aunque la vida, por el hecho de ser vida, se resiste a la muerte, dependerá del modo en que se viva la vida, padeciendo o disfrutando, para que la muerte sea mejor o peor recibida, si bien sólo en circunstancias extremas de sufrimiento estamos en disposición de darle la bienvenida. Pero si la muerte nos abre la puerta a la vida futura, trámite la resurrección, tendríamos que tener una actitud más positiva ante ella.

           A veces se compara la muerte con un parto: el parto nos traslada de la vida intrauterina a la vida extrauterina; la muerte, de la vida temporal a la eterna; en ambos casos hay trance y tránsito; pero en el parto no muere nada, mientras que en la muerte fenece la vida temporal en el estado en que se encuentre, en su plenitud o en su decrepitud. La experiencia del parto suele resultar traumática; la de la muerte también. Pero en el parto hay certeza de nacer a la vida en la que se suceden el día y la noche, y en la muerte podemos no tener esta certeza porque nos falta fe en el Dios que resucita a los muertos dándoles nueva vida. Pero si tuviéramos la certeza que otorga la fe viviríamos con otro ánimo el trance amargo de la muerte. Que Dios aumente nuestra fe.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 21/11/20     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A