22 de Noviembre

Evangelio de Cristo Rey

Mt 25, 31-46
Mercabá, 22 noviembre 2020

           Hoy, último domingo del tiempo ordinario, proclamamos con toda la Iglesia a Jesucristo Rey del universo, de ese universo al que nosotros pertenecemos como detentores de conciencia y libertad. Por eso, al proclamarlo rey le concedemos el gobierno de nuestras vidas. Pero también le reconocemos como nuestro pastor, porque nos guía, nos apacienta, nos cura, nos guarda, porque con él nada nos falta.

           Podríamos decir, además, que el Señor es nuestro juez, porque así se presenta este rey en el evangelio, como un juez supremo que separa las ovejas de las cabras, los obradores de misericordia de los inmisericordes, el trigo de la cizaña. El momento del juez es el juicio; y el juicio (sobre todo el juicio final) es el momento de la verdad y del discernimiento, es decir, el momento en que sale a la luz lo que esconden las tinieblas y es posible distinguir lo verdadero de lo falto, la realidad de la apariencia, el amor del odio; un momento para distinguir, pero también para separar, puesto que los contrarios no pueden convivir en el mismo espacio vital. Nuestro Rey es, por tanto, un rey que pastorea a la manera de un pastor y que juzga a la manera de un juez.

           Al Rey le corresponde ante todo regir. Y la solemnidad de hoy proclama a Jesucristo Rey del universo, es decir, de todo y de todos. Es evidente que Cristo, en cuanto Creador, gobierna el movimiento de los astros. Para ello le basta con poner en la naturaleza leyes como la de la gravedad, que mantienen el equilibrio del sistema orbital de estrellas, planetas y satélites. Pero al universo pertenecen también otros sistemas como los de las sociedades humanas en los que intervenimos también las personas con nuestros aciertos y desaciertos. Y aquí no es tan evidente que Jesucristo gobierne y que tales sociedades se rijan por leyes puestas por él. Más bien, parece lo contrario, que los hombres nos damos leyes que atentan muchas veces contra los principios más básicos de la naturaleza humana, que no respetan esta naturaleza o que están diseñadas expresamente para destruirla.

           Con frecuencia, ni siquiera imperan leyes, sino impulsos y apetitos que sacan a la luz lo más primitivo y salvaje del ser humano. Pero san Pablo anuncia el día en que Cristo reinará, cuando Dios haga de sus enemigos, es decir, de todos aquellos que se oponen a sus planes, estrado de sus pies. ¿Y cómo llevará a cabo esta operación? Seguramente, sometiendo sus voluntades, pero no con otra fuerza que la fuerza del amor; porque la violencia de este rey es la cruz: no la violencia ejercida (no crucificando) sino la violencia padecida (dejándose crucificar). Sucede que el sufrimiento sostenido por amor también conquista: es lo que realmente gana súbditos para una causa; porque el amor no sólo vence; hace más, convence. Y los mejores súbditos de un rey son los convencidos. Esto es lo que persigue nuestro Señor: ganarse nuestros corazones, no forzar nuestras voluntades; hacer de sus seguidores un ejército de mártires que le han entregado su voluntad.

           Estas precisiones nos dan una idea de que el Reino de Cristo poco tiene que ver con los reinos de este mundo, ya se traten de una monarquía, una oligarquía o una democracia, o con esos intentos fallidos de implantar una teocracia o gobierno (en la práctica) de una clase sacerdotal. Y no porque Cristo no haya venido a implantar su reino en este mundo, sino porque su reino no es de este mundo. Por eso, su implantación no tiene parecido ni con una conquista bélica, ni con una invasión, ni con una dinastía, ni con una orquestación política. El reino del que Jesús habla se implanta al modo de una semilla que prende en el interior del hombre que se deja captar por el mensaje. Es la semilla del evangelio. Así nació y se extendió el cristianismo: a partir de la semilla evangélica. Esta idea da razón de expresiones y comparaciones como éstas: el reino de los cielos está dentro de vosotros, o es como un grano de mostaza, o como un sembrador, o como la levadura que fermenta la masa. La historia de este reino es, pues, la historia de una siembra.

           Pero a este rey-sembrador y crucificado le corresponderá también juzgar a este universo del que es Rey. Por eso llegará un día en que tenga ante sí a todas las naciones para ser juzgadas. Semejante juicio será final (no se podrá recurrir a un tribunal superior) y universal (nadie ni nada escapará a este juicio): un juicio que pondrá finalmente las cosas en su sitio, porque las tinieblas no pueden ocupar el lugar de la luz, ni la mentira el lugar de la verdad. El juicio dará acceso al Reino; y como en todo reino, también en éste rigen leyes o "voluntades". Los que no estén dispuestos a aceptar la legalidad vigente, quedarán excluidos del Reino, puesto que se habrán negado a someterse al dictado de las leyes que allí rigen. En el Reino de Dios hay una ley que rige por encima de cualquier otra: la ley del amor misericordioso. Dios es misericordia y los corazones gobernados por Él han de ser misericordiosos.

           Ello explica las palabras del evangelio y la separación de los sometidos a juicio, esa separación que aparta a las ovejas de las cabras y pone a unas a la derecha y a las otras a la izquierda, haciendo recaer sobre ellas sentencias y destinos distintos; sobre los de la derecha, una sentencia laudatoria y un destino deseable; sobre los de la izquierda, una sentencia condenatoria y un destino indeseable. Tales son los herederos del reino preparado desde la creación del mundo para ellos y los condenados al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. La sentencia suena así (el rey se dirige a los de su derecha): Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.

           Lo que llama la atención en este juicio es que sea el mismo juez el que se presenta como ese indigente que ha sido objeto de las atenciones de los que ahora merecen su alabanza, como identificándose con todos los hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos, enfermos o encarcelados de este mundo. Esto es precisamente lo que se deja ver en las palabras que siguen: Entonces los justos le contestarán: Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?

           Son conscientes de haber socorrido a hambrientos y sedientos, de haber hospedado a forasteros, vestido a harapientos y visitado a enfermos; pero no lo son de haberlo hecho con él, con aquel en quien reconocen a su Señor. Pero él les desvelará el secreto de esta identificación sacramental: Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.

           Lo hecho, por tanto, con los indigentes de este mundo debe considerarse hecho a él, que asume como propio lo recibido por sus humildes hermanos. Aquí no se valoran ni las conciencias, ni las intenciones, sino sólo las acciones en su desnudez. Evidentemente se trata de obras de misericordia, y el que las hace debe ser consciente de estar proporcionando un bien (alimento, vestido, hospedaje, cuidados, afecto) a una persona necesitada, pero no necesita saber siquiera que en esa persona está Jesucristo o que el bien que le hacemos se lo hacemos al mismo Cristo para ser recompensada con la herencia prometida.

           Tampoco los que dejan de socorrer al necesitado y merecen por ello ser colocados a la izquierda del juez y recibir una sentencia condenatoria: Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Necesitan saber que lo que no hicieron en favor de los indigentes con los que se encontraron, no lo hicieron con él. Pero saber esto, que Cristo está en el indigente identificándose con él a efectos de caridad o como destinatario de nuestra obra de misericordia, tiene que ser una motivación más para esa práctica de amor compasivo, un motivo añadido para vencer las últimas resistencias de ese egoísmo que nos impide desplegar nuestras energías en beneficio del prójimo sufriente.

           La sentencia incluye la causa de la recompensa: porque tuve hambre y me disteis de comer. El que practica la misericordia (dando de comer al hambriento y de beber al sediento, vistiendo al desnudo y visitando al enfermo) se convierte finalmente en heredero del reino, porque en la vida se ha conducido por la ley que rige en ese reino: la ley del amor que, en este mundo de miserias, no puede ser sino amor misericordioso. Los que optan, en cambio, por el camino, de la indiferencia o del desprecio, omitiendo la obra de misericordia cuando la necesidad del hermano lo reclama, se autoexcluyen de ese reino, haciéndose merecedores de la sentencia condenatoria que recae sobre los situados a la izquierda: Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer.

           El egoísmo inmisericorde no cabe en el reino del amor misericordioso, de la misma manera que no pueden habitar juntas la luz y las tinieblas. Eso sólo es posible en lugares intermedios o entreverados, pero no en estados definitivos como el cielo o el infierno. Lo que se presenta como una condena y un castigo es el resultado de una elección: la de los que han decidido vivir de espaldas al amor, esto es, de espaldas al prójimo necesitado; y vivir así es vivir de espaldas a Cristo y a su ley, despreciando su reinado y su reino.

           El juicio se hace recaer, pues, sobre la obra de misericordia aplicada a los necesitados de este mundo. Y no debe extrañarnos que eso sea precisamente lo que salve, puesto que la salvación es una obra de misericordia. Pero no podremos salvarnos si esa misericordia que brota de lo alto no toca nuestro corazón haciéndonos misericordiosos para con los necesitados de misericordia. El que se mantiene inmisericorde con su prójimo no puede convivir con el Dios misericordioso; tampoco pueden convivir en el mismo reino los que carecen de entrañas para apiadarse del hambriento, enfermo o encarcelado.

           Por eso Dios quiere la misericordia y no los sacrificios carentes de ella. Por eso solicita el perdón de los que están siendo perdonados. Por eso nos invita a pedir: perdónanos nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que non ofenden. Por eso nos advierte que hay una medida con la que seremos medidos, y esa medida será la que nosotros hayamos empleado en nuestra relación con los demás: si misericordia, misericordia; si inmisericordia, inmisericordia. De Dios, que es la fuente inagotable de la misericordia, no podemos esperar un trato inmisericorde. Pero, al parecer, ni siquiera la misericordia divina podrá evitar la separación provocada por el juicio entre los de la izquierda y los de la derecha, entre los que van al castigo eterno y los que disfrutan de la vida eterna.

           Será la misma verdad de las cosas presente en los corazones, conformados por sus propios actos, la que dicte sentencia colocando a cada cual en su lugar. Pero ese juicio con carácter de definitividad sólo le corresponde al Juez universal.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 22/11/20     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A