8 de Mayo

Evangelio del Sábado V

Jn 15, 18-21
Mercabá, 8 mayo 2021

            Jesús prolonga el discurso a sus discípulos con palabras que reproducen comportamientos y destinos. Les decía: Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, por eso el mundo os odia.

            Todo el mundo tiende a rechazar los elementos que le son ‘extraños’ y permanecen extraños. Es el fenómeno del ‘rechazo’, tan frecuente en el ámbito de los trasplantes de órganos. Se trata de la reacción que se produce en el organismo (=mundo) por la presencia de un órgano que es percibido como un potencial agresor. Es, pues, un mecanismo de defensa de ese "mundo" que reacciona ante lo extraño. Así fue percibido Jesús por la sociedad religioso-política de su tiempo, como un elemento extraño y potencialmente peligroso: Conviene que muera uno y no la nación entera –sentenció el sumo sacerdote en su momento-. Por eso reaccionó ante él con violencia.

            Jesús se sintió realmente odiado por ese mundo que le veía como un elemento peligroso para su subsistencia y puso todos los medios a su alcance para su eliminación. El odio no desiste hasta ver aniquilado a su adversario. Y cuando ese adversario se reproduce en sus seguidores, como sucedió con Jesús, no es inusual que ese odio brote de nuevo. La experiencia histórica demuestra que esto es así y Jesús ya se lo anticipó a sus discípulos. Les previene ante un mundo que les rechazará como elementos extraños y peligrosos, del mismo modo que le habrá rechazado a él. Es el odio del mundo por lo que no ha logrado hacer suyo o asumir como propio.

            Jesús destaca esta extrañeza: como no sois del mundo, por eso el mundo os odia. Siendo del mundo, puesto que son naturales de esta tierra y forman parte de este universo, han sido sin embargo segregados de ese mundo con cuya mentalidad no comulgan. Se trata sobre todo del mundo religioso-político judío y pagano que condujo a Jesús al patíbulo y del que se apartarán, como elementos extraños, los testigos de su resurrección. Desde ese mismo instante dejarán de formar parte de ese mundo, convirtiéndose en objeto de su rechazo y de su odio.

            Así fueron vistos los primeros cristianos en tiempos de persecución, como ‘extraños’: primero, entre los judíos, que no eran capaces de absorberlos como pretendían; después, entre los paganos, que tampoco lograban hacerlos suyos, integrarlos en su mentalidad politeísta y pseudoreligiosa. Evidentemente los cristianos no eran de ese mundo; por eso el mundo les odia y les persigue con el propósito de hacerlos desaparecer de la faz de la tierra. Basta leer cualquier apología del siglo II o el Contra Celso de Orígenes para tomar conciencia de esta realidad. Y el odio de ese mundo que derramó tanta sangre cristiana no se ha agotado; a veces puede permanecer larvado o latente; otras veces, brota de nuevo con furia por diferentes motivos; pero fundamentalmente porque no se tolera un elemento extraño y peligroso para el sistema.

            Si Jesús fue perseguido por esta causa, no debe extrañarnos que lo sean también sus seguidores, porque el siervo no es más que su amo y si a él lo persiguieron, también nos perseguirán a nosotros; y si no nos persiguen, tendremos que preguntarnos si no nos habremos asimilado tanto al mundo que éste nos considere ya como suyos; porque en este punto sólo caben dos alternativas, o que el mundo se haga cristiano, o que el cristianismo se haga mundano; si bien no es descartable un diálogo por el que el mundo asuma elementos cristianos y el cristianismo elementos mundanos. Pero esos encuentros no suelen estar nunca exentos de tensiones. Tampoco es aconsejable una forma de sincretismo que desvirtúe la verdad de los mundos encontrados o confrontados.

            Jesús no dejó de dialogar con este mundo en el que brotó el odio contra él, pero no renunció nunca a sus convicciones ni a su enseñanza. Sería como renunciar a la verdad de la que era testigo y que se le había encargado sembrar en el mundo. Hubo quienes acogieron y guardaron su palabra; otros también guardarán la palabra de sus sucesores. Pero esa palabra no debe dejar de resonar en el mundo, ya sea aceptada o rechazada, porque es la palabra que tiene su origen en el mismo Dios y Creador del universo.

            Jesús no sólo quiere a sus discípulos como con-sortes; es que les vaticina este con-sorcio: lo mismo harán con vosotros; todo eso lo harán con vosotros por causa de mi nombre. O el mundo se hace cristiano, o la suerte que espera a los cristianos en el mundo no puede ser otra que la de Jesús. Cabe pensar también que el mundo se mantuviera indiferente o neutral ante lo cristiano; pero la historia demuestra que estas presuntas neutralidades suelen revelarse insostenibles a la larga y más tarde o más temprano se van acumulando en el corazón, como energías latentes, resentimientos y odios que un día acaban por estallar como sucede con esos volcanes dormidos que de repente despiertan y empiezan a expulsar la lava contenida en su estómago.

            Las palabras de Jesús resultaron premonitorias en su momento histórico, y puede que lo sigan siendo en la actualidad, puesto que no han cesado las persecuciones. Quizá siembren en nuestro corazón una cierta inquietud; pero no podemos soslayarlas ni menospreciarlas. Nuestra suerte como cristianos está ligada a la suya y a la causa que hemos hecho nuestra. En esa misma medida, incorporamos nuestra vida a la suya y nuestra suerte a su suerte. Que el Señor nos encuentre preparados para ser sus testigos en cualquier circunstancia.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID, Dr. en Teología Patrística

 Act: 08/05/21     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A