ATENÁGORAS
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Toledo, 1 febrero 2020
José Ramón Díaz, doctor en Teología

            Filósofo griego del s. II, Atenágoras (133-190) fue natural de Atenas y contemporáneo en lo filosófico de Taciano (al que supera en moderación) y Justino (al que supera en habilidad de lenguaje, estilo y ordenación de las cosas). Analizaremos a continuación al más elocuente de los primeros apologistas cristianos, que llegó a afirmar que la filosofía es un noble esfuerzo por hallar la verdad, pero un esfuerzo que acaba en fracaso por la falta de asistencia divina.

a) Apología de los cristianos

           Se trata de la primera preocupación a la que trató de dar respuesta Atenágoras, bajo título de Súplica en favor de los Cristianos y como escrito dirigido el año 177 a los emperadores Marco Aurelio Antonino y su hijo Lucio Aurelio Cómodo. En ella, el ateniense pide justicia para los cristianos, y que se les juzgue no por el nombre que llevan, sino por los delitos que puedan haber cometido[1]. Tras lo cual, Atenágoras entra en razonamientos y comienza a refutar las 3 grandes acusaciones dirigidas contra ellos, las de ateísmo, canibalismo e incesto edípeo.

           Los cristianos no son ateos, pues aunque no creen en los dioses, creen en Dios. Son monoteístas, como algunos poetas y filósofos paganos, y su concepto de Dios es más puro y perfecto que el de todos los filósofos, algo que demuestran con palabras y con obras. Los cristianos no adoran al mundo, sino a su Creador[2].

           Los cristianos no son caníbales, pues les está prohibido matar y hasta contemplar un asesinato (como hacen los paganos en los espectáculos de gladiadores). Son más respetuosos de la vida humana (incluso de la vida del no nacido o de la del recién nacido) que los paganos[3]. Basta considerar su fe en la resurrección de la carne para advertir que tienen que abstenerse por fuerza de comer carne humana: “¿Quién que tenga fe en la resurrección querrá ofrecerse por sepultura de los cuerpos que han de resucitar? Porque no es posible que un mismo sujeto crea que nuestros cuerpos resucitarán y se los coma, como si no hubieran de resucitar; o que piense que la tierra devolverá sus propios muertos y que los que él engulló no se le reclamarán”[4].

           Los cristianos no son incestuosos, pues no pueden siquiera permitirse un pecado de pensamiento contra la pureza, sabiendo como saben que Dios vigila sus pensamientos y palabras de día y de noche y que han de responder ante Él de tales cosas[5]. Tal acusación no es sino una vulgar calumnia suscitada por el odio. Las acciones vergonzantes que atribuyen a los cristianos son las mismas que ellos cuentan de sus dioses[6]. Pero, para los cristianos, “la medida del deseo es la procreación de los hijos”; muchos incluso se han conservado célibes hasta la vejez para un más íntimo trato con el Señor. La regla entre los cristianos es: “o permanecer cual se nació, o no contraer más que un matrimonio, pues el segundo es un decente adulterio”[7].

b) Idea de Dios

           La idea que los cristianos tienen de Dios no les viene, nos dice Atenágoras, como les viene a los poetas y filósofos paganos[8], ni de sus propias conjeturas y esfuerzos por hallar la verdad. Sino que les viene de los profetas y de los hombres que, movidos por el espíritu divino (inspirados), hablaron de Dios y de las cosas de Dios[9]. Sin embargo, esta fe en el testimonio profético no impide a los cristianos la posibilidad de dar una explicación (teología), sobre todo con respecto a la unicidad de Dios. Atenágoras emprende esta tarea explicativa, se convierte en el primer cristiano en intentar una demostración racional del monoteísmo, y todo ello lo hace sirviéndose de un curioso razonamiento espacial: Dios tiene su lugar propio, y éste no es el mundo, puesto que el mundo es creación de Dios.

           El lugar de Dios está, por tanto, por encima del mundo, y siendo éste una esfera perfecta, Dios ha de estar en torno al mundo llenándolo todo. Si hubiera un segundo dios, no podría tener lugar propio, ni compartir el lugar del primero. Por ser increados, tales dioses serían desiguales, pues lo increado, a diferencia de lo creado, no es semejante a nada, pues no ha sido hecho por nadie ni para nadie. Y en cuanto desiguales, no podrían ocupar el mismo lugar. Dios es, además, indivisible y carente de partes. No puede haber, por tanto, dos dioses en uno, como si fueran partes de un compuesto. Y si el Hacedor del mundo, del único mundo existente, ocupa todo el lugar que está en torno a él, no queda espacio para otro dios. Un dios que no puede estar en ninguna parte porque carece de lugar propio es, para Atenágoras, un dios inexistente[10]. Tal es el razonamiento de nuestro apologista. Pero él no concede la suprema autoridad a la razón, sino al testimonio profético. Es este testimonio el que le confirma en la verdad del monoteísmo[11]; más aún, el que le muestra la dimensión trinitaria de este monoteísmo.

           Por otro lado, Dios es espíritu, y en el espíritu de Dios no hay ni ira, ni deseo, ni instinto, ni semen generador, como predican de sus dioses los paganos en sus relatos mitológicos[12]: “Urano es castrado, Crono encadenado y precipitado al Tártaro, se sublevan los Titanes, Estigia muere en el curso de la batalla, se enamoran unos de otros, se enamoran de los hombres”[13]. ¿Cómo creer, exclama Atenágoras, en estos dioses sometidos a los vaivenes del deseo? Si Crono es el tiempo, cambia; pero la divinidad es inmutable, inmóvil e inmortal. Por eso, ni Crono ni el ídolo que lo representa puede ser dios, esto es, de naturaleza divina[14].

           Por tanto, no puede ser acusado de ateo el que no tiene por dioses a las piedras, al leño, al oro o a la plata, pues estas cosas son materia y la materia no es Dios, sino únicamente “instrumentos del arte de Dios”. Y como el barro, sin la acción del artista (alfarero), no puede por sí mismo convertirse en vaso, así tampoco la materia, que todo lo contiene, puede recibir distinción, figura y ornato sin la acción de Dios, su artífice[15]. Además, comparar a Dios con la materia es equiparar lo disoluble y corruptible con lo eterno. Por eso los dioses de los paganos se revelan falsos, porque si, como dicen sus creadores, nacen y tienen su constitución del agua (que estaría en el origen de todo), son corruptibles como todo lo que tiene principio. Sólo lo increado (carente de origen) es eterno e incorruptible, como afirma también Platón y otros filósofos. Además, no hay materia formada que no tenga artífice: la materia necesita de artífice y el artífice de materia. Y si Dios es causa eficiente  de la materia, ha de ser anterior a ella, pues la causa es siempre anterior al efecto[16].

           Tal es el monoteísmo trinitario de Atenágoras. Y el que adora a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, no puede ser acusado de ateo; pues no solamente no carece de Dios, sino que tiene al Dios verdadero.

           Porque (dice él) reconocemos también un hijo de Dios… Tal Hijo es el Verbo del Padre en idea y operación, pues conforme a él y por su medio fue hecho todo, siendo uno solo el Padre y el Hijo. Y estando el Hijo en el Padre y el Padre en el Hijo por la unidad y potencia de espíritu, el Hijo de Dios es Mente y Verbo del Padre (…) ¿qué quiere decir hijo? Lo diré brevemente: el Hijo es el primer engendro del Padre, no en cuanto hecho (puesto que, desde el principio, Dios que es inteligencia eterna, tenía en sí mismo al Verbo, dado que es eternamente racional), sino en cuanto procediendo de él, cuando todas las cosas materiales eran naturaleza informe y tierra inerte… para ser sobre ellas idea y operación (…) El mismo Espíritu Santo, que obra en los que hablan proféticamente, decimos que es una emanación de Dios, fluyendo y volviendo como un rayo de sol. ¿Quién, pues, no se sorprenderá de oír llamar ateos a quienes admiten a un Dios Padre y a un Dios Hijo y a un Espíritu Santo que muestran su potencia en la unidad y su distinción en el orden[17].

c) Resurrección de los Muertos

           Fue la 3ª de las grandes cuestiones cristianas analizadas filosóficamente por Atenágoras, anunciada ya como tal al final de su Apología (cap. 36 y 37) e impresa el año 179 como texto compacto bajo título Sobre la Resurrección de los Muertos.

           Se trató de un tema, el de la resurrección cristiana, que Atenágoras analizó con marcado carácter filosófico, fundándose casi exclusivamente en argumentos de razón (en ella no se encuentra una sola cita bíblica), y por argumentos expuestos por un cristiano que cree en la resurrección anunciada por el kerigma apostólico. Su lugar y justificación están en el ambiente filosófico y popular en que se se anuncia el dogma cristiano, un ambiente en el que no hay cabida para la fe en la resurrección de la carne. Es el mismo espacio social que rechazó la predicación del apóstol Pablo cuando se presentó en el areópago de Atenas proclamando la resurrección de Jesús. En el marco de esta mentalidad helénica sólo hay lugar para la supervivencia del alma más allá de la muerte. El destino de lo corporal es la corrupción.

           Atenágoras defiende no sólo la posibilidad y la conveniencia de la resurrección, sino también su necesidad. Comienza por hacer distinción entre 3 tipos de personas:

-los agnósticos, que renuncian de antemano a hallar la verdad sobre estas materias,
-los platónicos, que se forjan opiniones torcidas sobre el asunto,
-los escépticos, que tienen la duda por sistema, hasta poner en entredicho lo evidente.

           Ante tales personas no hay más remedio que acudir a la razón como instrumento de defensa (apología). Todo argumento habrá de ajustarse a los destinatarios. Y destinatarios de esta obra son tanto los que no creen o dudan (paganos) como los que creen, pero desean entender (cristianos). Se hacen, pues, necesarios 2 tipos de argumentos:

-en favor de la verdad, para los primeros,
-
acerca de la verdad, para los segundos[1
8].

           El filósofo cristiano confía en la fuerza de la razón, presente también en los incrédulos. Y la razón demuestra que la resurrección es algo creíble y, por tanto, admisible.

           Al incrédulo se le ofrecen 2 caminos:

-afirmar que el origen del hombre no depende de causa alguna (ateísmo, panteísmo, monismo), sino que es producto del azar (lo cual es fácil de refutar),
-demostrar que Dios, el principio de todos los seres, no puede o no quiere “unir de nuevo los cuerpos muertos y hasta completamente deshechos para la constitución de los mismos hombres (que fueron)”.

           Ahora bien, a alguien le es imposible una cosa “o por no saber lo que se debe hacer” (por falta de conocimiento) o “por no tener fuerza suficiente para llevar a cabo lo que se sabe” (por falta de capacidad o de medios para la ejecución). Pero Dios, Creador del universo, no puede desconocer ni la naturaleza de los cuerpos que han de resucitar, ni el paradero de cada una de sus partes deshechas y mezcladas con otros elementos del entero universo[19].

           Que Dios tiene poder para resucitar los cuerpos lo prueba el hecho mismo de la creación. El que hizo los cuerpos “conforme a su constitución primera y a sus principios” podrá resucitarlos (recomponiendo lo deshecho) con la misma facilidad con que los formó. La resurrección se entiende, por tanto, como una nueva creación de Dios. Las mismas dificultades que hay para aquélla, las hubo ya para ésta[20].

           De este modo se diluyen, como un azucarillo, todas esas objeciones del vulgo, sobre los cuerpos que han perecido en naufragios y han venido a ser pasto de los peces, sobre cómo determinar el lugar al que han ido a parar, sobre cómo separar los cuerpos asimilados de los asimiladores y asimilados a su vez por otros, sobre cómo recomponer partes tan esparcidas por los más diversos organismos, sobre cómo podrán resucitar determinados miembros para los diferentes cuerpos de cuya composición formaron parte.

           De todas estas dificultades, concluyen que la resurrección es imposible. Pero “los que así hablan (dice Atenágoras) desconocen el poder y la sabiduría del que ha creado y gobierna el universo”, dando a cada especie lo que se ajusta a su naturaleza. La resurrección es, pues, posible para Dios, como lo fue la creación. Tal es la primera conclusión: Dios puede; pero ¿quiere?

           “No es cierto que Dios no la quiera”, responde el apologista cristiano. Una cosa no se quiere o porque es injusta o porque es indigna. Pero con la resurrección no se perjudica a ninguno de los seres creados: ni a los ángeles (naturalezas inteligibles), ni a los irracionales e inanimados. Menos aún se perjudica al hombre mismo, con su alma y con su cuerpo[21]. Resulta evidente, pues, que Dios quiere, ya que “la resurrección de los cuerpos disueltos es obra posible, querida y digna del Creador”.

           Hasta aquí la argumentación destinada a los incrédulos, los llamados argumentos “en favor de la verdad”. A partir de aquí, pero sin salirse del surco de la razón, Atenágoras inicia los llamados argumentos “acerca de la verdad”, destinados preferentemente a los creyentes que desean entender su fe en la resurrección. Su raciocinio se funda en 3 pilares argumentativos:

-el designio de Dios en la creación humana,
-la común naturaleza de los hombres como hombres,
el justo juicio de Dios.

c.1) El designio de Dios en la creación

           No hay ser inteligente que obre sin motivo, explica al respecto Atenágoras, que continúa diciendo que éste actuará siempre en utilidad propia o de otro[22]. Así, Dios, que es sabio e inteligente, no pudo hacer “en vano” (sin motivo) al hombre, pues en la sabiduría no cabe la obra vana. No lo hizo para utilidad propia, ya que Dios no necesita de nada; tampoco lo hizo para utilidad de cualquiera de sus criaturas, “pues ninguna de las criaturas dotadas de razón y juicio, mayores o menores, ha sido ni es hecha para utilidad de otro, sino para la propia vida y permanencia (de tales criaturas)”[23]. Luego Dios creó al hombre por el mismo hombre y por bondad y sabiduría propias. La razón más inmediata de la creación del hombre es la vida misma del hombre creado.

           El Creador nos hizo a su imagen, dotándonos de un cuerpo corruptible y un alma inmortal. Semejante alma no puede tener otro destino que la inmortalidad. Pero el alma, separada del cuerpo, no es hombre. Para que el hombre perdure tiene que perdurar la unión de alma y cuerpo de que se compone. En esta composición (psico-somática) se advierte, pues, un designio divino que mira a la permanencia del hombre más allá de la muerte, y esta permanencia es garantía de nuestra resurrección, ya que sin la resurrección del cuerpo no sería posible la permanencia en la vida del hombre como compuesto psicosomático.

c.2) La naturaleza de los seres humanos

           Dios no nos creó como almas o cuerpos separados, sino como seres compuestos de cuerpo y alma. La unión de tales elementos reclama un fin único para ambos[24]. Y habrá un solo fin si se mantiene la constitución del compuesto con todas sus partes. Para ello es necesaria la resurrección de los cuerpos. De no ser así, el hombre que perdurase (alma) no sería el ser humano completo, no sería hombre, pues le faltaría un elemento esencial.

           Y si la naturaleza del hombre no permaneciese en su integridad, en vano se habría ajustado el alma a los sufrimientos y necesidades del cuerpo[25]. Mas si lo vano no cabe en las obras de Dios, es preciso que el cuerpo perdure con un alma imperecedera.

           Hay diferentes modos de permanencia, conforme a la naturaleza de las cosas a las que afecta. Una es la permanencia inmutable de los seres incorruptibles e inmortales y otra la permanencia de los hombres que, en cuanto al alma, gozan desde su creación de la permanencia inmutable, pero, en cuanto al cuerpo, reciben por transformación, la incorrupción. Se trata, pues, de una permanencia que sigue a la disolución del cuerpo. Y si difícil o imposible es describir el proceso transformante de la resurrección, también lo es explicar otros fenómenos de la naturaleza, como la transformación de una “gota de semen” en tantas y tan grandes facultades[26].

c.3) El justo juicio de Dios

           El juicio de Dios, para que sea justo, debe tocar al hombre entero, con su cuerpo y con su alma. El concepto (cristiano) de creación supone el de providencia. Un Dios creador, pero despreocupado de sus creaturas, aparece en conflicto consigo mismo y con su condición de persona. “El hombre (dice nuestro autor), como necesitado, necesita de alimento; como mortal, necesita de sucesión; y como racional, de juicio: de alimento, para vivir; de sucesión, para la subsistencia de la especie; y de justicia, por lo que de legal tienen el alimento y la sucesión”.

           Y si alimento y sucesión afectan al compuesto humano (alma y cuerpo), también ha de hacerlo el juicio, pues él es el responsable de las acciones humanas, por las cuales habrá de recibir premio o castigo, es el compuesto de cuerpo y alma: ni el alma obró sin el cuerpo, ni el cuerpo sin el alma. “El alma, por sí misma, es insensible a los pecados que pueden cometerse por los placeres, alimentos o cuidados corporales y el cuerpo es, por sí mismo, incapaz de discernir la ley y la justicia”, dirá al respecto Atenágoras.

           El juzgado es, por tanto, el compuesto de cuerpo y alma. Pero este juicio no se cumple en la presente vida; pues en ella no siempre se recibe lo que se merece: hay malvados que prosperan y justos que sufren todo tipo de desgracias[27]. Tampoco se cumple con la muerte, en que desaparece el compuesto humano por separación de alma y cuerpo y disolución de éste. Luego para que haya juicio y para que éste sea justo sólo queda que el cuerpo corruptible y disperso se revista de incorrupción y reunificación. Sólo así el hombre recibirá justamente lo que merezca conforme a lo que hizo (bien o mal) por medio del cuerpo. Porque, de no haber juicio, ¿qué nos distinguiría de los irracionales?[28]. Y un juicio que recayera únicamente sobre el alma sería injusto, puesto que no recaería sobre “el que obró la justicia o la iniquidad”, esto es, sobre el hombre[29].

           Las mismas leyes fueron promulgadas para el hombre, y no sólo para el alma, pues el alma por sí misma no necesita de ciertas leyes. “Dios no mandó a las almas que se abstuvieran de lo que nada tiene que ver con ellas, como el adulterio, el asesinato, el robo, la rapiña, la deshonra de los padres y, en general, todo deseo que tiende al daño y perjuicio del prójimo”[30].

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  Act: 01/02/20       @fichas de filosofía            E D I T O R I A L    M E R C A B A     M U R C I A  

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[1] cf. ATENAGORAS, Súplica en favor de los Cristianos, 2.

[2] cf. ATENAGORAS, op.cit, 4-30.

[3] cf. Ibid, 35. [4] cf. Ibid, 36. [5] cf. Ibid, 31. [6] cf. Ibid, 32. [7] cf. Ibid, 33.

[8] Tales como SOFOCLES, FILOLAO, PLATON, ARISTOTELES y estoicos.

[9] cf. ATENAGORAS, Súplica en favor de los Cristianos, 7.

[10] cf. ATENAGORAS, op.cit, 8.

[11] cf. Ibid, 9. [12] cf. Ibid, 21. [13] cf. Ibid, 21. [14] cf. Ibid, 22. [15] cf. Ibid, 15. [16] cf. Ibid, 19. [17] cf. Ibid, 10.

[18] cf. ATENAGORAS, Sobre la Resurrección de los Muertos, en RUIZ BUENO, D; Padres Apologistas griegos, ed. BAC, Madrid 2002, p. 710.

[19] cf. ATENAGORAS, op.cit, pp. 712-713.

[20] cf. Ibid, pp. 713-714. [21] cf. Ibid, pp. 723-724. [22] cf. Ibid, 726. [23] cf. Ibid, 727. [24] cf. Ibid, p. 733. [25] cf. Ibid, p. 734. [26] cf. Ibid, p. 737. [27] cf. Ibid, p. 740. [28] cf. Ibid, p. 741. [29] cf. Ibid, pp. 743-744. [30] cf. Ibid, p. 747.