MANETÓN
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Madrid, 1 septiembre 2021
César Vidal, doctor en Derecho

            La figura de Manetón constituye, sin lugar a dudas, una de las fuentes históricas más importantes con respecto al Egipto de los faraones, suponiendo su Aegyptiaca (escrita en lengua griega) una obra capital para el conocimiento de muchos de los aspectos trascendentales (los egipcios) de la historia de la Antigüedad. Hay dos razones que contribuyen de manera esencial a justificar esta visión del personaje.

            La 1ª razón gira en torno a la temática de su obra centrada en la historia y religión del Antiguo Egipto. Que éste es un tema eterno incluso en las épocas en que parece eclipsarse la popularidad de los estudios relacionados con la historia antigua, es algo que se desprende fácilmente de la continua corriente de obras que al respecto, bien sean históricas o de creación, se vienen editando de manera ininterrumpida prácticamente desde Champollion hasta nuestros días.

            Pero al carácter, atrayente sin duda, de la temática de esta obra manetoniana se une una 2ª razón no menos sugestiva. Nos referimos al enigma ligado indisolublemente a la misma. Efectivamente, la Aegyptiaca de Manetón sólo ha llegado a nosotros gracias a fragmentos insertos en diversos autores (generalmente de no escaso relieve).

            Constituye este hecho peculiar una buena prueba del predicamento disfrutado por el autor egipcio en la Antigüedad. Dentro del conjunto de restos, laboriosamente conservados por sus prestatarios, encontramos junto a las amplias referencias a Manetón de Flavio Josefo, Julio Africano y Eusebio, referencias al mismo en Diógenes Laercio, Eliano, el Etymologicum Magnum, Lido, Malalas, los escoliastas de Platón, Plutarco, Porfirio, Teodoreto y Teófilo. Manetón constituía para ellos referencia obligada, quizá la más importante, a la hora de acercarse a la milenaria cultura egipcia.

            Nuestro autor fue un fruto más de un magma cultural que llevó a varios no-griegos a narrar en lengua helénica las maravillas de sus patrias. Estas yacían en buena medida postradas en un proceso de decadencia siquiera política y aquella adversa circunstancia contribuyó a un intento de preservar de aciagos tiempos la gloriosa huella del pasado.

            Ejemplos de esta misma actitud fueron así mismo Beroso o a los autores judíos de los libros Macabeos, si bien pocos lograron, como Manetón, seguir siendo leído mucho tiempo después de su época, que en el caso del egipcio fue el s. III a.C.

            Como tendremos ocasión de ver a continuación, aquel interés no se limitó a la simple lectura sino que llevó a la utilización del mismo con ocasión de combates dialécticos de corte nacionalista (Josefo) o religioso (Julio Africano, Eusebio) convirtiéndose, gracias a estas fuentes, en fuente de referencia obligada el historiador medieval.

a) Vida de Manetón

            Los datos que han llegado hasta nosotros acerca de la biografía de Manetón son muy limitados. Con todo, algunas circunstancias parecen establecidas con un mínimo grado de certeza. Nos estamos refiriendo a su lugar de nacimiento, su sacerdocio en Heliópolis y su colaboración en la introducción del culto de Serapis.

            El nombre Manetón significa posiblemente “verdad de Tot” y sabemos que bajo la dinastía XIX hubo un sacerdote al que se denominaba “primer sacerdote de la verdad de Tot”[1]. No obstante, la etimología del nombre dista mucho de resultar innegable. Waddell señala, entre otras posibilidades, las de que Manetón pudiera significar “don de Tot”, “amado de Tot” o “amado de Neit”[2]. Cerny prefirió trazar la etimología del nombre a partir del copto[3] dándole el significado de mozo de cuadra. En todo caso, no cabe duda de que fue un egipcio, de raza egipcia.

            El mayor problema para tal interpretación radica en el hecho de que el término copto no aparece nunca como nombre propio. En términos generales, pues, podemos aceptar prudentemente que el nombre Manetón tenía un significado teóforo y constituía por ello un apelativo adecuado para un sacerdote. Más difícil resulta saber si fue el nombre original del autor que tratamos o si estaba ligado a su profesión clerical.

            Con relación a su tiempo, Sincelo señala que vivió después de Beroso[4] pero que tal posterioridad no resultó excesiva puesto que fue casi contemporáneo”. Sabemos que Beroso ejerció como sacerdote de Marduk en Babilonia durante el reinado de Antíoco I (ca. 285 a.C) y que dedicó su Caldeaa este rey con posterioridad al 281 a.C. Aunque nos parece excesivo suscribir la tesis de que las obras de Beroso y de Manetón fueron un intentonacionalista de rivalizar suscitado entre historiadores de dos culturas milenarias[5], no puede descartarse a priori la posibilidad de que Manetón se inspirara en parte en su antecesor.

            Suidas consideró que Manetón no era el nombre de un solo autor sino de dos diferentes. El 1º habría sido originario del enclave egipcio de Mendes, su ocupación principal la habría constituido el sacerdocio y habría escrito Sobre la elaboración de Kyfos[6]. El 2º se encontraría adscrito a la ciudad de Dióspolis y su labor habría girado esencialmente en torno al cultivo de la astronomía y de otras ciencias. Sus obras principales serían un Tratado sobre las Doctrinas Físicas[7], un poema en versos hexamétricos sobre las influencias ejercidas por los astros (Apotelesmatica) y algunos escritos más[8].

            Lo más importante es que Suidas sufre una confusión al tomar nota de las ciudades relacionadas con Manetón y es posible que tendiera a desdoblar al mismo personaje en dos, uno ligado a Mendes y otro a Sebenito. La Dióspolis de Suidas era muy probablemente la actual Tell el Balamun (capital del nomo 17 o diospolitano), que se encontraba al norte del nomo de Sebenito (con el que colindaba).

            Muy posiblemente Manetón fue natural de Sebenito (la actual Samanud) en el Delta, en la orilla occidental del brazo del Nilo relacionado con Damieta. Parece indiscutible que perteneció a la clase clerical egipcia y, de aceptar el testimonio de su carta a Ptolomeo II Filadelfo[9], habría sido «sumo sacerdote y escriba de los sagrados templos de Egipto, nacido en Sebenito y habitando en Heliópolis».

            Con la excepción de los datos relativos a su nacimiento y a su residencia heliopolitana no poseemos base firme en conexión con esta fuente para aceptar las otras afirmaciones[10]. Existe, sin embargo, un testimonio adicional que sí parece abogar por la presencia de Manetón en las filas del alto clero egipcio. Nos estamos refiriendo al papel que desempeñó en la introducción del culto de Serapis.

            La dinastía de los Ptolomeos, nacida de la desmembración del Imperio de Alejandro Magno, optó por dotar de una base religiosa a su absolutismo monárquico[11]. No era una medida nueva en la Antigüedad y, desde luego, gozaba de precedentes en la actuación política del genial hijo de Filipo II de Macedonia.

            Esta decisión dio su primer paso con la teogamia restaurada de Ptolomeo I (ca. 283 a.C), pero fue Ptolomeo, al afirmar la propiedad regia de los dominios de los templos (ca. 205 a.C), el que imprimió al proceso un carácter de importancia trascendental. A estas medidas de corte económico se unió otra de clara raíz ideológica que fue la de intentar sincretizar la religión egipcia con la helénica.

            Resulta evidente que con ello se buscaba tender un puente entre ambos elementos de la población gobernada por el monarca, además de legitimar el poder regio. Según Plutarco, el rey convocó en Alejandría a una comisión de teólogos (entre los que se encontraban Manetón y el ateniense Timoteo), a la que encargó de establecer las correspondencias y concomitancias entre los dos cultos.

            El fruto de esta labor fue, como ya señalamos, el culto de Serapis (dios de Alejandría), al que los egipcios podían identificar con Osiris (bajo el símbolo del buey Apis) y los griegos llegarían a ver como Plutón. Dado que Osiris se había fundido ya con Ra (tanto en Grecia como en Egipto), se tendió a asimilar a Serapis con el culto solar. En el Imperio Romano se hablará ya de un solo dios en tres divinidades: Zeus, Helios (el Sol) y Serapis[12].

            No es nuestra intención detenernos excesivamente en un terreno que corresponde más bien ala historia de las religiones. Con todo, consideramos indispensable señalar, según se desprende de alguna noticia de Plutarco[13] sobre Manetón, que éste contaba con el suficiente ascendente en la corte como para formar parte de un grupo real de asesores en cuestiones religiosas. ¿Indica esto que desempeñaba algún rango especial dentro del clero?

            Creemos que no nos encontramos ante un testimonio definitivo de ello aunque sí podría interpretarse como un indicio posible. En cualquier caso, que el papel desarrollado por Manetón en la creación del culto sincrético de Serapis no fue pequeño[14] es algo que parece desprenderse asimismo de la inscripción de su nombre en la base de un busto en mármol hallado en las ruinas del Templo Serapis de Cartago[15].

            Otra fuente que parece hacer referencia a nuestro personaje[16] es una cita consignada en un papiro del 241 a.C. Aparece en un documento que contiene correspondencia relativa al Sello del Templo[17]. La persona a la que se hace referencia fue con toda seguridad alguien conocido en los ámbitos clericales y cabe la posibilidad de que se trate del Manetón del que ahora hablamos. De ser así, todo indicaría que llegó a una edad avanzada.

            Resumiendo pues, podemos aceptar algunos datos como seguros acerca del autor que estamos presentando. Era egipcio, escribía en griego con relativa soltura, nació seguramente en Sebenito y pertenecía a la casta sacerdotal egipcia. Sus conocimientos de considerable amplitud en diversas áreas del saber llamaron la atención de Ptolomeo V, quien le encomendó la tarea (junto a otros eruditos, como el griego Timoteo) de sentar las bases de un culto religioso sincrético. El intento, finalmente, parece haber contado con un éxito notable.

            Dentro de lo probable, aunque no tan seguro como lo señalado en las líneas anteriores, están las circunstancias de que Manetón llegara a sumo sacerdote, que se le venerara en agradecimiento por su papel en el establecimiento del culto a Serapis y que alcanzara una edad avanzada. Son todos datos realmente secundarios pero que parecen posibles.

            Ahora bien, si exceptuamos su cometido como creador del culto de Serapis, no cabe duda deque lo más relevante del legado de Manetón son sus obras que, desgraciadamente, sólo nos han llegado en forma fragmentaria. A ellas vamos a dedicar el segundo apartado de esta introducción.

b) Obras de Manetón

            Históricamente se han atribuido a Manetón nueve obras: la Aegyptiaca, el Libro de Sozis, el Libro Sagrado, un Epítome de Doctrinas Físicas, una obra sobre festivales, otra sobre el ritual y la religión antiguos, una más Sobre la elaboración de Kyfos, los Apotelesmatiká (de contenido astrológico) y un opúsculo de Crítica a Herodoto. Dejaremos para el apartado siguiente presentar con algo más de amplitud la Aegyptiaca de Manetón y haremos ahora una referencia sucinta al resto de las obras.

            El Libro de Sozis aporta una lista de 86 monarcas que Sincelo atribuyó a Manetón. No obstante, sedan en esta obra algunas circunstancias que nos hacen poner en duda que fuera escrita realmente por el egipcio. En 1º lugar, la colocación de los diversos reyes en la lista difiere considerablemente de la mantenida por Manetón en su Aegyptiaca. En 2º lugar, aparecen una serie de nombres cuya fuente no es Manetón aunque resulta difícil determinar con exactitud cuál pueda ser.

            Por último, hay indicios considerables para pensar que la obra es muy posterior a Manetón, y algún autor incluso ha llegado a datarla en el s. III d.C[18]. Cabe pensar que ante el anonimato de este opúsculo se tendió a colocarlo bajo el nombre de Manetón, procedimiento nada extraño en la Antigüedad, por tratar un tema de contenido, más o menos similar al de la Aegyptiaca de aquél.

            La Crítica a Herodoto no cuenta con datos suficientes en las fuentes como para ser considerada de manera indiscutible como una obra aparte de la Aegyptiaca. Ciertamente Josefo nos ha transmitido una noticia[19] favorable a Manetón en su comparación con Herodoto, pero de esto cabe tanto deducir que escribió una obra específica contra el historiador griego, como el que su Aegyptiaca refutó los datos poco críticos del griego acerca del país del Nilo y su pasado.

            Los Apotelesmatiká se atribuyeron frecuentemente en la Antigüedad a Manetón[20]. Supuestamente la obra estaba formada por 6 libros y su estructura era la de un poema en hexámetros cuya temática giraba en torno a la influencia de los astros. Los libros I y V aparecen con dedicatorias al rey Ptolomeo, aunque no resulta claro si se pueden atribuir a Manetón[21]. Eruditos como Kroll y Kochly señalan incluso diferencias cronológicas a la hora de datar el libro, que van desde el 120 a.C hasta el s. IV d.C (en algunos de los fragmentos[22]). No puede pues descartarse que parte de la obra pertenezca Manetón, pero en su conjunto final no se debe atribuir a él.

            Aun mayor dificultad nos plantean el resto de sus obras. Por un lado, no sabemos si se trataron realmente de escritos diferentes o constituyen partes de libros que conocemos de Manetón. Por otro, cabe aún formularse la cuestión de si no se habrá denominado con distintos títulos una misma obra.

            La crítica moderna ha abundado en la exposición de teorías relacionadas con estos interrogantes. Así, Susemihl y Otto, por ejemplo, consideraban que Manetón había escrito con seguridad la Aegyptiaca, el Libro Sagrado y el Epítome sobre las Doctrinas Físicas, pero defendían que las «obras» sobre festivales, sobre el ritual y la religión antiguos, así como Sobre la elaboración de Kyfos no eran sino partes del Libro Sagrado[23]. Fruin fue aún más lejos al suponer que Manetón sólo había escrito dos obras, una relativa a la historia de Egipto y otra dedicada a la religión de este país[24].

            El determinar con exactitud cuántas obras escribió Manetón aparte de la Aegyptiaca, o si fueron los opúsculos partes del Libro Sagrado o no, son algunos de los interrogantes que, hoy en día, resultan imposibles de responder dado el estado actual de nuestros conocimientos. Ciertamente, las noticias de las fuentes antiguas resultan tan pobres que no cabe dar una respuesta definitiva en ninguno de los sentidos[25].

c) Fuentes de Manetón

            Cuesta trabajo imaginar a una persona que se hallara en mejor situación para escribir una historia antigua de Egipto que Manetón. Contaba con el armazón de conocimientos indispensables para tal cometido y la posibilidad de acceder a los archivos egipcios[26]. Podía descifrar la escritura jeroglífica de tablillas, obras arquitectónicas y esculturas sin necesidad de recurrir a un cicerone no siempre bien comprendido, como sucedió en el caso de Herodoto. A todo ello se unía un conocimiento suficientemente profundo de la historiografía griega que le permitía efectuar comparaciones y emitir juicios críticos.

            Aunque podemos admitir que Manetón, como hijo de su tiempo, habría considerado como histórica buena parte de la mitología egipcia, no por ello podemos dejar de ver que la pérdida de buena parte de su obra constituye una desgracia sin paliativos para el historiador.

            No podemos emitir un juicio categórico acerca de las fuentes que utilizó para elaborar su historia, pero creemos que las consignadas a continuación, aparte de las obras contenidas en bibliotecas y archivos, formaron, con bastante probabilidad, parte de las mismas:

            a) La Lista real de Sakkara[27]. Se encontró en una tumba de esta localidad y se halla actualmente en el Museo Antigüedades del Cairo. Contiene los cartuchos de 47 reyes (posiblemente eran 58 en su origen) que llegan hasta Ramsés II. Comienza con Miebis, el 6º rey de la I dinastía, omite las din. XIII-XVII y conserva la tradición del Bajo Egipto.

            b) La Lista real de Abidos[28]. Se encuentra en el muro de un corredor del Templo Seti I de Abidos. Contiene en orden cronológico una lista de 76 reyes desde Menes hasta Seti I. Faltan las din. XIII-XVII. Existe un duplicado, si bien no nos ha llegado íntegro, de esta lista en el Templo Ramsés II de Abidos.

            c) La Lista real de Karnak[29]. Actualmente se encuentra en el Museo Louvre de París. Contiene una lista de reyes, originalmente de 61, que va desde Menes hasta Tutmosis III. Conserva el nombre de algunos de los monarcas del II Período Intermedio (din. XIII-XVII). Al igual que la Lista de Abidos, nos ha conservado la tradición del Alto Egipto.

            d) El Papiro de Turín[30]. Constituye un documento de mucha mayor trascendencia que las listas mencionadas con anterioridad. Está escrito en lenguaje hierático, y originalmente debió de ser una obra de primorosa belleza. Debía contener más de 300 nombres de monarcas, incluyendo la duración de sus reinados en años, meses y días. Al igual que Manetón, el Papiro de Turín empieza con las dinastías de dioses, seguidas por las de los hombres mortales. En conjunto la obra se asemeja mucho al epítome de la Aegyptiaca de Manetón.

            e) La Piedra de Palermo[31]. Esta fuente puede datarse en torno al año 2.600 a.C, durante la V dinastía. Originalmente era una enorme losa de diorita negra[32] de 7 x 2 pies, pero sólo ha llegado hasta nosotros un fragmento de la mitad que actualmente se encuentra en el Museo de Palermo. Piezas más pequeñas del mismo monumento o de otro u otros similares se hallan en el Museo Antigüedades del Cairo y en el University College de Londres.

            Este último texto es tan sólo un texto fragmentario, pero es el que tiene mayor relación con la obra de Manetón, por encima del resto fuentes examinadas. La pieza se encuentra dividida en espacios anuales. En su parte superior aparecen señalados los hechos de importancia y en la inferior las crecidas del Nilo. En las primeras dinastías los años no aparecen numerados sino que reciben un sobrenombre relacionado con algún suceso de relevancia. Al igual que en Manetón, los hechos religiosos y militares gozan de un trato especial, como ocurre con otros como la construcción de pirámides.

d) Conocimientos de Manetón

            Resultaría excesivamente prolijo describir con cierta amplitud todo aquello que Manetón nos ha transmitido sobre la historia de Egipto. Un autor que disfrutaba de su privilegiada situación y que tenía como finalidad enseñar a los bárbaros griegos la importancia de su historia patria, difícilmente podía ser parco en sus aportaciones.

Sobre el mundo egipcio

            Entre los elementos positivos cabe destacar la atribución de un origen tanita a las dos primeras dinastías[33], la localización de los primeros logros médicos en la I dinastía[34], la omisión de la dinastía copta (que, efectivamente, no existió[35]), la transmisión de los únicos datos escritos antiguos acerca de los hicsos[36], la existencia de dos monarcas posteriores a Horemheb (desconocida por nosotros[37]), el testimonio único acerca de Neferkare[38], los relatos únicos acerca del final de Bokkoris y del asesinato de Shabataka por Taharqa (que no nos han llegado a través de ninguna otra fuente[39]), la noticia importantísima sobre Mutis (también única[40]) y una serie de datos muy precisos sobre las din. XXVIII y XXIX[41].

            Si a todo ello añadimos el mar de informaciones que nos proporciona, confirmadas en mayor o menor medida por hallazgos posteriores o por otras fuentes escritas, no puede negarse la importancia trascendental de Manetón para la historia de Egipto y de la Antigüedad.

            No todo fue positivo, no obstante, en el legado histórico de Manetón. Así, por citar unos botones de muestra, los datos sobre la III dinastía resultan casi imposibles de utilizar[42], menciona una VII dinastía que posiblemente no existió, la etimología relacionada con los hicsos es errónea[43], su atribución de un origen tanita a la dinastía XXIII está equivocada[44], así como las cifras que da en relación con la dinastía XXII[45].

            No obstante, no deja de ser curioso que incluso errores de bulto como la división de la historia de Egipto en 31 dinastías (que no se corresponde con la realidad de los hechos históricos)[46] no sólo no hayan sido extirpados por el paso del tiempo sino que se hayan incrustado en manuales y obras especializadas hasta el punto de constituir una convención repetida por razones puramente metodológicas.

            Por todo ello, creemos no exagerar al señalar que la Aegyptiaca de Manetón constituye una de las fuentes escritas más importante de la Antigüedad relativa al país de los faraones.

Sobre el mundo extranjero

            Es posible que de todo lo anterior haya concluido el lector de la Aegyptiaca que ésta, aparte de ser la obra más importante de Manetón, constituye la más indubitada en el terreno de la paternidad literaria, y la que mejor conservada ha llegado hasta nosotros. Tal conclusión es correcta pero, a la vez, dramáticamente relativa.

            La Aegyptiaca nos ha llegado conservada en fragmentos que pueden clasificarse en dos grupos bien definidos. El 1º grupo lo forman las citas transmitidas por Flavio Josefo. Resulta esta circunstancia natural si tenemos en cuenta el hecho de que la historia patria de Israel hunde sus raíces en Egipto. Como veremos más adelante, su utilización por parte del historiador careció de un enfoque crítico y es presumible que la manera en que ha llegado hasta nosotros vía Josefo” sea, al menos en parte, corrupta, pero no cabe duda de que el testimonio es de primerorden[47].

            El 2º grupo está constituido por las referencias a Manetón en los Santos Padres. Se discute si éstos trabajaron sobre la obra misma de Manetón o sobre un epítome de la misma. Este que, en líneas generales, estaría formado por líneas dinásticas, habría sido recogido especialmente por Julio Africano y de él habría pasado a Eusebio, destacando también la labor (en el s. VIII) de Sincelo, igualmente conocido como Jorge el Monje. La finalidad, una vez más, era apologética y pretendía hacer encajar los relatos de la Biblia con la cronología de antiguas civilizaciones como la egipcia.

            Debemos, pues, reconocer que Manetón ha llegado hasta nosotros en peor situación de la que hubiéramos deseado. Por un lado, su Aegyptiaca está incompleta, por otro, si no fue manipulada por razones ideológicas, sí fue seleccionada en aspectos que quizá no resultan tan interesantes para nosotros como omitidos. Pasemos a continuación a examinar a estos autores por separado.

            Buena parte de los fragmentos manetonianos que han llegado hasta nosotros se hallan recogidos en la última obra de Flavio Josefo, a la que ha venido denominándose convencionalmente Contra Apión[48] (aunque Porfirio prefería llamarla Contra los Griegos[49]), y muy posiblemente fue titulada por el judío Acerca como Antigüedades Judías.

            La obra de Josefo seguramente quedó concluida poco antes de la muerte de Josefo (ca. 96), y en ella el autor pretendió plasmar apologéticamente la longevidad del pueblo de Israel y lo bien fundado de sus tradiciones religiosas. Obviamente, Josefo estaba desengañado en esa época del romanismo[50], del que tan fervientemente admirador se había mostrado (por convicción o interés) unos años antes, y volvía con renovado ímpetu a enraizarse en su fe milenaria.

Sobre los hicsos

            En este intento apologético de Josefo, Manetón cuenta con una importancia excepcional, porque si bien es cierto que los autores griegos desconocen los multiseculares orígenes judíos, no sucede lo mismo con el prestigioso historiador egipcio. Según Josefo, Manetón hace referencia a los hicsos, al decir que dominaron Egipto durante 511 años y que, tras ser expulsados por Misfragmutosis, fundaron Jerusalén (siendo, por tanto, los antepasados de los judíos). Todo ello habría acontecido unos 393 años antes de Dánao, y 1.000 años antes de la Guerra de Troya[51].

            Las referencias de Josefo a Manetón resultan especialmente interesantes. Por un lado, dejan de manifiesto que el historiador, que escribió en lengua griega la historia de su patria”, contaba con un cierto prestigio en el mundo romano. Tanto que no se consideraba una temeridad que reprochara a Herodoto haber falseado muchas cosas por ignorancia”[52]. Por otro, al intentar demostrar la realidad histórica del Éxodo (auténtica crux histórica), nos transmite la única noticia escrita antigua dotada de cierta extensión acerca de los hicsos.

            Hoy en día sabemos que no se puede identificar a los hijos de Jacob con los hicsos, entre otras cosas porque Israel descendió a Egipto antes de la llegada de aquéllos[53]. Conocemos también que tampoco se puede admitir que la expulsión de los hicsos corresponda al Éxodo. No obstante, el testimonio, una vez pasado por el tamiz de la crítica histórica, es auténticamente de relieve.

            Cómo llegó Josefo a valerse del texto de Manetón y en qué medida es fiel el citar al mismo es algo cuya respuesta está inevitablemente sujeta a la conjetura. Posiblemente podríamos señalar que, aparte de la equivocada interpretación histórica, Josefo no utilizó a Manetón de una manera uniforme. Aunque entramos en un terreno discutible, creemos que el uso pudo acercarse bastantea lo que exponemos a continuación:

-los párr. 75-82, 94-102a y 237-249 son citas fundamentalmente literales de Manetón.
-los párr. 84-90, 232-249 y 251 pudieran ser citas libres de Manetón.
-los párr. 254-261, 267-269, 271-274, 276-277 y 102b-103 indican controversia, por lo que es dudoso su valor real. Es probable que Josefo los deformara para que sirvieran a sus propósitos.
-los párr. 83, 91 y 250 quizá fueron adiciones al Manetón auténtico, pero ya figuraban en la época de Josefo como parte genuina de las obras de aquél.

            En cualquiera de los casos, lo cierto es que la utilización que Josefo hizo de Manetón fue ambivalente. Si bien se sirvió de él para equiparar el éxodo hebreo con la expulsión de los hicsos, no dejó de apuntar algunos elementos del criticismo contrario al mismo, sin duda, para limar el mordiente anti-judío del autor o de los que realizaron adiciones a su obra (por ejemplo, el párrafo 250).

Sobre el éxodo hebreo

            Josefo no confiaba en Manetón como historiador sino en la medida en que pudiera justificar sus interpretaciones apriorísticas de la historia de Israel; en tanto no se diera tal circunstancia, estaba preparado para tergiversarlo o incluso para denigrarlo como fuente histórica poco fiable. De ahí que no cayera en que quizás el 2º relato de Manetón acerca de los judíos pudiera reproducir, convenientemente pasado por la crítica histórica, elementos verdaderos de la historia del éxodo israelita, pero contemplados desde una perspectiva egipcia.

            Ciertamente, Moisés pudo ser sacerdote antes de convertirse en libertador de Israel. Ciertamente, los israelitas se vieron reducidos a labores de servidumbre relacionadas con la construcción. Ciertamente su monoteísmo iconoclasta y sus disposiciones alimentarias chocaban irreparablemente con la mentalidad egipcia. Y ciertamente también, a juzgar por el relato bíblico del Éxodo, el faraón los dejó irse considerando que el no hacerlo era contravenir a los dioses.

            Todo este fragmento contuvo quizá en su momento valiosa información acerca de cómo concibieron, y seguramente deformaron, por interés propagandístico, la hazaña de la que surgió el pueblo de Israel[54]. Por desgracia, Josefo fue antes ideólogo tendencioso que historiador y nos privó de todo el testimonio manetoniano, sustituyéndolo por unos amaños del texto insostenibles (que, para nosotros, revisten mucho menos interés).

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  Act: 01/09/21       @fichas de filosofía            E D I T O R I A L    M E R C A B A     M U R C I A  

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[1] cf. SPIELBERG, W; “Primer sacerdote de la verdad de Tot”, en Oriental Literature, XXXI (1928), col. 145; XXXII (1929), col. 321.

[2] cf. WADDEL, W. G; Manetho. Aegyptiaca, Cambridge 1980, IX.

[3] cf. CERNY, R; Volumen Vaticano del Centenario.

[4] cf. SINCELO, Perites ton Aegyption arjaiologías.

[5] cf. WADDEL, W; Manetho. Aegyptiaca, Londres 1940, X.

[6] cf. PLUTARCO, Isis y Osiris, LXXX.

[7] cf. EUSEBIO, Preparación al Evangelio, III, 2; DIOGENES LAERCIO, Proemio, 10.

[8] cf. PLUTARCO, Isis y Osiris, IX y XXVIII.

[9] El texto, transmitido por JORGE EL MONJE, plantea problemas de autoría, y muy posiblemente constituye un intento pseudo-epigráfico de proporcionar información sobre MANETÓN.

[10] En contra, Waddel (op.cit, XI) aduce como base la cita de HERODOTO (Historia, II, III, 1), en el sentido de la considerable cultura de los heliopolitanos. A nuestro juicio, tal referencia no parece constituir argumento de peso en favor de que MANETON llegara a alcanzar un grado elevado en el seno de la clase sacerdotal.

[11] cf. PIRENNE, J; Historia del Antiguo Egipto, vol. III, Barcelona 1982, p. 401.

[12] Algunos historiadores han tendido a ver en estos actos un ejemplo de cómo la teología mediterránea avanzaba hacia una concepción monoteísta de la divinidad (cf. AYMARD, A; AUBOYER, J; Historia General de las Civilizaciones, vol. II: Oriente y Grecia Antigua, Barcelona 1981, p. 732).

[13] cf. PLUTARCO, Isis y Osiris, XXVIII.

[14] cf. LAFAYE, G. L; Historia du Cuite des Divinités d'Alexandrie, París 1844, p. 14.

[15] cf. TEMPLO DE SERAPIS, Corpus de Inscripciones Latinas, VIII, inscr. 1.007.

[16] Un punto de vista opuesto en BOUCHE LECLERCQ, A; Histoire des Lagides, vol. IV, París 1907, p. 269.

[17] cf. GRENFELL, B. P; HUNT, A. S; The Hibeh Papyri, Londres 1906, I.

[18] cf. GUTSCHMID, A. V; Kleine Schriften, Leipzig 1893, IV.

[19] cf. FLAVIO JOSEFO, Contra Apión, I, 73.

[20] cf. WADDEL, W. G; Manetho. Aegyptiaca, Cambridge 1980, X.

[21] cf. SCOTT, W; Hermética, vol. III: The Ancient Greek and Latin Writings, Boston 1924, p. 492.

[22] cf. WISSOWA, G; PAULY, A. F; Manethon, en Realencyclopadie der Classischen Altertumswissenshaft, XIV (1928), v. 1.

[23] cf. SUSEMIHL, F; Alexandrian Literature Geschichte des griechischen Litteratur in der Alexandrinerzeit, en The Classical Review, I (1891), pp. 608-616.

[24] cf. FRUIN, R. J; Manethonis Sebennytae Reliquiae, Leiden 1847, p. 77.

[25] No obstante, EUSEBIO DE CESAREA parece apuntar más bien en favor de la tesis de la existencia de varias obras aparte de la Aegyptiaca (cf. EUSEBIO, Preparación al Evangelio, II).

[26] HERODOTO (Historia, II, III, 100) y DIODORO (Historia, I, 44, 4) contienen referencias al valor de este tipo de fuentes, para un conocimiento de la historia egipcia.

[27] cf. MEYER, E; Aegyptische Chronologie, Berlín 1904, lám. 1.

[28] cf. DE ROUGE, E; Recherches sur les monuments des six premières dynasties de Manethon, París 1866, lám. 2.

[29] cf. LEPSIUS, K. E; Auswahl der wichtigsten urkunden des Aegyptischen altertums, Leipzig 1842, lám. 1.

[30] cf. LEPSIUS, K. E; op.cit, lám. 3-6.

[31] cf. GAUTHIER, H; “Quatre fragments nouveaux de la Pierre de Palerme au Musée du Caire”, en Academie des Inscriptions et Belles Lettres, LVIII (1914), pp. 489-496.

[32] Petrie ha formulado la tesis de que el texto de los anales se encontraba dividido en 6 losas de 6 pulgadas de ancho, visibles por ambos lados (cf. PETRIE, F; The Making of Egypt, Londres 1939, p. 98).

[33] cf. TRIGGER, B. G; KEMP, B. J; Historia del Egipto Antiguo, Barcelona 1985, p. 75.

[34] cf. PIRENNE, J; Historia del Antiguo Egipto, vol. I, Barcelona 1982, pp. 198-199 y 232.

[35] cf. DRIOTON, E; VANDIER, J; Historia de Egipto, Buenos Aires 1986, p. 184.

[36] cf. PIRENNE, J; Historia del Antiguo Egipto, vol. II, Barcelona 1982, pp. 140-141.

[37] cf. DRIOTON, E; VANDIER, J; Historia de Egipto, Buenos Aires 1986, p. 304.

[38] cf. DRIOTON, E; VANDIER, J; op.cit, p. 440.

[39] cf. Ibid, pp. 464 y 468.

[40] cf. Ibid, p. 516.

[41] cf. Ibid, pp. 529-530. Un punto de vista contrario en TRIGGER, B. G; KEMP, B. J; Historia del Egipto Antiguo, Barcelona 1985, pp. 346-347.

[42] cf. DRIOTON, E; VANDIER, J; Historia de Egipto, Buenos Aires 1986, p. 171.

[43] cf. PIRENNE, J; Historia del Antiguo Egipto, vol. II, Barcelona 1982, p. 154.

[44] cf. DRIOTON, E; VANDIER, J; Historia de Egipto, Buenos Aires 1986, p. 454.

[45] cf. DRIOTON, E; VANDIER, J; op.cit, p. 485.

[46] cf. PIRENNE, J; Historia del Antiguo Egipto, vol. II, Barcelona 1982, p. 106.

[47] Una evaluación aún muy válida en: MOMIGLIANO, A; “Intorno al Contra Apione“”, en Rivista di Filología, LIX (1931), pp. 485-503. En relación al origen de la historia de Israel, y su relación con Egipto y el Exodo, ver VIDAL, C; El hijo de Ra: vida y época de Ramsés II, Barcelona, 1992, pp. 173-188.

[48] El título deriva de SAN JERONIMO (Adversus Lovinianum, PL, XXIII, 303; Epístola ad Magnum, PL, XXII, 666).

[49] cf. PORFIRIO, De Abstinentia, IV, 11.

[50] Una clara muestra de ello es el tratamiento dado a las revueltas judías en las Antigüedades Judías de JOSEFO (concluidas el 93 d.C, unos 3 años antes que el Contra Apión), que son presentadas con una óptica radicalmente opuesta (pro-judía) a la expresada en las Guerras Judías (pro-romana). En este sentido ver GUEVARA, H; Ambiente político del pueblo judío en tiempos de Jesús, Madrid, 1985, p. 33.

[51] cf. FLAVIO JOSEFO, Contra Apión, XIII, 69 a XV, 105.

[52] cf. FLAVIO JOSEFO, op.cit, XIV, 73.

[53] cf. ALING, C. F; Egypt and Bible History, Michigan 1984, p. 25.

[54] Gutschmidt la data a finales del s. II d.C. Por el contrario, Meyer la relaciona con el monje PANODORO, y la sitúa en torno al 400 d.C.