La Conciencia Moral

 

Santander, 1 diciembre 2019
José Ramón Ayllón, licenciado en Filosofía

            Ingrediente fundamental de la buena vida es la buena conciencia. Algo tan inmaterial como pesado, pues quizá nada pese más sobre nuestra propia conducta. Al final de su larga vida Kant confesó que las dos cosas que más le habían asombrado eran la contemplación de la noche estrellada y la conciencia humana, al decir que el cielo estrellado fuera de mí, y el orden moral dentro de mí.

            Se refería a la conciencia moral. Porque el término conciencia tiene dos acepciones: una psicológica y otra moral. La conciencia psicológica es el conocimiento reflejo, el conocimiento de uno mismo, la autoconciencia. La conciencia moral, en cambio, es la capacidad de juzgar la moralidad de la conducta humana (propia o ajena). Es, por tanto, una capacidad de la inteligencia humana. De una inteligencia que tiene diversas capacidades, que es polifacética, porque hay (entre otras) una inteligencia estética, una inteligencia matemática, una inteligencia emocional, una inteligencia moral o ética.

            Los animales no tienen conciencia. El ser humano tiene conciencia por ser animal racional, pues la razón es la facultad de juzgar. Conciencia moral es precisamente la razón que juzga la moralidad: el bien o el mal. No el bien o el mal técnico o deportivo (el que nos dice si somos un buen dibujante o un mal tenista), sino el bien o mal moral: el que afecta a la persona en profundidad. Hay acciones que afectan a la persona superficialmente, y acciones que la afectan en profundidad. Lavarse la cara afecta a la exterioridad de la cara; en cambio, mentir afecta a la interioridad de la persona.

            Un periodista preguntaba a la modelo Valeria Mazza: ¿Ha rechazado algún trabajo? Y la respuesta fue: Sí, nunca hice un desnudo o pasé ropa transparente. Al principio me costaba mucho negarme, porque lo que quieres es trabajar, pero me daba cuenta de que eso afecta a tu personalidad.

            Esas acciones que afectan al núcleo de la persona son las que sopesa la conciencia moral. ¿Qué importancia tiene la conciencia? La misma que un Stop, un Ceda el Paso o un semáforo. La importancia de lo que nos permite vivir como seres humanos. Porque si la razón no impone su ley, se impone la ley de la selva. Y entonces no vivimos como seres humanos, sino como monos con pantalones. Esta es la alternativa: conciencia o selva.

a) De Sócrates a hoy día

            La conciencia es una curiosa exigencia de nosotros a nosotros mismos. No es una imposición externa que provenga de la fuerza de la ley, ni del peso de la opinión pública, ni del consejo de los más cercanos. Sócrates decía a Critón que las razones que me impiden huir resuenan dentro de mi alma haciéndome insensible a otras.

            Los que, a lo largo de la historia, han actuado en conciencia contra la autoridad establecida, no lo han hecho por afán de rebeldía, sino por el pacífico convencimiento de que hay cosas que no se pueden hacer. Gandhi, acusado de sedición, se defiende en el más grave de sus procesos al decir he desobedecido a la ley, no por querer faltar a la autoridad británica, sino por obedecer a la ley más importante de nuestra vida: la voz de la conciencia.

            La conciencia juzga con criterios absolutos porque puede juzgar desde el más allá de la muerte. Un más allá que es precisamente lo que está en juego. Por la presencia de ese criterio absoluto, intuye el hombre su responsabilidad absoluta y su dignidad absoluta. Por eso entendemos a Tomás Moro cuando escribía a su hija Margaret, antes de ser decapitado, que ésta es de ese tipo de situaciones en las que un hombre puede perder su cabeza y aun así no ser dañado.

            Y entendemos que el abogado Aticus Finch, en un país racista, se enfrentara a la opinión pública de toda su ciudad, por defender a un muchacho negro y al afirmar que antes que vivir con los demás tengo que vivir conmigo mismo, pues la única cosa que no se rige por la regla de la mayoría es la propia conciencia.

            Y entendemos también a Platón, cuando nos dice que la verdadera salvaguarda de la justicia está en el más allá, en un juicio de los muertos seguido de premios y castigos. Por eso, la República, ese inmortal ensayo de filosofía política, concluye con el Mito de Er, una narración escatológica para poner de manifiesto que la última garantía de la justicia está después de la muerte.

            La conciencia es una brújula para el bien y un freno para el mal: el hombre no lucha como los animales, sólo con uñas y dientes, sino también con garrotes, arcos, espadas, aviones, submarinos, gases y bombas. Para bien y para mal, la inteligencia desborda los cauces del instinto animal y complica extraordinariamente los caminos de la criatura humana.

            Pero la misma inteligencia, consciente de su doble posibilidad, ejerce un eficaz autocontrol sobre sus propios actos, un control de calidad. De ahí que Confucio definiera la conciencia como luz de la inteligencia para distinguir el bien y el mal, y que las grandes tradiciones culturales de la humanidad, desde Confucio y Sócrates hasta hoy día, hayan llamado conciencia moral a ese muro de contención del mal, y le hayan otorgado el máximo rango entre las cualidades humanas.

            Un repaso a la historia revela que ese sexto sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, se encuentra en todos los individuos y en todas las sociedades (porque todo individuo, desde niño, es capaz de protestar y decir que no hay derecho). La conciencia es un juicio de la razón, no una decisión de la voluntad. Por eso, la conciencia puede funcionar bien y, sin embargo, el hombre puede obrar mal. Con otras palabras: la conciencia es condición necesaria, pero no suficiente, del recto obrar.

            Hay personas que no escuchan la voz de la conciencia y se extravían, porque la conciencia es testigo, fiscal y juez al mismo tiempo. En las tragedias de Shakespeare la conciencia se escucha pero no se sigue. Sus personajes Hamlet o Macbeth buscaban en su interior testigos falsos, sobornaban a su íntimo fiscal y corrompían su propio juicio. Decía Macbeth, antes de asesinar a su rey: Baja, horrenda noche, y cúbrete bajo el palio de la más espesa humareda del infierno; que mi afilado puñal oculte la herida que va a abrir, y que el cielo, espiándome a través de la abertura de las tinieblas, no pueda gritarme basta.

            Ese es precisamente el problema de Hamlet, una fina conciencia aliada con una mala voluntad: Yo soy medianamente bueno, y, con todo, de tales cosas podría acusarme, que más valiera que mi madre no me hubiese echado al mundo. Soy muy soberbio, ambicioso y vengativo, con más pecados sobre mi cabeza que pensamientos para concebirlos, fantasía para darles forma o tiempo para llevarlos a ejecución. ¿Por qué han de existir individuos como yo para arrastrarse entre los cielos y la tierra?.

            El juicio moral es en Hamlet correcto, pero su voluntad no consigue rectificar su deseo de venganza. De ahí el sentimiento de mala conciencia.

b) El error de Nietzsche

            La realidad de la mala conciencia ha llevado a algunos filósofos a pensar que la solución es cortar por lo sano y eliminar la conciencia. Es la pretensión del superhombre de Nietzsche, al afirmar que existe un feroz dragón llamado tú debes, contra el que se arroja el superhombre con las palabras yo quiero.

            Nietzsche comienza constatando que hasta ahora no se ha experimentado la más mínima duda al establecer que lo bueno tiene un valor superior a lo malo, para terminar preguntándose ¿y si fuera verdad lo contrario?.

            Conclusión a la que llega Nietzsche al explicar que durante demasiado tiempo, el hombre ha contemplado con malos ojos sus inclinaciones naturales, de modo que han acabado por asociarse con la mala conciencia. Y habría que intentar lo contrario, asociando con la mala conciencia todo lo que se oponga a los instintos, y a nuestra animalidad natural.

            En el fondo de estas palabras hay una suposición falsa, la de que sin conciencia no habría sentimiento de culpa, y sin sentimiento de culpa viviríamos felices. De ahí que patinara Nietzsche al decir que si como hombres nos es negada la felicidad, quizás como superhombres podamos alcanzarla, levantando la máscara del deber moral, esa artimaña del débil para dominar al fuerte. Artimaña de Nietzsche que es la que configuró el s. XX y sigue configurando nuestra cultura, lo sepamos o no, nos guste o no nos guste. 

            Nietzsche predicó la inversión de todos los valores, y evaluaba las consecuencias de su pretensión con enorme clarividencia, al decir que mi nombre estará un día ligado al recuerdo de una crisis como jamás hubo sobre la tierra, al más hondo conflicto de conciencia, a una voluntad que se proclama contraria a todo lo que hasta ahora se había creído y consagrado, pues no soy un hombre sino una carga de dinamita.

            Y para lograr la inversión de los valores, Nietzsche debe arrancarlos de su raíz fundamental, que es Dios. Así se entiende su obsesión por decretar la muerte de Dios, cuando afirma que ahora es cuando la montaña del acontecer humano se agita con dolores de parto. Dios ha muerto, viva el superhombre.

            Diversos pensadores han afirmado que contra la libertad de asesinar no existe más que un argumento de carácter religioso. Porque la imposibilidad de matar a un hombre no es física sino moral, al descubrir en él cierto carácter absoluto y la mano de su Creador. Como decía Dostoievski al explicar la postura de Nietzsche, si Dios no existe, todo está permitido.

b.1) Consecuencias de este error

            Vemos en nuestros días que la psicología del superhombre ha triunfado. Al menos, en el sentido que MacIntyre denuncia cuando escribe que los ácidos del individualismo han corroído nuestras estructuras morales. Desde la Revolución Francesa, el deber moral fue definitivamente aligerado de su fundamento divino, y sólo quedó apoyado en un mero fundamento civil. Hoy estamos más empeñados que nunca en la vieja pretensión del superhombre: acabar con el mismo deber y sustituirlo por el individualismo, conquistar una autonomía moral casi absoluta, implantar sobre la tumba del deber el reinado de la real gana.

            A los ojos de los actuales herederos de Voltaire, toda ética basada en el deber aparece como imposición rigorista e intransigente, dogmática, fanática y fundamentalista, saturada por el imperativo desgarrador de la obligación moral. Ahora, como dice Lipovetsky en su Crepúsculo del Deber, hemos entrado en la época del posdeber, en una sociedad que desprecia la abnegación y estimula sistemáticamente los deseos inmediatos. En este Nuevo Mundo sólo se otorga crédito a las normas indoloras, a la moral sin obligación ni sanción. La obligación ha sido reemplazada por la seducción; el bienestar se ha convertido en Dios y la publicidad en su pregonero.

            Como se aprecia, Nietzsche goza ahora de una salud que no tuvo en vida. Sus ideas han dado lugar, después de Hitler, a millones de pequeños superhombres domesticados. Pero tampoco nos salen las cuentas. Lipovetsky reconoce que la anestesia del deber contribuye a disolver el necesario autocontrol de los comportamientos, y a promover un individualismo conflictivo. Cita como ejemplos elocuentes la durísima competencia profesional y social, la proliferación de suburbios donde se multiplican las familias sin padre, los analfabetos, los miserables atrapados por la gangrena de la droga, las violencias de los jóvenes, el aumento de las violaciones y los asesinatos. Todo ello son efectos de una cultura (dice) que celebra el presente puro estimulando el ego, la vida libre, el cumplimiento inmediato de los deseos.

            Los predicadores de la desvinculación moral siempre han soñado con la muerte del deber y el nacimiento del individualismo responsable. Pero el vacío dejado por el deber ha mostrado deficiencias estructurales. Lipovetsky advierte que en la resolución de esos conflictos nos jugamos el porvenir de las democracias, al aseverar que no hay tarea más crucial que hacer retroceder el individualismo irresponsable. Si su libro Crepúsculo del Deber se abría con un optimismo que sonaba a música celestial compuesta para la coronación del buen salvaje, 200 páginas después, Lipovetsky empieza a desdecirse y denuncia las trampas de la razón posmoralista, apela con todas sus fuerzas a la ética aristotélica de la prudencia, explica cómo en todas partes la fiebre de autonomía moral se paga con el desequilibrio existencial, y reconoce abiertamente que la solución a nuestros males exige virtud, honestidad, respeto a los derechos del hombre, responsabilidad individual, deontología.

            Como hemos visto, la autonomía absoluta es inviable en sociedad. Sería posible si fuésemos dioses o bestias. Por eso las cárceles están llenas de individuos que ejercieron alguna vez la autonomía sin límites, en una prerrogativa que tiende a convertirse en mecanismo de destrucción.

c) Educación de la Conciencia

            No podemos olvidar que la vida humana alberga rasgos que son necesarios y casi inevitables para cualquier sociedad, cuya presencia impone ciertos criterios valorativos a los que no se puede escapar. Se trata de formas básicas de verdad y de justicia imprescindibles en todo grupo humano. Al mismo tiempo, no parece posible prescindir de cualidades imprescindibles como la amistad, la valentía o la veracidad, por la simple razón de que el horizonte vital de los que ignorasen tales cualidades se restringiría hasta lo insoportable. Transcribo, en este sentido, un párrafo del Historia de la Etica de MacIntyre: Hay reglas sin las cuales no podría existir una vida humana reconocible como tal, y hay otras reglas sin las cuales no podría desenvolverse siquiera en una forma mínimamente civilizada. Éstas son las reglas vinculadas con la expresión de la verdad, con el mantenimiento de las promesas y con la equidad elemental. Sin ellas no habría un terreno donde poder pisar como hombres.

            Después de todo lo dicho, entendemos que la conciencia es una de las piezas insustituibles de la personalidad humana. No es correcto concebir la conciencia como un código de conducta impuesto por padres y educadores, algo así como un lavado de cerebro que pretende asegurar la obediencia y salvaguardar la convivencia pacífica. En cierta medida, la conciencia es fruto de la educación familiar y escolar, pero sus raíces son más profundas: está grabada en el corazón humano. La conciencia es una pieza necesaria de la estructura psicológica humana. También hemos sido educados para tener amigos y trabajar, pero la amistad y el trabajo no son inventos educativos sino necesidades naturales: debemos obrar en conciencia, trabajar y tener amigos porque, de lo contrario, no obramos como hombres.

            Si tenemos pulmones, ¿podríamos vivir sin respirar? Si tenemos inteligencia, ¿podríamos impedir sus juicios éticos? Desde este planteamiento se entiende que la conciencia moral, lejos de ser un bello invento, es el desarrollo lógico de la inteligencia, pertenece a la esencia humana, no es un pegote, y forma parte de la estructura psicológica de la persona. No podemos olvidar que el juicio moral no es un juicio sobre un mundo de fantasía, sino sobre el mundo real. Puedes impedir el juicio de conciencia, y también puedes negarte a comer, o conducir con los ojos cerrados. Lo que no puedes es pretender que los ojos, el alimento y los juicios morales sean cosas de poca monta, sin grave repercusión sobre tu propia vida. Precisamente por ser la conciencia una pieza insustituible, se puede decir que:

-todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos (Declaración Universal de Derechos Humanos);
-todos los hombres están dotados de dignidad y conciencia y deben comportarse fraternalmente los unos con los otros (Declaración Universal de Derechos Humanos);
-toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión (Declaración Universal de Derechos Humanos);
-vivo mejor con la conciencia tranquila que con una buena cuenta corriente (Tom Cruise);
-es mucho menos pesado tener a un niño en brazos que cargarlo sobre la conciencia (Jerome Lejeune).

            Ante la necesidad de decidir moralmente, resulta necesario educar la conciencia. Una educación que debe empezar en la niñez y no interrumpirse, pues ha de aplicar los principios morales a la multiplicidad de situaciones de la vida. Una educación protagonizada por la familia, la escuela y las leyes justas. Una educación que lleva consigo el equilibrio personal y que supone respetar tres reglas de oro:

-hacer el bien y evitar el mal,
-no hacer a nadie lo que no queremos que nos hagan a nosotros,
-no hacer el mal para obtener un bien.

            La educación de la conciencia es incompatible con el relativismo moral y la concepción subjetivista del bien. Dicho de otra manera: educar la conciencia es enseñarla a respetar la realidad, a no manipular lo que es objetivo. La inteligencia es la capacidad de conocer la realidad y conocerse a uno mismo. Y educar la inteligencia es entrenarla para reconocer las cosas como objetivamente son, no como subjetivamente pueden parecer o nos conviene que sean. Lo cual no es nada sencillo. Pongo un ejemplo literario: lo que para Sancho Panza era bacía de barbero, para Don Quijote era el yelmo de Mambrino. Pero los dos no pueden tener razón, pues una cosa no puede ser al mismo tiempo molino de viento (lo que veía Sancho) y gigante enemigo (lo que veía Quijote).

            Son ejemplos suficientemente grotescos como para no sentirnos aludidos. Nos parece imposible que nadie en su sano juicio vea la realidad tan distorsionada. Pero, por desgracia, así es, entre un terrorista y un ciudadano pacífico, entre un defensor del aborto y un defensor de la vida, entre un ateo y un creyente, entre un nazi y un judío, entre el drogadicto y el ebrio, el feminista y el machista...

            Estas comparaciones no son exageradas ni teóricas. Ojalá lo fueran. Como profesor, me afectan personalmente, pues conozco en mis alumnos y en mis antiguos alumnos las consecuencias de no reconocer con objetividad que la realidad es como es, con sus leyes propias. Me refiero a ciertas consecuencias lamentables de esas distorsiones de la realidad: el suicidio, la muerte por sida, por sobredosis o por conducir borracho. En este sentido se ha dicho que Dios perdona siempre, que el hombre perdona algunas veces, y que la naturaleza no perdona nunca. Pero el castigo de la naturaleza nunca es a traición, pues avisa previamente por medio de la conciencia.

Santander, 1 diciembre 2019
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