Hedonismo, tan viejo como nuevo

 

Minas Gerais, 1 noviembre 2019
Carlos P. de Oliveira, catedrático de Filosofía

            Del griego hedone (placer), se trata de la doctrina ética según la cual el único bien es el placer y el único mal el dolor. En consecuencia, sitúa en el placer la felicidad humana. El hedonismo no consiste en afirmar que el placer es un bien, ya que dicha afirmación ha sido admitida por otras muchas doctrinas éticas muy alejadas del hedonismo, sino en considerar que el placer es el único y supremo bien.

a) En el mundo antiguo

            El término hedonismo puede tomarse en dos sentidos, lato y estricto. En el primero, hedonismo sería una teoría ética de gran amplitud en la que la palabra placer tendría un significado muy extenso, abarcando tanto el placer como la utilidad; en este sentido se encuadraría dentro del hedonismo el utilitarismo. En un sentido más restringido, el hedonismo se diferencia del utilitarismo, fundamentalmente, porque el primero cifra el bien en el placer individual, mientras que el segundo afirma como bien sumo el placer, el bienestar y la utilidad sociales; el hedonismo tiene carácter individualista, el utilitarismo es de índole comunitario. Dentro del hedonismo en sentido estricto se pueden distinguir dos formas del mismo, de acuerdo con los dos significados que tiene el término placer. Éste designa, ya el placer sensible o inferior, ya el placer espiritual o superior. En consecuencia, habrá dos formas de hedonismo, llamadas hedonismo absoluto y hedonismo mitigado, o eudemonismo.

a.1) Hedonismo absoluto

            Afirma que el único bien es el placer sensible y el único mal el dolor sensible. Se ha atribuido esta doctrina a Aristipo de Cirene y su escuela. No obstante, es difícil aceptar que un filósofo haya acogido estas tesis que, tomadas en toda su pureza, harían del ser humano un mero animal irracional. Las líneas que estructuran el hedonismo absoluto son las siguientes:

1º El placer es el bien, el dolor es el mal[1];

2º Dentro de los diversos placeres tiene supremacía el sensible[2]; se admite la existencia de placeres del espíritu, pero la naturaleza de sumo bien es propia de los placeres sensibles, dado que la intensidad de éstos es muy superior a la de aquellos;

3º En el seno del placer sensible, únicamente hemos de buscar el placer presente (paron pathos), ya que el pasado se ha destruido y no existe, mientras que el futuro es dudoso y no sabemos con certeza si será[3];

4º La misión de la virtud en este sistema es exclusivamente la de elegir, entre los posibles placeres presentes que estén ante nosotros, el más intenso. Tal es el papel que Aristipo otorga a la fronesis, la prudencia;

5º La única superación de este radical hedonismo se halla en la afirmación de Aristipo de que el hombre sabio y prudente, aunque busque y desee el placer, lo domina y no llega a estar esclavizado por él: «tengo, no soy tenido»[4]. Es la postura que permite ver un atisbo de racionalidad en el hombre hedonista.

a.2) Hedonismo mitigado

            Sostiene que el placer es el bien del hombre, pero da una clara preferencia al placer espiritual sobre el sensible. Es la doctrina ética de Epicuro y los epicúreos. Sus puntos fundamentales son:

1º Primacía del placer espiritual sobre el sensible, de la chara sobre la hedone;

2º Distinción, dentro del placer, entre el de movimiento y el de reposo. El primero se produce al satisfacer una necesidad, un deseo; el segundo, al haber eliminado todas las apetencias. El hedonismo mitigado da más valor a este último. Por ello dirá Epicuro: «Si quieres hacer rico a Pitocles, no aumentes sus riquezas, sino disminuye sus deseos»[5];

3º Determinación de una aritmética del placer sobre las siguientes reglas primordiales:

-aceptar el placer presente, si no produce un dolor ulterior más intenso;
-rehuir el dolor presente que no pueda producir en el futuro un placer más intenso;
-aceptar un dolor presente que origine un placer futuro más intenso;
-rehuir un placer presente que lleve aparejado un dolor futuro de mayor intensidad. La búsqueda del placer en esta forma de hedonismo no se limita a la ciega consecución del placer presente; se establece un principio de racionalidad, al hacer intervenir en el deseo del placer la moderación que puede suponer la previsión del futuro;

4º La misión de la virtud dentro de este hedonismo queda limitada a una prudente regulación de la conducta humana, encaminada a facilitar la aplicación en cada caso concreto de esa aritmética del placer. Tal es la misión que Epicuro asigna a la fronesis, la prudencia;

5º Basado en estas directrices morales, el hombre podrá alcanzar su fin último, que para el hedonismo mitigado es la ausencia de dolor (aponia), que nos dará la tranquilidad de ánimo (ataraxia), en lo que radica la felicidad (eudaimonia).

            Algunos autores cristianos, defensores de este tipo de hedonismo, han pretendido armonizar esta teoría con su supuesto cristianismo. Tal es el caso de L. Valla; en el libro III de su tratado De Voluntate (Sobre el Placer) sostiene que sólo dentro de una concepción cristiana es alcanzable el sumo bien (entiéndase el sumo placer) ya que únicamente Dios puede asegurar al hombre la plenitud del placer en una vida ultraterrena. Fácilmente se comprende que este intento de conciliar el hedonismo con el cristianismo es sumamente deficiente y accesible a fáciles y numerosas críticas. Parecida armonía entre hedonismo y cristianismo es la intentada también por P. Gassendi, hasta el punto de que se ha podido hablar de un ensayo de cristianizar el epicureísmo.

            Dentro de las doctrinas morales, probablemente sea el hedonismo absoluto la de menor dignidad; en él los seres humanos quedan reducidos a la más brutal animalidad, sometidos a la tiranía del presente y totalmente desligados de los que tradicionalmente se han considerado como valores típicamente humanos. Por lo que respecta al hedonismo mitigado y de un modo particular al hedonismo de Epicuro, hay en él una cierta elevación moral al dar primacía a lo espiritual sobre lo material, siquiera sea sólo en el seno del placer. El hombre aparece regulado por principios racionales, aunque éstos estén muy disminuidos. Sin embargo, por mucho que el hedonismo intente «espiritualizar» sus tesis, la raíz primigenia de la que parte, el principio del placer, le impide elevarse a un reino de valores superiores que, en consecuencia, quedan por completo fuera del ámbito de todo hedonismo que sea consecuente.

b) En el mundo actual

            Considerado como concepción o actitud práctica que hace del placer la razón de ser o la norma última de la vida, el hedonismo reviste diferentes formas según las varias etapas y estilos de civilización. Prolongando un progreso continuo, acelerada por la ambición de la ciencia y de la técnica, la civilización contemporánea ha generalizado los bienes de consumo e intensifica el gusto del vivir y la aspiración a la comodidad. Dentro de este clima universal de bienestar, que en sí no es incompatible con la moral y la perfección cristianas, se manifiestan las formas de hedonismo siempre presentes en las épocas y regiones de abundancia y lujo.

            Por su amplitud o por su intensidad merecen destacarse los siguientes fenómenos: La sensualidad difusa que envuelve principalmente los ambientes y clases sociales más favorecidas, trasformándose a veces en un ideal de dolce vita. Esta búsqueda de la comodidad y aun esta demanda de placer intenso y siempre renovado, constituyen una especie de atmósfera propicia para otros tipos extremos de hedonismo Así el erotismo, la depravación del amor humano, exaltado sólo en sus aspectos de sexualidad. Sin duda la valorización del amor y aun del sexo puede constituir un enriquecimiento precioso para la visión auténtica de la vida. Pero el erotismo consiste precisamente en la depravación de esta visión, en la exaltación del placer estimado y cultivado por sí mismo, fuera de la promoción de la persona y de los valores espirituales. Otra forma de degradación, generalmente reprobada por la conciencia común y por el conjunto de las leyes, aunque alcance proporciones considerables, es el abuso de bebidas y drogas. Tales excesos aparecen como síntomas de una insatisfacción profunda entre ciertos sectores del mundo contemporáneo y denuncian el error de la concepción hedonista que inspira algunos medios influyentes de la civilización moderna. En efecto, los recursos, cada vez más eficaces, de difusión de ideas e imágenes, son muchas veces marcados por un ideal de placer que tocan las fronteras del hedonismo Por otro lado, amplios intereses financieros estimulan una publicidad de inspiración y de estilo nítidamente sensuales.

            Sobresale un aspecto del hedonismo que interesa especialmente al moralista contemporáneo y ha sido objeto de intervenciones del Magisterio de la Iglesia. Se trata de la exaltación sistemática y unilateral del placer sexual fuera o dentro de la vida matrimonial. Pío XII en 1951 denunciaba esta insidiosa depravación: «Olas incesantes de hedonismo invaden el mundo y amenazan ahogar en esta marea de pensamientos, deseos y actos toda la vida conyugal, creando serios peligros y causando graves perjuicios a la función primera de los esposos. Este hedonismo anticristiano no se avergüenza muchas veces en erigirse en doctrina, inculcando el deseo de volver más intenso el placer en la preparación y en la realización de la unión conyugal». Y el papa concluye definiendo tal actitud como un hedonismo «refinado, vacío de valores espirituales y, por tanto, indigno de esposos cristianos»[6]. Con esta advertencia, piénsese en la gravedad del hedonismo que busca, ilegítimamente, el placer sexual fuera del matrimonio.

            La apreciación pontificia insinúa el criterio moral que permite discernir el hedonismo, «este culto del placer», de una auténtica visión del amor en todas sus dimensiones espirituales y sensibles. Dentro de la doctrina cristiana, ajena a todo dualismo maniqueísta, el placer tiene un sentido positivo (Dios ha puesto una cierta dosis de placer en el uso de las cosas terrenas), aunque debe estar moderado por la razón iluminada por la fe. Particularmente la armonía y el placer sexuales tienen una noble significación en la vida matrimonial, con tal que estén al servicio del verdadero amor y de las finalidades de la institución conyugal. La forma de superar el hedonismo es, pues, reconociendo este sentido positivo del placer, integrarlo dentro de una visión racional de equilibrio y desarrollo de la persona y especialmente en la concepción cristiana sobre el recto uso de las cosas de la tierra.

Minas Gerais, 1 noviembre 2019
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[1] cf. SEXTO EMPIRICO, Adversus Mathematicos, VIII, 199.

[2] cf. DIOGENES LAERCIO, Vidas de Filósofos, II, 90.

[3] cf. ATENEO, Obras, XII, 544.

[4] cf. DIOGENES LAERCIO, Vidas de Filósofos, II, 75.

[5] cf. USENER, H; Epicurea, Leipzig 1897, p. 135.

[6] Alocución del 29 octubre 1951, cf. AAS, XVIII, Roma 1951, p. 852.