CUENTOS DE CANTERBURY
Cuento del Cocinero

I

Mientras hablaba el administrador, el cocinero de Londres estalló en carcajadas como si le hicieran cosquillas en la espalda. Y dijo:

—¡Ja! ¡Ja! ¡Por la pasión de Cristo! Los razonamientos sobre el hospedaje le han acarreado penosas consecuencias a este molinero. Ya lo dijo Salomón: «Vigila a quien cobijas en tu casa». Es peligroso que un forastero pernocte en casa ajena. Quien da cobijo debe ser consciente de estos peligros. Que el Señor me dé miserias y penas si, así como me llamo Hodge de Ware, escuché relato alguno con molinero más trasquilado. Las tretas nocturnas funcionaron a la perfección. Pero Dios no permite que nos paremos aquí. Si queréis escuchar mi cuento, os relataré lo que sucedió en mi ciudad, de la mejor forma posible.

—Tienes permiso, Roger —le contestó el posadero—. Pero procura que tu cuento sea bueno. Has rebajado la salsa de muchos estofados. Has vendido muchos Jacks de Dover doblemente recalentados y enfriados. Muchos peregrinos te han maldecido sobremanera porque padecieron los efectos de tus perejiles cuando probaron tus viejos gansos rellenos de rastrojos. Muchas moscas andan sueltas por tu cocina. Empieza tu relato, mi querido Roger. Te ruego no te enfades si te tomo el pelo. De broma, se pueden decir muchas verdades.

—Por mi vida que tienes razón —dijo Roger—. Los flamencos dicen: «Una broma en serio es una mala broma». Por consiguiente, Harry Bailey, no des rienda suelta a tu enfado antes de que nos separemos si mi relato es acerca de un hospedero. Sin embargo, no tengo intención de contarlo aún. Te pagaré antes de que nos despidamos.

A continuación empezó a reírse y a bromear, y contó lo que a renglón seguido escucharéis.

II

Una vez vivía un aprendiz en nuestra ciudad que trabajaba en un comercio de comestibles. Era más alegre que un jilguero suelto por el bosque. Era un muchachote guapo, pero algo bajito, muy moreno y llevaba su pelo negro elegantemente peinado.

Bailaba tan bien y tan animadamente, que le apodaban Jaranero Perkin. Toda chica que se juntaba a él tenía suerte, pues él estaba lleno de amor y lascivia como una colmena de miel.

Bailaba y cantaba en todas las bodas y le tenía más afición a la taberna que a la tienda, pues siempre que había una procesión por Cheapside salía disparado de la tienda tras ella y no regresaba hasta que había bailado lo suyo y había visto todo lo que había que ver. Alrededor suyo reunió a una banda de tipos como él, para bailar, cantar y divertirse. Se reunía en una calle o en otra para jugar a los dados; pues no había ningún aprendiz en la ciudad que echase los dados mejor que Perkin. Además, de hurtadillas, era un derrochador.

Esto lo descubrió su amo a sus expensas, pues muchas veces se encontró con el cajón del dinero vacío. Podéis estar seguros que cuando un aprendiz lo pasa tan bien echando los dados, jugando y con mujeres, es el dueño de la tienda el que lo paga con sus caudales, aunque no comparta el jolgorio.

Aunque el aprendiz sepa tocar el violín y la guitarra, sus juergas y juego los paga el robo. Pues, como podéis ver, la honradez y la buena vida siempre andan disociados, cuando se trata de gente pobre.

Aunque le regañaban noche y día y algunas veces era llevado a bombo y platillo a la cárcel de Newgate, el alegre aprendiz permaneció con su dueño, hasta que casi terminó su aprendizaje. Pero un día, el dueño, revisando su contrato de aprendizaje, se acordó del proverbio que reza: «Más vale arrojar la manzana podrida que dejarla que pudra a las demás».

Lo mismo ocurre con el criado protestón: es mejor dejarle marchar que permitirle que estropee a los demás criados de la casa. De modo que el dueño le dejó libre y le ordenó que se marchara, con maldiciones sobre su cabeza. Así fue cómo el alegre aprendiz consiguió su libertad. Ahora podría hacer jarana toda la noche, si así le apetecía.

Pero, como sea que no hay ladrón que no tenga un compinche que le empuje a saquear y estafar al que ha robado o estrujado, Perkin inmediatamente envió su cama y el resto de su ajuar a casa de un compañero inseparable que era tan aficionado a los dados, al jolgorio y a la disipación como él. La esposa de este amigo inseparable tenía una tienda para cubrir las apariencias, pero se ganaba la vida traficando con su cuerpo...

III

El anfitrión constató que el luciente sol había recorrido la cuarta parte y algo más de media hora en su trayecto diurno. Aunque no muy versado en ciencia astronómica, sabía de sobra que era el 18 de abril, el mensajero de mayo, y que la sombra de los árboles medía exactamente igual que ellos.

De modo que, por las sombras, reconoció que Febo, brillante y claro, había remontado cuarenta y cinco grados en su carrera. Por el día y la latitud, debían de ser las diez de la mañana. A esta conclusión llegó el hospedero. Súbitamente retuvo a su montura y dijo:

—Señores, les aviso que ha transcurrido la cuarta parte del día. Por amor de Dios y San Juan, no perdamos más tiempo. Éste se consume de día y de noche. Se nos escapa sigilosamente (ya estemos dormidos o despiertos), si somos descuidados. El tiempo es huidizo como una corriente que nunca regresa, sino que fluye de la montaña al llano. Séneca y otros filósofos lamentaron más profundamente la pérdida del tiempo que la del oro. El tiempo perdido no se recupera.