20 de Diciembre

Día 20 de Adviento

Equipo de Liturgia
Mercabá, 20 diciembre 2025

a) Is 7, 10-14

         Todos los exegetas están de acuerdo en situar la Profecía del Enmanuel en el contexto histórico siguiente: el rey Acaz, cercado por la coalición del rey de Damasco y del rey de Samaria, está totalmente fuera de sí y a punto de ofrecer en sacrificio a su propio hijo.

         Isaías va a verle y le pide que no tema puesto que: si guarda su fe en Dios, su dinastía está asegurada por una promesa divina. Y en este contexto, Dios mismo está dispuesto a intervenir: un hijo le es anunciado, un nuevo heredero al trono de David. Ese hijo prometido por Dios será Ezequías (el rey piadoso que reinará en Jerusalén), pero la promesa de Dios iba más allá...

         La solemnidad de ese oráculo viene del nombre dado al niño ("Dios con nosotros") así como el término designado para su madre ("una virgen"). Y todo ello, junto al hecho de que se trate de un signo de Dios... ha orientado a los teólogos hacia una interpretación mesiánica. Como siempre, en casos parecidos, es después, una vez realizada la profecía, cuando ésta resulta más esclarecida. Pues en el interior de toda historia humana se desarrolla el proyecto divino.

         El Señor envió al profeta Isaías al rey Acaz para que le dijera: "Pide para ti un signo de parte del Señor, tu Dios". En medio de sus preocupaciones de rey, y de hombre político atacado por sus enemigos, Dios está con él. La historia no es únicamente profana. Es el lugar en que "Dios da un signo". Jesús reprochará a los judíos de su tiempo no saber reconocer los signos que Dios les hacía.

         "No, contestó Acaz, no pediré una señal, no tentaré al Señor". Y se queda tranquilo al usar ese argumento, que aparentemente es respetuoso con Dios (pero que, en el fondo, resulta incrédulo). No quiere ningún signo porque no está decidido a seguir las indicaciones de Dios, y prefiere hacer su parecer y decidir (él sólo) su política. Eso es lo que el profeta le reprochará.

         "Oíd pues, casa de David (dijo Isaías), ¿os parece poco cansar a los hombres, que cansáis también a mi Dios?". Los reyes no tenían buena reputación, "cansaban a los hombres", oprimían al pueblo bajo del país. Y he ahí que ese error político, que ya es grave para un rey se complica ahora con la falta de fe: Dios dice "estar fatigado" de esos reyes que no creen en él, y ¡que sólo confían en sus ejércitos y en sus alianzas humanas!

         "Pues bien, el Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una virgen concebirá y dará a luz a un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel". El término traducido aquí por la palabra virgen en hebreo es halmah, que designaba siempre a las doncellas. Es el indicio muy claro de un nacimiento sorprendente.

         Este texto ha sido aplicado siempre a María de una manera privilegiada. Ciertamente, Isaías entrevió siempre al Mesías venidero como un hombre especialmente lleno del Espíritu de Dios: "Dios con nosotros".

Noel Quesson

*  *  *

         En tiempo de Isaías la monarquía estuvo en grave peligro. Dos reyes, el de Israel (en el norte) y el de Damasco (en Siria), estaban atacando a Acaz con la intención de derrocarlo y poner en su lugar a un usurpador. De ahí que el asunto, más que político, fuese religioso, pues estaba en juego la promesa que el Señor había hecho a David (por boca de Natán).

         El rey Acaz, en el s. VII a.C, no quiere pedir una señal a Dios, pues él tiene planes (de alianzas militares) que no le interesa confrontar con la voluntad de Dios. Pero el profeta le habla y le asegura que se van a cumplir los planes de Dios sobre la dinastía davídica: "una muchacha dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Enmanuel". Por eso interviene el profeta Isaías. Porque a pesar de la incredulidad del rey (que ha pedido ayuda al rey Teglat Falasar de Asiria), el Señor le ofrece su ayuda.

         La muchacha era la esposa del rey Acaz. En esos momentos el nacimiento de un hijo era garantía de que la dinastía iba a permanecer y los esfuerzos de esos dos reyes serían vanos. Y así sucedió, el reino de Judá subsistió, aunque la falta de fe de Acaz no quedó sin castigo.

         El hijo fue de forma inmediata Ezequías. Pero tal como lo leemos en el profeta Isaías, la profecía se refiere al Mesías futuro, el rey perfecto de los últimos tiempos. La versión griega ya tradujo muchacha por virgen, para subrayar la intervención milagrosa divina.

José Aldazábal

b) Lc 1, 26-38

         En el evangelio de hoy, nosotros, guiados por Lucas, interpretamos el pasaje del profeta con gozosa convicción: la virgen de la profecía de Isaías es María de Nazaret, y su hijo es el Mesías.

         Así se lo anuncia el ángel Gabriel, en este diálogo que puede considerarse como una de las escenas más densas y significativas del evangelio, la experiencia religiosa más trascendental en la historia de una persona y el símbolo del diálogo de Dios con la humanidad. Dios dice su salvador, y la humanidad, representada en María, responde con su de acogida: "hágase en mí según tu palabra".

         Del encuentro de estos dos síes, brota, por obra del Espíritu, el Salvador Jesús, el verdadero Dios-con-nosotros. Entra en escena el nuevo Adán, cabeza de la nueva humanidad. Y a su lado aparece, con un en los labios, y en contraste con la 1ª Eva, la nueva Eva que es María.

         María, una humilde muchacha de Nazaret, es la elegida por Dios para ser la madre del Esperado. El ángel la llama "llena de gracia" (o agraciada) y "bendita entre las mujeres", y le anuncia una maternidad que no viene de la sabiduría o de las fuerzas humanas, sino del Espíritu Santo. Porque su hijo será el Hijo de Dios.

         Empieza a dibujarse así en las páginas del evangelio el mejor retrato de esta mujer, cuya actitud de disponibilidad para con Dios, "hágase en mí", no será sólo de este momento, sino de toda la vida, incluida su presencia dramática al pie de la Cruz.

         María aparece ya desde ahora como la mejor maestra de vida cristiana, el más acabado modelo de todos los que habían dicho a Dios en el AT, y el molde de todos los que creerán en Cristo Jesús.

José Aldazábal

*  *  *

         En la escena de la anunciación, María representa a la parte fiel del pueblo de Israel, la que confía y tiene fe en el Señor. Por eso ella no rechaza la palabra del ángel ni duda de ella, sino que la acepta con todo el corazón y gracias a su disponibilidad se convierte en salvación para todos.

         Si la incredulidad de Acaz fue causa de que la salvación no llegara plenamente, ahora la fe de María se convierte en esperanza para toda la humanidad. Si el hijo de la joven (la esposa de Acaz) fue para Judá la garantía de la presencia de Dios en una monarquía que se había hecho indigna, ahora el hijo de María es garantía de que Dios está con la humanidad y que realmente es el Dios con nosotros. La monarquía llega a su máxima expresión en Jesús y Dios cumple las promesas hechas a David.

         "No temas, María, que Dios te ha concedido su favor. Mira, vas a concebir en tu seno y a dar a luz un hijo, y le pondrás de nombre Jesús" (Lc 1, 30). En contraste con el anuncio dirigido a Zacarías, es ahora María la destinataria del mensaje. Dios ha escogido libremente a María y le ha asegurado su favor.

         A diferencia de Isabel, que había esperado en vano tener un hijo, María va a dar a luz un hijo cuando todavía no lo esperaba, siendo así que, si bien sus padres ya la han desposado con José, ella sigue siendo virgen. La construcción lucana es fiel reflejo de la profecía de Isaías: "Mira, una virgen concebirá en su seno y dará a luz un hijo, y le pondrá de nombre Enmanuel" (Is 7, 14). La anunciación es vista por Lucas como el cumplimiento de dicha profecía (Mt 1, 22-23).

         Igualmente, y a diferencia de Zacarías (quien debía imponer a su hijo el hombre de Juan), aquí es María (contra toda costumbre) la que impondrá a su hijo el nombre de Jesús. Mientras que allí se apreciaba una cierta ruptura con la tradición paterna, aquí la ruptura es total. Y se excluye la paternidad de José, pues este niño será "Hijo de Altísimo, que heredará del Señor Dios el trono de David su antepasado, que reinará para siempre en la casa de Jacob, y cuyo reinado no tendrá fin" (Lc 1, 32-33).

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         Benedicto XVI se preguntó, a propósito de la historicidad de estos relatos que hoy leemos de la infancia de Jesús: "¿De dónde sacan Mateo y Lucas la historia que relatan? ¿Cuáles son sus fuentes?". A este respecto, Gnilka responde que se trata claramente de tradiciones de familia.

         Lucas alude a veces a que María misma, la madre de Jesús, fue una de sus fuentes, y lo hace de una manera particular cuando dice que su madre conservaba todo esto en su corazón (Lc 2, 19). Sólo ella podía informar del acontecimiento de la anunciación, que no había tenido ningún testigo humano.

         Naturalmente, la exégesis crítica moderna insinuará que las consideraciones de este tipo son más bien ingenuas. Pero ¿por qué no debería haber existido una tradición como ésta, conservada y a la vez modelada teológicamente, en el círculo más restringido? ¿Por qué Lucas se habría inventado la afirmación de que María conservaba las palabras y los hechos en su corazón, si no había ninguna referencia concreta para ello? ¿Por qué debía hablar de su meditar sobre las palabras (Lc 2,19; 1,29), si nada se sabía de eso?

         Y a continuación, respondía el papa Benedicto: "Yo añadiría que, también de este modo, la aparición tardía especialmente de las tradiciones sobre María tiene su explicación en la discreción de la Madre y de los círculos cercanos a ella: los acontecimientos sagrados en el alba de su vida no podían convertirse en tradición pública mientras ella aún vivía". Y a modo de recapitulación, concluía:

"Lo que Mateo y Lucas pretendían (cada uno a su propia manera) no era tanto contar historias como escribir historia, historia real, acontecida, historia ciertamente interpretada y comprendida sobre la base de la palabra de Dios. Esto quiere decir también que su intención no era narrar todo por completo, sino tomar nota de aquello que parecía importante a la luz de la Palabra y para la naciente comunidad de fe. Los relatos de la infancia son historia interpretada y, a partir de la interpretación, escrita y concentrada".

         El relato evangélico de Lucas comienza así: En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David: la virgen se llamaba María. Se trata del sexto mes del embarazo de Isabel.

         De esta manera se enlazan ambos acontecimientos, el nacimiento de Jesús y el de Juan, y se ponen en relación las misiones de ambos personajes. Primero saldrá a la escena Juan, como Precursor, y después Jesús. La destinataria del anuncio es una virgen desposada, de nombre María, pero ¿qué significa que era "virgen desposada"? ¿Una virgen que pretendía mantenerse virgen?

         La pregunta de María en relación con la maternidad que le ha sido anunciada (¿cómo será eso, pues no conozco varón?) parece indicar el propósito de esta muchacha virgen de permanecer virgen. Pero entonces ¿por qué se ha desposado con José? ¿Es que pretendía salvaguardar su virginidad en este espacio matrimonial? ¿No resulta paradójico que pretendiendo mantenerse virgen haya decidido casarse? ¿No es camino más adecuado para guardar la virginidad mantenerse célibe?

         Benedicto XVI, después de haber barajado diferentes interpretaciones, no encontraba una respuesta convincente, de modo que el enigma, o el misterio de la frase, permanece: "Por razones que nos son inaccesibles (añade), María no ve posible de ningún modo convertirse en madre del Mesías mediante una relación conyugal". Será el ángel el que le confirme que ella no será madre de modo normal después de ser recibida en casa por José, sino mediante la sombra del Altísimo, mediante la llegada del Espíritu Santo. Pues para Dios nada hay imposible.

         Llama la atención que, en su salutación, el ángel no se dirija a María con el acostumbrado saludo judío, shalom (lit. la paz esté contigo) sino que use la fórmula griega χαiρε (que debe traducirse alégrate). Es la gran alegría de la que oyen hablar los pastores en la noche de la navidad, la alegría de que se llenan los discípulos al ver al Señor resucitado o la alegría de la que se llenará su corazón cuando vuelvan a verle.

         Es el don con el que el Espíritu Santo recompensa a los seguidores de Jesús. A María, la llena de gracia, se le dona este don que le es connatural con la gracia (la χaρις) de que está llena. A la que está llena de gracia (cháris) puede suponérsele la alegría (chará).

         A María, la que ha encontrado gracia ante Dios, se le promete que concebirá en su vientre y dará a luz un hijo. De este hijo se dice que será grande y que se llamará Hijo del Altísimo, que recibirá el trono de David su padre y que reinará sobre la casa de Jacob para siempre y sin fin. Son todas promesas ligadas a su concepción por obra del Espíritu Santo.

         La salvación que trae el niño prometido, decía Benedicto XVI, "se manifiesta en la instauración definitiva del reino de David". En efecto, "al reino davídico se le había prometido una duración permanente: Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu trono durará por siempre (2Sm 7, 16), había anunciado Natán por encargo de Dios mismo". Y más adelante precisa: "Naturalmente, sigue siendo verdadera también la palabra que Jesús dijo a Pilato: Mi reino no es de aquí (Jn 18, 36)".

         A veces, en el curso de la historia, los poderosos de este mundo quieren apropiarse de él, pero precisamente entonces es cuando éste peligra, pues quieren conectar su poder con el poder de Jesús, y justamente así deforman su reino, lo amenazan. O bien queda sometido a la persecución persistente de los dominadores, que no toleran ningún otro reino y desean eliminar al rey sin poder, pero cuya fuerza misteriosa temen.

         Pero su reino no tendrá fin. Este reino diferente no está construido sobre un poder mundano, sino que se funda únicamente en la fe y el amor. Es la gran fuerza de la esperanza en medio de un mundo que tan a menudo parece estar abandonado de Dios. El reino del Hijo de David, Jesús, no tiene fin, porque en él reina Dios mismo, porque en él entra el reino de Dios en este mundo. La promesa que Gabriel transmitió a la Virgen María es verdadera. Se cumple siempre de nuevo.

         Y tras recibir la explicación del ángel: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios, y la alusión a la concepción de una mujer estéril, su pariente Isabel, María contesta con un profundo asentimiento: Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

         Es el fiat, el hágase en mí de María, el deseo explícito de que se haga la voluntad de Dios no sólo en el mundo, sino en ella misma, en su propio vientre, tal como el Señor de quien es esclava quiere. ¿Qué otra cosa puede desear una esclava sino cumplir la voluntad de su Señor y ver cómo esa voluntad se cumple?

         Se trata de la voluntad que le ha sido manifestada por la palabra del mensajero. María no sólo da fe al mensaje, sino también al mensajero. Se fía, pues, de Dios y de sus mediaciones. Y ante Dios no puede sino reconocerse esclava, carente de derechos, inhábil para llevarle ante un tribunal o para enjuiciar sus acciones, pues no hay tribunal superior al de Dios.

         Ni siquiera el tribunal de la razón (humana) es superior al de Dios (razón divina). Por eso la actitud de María no es sólo la más santa (o acorde con la gracia), sino también la más racional (o acorde con la razón) posible. Ella, en cuanto llena de gracia, ha sido constituida para nosotros en modelo de conducta. Atendamos a su ejemplaridad.

 Act: 20/12/25     @tiempo de adviento         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A