29 de Diciembre
Día 29 de Navidad
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 29 diciembre 2025
a) 1 Jn 2, 3-11
Una cosa es conocer y otra vivir en conformidad con lo conocido. Y Juan nos dice dónde está la prueba de la verdadera fe: "en esto sabemos que le conocemos, en que guardamos sus mandamientos". Y no como los gnósticos de fines del s. I, que daban la prioridad absoluta a la gnosis (lit. conocimiento) y con eso se sentían salvados (sin prestar atención a las consecuencias de la vida moral), rechazando así el conocimiento de Dios.
El que cree conocer a Dios, y luego no vive según Dios, es un mentiroso (dice Juan), y la verdad no está en él. Mientras que "quien guarda su Palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud".
Más en concreto todavía, para Juan la demostración de que hemos dejado la oscuridad (y entrado en la luz) es que amamos al hermano: "quien dice que está en la luz y aborrece al hermano, está aún en las tinieblas", y "no sabe a dónde va". Y seguramente tropezará, porque "las tinieblas han cegado sus ojos".
Es la consecuencia de haber conocido el misterio de Dios en esta Navidad, que es su mandamiento del amor. La teoría es fácil, pero ahora toca llevarlo a la práctica, pues ambas ideas deben ir juntas.
La carta de Juan nos ha señalado un termómetro para evaluar nuestra celebración de la Navidad: podremos decir que hemos entrado en la luz del Hijo de Dios, y que él ha venido a nuestra historia, si estamos progresando en el amor a los hermanos. Pues "quien ama a su hermano, permanece en la luz y no tropieza". Y si no, todavía estaremos en las tinieblas, y la Navidad habrá sido sólo una hoja más del calendario, que hemos dejado pasar.
Se trata de un razonamiento que no necesita muchas explicaciones. Navidad es luz y es amor, por parte de Dios, y debe serlo también por parte nuestra. Pero no según la lógica humana (que hubiera dicho "debemos amar a Dios") sino según la lógica de Jesús (que según Juan es "debemos amarnos los unos a los otros").
Y es que el amor de Dios es una total entrega, pues "tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo, para que todos tengan vida eterna". El mismo Jesús (Jn 13, 34) relaciona las 2 direcciones del amor: "yo os he amado: amaos unos a otros".
José Aldazábal
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Juan sigue insistiendo en el proyecto de una sociedad nueva que se deja guiar por la luz. Luz que es fuente de Vida. Luz que es Dios expresado en la encarnación del Hijo. Esa luz pone a las personas en un dilema: hay que adherirse a ella. Y ya sabemos lo que significa esa adhesión.
Pero la comunidad de Juan, una comunidad que ciertamente hizo suya la opción por la luz, tiene momentos de tensión, donde la opción por la vida parece perderse en el mare magnun de los diversos proyectos que se cruzan.
Cuando eso se hace realidad, es hora de parar y evaluar, para reafirmar la opción por la vida y por las personas, especialmente por aquellas que más sufren. Juan tiene claro que negar a la persona es dar las espaldas al proyecto de Vida, es apartarse de Jesús y su amor.
La persona, así, se hace como punto de referencia obligatorio para medir nuestro compromiso con el proyecto de Vida. No hay que perder de vista el proyecto de la persona, nos alerta Juan, bajo pena de vivir prisioneros de las tinieblas.
Servicio Bíblico Latinoamericano
b) Lc 2, 22-35
La presentación de Jesús en el templo, cuya 1ª parte leemos hoy, es una escena llena de sentido que nos ayuda a profundizar en el misterio de la encarnación de Dios. José y María cumplen la ley, con lo que eso significa de solidaridad del Mesías con su pueblo. Y lo hacen con las ofrendas propias de las familias pobres.
Así, en el templo sucede el encuentro del Mesías (recién nacido) con el anciano Simeón, representante de todas las generaciones de Israel que esperaban el consuelo y la salvación de Dios. La tradición bizantina llama Encuentro a esta fiesta, y nos dice que Simeón, movido por el Espíritu, reconoce en el hijo de esta sencilla familia al enviado de Dios, prorrumpiendo en el breve y entusiasta cántico del Nunc Dimittis: "Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz" (que nosotros rezamos cada noche en la oración de Completas).
En boca de Simeón, dichas palabras ("mis ojos han visto a tu Salvador") suenan a punto final al AT. Y describen, a través de gruesos trazos, al Mesías: "luz para alumbrar a las naciones, y gloria de su pueblo Israel". Cristo, gloria de Israel y luz para los demás pueblos. Pero a su vez, esa luz va a provocar una crisis y un juicio, como signo de contradicción. Pues todos tendrán que tomar partido ante él, y no podrán quedar indiferentes.
Por eso, Simeón anuncia a la joven madre (María) una misión difícil: la de participar en el destino de su Hijo. Pues él "será una bandera discutida", y a ti "una espada te traspasará el alma". La presencia de María, al inicio de la vida de Jesús, tiene un paralelismo con la presencia final de María al pie de la cruz: la presencia y la cercanía, de la madre a la misión salvadora de Jesucristo.
El evangelio nos conduce a una Navidad más profunda. El anciano Simeón nos invita, con su ejemplo, a dejarnos mover por el Espíritu, a tener buena vista, a descubrir la presencia de Dios en nuestra vida. Él la supo discernir en una familia muy sencilla, que no llamaba a nadie la atención. Reconoció a Jesús y se llenó de alegría, y lo anunció a todos los que escuchaban. En los mil pequeños detalles de cada día, y en las personas que pueden parecer más insignificantes, nos espera la voz de Dios, si sabemos escucharla.
Además, Simeón nos dice a nosotros, como se lo dijo a María y José, que el Mesías es signo de contradicción. Como diría más tarde el mismo Jesús, él no vino a traer paz, sino división y guerra. Su mensaje fue en su tiempo, y lo sigue siendo ahora, una palabra exigente, ante la que hay que tomar partido, respondiendo sí o no.
José Aldazábal
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En el evangelio de hoy, Lucas pone en labios de Simeón la seguridad que han de tener las personas comprometidas con Dios: "mis ojos han visto la luz de las naciones" (Lc 2, 29-32). Simeón es, al igual que Zacarías, uno de los muchos piadosos y justos (Lc 1, 6) que aguardaban la liberación de Israel. Y al final de su vida pudo experimentar la liberación de Dios, que durante largo tiempo esperaron los anawin, o pobres de Dios.
Ésos eran los que amaban al Señor, los que lo buscaban, los que luchaban desde su pobreza por el reino de Dios. En la pluma de Lucas, dicha salvación no es sólo para Israel, es para todas las naciones, sin condiciones para nadie ni a nadie restringida. Es como si el AT acabase por retirar las vendas que él mismo había puesto a las naciones paganas, diciéndole que ya desde ahora (desde Cristo Jesús) no tienen porque andar en tinieblas. Han de buscar hacer realidad el nacimiento de un nuevo reino, que recibe en sus brazos al Verbo de Dios (Lc 2, 28).
Esa visión universalista de la sociedad, liberada de las tinieblas, es lo que Lucas quiere transmitir con urgencia. De manera que las naciones y las personas que acogen a Jesús (y lo toman en sus brazos), se obligan a un nuevo discurso y una nueva praxis social, alejada de todo tipo de tinieblas.
María, madre y discípula, acompañó a Jesús en su proceso de presentación en el templo, y en el resto de procesos de su vida. Y como el anciano Simeón le había profetizado, muchas veces con dolor y sin comprender el alcance de sus acciones. Sin embargo, fiel y firme, ella lo siguió hasta el último momento, y después participó de la comunidad cristiana que dio origen a la evangelización del mundo gentil.
María nos muestra cómo el seguimiento de Jesús tiene una altísima dosis de exigencia, e incluso de dolor. Pues, como madre del Señor, recorrió el mismo proceso que su Hijo, con lágrimas y total abnegación.
Servicio Bíblico Latinoamericano
c) Meditación
Me limito hoy a transcribiros el comentario que hizo Benedicto XVI a este pasaje de Lucas en su libro Infancia de Jesús. Dice así: "
En el cuadragésimo día hay tres acontecimientos: la purificación de María, el rescate del hijo primogénito Jesús (mediante un sacrificio prescrito por la ley) y la presentación de Jesús en el templo".En el libro del Levítico se establece que una mujer, después de dar a luz un varón, era impura (es decir, excluida de las prácticas litúrgicas) durante 7 días. Y que el 8º día el niño había de ser circuncidado, y la mujer quedarse en casa todavía 33 días para purificar su sangre (Lv 12, 1-4). Después de lo cual, debía ofrecer un sacrificio de purificación, un cordero como holocausto y un pichón o tórtola como sacrificio expiatorio. Los pobres sólo tenían que ofrecer dos tórtolas o dos pichones.
María ofreció el sacrificio de los pobres (Lc 2, 24). Y Lucas, cuyo evangelio está impregnado por una teología de los pobres y de la pobreza, nos da a entender aquí que la familia de Jesús se contaba entre los pobres de Israel, y que precisamente entre ellos podía madurar el cumplimiento de la promesa.
También aquí nos percatamos de lo que quiere decir "nacido bajo la ley", y qué significa el que Jesús diga al Bautista que debe cumplirse toda justicia (Mt 3, 15). María no necesitaba ser purificada por el parto de Jesús, pues este nacimiento traía la purificación del mundo. Pero ella obedece la ley y sirve justamente al cumplimiento de las promesas.
El 2º acontecimiento del que se trata es el rescate del primogénito, que es propiedad incondicional de Dios. El precio del rescate era de 5 siclos, y se podía pagar en todo el país a cualquier sacerdote. Al respecto, Lucas cita explícitamente el derecho a reservarse al primogénito: Todo primogénito varón será consagrado (es decir, perteneciente) al Señor (Lc 2,23; Ex 13,2; 13,12). Pero lo singular de su narración consiste en que luego no habla del rescate de Jesús, sino de un 3º acontecimiento, de la entrega (presentación) de Jesús.
Obviamente, esto quiere decir que este niño no ha sido rescatado y no ha vuelto a pertenecer a sus padres, sino todo lo contrario: que ha sido entregado personalmente a Dios en el templo, asignándosele totalmente como propiedad suya. La palabra paristánai, traducida aquí como presentar, significa también ofrecer, referido a lo que ocurre con los sacrificios en el templo. Suena aquí el elemento del sacrificio y el sacerdocio.
Sobre el acto del rescate prescrito por la ley, Lucas no dice nada, y en su lugar se destaca lo contrario: la entrega del niño a Dios, al que tendrá que pertenecer totalmente. Para ninguno de dichos actos prescritos por la ley era necesario presentarse en el templo.
Para Lucas, sin embargo, es esencial precisamente esta 1ª entrada de Jesús en el templo como lugar del acontecimiento. Aquí, en el lugar del encuentro entre Dios y su pueblo, en vez del acto de recuperar al primogénito, se produce el ofrecimiento público de Jesús a Dios, su Padre.
A este acto cultual, en el sentido más profundo de la palabra, sigue en Lucas una escena profética. El viejo profeta Simeón y la profetisa Ana, movidos por el Espíritu de Dios, se presentan en el templo y saludan como representantes del Israel creyente en el Mesías del Señor (Lc 2, 26).
A Simeón se le describe con tres cualidades: es justo, es piadoso y espera la consolación de Israel. En la reflexión sobre la figura de San José hemos visto lo que es un hombre justo: un hombre que vive en y de la palabra de Dios, vive en la voluntad de Dios, tal como está descrita en la Torah.
Simeón es piadoso, vive en íntima apertura personal hacia Dios, está interiormente cerca del templo, vive en el encuentro con Dios y espera la consolación de Israel. Vive orientado hacia lo que redime, hacia quien ha de venir.
En la palabra consolación (paráklesis) resuena la palabra de Juan sobre el Espíritu Santo. Él es el Paráclito, el Dios consolador. Simeón es uno que espera y aguarda, y justamente así se posa ya ahora en él el Espíritu Santo. Podríamos decir que es un hombre espiritual y sensible a las llamadas de Dios, a su presencia. Y por eso habla ahora también como profeta.
En un primer momento, Simeón toma al niño Jesús en sus brazos y bendice a Dios diciendo: Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz (Lc 2, 29).
En este himno se hacen dos afirmaciones cristológicas. Jesús es luz para alumbrar a las naciones, y existe para la gloria de tu pueblo, Israel (Lc 2, 32). Ambas expresiones están tomadas del profeta Isaías, y la de luz para iluminar a las naciones proviene del I y II Canto del Siervo del Señor (Is 42,6; 49,6).
Jesús es identificado así como el siervo de Dios, que en el profeta aparece como una figura misteriosa que remite al futuro. La esencia de su misión conlleva la universalidad, la revelación a las naciones, a las que el siervo lleva la luz de Dios.
Simeón, con el niño en brazos, y tras haber alabado a Dios, se dirige con una palabra profética a María. Y tras mostrarle su alegría por el niño, le anuncia una especie de profecía de la cruz (Lc 2, 34): Jesús está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción. Al final, le dirige a la madre una predicción muy personal: Y a ti, una espada te traspasará el alma.
La teología de la gloria, por tanto, está indisolublemente unida a la teología de la cruz, y al siervo de Dios le corresponde la gran misión de ser el portador de la luz de Dios para el mundo. Pero esta misión se cumple precisamente en la oscuridad de la cruz.
Como trasfondo de la palabra sobre los muchos que caen y se levantan está la alusión a una profecía tomada de Is 8,14, en la cual se indica a Dios mismo como una piedra en la que se tropieza y se cae. Así, junto al Oráculo de la Pasión aparece la profunda relación de Jesús con Dios mismo.
Dios y su Palabra (Jesús, la palabra viva de Dios) son signos e incitan a la decisión. Pero la oposición del hombre contra Dios recorre toda la historia. Por eso Jesús se revela como el verdadero signo de Dios, precisamente tomando sobre sí, y atrayendo hacia sí, la oposición contra Dios hasta la oposición de la cruz.
Aquí no se habla del pasado, y todos nosotros sabemos hasta qué punto Cristo es hoy signo de una contradicción que, en último análisis, apunta a Dios mismo. Dios es considerado una y otra vez como el límite de nuestra libertad, un límite que se ha de abatir para que el hombre pueda ser totalmente él mismo. Dios, con su verdad, se opone a la multiforme mentira del hombre, a su egoísmo y a su soberbia.
Dios es amor, pero también se puede odiar al amor, cuando éste exige salir de uno mismo para ir más allá. El amor no es una romántica sensación de bienestar. Redención no es wellness o baño de autocomplacencia, sino una liberación del estar oprimidos en el propio yo. Esta liberación tiene el precio del sufrimiento de la cruz. La profecía de la luz y la palabra acerca de la cruz van juntas.
Como hemos visto, este oráculo sobre el sufrimiento se hace finalmente muy concreto, con una palabra dirigida directamente a María: Y a ti, una espada te traspasará el alma (Lc 2, 35).
La oposición contra el Hijo afecta también a la madre e incide en su corazón. La cruz de la contradicción, que se ha hecho radical, se convierte en ella en una espada que le traspasa el alma. De María podemos aprender la verdadera compasión, libre de sentimentalismo alguno, acogiendo el dolor ajeno como sufrimiento propio.