30 de Diciembre
Día 30 de Navidad
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 30 diciembre 2025
a) 1 Jn 2, 12-17
Las alusiones que hace hoy Juan a padres e hijos, bien pudieran ser tan sólo un recurso literario, pues lo que dice a unos bien se lo podría decir a los otros (con total normalidad), y dichos consejos podrían venir bien a cualquier tipo de cristiano, sin distinción.
Una página así, leída en estos días, viene a recordarnos que se nos han perdonado los pecados en nombre de Jesús, que conocemos al que es desde el principio (el Padre), que la palabra de Dios permanece en nosotros y que hemos vencido al Maligno.
Esto último (la victoria sobre el Maligno) es algo que afirma Juan 2 veces, y siempre dirigido a los jóvenes, aludiendo a que no hay que perder la juvenil valentía para plantar cara al mal, y sí luchar contra él. A unos y a otros dice Juan que no amen al mundo, pues el mundo está en manos del Maligno. Y no se puede servir a 2 señores, ni decir uno que ama al mundo y al mismo tiempo ama a Dios.
Ya se ve claramente que Juan, cuando habla del mundo, no se refiere a la creación cósmica, sino a un sentido peyorativo del concepto mundo, dominado por "las pasiones del hombre terreno, la codicia de los ojos y la arrogancia del dinero". El mundo es, pues, para Juan, el lugar de las fuerzas del mal, que se oponen a Jesús y a su Reino, dando la prioridad al materialismo, al sensualismo y a las ambiciones del propio yo.
La Carta I de Juan nos pone ante un dilema en nuestra vida: ¿seguimos los criterios de Dios, o nos hemos dejado contaminar por los del mundo? ¿De veras nos hemos liberado de esas pasiones terrenas, de esa codicia placentera y de ese apego al dinero?
El que dice sí a Jesús, no puede a la vez decir sí al Maligno. Por eso, celebrar la Navidad es apartarse de los criterios del mundo y seguir las huellas de Jesús, reordenar la jerarquía de los valores en nuestra vida, hacer una clara opción por sus bienaventuranzas y no por las bagatelas de moda (que pueden ser claramente hostiles al evangelio de Jesús).
José Aldazábal
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La Carta I de Juan define las modalidades de la comunión con Dios: vivir con él en la luz, y trasladar su amor a los hermanos. Pero esa comunión supone una elección deliberada y definitiva, pues no es posible servir a 2 amos a la vez (al Padre y al mundo). Es la lección esencial de este pasaje.
El hombre y el cristiano se ven, en efecto, solicitados por 2 fuentes de vida: el Padre y el mundo. Pero no es posible beber de 2 aguas distintas al mismo tiempo. De ahí que quien ame al mundo no puede tener en él el amor del Padre (v.15), ni quien se vea preso de la "codicia del mundo" (v.16) pueda estar solícito a la "voluntad de Dios" (v.17).
El término mundo recibe, pues, en la pluma de Juan, un sentido peyorativo: no se trata del mundo por el que Cristo ha muerto (1Jn 2, 2; 4,14; Jn 3,17; 4,42; 12,47) y al que Dios ha amado tanto (Jn 3, 16), sino de esa humanidad que no cuenta más que consigo misma para salvarse, y se niega a admitir que su futuro dependa de una iniciativa gratuita de Dios. Se trata de un mundo, o parcela de la humanidad, cuyo príncipe es Satanás (Jn 12, 31).
Amar ese mundo no puede compaginarse con el amor a Dios, pues ¿quién podría confiar en el Padre, si no pretende más que contar consigo mismo? El amor al Padre se reconoce a través de un indicio, que vuelve a repetir Juan: el amor a los hermanos (1Jn 2,8-11). Así como la pertenencia al mundo se comprueba a través de 3 indicios, igualmente enunciados por Juan: la pasión terrena, la codicia placentera y el apego al dinero (v.16), todos ellos en contra de la voluntad del Padre.
La pasión de la carne designa sin duda a esa hostilidad hacia Dios que anida en la carne (lujuria y gula); la codicia de los ojos apunta probablemente al mundo de los espectáculos (circo); y el apego al dinero no necesita explicación. Por lo demás, esta lista no es exhaustiva, y ofrece las principales características del comportamiento de quien hace de sí mismo lo absoluto.
Al hombre entregado a los impulsos de sus codicias se opone el hombre que hace la voluntad de Dios, y se deja conducir por su dinamismo. Pero nos encontramos en los últimos tiempos (v.18), y es necesario tomar partido ya. Los que cumplan la voluntad de Dios entrarán en la vida eterna, y los codiciosos de este mundo pasarán.
Maertens-Frisque
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El tono solemne del fragmento de hoy hace pensar, una vez más, en el gran interés que tiene Juan por comunicar a los lectores la convicción de que están en la salvación ("en la vida", es decir, en comunión con Dios). Y lo dice y lo repite. El creyente no tiene pecado porque conoce a Jesús, y ha vencido al Maligno. La gradación está hecha con una finalidad clara: el creyente ha vencido, a pesar de que el mundo sigue ejerciendo su influjo. De aquí la exhortación de la 2ª parte del fragmento de hoy (vv.15-17).
El marcado dualismo que preside las declaraciones y exhortación de Juan, nos resulta conocida por la literatura de Qumram, de la que el 4º evangelio es un exponente claro y definitivo: la oposición entre luz y tinieblas, entre verdad y mentira, entre vida y muerte, entre bien y mal, entre amor y odio. Una dualidad que para Juan (y antes para Qumram) tenía un sentido muy concreto: hacernos caer en la cuenta de que han comenzado los últimos tiempos, que la salvación prometida está ya aquí, y que no habrá que esperar nuevos acontecimientos ni otra irrupción de era mesiánica.
De esta forma, Juan intenta subrayar la solidez y firmeza de su mensaje, con el trasfondo del dualismo de los últimos tiempos. Intenta así reafirmar la convicción que quiere transmitir: que la palabra de Dios persevera en nosotros.
Para el hombre de hoy, no deja de ser instructivo este procedimiento, el de adoptar todos los medios (culturalmente significativos) para la predicación del mensaje salvífico, a pesar de que también estos medios pasarán. Es decir, Juan elabora un marco cultural (de dualismo escatológico) sumamente cercano, que nos sacude y al que es imposible permanecer ajeno, o teológicamente sospechoso: la división entre los creyentes y los mundanos.
Pues el mundo de Dios y el mundo del Maligno son irreductibles, así como el mundo de la codicia maligna "pasará, y el mundo de la voluntad divina permanecerá para siempre" (1Jn 2, 17).
Josep Oriol Tuñí
b) Lc 2, 36-40
La anciana Ana es otro testimonio entrañable en el ámbito de la Navidad, como ejemplo de servir en el templo y reconocer la presencia del Mesías, dando gracias a Dios y hablando del niño a todos los que la quisieran escuchar.
Ana no prorrumpe en cánticos tan acertados como los de Zacarías o Simeón. Pero ella habla del niño y da gloria a Dios. Es vidente en el sentido de que tiene la vista de la fe, y ve las cosas desde los ojos de Dios. Pero es una mujer sencilla, viuda desde hace muchos años y que, a pesar de ello, sigue dando ejemplo de fidelidad y amor.
Ana pertenece al grupo de los anawin o pobres de Yahveh. No posee nada, y su vida tampoco es muy alegre, desde que la desgracia (viudez) entró en su hogar, y tuvo que vivir su ancianidad en la más absoluta soledad. De ahí que se pase la mayor parte de su tiempo en el templo, rezando "día y noche".
Con tanta su edad, y quizás escasas fuerzas físicas, la anciana Ana sabe hacer de su vida una ofrenda a Dios, sirviendo al templo y ayunando diariamente. Es decir, ha convertido su vida es una especie de holocausto, que sube al cielo como el humo del incienso y la ofrenda de la tarde. Pues en lo sencillo y lo cotidiano, como en el caso de Ana, anda Dios.
El evangelio nos propone, pues, la lección de la anciana Ana, representante de tantas personas que entregan cada día de su vida a Dios, siguiendo el camino de Jesús. Quizás sin demasiada cultura (como para componer un cántico), pero con la suficiente fe como para saber discernir los signos de los tiempos, y darse cuenta de aquello de lo que eran incapaces los más sabios.
Y como en el resto de pasajes de la infancia y juventud de Jesús, el evangelio termina diciendo que Jesús "volvió con su familia a Nazaret, y allí fue creciendo y robusteciéndose, y llenándose de sabiduría y gracia de Dios". Eso sí, los vecinos parece que apenas notaban nada, y sólo José y María sabían el misterio. Pero Dios ya estaba entre nosotros, y actuaba.
José Aldazábal
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El evangelio de hoy pone en labios de Simeón las palabras seguridad y paz, que atesoran aquellas personas comprometidas con la Dios: "Mis ojos han visto la luz de las naciones" (Lc 2, 29-32). Simeón, al igual que Zacarías, era uno de los muchos piadosos y justos (Lc 1, 6) que aguardaban la liberación de Israel. Y al final de su vida, pudo experimentar esa salvación de Dios.
Se trata de la liberación de todos aquellos que aman al Señor, que lo aman porque lo buscan, y que lo buscan porque están luchando por él, en medio de sus espacios geográficos y sociales.
En la pluma de Lucas, dicha salvación no alcanza sólo a Israel, sino también al resto de naciones, sin condiciones. De ahí que, en adelante, nada ni nadie puede poner como pretexto que la liberación está restringida a unos pocos. Dios retira las vendas de las naciones, y en adelante ya nadie tiene por qué andar en tinieblas (salvo que ellos quieran).
Se trata de la visión universalista de Dios, que Lucas quiere transmitir con urgencia. De manera que las naciones o personas que acojan a Jesús, y lo tomen en los brazos, están obligadas a una nueva praxis en su vida, que lleve salvación a los demás.
Servicio Bíblico Latinoamericano
c) Meditación
El evangelista Lucas nos presenta hoy a una profetisa: Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer ya anciana, y viuda desde hacía muchos años. Y su viudez le permitía vivir consagrada a la oración, pues no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones.
Este era su modo de servir a Dios: ayunando y orando, dos acciones que suelen ir estrechamente ligadas, la oración privándose de cosas que pueden impedirla u obstaculizarla (ayuno), y el ayuno al servicio de la oración y la caridad. Bastaba querer estar en oración continua (día y noche) para tener que recurrir al ayuno de comida, de sueño, de ocupaciones varias, de distracciones múltiples, etc.
Este servicio divino en un clima de oración y ayuno le obligaba a mantenerse localizada en el templo como lugar de oración y espacio propicio para el ayuno. El templo había ocupado ya el lugar de la antigua Tienda del Encuentro. Era el lugar del encuentro con Dios y, para aquella viuda, también lugar de encuentro con el Mesías, Salvador, presente en la carne de un recién nacido.
Es precisamente su consagración a Dios lo que con seguridad le otorga la condición de profeta y le permite ver en el niño Jesús al Mesías esperado. Ella formaba parte de esa cadena profética que anticipaba la venida del Salvador. Por eso pudo verle no sólo en figura, como los profetas anteriores a ella, sino en la carne de un recién nacido, un niño con apenas unos 8 días de vida.
Su paso a diario por el templo propició el encuentro con el Esperado de Israel. También Ana se encontraba entre los que aguardaban la liberación de Israel. Por eso, al ver a aquel niño, señalado por el Dios de sus contactos e inspiraciones como el Mesías, se llenó de alegría, dándole gracias por haberle permitido ver con sus propios ojos al que era objeto de sus más hondos deseos, y hablaba de él como se habla de un libertador a todos los que aguardaban la liberación de Israel.
Su mensaje profético sólo podía calar en los que vivían sostenidos por esta esperanza mesiánica. Un mensaje de liberación sólo puede resultar inteligible para los que aguardan algún tipo de salvación. Para los que no esperan nada, cualquier mensaje de salvación les resultará inútil y baldío. Ana sí encontró en su ámbito personas que aguardaban y podían acoger con buen ánimo un mensaje de liberación.
Tal es la suerte que aguarda a todo mensaje profético, que podrá calar sólo si hay quienes esperan todavía un posible cambio a mejor en el estado actual de las cosas. Pero ¿existen hoy quienes aguarden una liberación que no se reduzca a los éxitos logrados por la ciencia y la tecnología en los diversos campos del saber humano?
El mensaje profético de una liberación ultraterrena que tiene a Dios por iniciador y protagonista acaba resultando baldío para aquellos que no esperan otra liberación que la protagonizada por el hombre y sus avances científicos.
Cumplimentada la ley, los padres de Jesús se volvieron con Jesús a Galilea, a su ciudad de Nazaret. Allí, aquel niño, venido de parte de Dios Padre para culminar el acto más importante de la historia de la salvación, iría creciendo y robusteciéndose, al tiempo que se llenaba de sabiduría y de gracia, pues la gracia de Dios lo acompañaba. Crecía como algo propio del ser humano, y con el crecimiento fue robusteciendo su cuerpo y personalidad, que no sería posible sin el progreso en el saber.
Mas dado que se trata de la personalidad del ungido del Señor, también se requiere la permanencia en la gracia que le acompaña desde el primer instante de su existencia terrena. Y la gracia tendrá que adecuarse a la edad del agraciado, o al momento estacional de su crecimiento, de modo que Jesús hubo de experimentarla de diferente manera en su etapa infantil que en su etapa de madurez.
La edad física es también edad psicológica, y todo lo que se tiene se ha de vivir en conformidad con la edad correspondiente. De lo contrario, se produciría una disfunción de difícil ensamblaje con su personalidad humana.
El apunte evangélico del crecimiento de Jesús nos habla a las claras de la verdad de su encarnación: hecho realmente hombre (como diría San Ignacio de Antioquía) y en todo semejante a nosotros menos en el pecado. Pero si él se hizo semejante a nosotros es para que nosotros nos hagamos semejantes a él. También en esto consiste crecer en sabiduría y en gracia, pues a eso estamos llamados, a crecer hasta alcanzar la edad de Cristo en su plenitud.
Act: