16 de Diciembre
Martes III de Adviento
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 16 diciembre 2025
a) So 3, 1-2.9-13
Los versículos que hoy escuchamos de Sofonías constituyen una queja dolorosa de Dios, al ver que Jerusalén, lejos de oír su voz, se ha vuelto "ciudad rebelde, manchada y opresora". No obedece, ni acepta, ni confía, ni se acercan. Es la ausencia de Dios y de lo divino en la sociedad.
Por eso, en la última parte del texto, Dios se desborda generosamente en promesas de restauración mesiánica. Y no sólo para Jerusalén, sino para todos los pueblos, a los que dará "labios puros" para que "le invoquen y le sirvan unánimes".
El profeta Sofonías escribe un siglo después de Isaías, hacia el 640 a.C. Y también él anuncia que las desgracias que sobrevendrán a Jerusalén, la purificarán. Y que será el comienzo de una era nueva, que verá la conversión y la afluencia de paganos en el pueblo de Dios: visión mesiánica y universalista.
¡Ay de Jerusalén!, la ciudad rebelde, impura, opresora. No ha escuchado la voz, no ha aceptado la corrección, no ha puesto su confianza en el Señor. La historia del pueblo escogido es una larga serie de infidelidades: idolatrías, injusticias sociales, hipocresía religiosa. Es tarea de los profetas denunciar ese mal.
Sin embargo, Dios continúa trabajando en medio de todo eso, en medio de la ambigüedad profunda de toda obra humana, en medio de la mezcla de bien y de mal y en el interior mismo del pueblo de Dios: "Yo transformaré los pueblos y purificaré sus labios, para que invoquen todos el nombre del Señor. Allende los ríos de Etiopía, mis hijos dispersos me aportarán ofrendas".
Sofonías anuncia la conversión de Egipto y de Etiopía, símbolo de países lejanos. Y para eso Dios dará a los paganos unos "labios puros" dignos de alabar a Dios. Vendrán hasta Jerusalén para "aportar sus ofrendas". El episodio de los magos, venidos de países lejanos, será siglos después una repetición de la profecía.
Es bastante emocionante oír que el mismo Dios llama a los paganos sus "hijos dispersos", una fórmula que, por otro lado, ya ha sido insertada en las nuevas plegarias eucarísticas.
Dios no se olvida de sus hijos, incluso cuando éstos le olvidan. Aquel día no tendrás ya que avergonzarte de todas tus rebeldías contra mí, porque entonces extirparé de tu seno a todos los orgullosos con su insolencia, y tú no volverás a engreírte en mi monte santo.
Esa afluencia de paganos que se dirigen a Jerusalén para adorar a Dios, contribuye a la purificación del pueblo escogido: los arrogantes, los que creían que el monte del templo era un privilegio exclusivo, quedan abatidos. Sí, que hay que librarse de todo exclusivismo y de todo orgullo, ¡sobre todo del orgullo que rechaza a los demás!
"En medio de ti, sólo dejaré subsistir un pueblo pequeño y pobre, que se refugiará en el monte del Señor". En el pueblo renovado, solamente subsisten los humildes y los pobres. Ese "resto de Israel" no cometerá más injusticias. Renunciará a la mentira. Se apacentarán y reposarán sin que nadie los turbe. Es la pobreza espiritual, el "pequeño resto" de los humildes, que modestamente encuentran su refugio en el Señor, y no en sus propias fuerzas.
Noel Quesson
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Un siglo después de Isaías, y un poco antes de Jeremías, alza su voz el profeta Sofonías, recriminando al pueblo de Judá (el reino del Sur) y advirtiéndole que le pasará lo mismo que antes a Samaria (el reino del Norte): el castigo del destierro.
Israel se cree una ciudad rica, poderosa, autosuficiente, y no acepta la voz de Dios. Aunque oficialmente es el pueblo de Dios, de hecho se rebela contra él y se fía sólo de sí misma. Se ha vuelto indiferente, increyente. Ya no cuenta con Dios en sus planes.
El profeta les invita a convertirse, a cambiar el estilo de su vida, a abandonar las "soberbias bravatas", a volver a escuchar y alabar a Dios con labios puros y sin engaños (sin prometer una cosa y hacer otra, como va siendo su costumbre).
Anuncia también que serán los pobres los que acojan esta invitación, y que Dios tiene planes de construir un nuevo pueblo a partir del "resto de Israel", el "pueblo pobre y humilde", sin maldad ni embustes, que no pondrá su confianza en sus propias fuerzas sino que tendrá la valentía de ponerla en Dios.
José Aldazábal
b) Mt 21, 28-32
Con su estilo directo y comprometedor, Jesús interpela hoy a sus oyentes a que sean ellos los que decidan: ¿quién de los 2 hijos hizo lo que tenía que hacer, el que dijo sí pero no fue, o el que dijo no, pero luego de hecho sí fue a trabajar? Y es que en el fondo estaba el Bautista, al que hicieron caso los pobres y humildes, los pecadores y los que parecía que dirían que no. Mientras que los otros, los doctos y los piadosos (según se llamaban a sí mismo), no le hicieron caso.
Muchas veces en el evangelio Jesús critica a los oficialmente buenos y alaba a los que tienen peor fama, pero en el fondo son buenas personas y cumplen la voluntad de Dios. El fariseo de la parábola no bajó santificado, y el publicano, sí. Los viñadores primeros no merecían tener arrendada la viña, y les fue dada a otros que no eran del pueblo. Los leprosos judíos no volvieron a dar las gracias por la curación, mientras que sí lo hizo el tenido por pecador, el samaritano.
Aquí Jesús llega a afirmar, cosa que no gustaría nada a los sacerdotes y fariseos, que "los publicanos y prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios", porque sí creyeron al Bautista. Jesús no nos está invitando a ser pecadores, o a decir que no. Sino a decir sí, pero siendo luego consecuentes con ese sí. Y esto, también en tiempos de Jesús, lo hace mejor el pueblo "pobre, sencillo y humilde" que se está reuniendo en torno a Jesús, siguiendo su invitación: "Venid a mí, que soy manso y humilde de corazón".
José Aldazábal
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La parábola evangélica de hoy es necesario leerla desde ese trasfondo. Cada elemento tiene su significado y muy fácil descubrirlo: el padre de los hijos es Dios, el hijo que responde afirmativamente al principio y que luego no acude al pedido del trabajo es el pueblo de Israel, mientras que el hijo que en un principio no acepta el trabajo pero que luego se compromete con la viña de su padre son los que ingresan a la comunidad eclesial, provenientes tanto del judaísmo como del paganismo.
Sofonías había visto la comunidad de su tiempo dividida en 2 categorías. Por una parte, los rebeldes, que no quieren acercarse a Dios porque son orgullosos, y confían más en las alianzas políticas. Han escuchado la voz de los profetas que los llaman a conversión y no quieren enmendarse. Por otra parte, el pueblo humilde que, por ser pobre, confía en el Señor.
También en tiempo de Jesús el pueblo estaba dividido en 2 categorías: los pecadores y los justos, que habían permanecido fieles a la religión oficial. Unos y otros son hijos de Dios. El acento recae no sobre lo que son, sino sobre lo que hacen o dejan de hacer.
Especialmente los fariseos se imaginaban que por su fidelidad a la ley merecían la aprobación de Dios, pero en realidad ellos no habían cumplido la voluntad del Padre. Su piedad era vacía, su cumplimiento vano; no practicaban la justicia y despreciaban a los demás pensando ser los únicos justos. Pero Jesús les muestra que no es así. Son los pecadores, que antes rechazaron la voluntad de Dios, los que ahora le obedecen al aceptar primero la predicación de Juan el Bautista y luego la de Jesús.
Los publicanos, despreciados por los demás judíos, han mostrado más disponibilidad para seguir a Jesús. De hecho uno llegó a ser su discípulo y otro se convirtió. Y las prostitutas han mostrado frente a Jesús una actitud de conversión y amor. Y los jefes que han visto eso no han querido arrepentirse y seguir a Jesús, dejando por ello de cumplir la voluntad del Padre.
A nosotros nos puede suceder lo mismo. Quizás creemos que tenemos derecho a los primeros puestos y en realidad, no tenemos sensibilidad social, ni acogemos a los pobres, ni nos preocupamos por los marginados. Estamos convencidos de que con una religiosidad formalista y ritual nos hemos ganado el reino de los cielos, mientras que otros, a los que rara vez vemos en la Iglesia, quizá sin saberlo, están más cerca del reino porque saben compartir lo poco que tienen, porque tienen un sentido de la justicia más afinado, porque no explotan a los demás.
Lo que Jesús hizo con los proscritos, los marginados y los despreciados no nació de una ocurrencia irreverente. La conducta de Jesús fue fruto de su fe, de su especial relación con Dios como Padre. Él comprendió rápidamente que la ordenación del mundo, tal como estaba en su momento, no correspondía a un ideal divino sino que era fruto del capricho humano.
Y además, que era necesario saltarse las instancias institucionales para favorecer a los seres humanos relegados por las estructuras. Por su fe en el ser humano y en Dios desafió a las autoridades y defendió el derecho de los pobres y los discriminados.
Lo que dijo de las prostitutas y los pecadores (que "nos precederán en el reino de los cielos") se refería a la condición de estas personas, que en medio de sus inmensas limitaciones, son capaces de vivir valores del Reino que la sociedad (tan rígidamente organizada) no está en condiciones de asumir.
Servicio Bíblico Latinoamericano
c) Meditación
La intención de hoy de Jesús, al pedir su opinión a los sacerdotes y ancianos del pueblo sobre la respuesta de aquellos dos hijos al mandato de su padre (según la parábola de Jesús), es manifiesta. Vosotros, les viene a decir Jesús, sois como el hijo que le dice a su padre "voy, Señor", pero luego no va. En cambio, hay quienes dijeron "no quiero", pero después se arrepintieron y fueron.
Esos son los publicanos y las prostitutas, que os llevan la delantera (a vosotros, sacerdotes y ancianos) en el camino del reino de Dios. Y no por ser publicanos y prostitutas (pues eso no da ventaja en el camino del Reino), sino por haber creído en el que venía de parte de Dios enseñando el camino de la justicia (Juan el Bautista).
Lo decisivo en este camino que conduce al Reino es, por tanto, creer en esa justicia (= santidad) que muestra la voluntad de Dios y aplicarse a su cumplimiento. Si antes dijimos que no, plantando cara a esa voluntad y mandato, no importa. No importa si somos capaces de rectificar, arrepentirnos y disponernos a hacer lo que Dios quiere.
Y para esto no bastan las palabras, sino que es preciso ir y ponerse a trabajar en el trabajo que Dios quiere, pues hace lo que el padre quiere el hijo que va finalmente a trabajar a la viña. Asumir un trabajo implica incorporarse a un lugar, entrar en relación con unas personas, adquirir unas competencias, contraer unos compromisos, enfrentar las dificultades, hacer uso de las fuerzas disponibles.
Para llevar a cabo este encargo no debemos esperar a otro momento o situación más propicios. Aprovechemos el momento (el kairós) para decir sin dilación: Voy, Señor, y vayamos. Si hemos dicho "no quiero", siempre hay posibilidad de rectificar. Si decimos "quiero, pero me faltan fuerzas", el Señor nos dirá: Me tienes a mí; tienes mis fuerzas, y tú eres perfectamente idóneo para la tarea que yo te encomiendo. Pero si decimos voy, y luego no vamos, estamos defraudando al Señor, no hacemos lo que él quiere, nos estamos engañando a nosotros mismos y otros nos llevarán la delantera en el camino del reino de Dios.
En esta viña que es la Iglesia de Cristo hay muchas tareas para las que nuestros sacerdotes nos pueden pedir colaboración. De ordinario este es el cauce por el que Dios nos pide trabajar en su viña. No rehuyamos el compromiso escudándonos en nuestra corta o larga edad, en nuestra falta de preparación, en nuestra escasez de tiempo y de medios, en nuestros complejos o impedimentos emocionales, etc.
El amor generoso y gratuito no repara en estos obstáculos. Tampoco nos limitemos a evocar los tiempos gloriosos de nuestra antigua militancia en la acción católica como tiempos ya pasados que sólo pueden aportarnos una estela de nostalgia; es preciso seguir militando en la acción apostólica o misionera con los recursos y los medios de que dispongamos en la actualidad. No hay edad o enfermedad que nos incapacite del todo para este trabajo.
Confiemos en la capacidad de conversión del corazón humano o en la fuerza persuasiva de la gracia de Dios, capaz de transformar los corazones más gélidos o endurecidos. Y cuando os dispongáis a prestar vuestra colaboración, dejad a un lado envidias, ostentaciones y temores. Todos estamos en el mismo barco, todos pertenecemos a la misma familia; la labor convergente de todos redundará en beneficio de la Iglesia entera y en la edificación del cuerpo de Cristo.
Por tanto, colaboremos. Pero colaboremos con una colaboración humilde y desinteresada, buscando el interés de los demás y no el propio, persiguiendo el bien de la Iglesia que es nuestra propia salvación. Si tenemos los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús, todo esto será posible.
De momento hemos dicho voy, Señor, y hemos venido a su convocación y a su mesa. Es preciso que sigamos diciendo voy, Señor, y vayamos a esos lugares y personas a los que él nos manda ir. Estemos a su escucha.