28 de Enero

Martes III Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 28 enero 2025

a) Heb 10, 1-10

         La Antigua Alianza fue sólo una sombra de los bienes definitivos, y se convirtió en absolutamente incapaz de conducir a su perfección a los que se acercaban para ofrecer sus sacrificios. La historia de las religiones, como la historia del pueblo hebreo, es una emocionante aventura de los hombres que buscan a Dios. Pero sólo logra obtener de ella meras sombras o "esbozos de Dios". No son de despreciar todas esas tentativas, pero no hay que quedarse ya en ellas, pues Cristo ha venido y es el único capaz de "conducirnos a la felicidad perfecta".

         Es imposible, en efecto, que sangre de animales borre el pecado. Y todas las religiones del pasado, y algunas del presente, siguen manteniendo esa práctica, "sacrificando animales" como símbolo de sumisión a Dios.

         La sangre es portadora de vida, está claro, y es lo más íntimo que el hombre puede ofrecer. Pero de ahí a considerarlo algo sagrado parece algo exagerado, incluso rayante de lo mágico. Porque la primacía en lo espiritual no la tiene lo ofrecido ni las formas de hacerlo, sino el gesto e intención interior. De lo contrario, se estaría intentando forzar a Dios a que actúe como nosotros queremos, en una especie de regateo.

         Los profetas de Israel habían denunciado a menudo la inutilidad e ineficacia de los sacrificios de animales, faltos de sinceridad interior (Is 1,11; Os 6,6; Am 5,21; Jer 6,20). Y el Salmo 40,7 había recalcado esa misma idea: a Dios no le interesan los sacrificios por sí mismos, sino la actitud profunda del hombre que, en su vida, trata de serle fiel y obedecerle. El verdadero culto está en ofrecer la propia vida, y si es cada día (y no una vez al año) mejor.

         Por eso, al entrar en este mundo Cristo, dice: "Tú no quieres sacrificio ni oblación, y por eso me has dado un cuerpo". Comencemos por notar lo que aquí se nos revela, pues los salmos son la oración de Jesús. En 1º lugar porque Jesús rezó esas palabras algún día. En 2º lugar porque ciertos pasajes (como éste, en particular) debieron encontrar en la oración de Jesús una resonancia especial. Y en 3º lugar porque como Verbo eterno de Dios, antes mismo de encarnarse (y de tener labios humanos para pronunciarlas), esas palabras de los salmos habían sido inspiradas por él. De tal modo que el Hijo de Dios "entró en el mundo" para eso,  para cumplir lo que él mismo había inspirado al salmista del Salmo 40.

         Entonces dije: "He aquí que vengo para hacer, oh Dios, tu voluntad". Se trata de una de las más bellas plegarias de la escritura, que pueden ser repetidas incansablemente. Como vemos, la presencia de Jesucristo llena todo el AT. Y nadie mejor que él es, pues, el que puede abrogar, y hacer nuevo, lo que él inspiró en el pasado. Esa es la clave de todo: la voluntad de Dios, con cuyo sometimiento nos santificamos, y no a través del sometimiento de animales. Esa el la clave: que Cristo vino al mundo, y ofreció su vida por el mundo entero, en perfecto sometimiento a la voluntad del Padre.

Noel Quesson

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         Una vez más, la Carta a los Hebreos afirma que las instituciones del AT eran una sombra y una promesa, que en Cristo Jesús han tenido su cumplimiento y su verdad total. Los sacrificios de antes no eran eficaces, porque "es imposible que la sangre de los animales borre los pecados". Por eso tenían que irse repitiendo año tras año. Esto es lo que pasaba en Israel, y la forma en que los hebreos intentaban acercarse y tener propicio a Dios.

         Pero Cristo Jesús no ofreció animales, sino que se ofreció a sí mismo en sacrificio. El Salmo 39 lo describe bellamente: "Tú no quieres sacrificios ni holocaustos; aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad". Se trata del verdadero retrato de Jesucristo, y la actitud que mantuvo a lo largo de su vida y de su muerte. Por esta entrega de Cristo, de una vez para siempre, "todos quedamos santificados".

         No es que Dios quisiera la muerte de su Hijo. Pero sí entraba en sus planes salvarnos por el camino de la solidaridad radical de su Hijo con la humanidad, y esta solidaridad le condujo hasta la muerte. También nosotros deberíamos distinguir entre estas 2 clases de sacrificios: ofrecer a Dios algo (como puede ser dinero, velas o estatuas), o bien ofrecernos nosotros mismos (nuestra persona, obediencia y vida).

         En nuestra celebración de la eucaristía es bueno que nos acostumbremos a aportar al sacrificio de Cristo (único y definitivo), nuestra pequeña ofrenda existencial (nuestros esfuerzos, nuestro dolor o éxitos...). O como dicen las 3 plegarias eucarísticas para niños, decir "acéptanos a nosotros, juntamente con él", para que "te lo ofrezcamos como sacrificio nuestro, y junto con él nos ofrezcamos a ti", pidiendo que "nos recibas a nosotros con tu Hijo querido". Para que ya desde niños aprendamos a ofrecernos por la salvación del mundo, como hizo Jesús.

         Esta entrega personal es la que Cristo nos ha enseñado. El sacrificio externo y ritual sólo tiene sentido si va unido al personal y existencial. El sacrificio ritual es más fácil y puntual, mientras que el sacrificio personal nos compromete en profundidad, y en todos los instantes de nuestra vida.

José Aldazábal

b) Mc 3, 31-35

         Escuchamos hoy cómo una multitud estaba sentada en torno a Jesús, y le dijeron: "Mira, tu madre y tus hermanos te buscan ahí fuera" (v.32).

         En paralelo con el grupo de los Doce, que estaba con Jesús "en la casa" (Mc 3, 20) y representa al nuevo Israel, aparece por 1ª vez con personalidad propia el 2º grupo de seguidores de Jesús, caracterizado como una multitud sentada en torno a él. Mientras los allegados de Jesús (sus familiares, sobre todo), que hasta ahora había permanecido al margen de todo eso, ahora interviene en esa iniciativa que Jesús ha tomado Jesús, tomando partido.

         Marcos subraya el contraste entre la familia (que se queda fuera) y los que están sentados en torno a Jesús (sabiendo que "estar con Jesús" significaba estar adheridos incondicionalmente a él). La madre, sin nombre, representa el origen de Jesús, y el ambiente donde él se ha criado. Y sus hermanos, los miembros de ese ambiente primigenio. No muestran hostilidad hacia Jesús, pero sí le recuerdan el ambiente de donde venía (humanamente).

         Ante esta ofensiva de su gente (madre y hermanos), Jesús declara que los lazos familiares y los vínculos de raza o nación no son decisivos. Sino que cualquier persona que le dé su adhesión, y comparta sus ideales, queda unido a él por vínculos de familia, que establece hoy como fraternidad universal. La única condición para pertenecer a la nueva familia (el nuevo Israel) es cumplir el designio de Dios, dando la adhesión a Jesús (Mc 2, 5).

Juan Mateos

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         El punto de partida de la perícopa de hoy viene de los v. 20-21, en los cuales se insinuaba que Jesús había enloquecido, y habían tenido que llamar a sus familiares para que lo hicieran entrar en razón.

         En el pasaje de hoy, que anuncia que dichos familiares ya han llegado para llevárselo, responde Jesús que sus verdaderos familiares son quienes están con él comprometidos (desde ese momento y siempre) en la creación del reino de Dios, pues su nueva relación de familia va más allá de la carne y la sangre. No se trata de un rechazo de Jesús a sus parientes (en especial a su madre), sino una clarificación sobre el punto en que hay que colocar las relaciones familiares, a la luz de lo que pide el Reino.

         La estrategia de los fariseos es ahora acusar a Jesús de estar loco, una vez que no han podido demostrar que estaba endemoniado. Y todo ello para quitarlo de medio. Pero para ello tenían que tergiversar sus acciones a toda costa, asimilarlo con el demonio, ponerlo de acuerdo con ideas revolucionarias, o escenificar que estaba loco, y su familia tenía que venir para recogerlo. Entonces la familia aparece con dicho fin, aunque Jesús no "entra al trapo", ni "sigue el juego" de dicho paripé.

         Aprendamos de ello que el Reino es un reagruparse, como hermanos en la fe, y unidos por una fuerza familiar que es distinta a la fuerza de "la carne y la sangre". Una fuerza que surge del convencimiento en la causa de Jesús, y que cada cristiano convierte en su propia causa, como la causa absoluta de su vida. Así, todos los cristianos tienen una misma causa, y entre todos ellos empiezan a sentirse como hermanos. Estas novedades rompen muchos esquemas, y prácticas tradicionales de familia.

         La limitación de María para entender a Jesús debe verse no como un fallo de María, sino que forma parte de su proceso interno de maduración. Pues ella también deberá compartir los dolorosos pasos de su hijo, para convertirse un día en Madre de la Iglesia. Ella muestra aquí su oscuridad y sus dudas, hasta que la cruz y la resurrección la consagren de forma definitiva, al servicio de los discípulos de su Hijo.

Emiliana Lohr

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         Hoy contemplamos a Jesús rodeado por una multitud de gente del pueblo, en el preciso instante en que los familiares más próximos de Jesús han llegado desde Nazaret a Cafarnaum. No obstante, a la vista de la gran cantidad de gente que había, éstos permanecen fuera y lo mandan llamar. Y se lo comunican a Jesús: "Oye, tu madre y tus hermanos están fuera, y te buscan" (v.31).

         En la respuesta de Jesús, como veremos, no hay ningún motivo de rechazo hacia sus familiares. Jesús se había alejado de ellos para seguir la llamada divina, y por eso había renunciado a ellos. Pero no por frialdad de sentimientos o por menosprecio a los vínculos familiares, sino porque se ha comprometido plenamente con Dios Padre, y ha realizado personalmente lo que él mismo está pidiendo a sus discípulos.

         En lugar de su familia de la tierra, Jesús ha formado una familia espiritual. Y es entonces cuando echa una mirada a su alrededor y dice: "Éstos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre" (vv.34-35).

         ¿Es que Jesús nos quiere decir que sólo son sus parientes los que escuchan con atención su palabra? ¡No! No son sus parientes aquellos que escuchan su palabra, sino aquellos que escuchan y cumplen la voluntad de Dios. Éstos son su hermano, su hermana, su madre.

         Lo que Jesús hace es una exhortación a aquellos que se encuentran allí sentados (y a todos) a entrar en comunión con él, mediante el cumplimiento de la voluntad divina. Con ello, lanza una alabanza a su madre, María, la siempre bienaventurada por haber creído.

Josep Gassó

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         La palabra de Dios de hoy nos coloca ante esta cuestión: ¿cuál es la verdadera familia de Jesús? Los teólogos han repetido hasta la saciedad una cosa: que Dios tiene un rostro de Padre, incluso de Madre. Jesús nos ha revelado su parentesco, nos habla de su Padre y nuestro Padre. Pero Jesús se encarnó en el seno de una madre (María), y creció en el contexto de una familia de su tiempo y del entorno palestino. Las categorías humanas, en concreto las de la familia, han sido asumidas en el lenguaje del evangelio y han circulado entre los creyentes con naturalidad a lo largo de toda la historia.

         Pero hoy, en el evangelio de Marcos, apreciamos una mueca de desaire por parte de Jesús hacia su propia familia, que nos deja perplejos. Parece una reacción destemplada la de Jesús ante el requerimiento de su madre y de sus hermanos, llegados a la puerta de la casa en donde él se encuentra.

         Los lazos familiares ¿le merecen a Jesús poco interés? ¿O acaso nos quiere transmitir algún mensaje de ascético desapego? No hay tal, pues Jesús quiere a los suyos, y sobre todo a su madre. Tampoco la ascesis figura entre sus predilecciones, pues son "los fariseos y los discípulos de Juan los que ayunaban", y los suyos no. Pero aprovecha esta oportunidad para subrayar la importancia que revisten “otros lazos familiares” que le unen a sus discípulos.

         María, la 1ª discípula, es familiar de Jesús por un parentesco mucho más fundamental que por el meramente biológico: ella es dichosa más por ser creyente que por ser madre, más por haber creído en su Hijo que por haberle dado a luz.

         Los cristianos somos los familiares de Jesús: no por estar registrados en el libro de bautismos de nuestra parroquia, ni por la tradición o cultura de nuestro pueblo, ni por nuestra ciencia, ni por nuestro dinero o poder acumulado, ni siquiera por los méritos contraídos. Lo somos por la fe y por el cumplimiento de la voluntad de Dios. En eso, exactamente igual que María (guardadas siempre las debidas distancias entre ella y nosotros en el modo de acoger la Palabra y en la manera de cumplirla).

José San Román

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         Acaba el cap. 3 de Marcos con este breve episodio, que tiene como protagonistas a los propios familiares de Jesús (pues el término hermanos, en lenguaje hebreo, aludía a eso, incluyendo primos, sobrinos y tíos). Y junto a sus hermanos, estaba su madre.

         Las palabras de Jesús, que parecen como una respuesta a las dificultades de sus familiares que leíamos anteayer, nos suenan algo duras. Pero ciertamente no desautorizan a su madre ni a sus parientes. Lo que hace es aprovechar la ocasión para decir cuál es su visión de la nueva comunidad que se está reuniendo en torno a él.

         La nueva familia no va a tener como valores determinantes ni los lazos de sangre ni los de la raza. No serán tanto los descendientes raciales de Abraham, sino los que imitan su fe: "El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre".

         Nosotros, como personas que creemos y seguimos a Cristo, pertenecemos a su familia. Esto nos llena de alegría. Por eso podemos decir con confianza la oración que Jesús nos enseñó: "Padre nuestro". Somos hijos y somos hermanos. Hemos entrado en la comunidad nueva del reino de Dios.

         En ella nos alegramos también de que esté la Virgen María, la madre de Jesús. Si de alguien se puede decir que "ha cumplido la voluntad de Dios" es de ella, la que respondió al ángel enviado de Dios: "Hágase en mi según tu palabra". Ella es la mujer creyente, la totalmente disponible ante Dios.

         Incluso antes que su maternidad física, tuvo María de Nazaret este otro parentesco que aquí anuncia Cristo, el de la fe. Como decían los Santos Padres, ella acogió antes al Hijo de Dios en su mente por medio de la fe que en su seno por su maternidad. Por eso es María para nosotros buena maestra, porque fue la mejor discípula en la escuela de Jesús. Y nos señala el camino de la vida cristiana: escuchar la palabra de Dios, meditarla en el corazón y llevarla a la práctica.

José Aldazábal

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         Una incorrecta interpretación de este pasaje ha llevado a algunos a pensar que con estas palabras y esta actitud que nos presenta el evangelista, Jesús está menospreciando a su Madre, apoyando su actitud de indiferencia (cuando no de rechazo) hacia María Santísima. Nada más contrario en la intención de Jesús.

         Primeramente, en ningún momento se dice que Jesús no salió inmediatamente después a atender a su mamá. Sin embargo, como siempre, Jesús usa de un evento o situación particular para instruir a la comunidad. La familia de Jesús, no es simplemente la familia física unida por los lazos de sangre, sino aquellos que cumplen la voluntad de Dios.

         Con ello destaca el hecho de que María, como lo reconocerá siempre la comunidad cristiana, es el modelo perfecto de aquellos que hacen la voluntad de Dios, por lo que no solo es su madre en sentido físico, sino también lo es de manera espiritual y trascendente. Por ello pertenecerán realmente a la familia de Jesús y María aquellos que hacen la voluntad de Dios. ¿Podríamos decir que nosotros formamos parte de esta familia?

Ernesto Caro

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         Jesús nos llama hoy hijos de Dios, y nos dice que no hay diferencias entre él y nosotros en tanto cumplamos la voluntad de Dios. Muchas veces este evangelio se utiliza para demostrar que nuestra Madre María tuvo más hijos, queriendo manchar la imagen y veneración (respeto profundo) que los católicos le tenemos a nuestra Madre.

         Se hace el enfoque desde este punto de vista, olvidando la verdadera enseñanza que quiere dejar Jesús. Sus palabras no son para su madre; sus palabras son para cada una de las personas que están sentadas ahí y que hoy en día leemos y seguimos sus mandatos.

         No nos perdamos en lo claro y empecemos a cumplir con lo que verdaderamente nos hace hijos de Dios: cumplir su voluntad. Señor te pido que día a día pueda presentarte mis planes y, como María, aceptar y cumplir con tu voluntad.

Miosotis Nolasco

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         El texto evangélico de este día no puede ser entendido si no tenemos presente el texto evangélico que la liturgia nos proponía ayer. Ayer leímos el relato de demonización que los escribas hacían del ministerio de Jesús. El relato de hoy nos narra que la familia de Jesús, su madre y sus hermanos, los buscaba con insistencia.

         Pero no lo buscaba por acrecentar los lazos de familiaridad, sino que frente a las acusaciones de los líderes afirmando que Jesús actuaba por el poder del príncipe de los demonios, llega a creer que Jesús se había vuelto loco. Frente a ese temor, la madre de Jesús y sus hermanos se sienten con la autoridad necesaria para ir a detenerlo y llevarlo de nuevo a la casa y hacerlo desistir de esa idea del Reinado de Dios.

         Por dura que parezca la respuesta dada por Jesús al anuncio de que su madre y sus hermanos lo buscaban, se trata de una respuesta en la que Jesús se define: el Reino hace que toda otra relación pase a segundo plano. Jesús no estaba dispuesto a que nadie malinterpretara la vivencia del Reinado de Dios en su vida y mucho menos su instauración en esta historia humana, tan llena de signos que contradecían la obra creadora de Dios.

         Por eso, ni los jefes religiosos de su tiempo, ni mucho menos su familia de sangre, pueden intentar encerrarlo en los estrechos marcos de la tradición o de la casa. El Reino de Dios no tiene espera. El Reino de Dios es exigente. Las palabras de Jesús son claras "¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Mi madre y mis hermanos son aquellos que viven de acuerdo a la voluntad de Dios. Ese es mi hermana, mi hermano y mi madre".

         Jesús desconoce totalmente la tradición familiar de su tiempo. Rompe con el estilo de la familia atrapadora, acaparadora, rompe con el estilo de familia que superprotege y que imposibilita las grandes revoluciones sociales e históricas, e invita de esta forma a los que le oyen, entre ellos a su familia por consanguinidad, a que den un salto cualitativo en el campo de las relaciones familiares y afectivas para poder de esa forma encaminarse en la vida del Reino, donde todos los marcos estrechos de la sociedad quedan rotos, por la universalidad y por la hermandad que el mismo Reino en su dinámica trae.

Confederación Internacional Claretiana

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         Jesús tuvo una familia que seguramente sintió preocupación por él, por su extraño modo de comportarse, por los peligros que pudieran sobrevenirle y por los prodigios milagrosos que había empezado a hacer. Y en ese contexto, hoy Marcos nos presenta esta escena inquietante: la madre y familiares de Jesús van a buscarle, aunque no se atreven a irrumpir en el grupo que lo rodea mientras enseña. Por eso, lo mandan llamar desde fuera.

         A la noticia de que sus familiares lo buscan, Jesús responde con unas palabras desconcertantes que implican un nuevo orden de vínculos, afectos y obligaciones. No ya los de la carne y la sangre, sino los que se fundan en la obediencia a la voluntad salvífica de Dios. Sus hermanos y madre de Jesús no son ya su propia familia, sino sus discípulos y todos aquellos que quieran ser sus discípulos, reconociendo la voluntad amorosa de Dios.

         No quiere decir para nada Jesús con eso haya abandonado y despreciado a los suyos, pues otros pasajes del NT demuestran el lugar importante que Jesús encomendó a algunos parientes en la primitiva comunidad cristiana. Solo que para llegar a ocupar ese lugar, seguramente tuvieron que hacerse sus discípulos y discípulas, asumiendo su palabra y creyendo en él.

         La Virgen María fue madre espiritual de Jesucristo, antes que madre física. Porque ya desde que el ángel Gabriel le anunciara su misión, ella vivió abierta a su Hijo, bajo las inspiraciones del Espíritu Santo, y colaborando activamente en el plan de salvación. De ahí que Jesucristo lo reconociera: "Mi madre es la que escucha la palabra de Dios, y la cumple".

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         El evangelio de hoy de Marcos nos presenta a un Jesús que es buscado por unos y acompañado por otros. Al parecer, su intención es hacernos ver que, para Jesús, la verdadera familia es la de aquellos que escuchan su palabra y desean conocer y cumplir la voluntad de Dios.

         Jesús se encuentra reunido con un grupo de personas en el interior de una casa, y la reunión se ve interrumpida por la llegada de otro grupo que reclama su atención. Se trata de "su madre y sus hermanos", que desde fuera lo mandan llamar.

         Por madre y hermanos de Jesús hemos de entender su familia biológica o familia constituida por lazos de sangre. Pero el término hermano no significa para un judío "hijo de la misma madre", sino pariente próximo. Y así lo ha mantenido la tradición de la Iglesia, en consonancia con la fe en la perpetua virginidad de María (virgen también post partum).

         Lo que aquí interesa resaltar es el contraste que establece Jesús entre esa familia (su familia de consanguíneos) y aquella otra en la que él se inserta (conformada por los que escuchan la palabra de Dios).

         La gente que tenía sentada a su alrededor informó a Jesús de la llegada de sus familiares, que no se limitan a esperar, sino que demandan su atención: Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan.

         La respuesta de Jesús, por muy conocida que nos resulte, no deja de conmover nuestra sensibilidad. Parece que una madre y unos parientes próximos merecen una cierta deferencia en el trato, y por eso resulta desconcertante la reacción de Jesús ante este imprevisto: ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y paseando la mirada por el corro, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre.

          Aquella respuesta tuvo que desconcertar a todos, incluida su propia madre. ¿No estaba menospreciando el lazo natural que le unía a estas personas? Ésta es quizás la primera impresión que dejan las palabras de Jesús. Pero en realidad, Jesús estaba valorando muy por encima de los vínculos de consanguinidad esos otros vínculos de unión, surgidos de la relación con la palabra de Dios que latía en él.

         El deseo de conocer la voluntad de Dios, que era al mismo tiempo interés por su palabra, creaba unos lazos de unión (una comunión) mucho más fuertes que los de la propia sangre. Y esos vínculos son a los que alude Jesús, a la hora de conformar el interior del núcleo familiar: Ése es mi hermano, y mi hermana y mi madre.

          Es tal la importancia que Jesús concede a esta palabra, que allí donde ésta se proclama, y es acogida, surgen relaciones familiares y brota la familia cristiana. Se trata, evidentemente, de una familia no sólo congregada en torno a la Palabra, sino confeccionada por la misma Palabra, que hace de los interrelacionados hermanos y hermanas y madres de Jesús y, por tanto, miembros de la misma familia.

         Jesús pronunció su veredicto paseando la mirada por el corro. Es decir, designando a los que se hallaban a su alrededor como mi familia. La otra, la familia biológica, había quedado atrás o afuera, en un segundo término. Si quería seguir siendo su familia tendría que incorporarse a esta nueva relación, o discipulado exigido por su misión mesiánica.

         A María, su madre biológica, la veremos también entre sus discípulos, a la escucha de su palabra. ¿Cómo no iba a prestar atención a la palabra de su Hijo la que había escuchado con tanta seriedad las palabras del ángel en la Anunciación? ¿Cómo no iban a calar en su interior las palabras de gracia salidas de labios de su Hijo la que había sido colmada de gracia desde el momento de su concepción?

         María es madre de Jesús por doble motivo: por haberle concebido y engendrado (corporalmente) y por haber acogido (anímicamente) la palabra de Dios. En realidad, lo engendró porque antes había acogido la palabra que le proponía la maternidad virginal, con esa respuesta de todos conocida: He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra.

         Por eso no es extraño que, para Jesús, esta acogida de la palabra sea principio de un parentesco de superior categoría al de la sangre natural. La connaturalidad con esta palabra (de origen divino) crea vínculos familiares.

         Son los vínculos de amor que se establecen entre los moradores del reino de Dios, y que se perpetuarán eternamente. Son vínculos más robustos que los que instaura la sangre, la amistad, el interés común o el mero afecto humano. Ojalá que estemos tan cerca de Jesús, y que apreciemos de tal manera su palabra, que merezcamos ser considerados por él como mi hermano, y mi hermana y mi madre.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ·CID, doctor en Teología

 Act: 28/01/25     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A