4 de Marzo

Martes VIII Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 4 marzo 2025

a) Eclo 35, 1-12

         Ben Sirac, el autor del libro del Eclesiástico, es a la vez un entusiasta de la liturgia y un fiel observante de la ley. El texto de hoy unifica esas dos tendencias del pensamiento del Sirácida. Y la confrontación de estas 2 tendencias conduce a una maravillosa reflexión sobre el sacrificio espiritual: en lugar de las ofrendas, la obediencia; en lugar de los sacrificios, la caridad; en lugar de las expiaciones, la conversión.

         Efectivamente, Dios fue educando progresivamente a su pueblo, para que fuera pasando de los sacrificios cruentos (de los inicios) al sacrificio de ofrenda espiritual (inaugurado por Cristo). Una evolución en la que podemos distinguir 2 etapas:

         1º la etapa cuantitativa (o material), surgida tras la posesión de la tierra prometida (s. XIII a.C) y en la cual los judíos ofrecen el diezmo y la primicia de sus bienes. Se trata de un sacrificio de ricos, que asegura a sus oferentes una importancia mayor cuanto mayor sean las cosas ofrecidas, como si tuviera un valor religioso mayor.

         Se trata de un tipo de sacrificio que no compromete a quienes participan en él, sino que sólo compromete al tipo de víctima ofrecida, sin que ésta sepa lo que hace (pues suele ser siempre un animal). Y de un sacrificio que está todavía lejos del ideal de Dios (consistente en que sacerdote y víctima coincidan en una sola voluntad). De ahí que los profetas reaccionen contra este tipo de sacrificio, aludiendo a que es un sacrificio violento pero estéril.

         2º la etapa cualitativa (o espiritual), surgida tras la prueba y destierro de Babilonia (s. VI a.C), en que se pone fin a los sacrificios cuantitativos del antiguo templo antiguo y se origina un tipo de sacrificio pobre (a la medida de la miseria del momento) pero lleno de sentimiento de acción de gracias, de penitencia o de humildad. El contenido de este sacrificio se convierte en un sentimiento y en un compromiso: la víctima se ofrece a sí misma (sin necesidad de que haya por medio un animal) y Dios va apareciendo cada vez más como un Dios que no pide sacrificios sangrientos, sino obediencia y amor.

         La liturgia que verdaderamente es grata a Dios no es sólo la que se celebra cuantitativamente en el templo, sino la que se celebra en la calle, en las casas, en las escuelas, en los ambientes de trabajo y todos los días de la semana, para apartarse del mal y combatir el pecado. Esto es lo que agrada a Dios. Pero no se deja todo mientras no se deja uno a sí mismo. Mientras no me despoje yo de mi propia voluntad, y empiece a moverme por la voluntad de Dios, no habré entrado en esta etapa o liturgia espiritual

Noel Quesson

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         El Eclesiástico toca hoy un tema interesante: ¿qué sentido pueden tener las ofrendas y sacrificios que ofrece al Señor el justo, apartándose del mal y de la injusticia? ¿Le basta con comportarse con justicia y presentarse así ante el Señor? ¿Hace falta realmente añadir ofrendas, diezmos y primicias?

         Ante estas preguntas, el sabio Sirácida responde con toda claridad: "Hay que presentar ofrendas, porque esto es lo que pide la ley" (v.4). Y a continuación ensalza la ofrenda y el sacrificio del justo, y anima a éste a ofrecer su sacrificio con corazón generoso y alegre.

         De este modo parece, al menos a 1ª vista, que salva el precepto cultual. Pero no ha explicado la razón del mismo. ¿Por qué el testimonio y la buena conciencia tienen que apoyarse en la observancia de las disposiciones rituales? ¿Significa esto que no basta hacer el bien y practicar la justicia? Bien mirado, en el marco de las ideas subyacentes al texto, el planteamiento es diferente.

         En efecto, si apartarse del mal y de la injusticia es la condición que hace las ofrendas aceptables al Señor, esta misma condición justifica el precepto cultual, ya que urgir las ofrendas implica exhortar al bien y a la justicia, requisito necesario para que sean aceptables. Así, pues, el precepto no tiene su justificación en sí mismo, sino en su exigencia de bondad y de justicia. Quien hace la ofrenda y no se comporta con justicia está lejos de cumplir el precepto.

         La 2ª parte del texto (vv.11-18) es aún más penetrante que la 1ª, pues tanto el pobre y oprimido, como el huérfano y la viuda, y los desvalidos y desamparados, constituyen la piedra de toque para la justicia de los justos. Ellos claman, se lamentan y lloran ante el Señor, y tales llantos y lamentos son una prueba de fuego que difícilmente dejará en pie la justicia de ningún justo. Desde este punto de vista, quizás podríamos preguntarnos hoy por el sentido del cumplimiento de los preceptos cultuales: ¿son válidos cuando no llevan a alargar la mano a los pobres, oprimidos y desamparados?

Miguel Gallart

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         La 1ª lectura de hoy nos enseña cómo hacer ofrendas, y nos viene a decir que no se trata de comprar a Dios, ni de de comprar su amor, su benevolencia o sus favores. Veamos.

         La vida misma es una ofrenda agradable a Dios, cuando se trata de una vida recta y justa. Y de ahí que "cumplir la ley vale tanto como hacer muchas ofrendas", o que obedecer los mandamientos es como ofrecer sacrificios de reconciliación. Ser agradecido a Dios es como "ofrecer la mejor harina" a Dios, y dar limosna es como "hacer sacrificios de alabanza".

         Lo que agrada al Señor es que te apartes del mal. Y si te apartas de la injusticia, obtendrás el perdón de tus pecados (vv.1-5). Por ello, la ofrenda no es un reemplazo de lo que nuestra vida "no ha sido", o como dice el Sirácida, "el sacrificio del justo es aceptado, y su ofrenda no se olvidará" (v.9). De ahí que nos diga "no confíes en ofrendas de cosas mal habidas, porque él es un Dios justo, y trata a todos por igual" (v.15).

         Ofrecer nuestras cosas, y ofrecernos nosotros mismos a Dios, es un acto de justicia y gratitud, y de ahí que el sabio repita "no te presentes al Señor con las manos vacías" (v.6). Pues lo que hacemos con ello es reconocer ante los demás la generosidad de Dios, ofreciendo de buena gana y con abundancia: "Honra al Señor con generosidad, y no seas mezquino en tus ofrendas. Y cuando ofreces, pon buena cara, y da los diezmos con alegría. Da al Altísimo como él te dio: generosamente, según tus posibilidades" (vv.10-12).

         Una ofrenda generosa nos hace entender la lógica de Dios, que no es la del comercio (en que se recibe tanto como se da) sino la lógica del amor y la alegría (en que todo se multiplica perfecta y maravillosamente, "hasta siete veces" (v.13).

Nelson Medina

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         ¿Qué es más importante, los sacrificios rituales del templo o una vida según la voluntad de Dios? La comparación entre liturgia y caridad es planteada muchas veces en la Escritura (tanto en el AT como en el NT), y aquí es algo que también el Sirácida aborda, tratando de conseguir un equilibrio entre las 2 dimensiones en la vida del creyente.

         Sí, tienen sentido los sacrificios rituales en el templo, y el sabio enumera para ellos sus diversas clases de sacrificios: los de comunión, los de flor de harina, los de alabanza y los de expiación.

         Recomienda también el Sirácida que se hagan las ofrendas que recomienda la ley ("no te presentes a Dios con las manos vacías"), pues "el sacrificio del justo es aceptado" por Dios. Pero que se hagan no de forma raquítica o de mala gana, sino "con generosidad y buena cara", pues Dios no se dejará ganar en generosidad: "El Señor sabe pagar y te dará siete veces más".

         Pero a la vez el Sirácida afirma que lo principal no son los sacrificios rituales externos, sino la ofrenda interna y total del creyente. A Dios no le pueden resultar agradables los ritos externos si a la vez no guardamos sus mandamientos, o no tenemos una actitud de acción de gracias, o no damos limosna y hacemos favores a los demás, o si no nos apartamos del mal y la injusticia. Si creemos que con unas ofrendas podemos comprar a Dios, estamos equivocados: "No le sobornes, porque no lo acepta".

         El salmo responsorial de hoy, como siempre, hace eco a esta palabra: "Escucha, pueblo mío: no te reprocho tus sacrificios, pues siempre están tus holocaustos ante mí. Ofrece un sacrificio de alabanza y cumple tus votos, pues al que sigue buen camino, le haré ver la salvación".

         Hay recomendaciones del AT que podemos aplicar a nuestra vida tal cual, sin grandes esfuerzos teológicos ni alegóricos. Como la que hemos escuchado hoy sobre la liturgia, que tiene que ir acompañada de buenas obras en la vida. También aquí aparece la caridad como piedra de toque, como "la prueba del nueve" para saber si los sacrificios rituales que hemos hecho han sido sólo apariencia o han surgido de lo más profundo.

         Podíamos pensar que con unas oraciones o unas limosnas al templo ya agradamos a Dios, y somos buenos cristianos. Pero haremos bien en hacer caso al sabio Sirácida. Está bien que recemos y llevemos medallas, y ofrezcamos sacrificios a Dios. Pero todo eso debe ir acompañado de lo que él afirma que es la verdadera religión: cumplir la voluntad de Dios, hacer favores al prójimo, dar limosna a los pobres, apartarse del mal, hacer el bien, ser justo. Está bien que ofrezcamos cosas, pero no olvidemos de ofrecernos a nosotros mismos. Como hizo Jesús, que nunca ofreció en el Templo de Jerusalén dinero o corderos, sino que se entregó a sí mismo en el altar de una cruz.

         Además, todo ello ha de ser hecho con buena cara, sin darle importancia, sin aparentar que nos cuesta ni llamar la atención. Recordemos los consejos de Jesús en el Sermón de la Montaña, cuando nos decía que tanto la oración como la limosna y el ayuno deben ser realizados con sencillez y autenticidad interior, pues "el Padre ve en lo escondido". Ir a misa, sí. Rezar, sí. Pero a la vez tener un buen corazón con los demás, y vivir en actitud de humilde alabanza ante Dios. Así uniremos a los sacrificios rituales el sacrificio de nuestra propia vida.

José Aldazábal

b) Mc 10, 28-31

         Pedro se hace hoy portavoz del grupo, y al no conformarse con el principio enunciado por Jesús (de ayer al joven rico, sobre la riqueza), quiere saber qué les va a tocar a ellos. Eso sí, atribuye Pedro a su grupo 2 méritos: "haberlo dejado todo" (que responde a la verdad; Mc 1, 18.20) y "haber seguido siempre a Jesús" (que responde a medias a la verdad, pues hasta ahora lo han acompañado en grupo, pero cada uno con sus propias pretensiones; Mc 8,32; 9,10.32.34; 10,13).

         Por eso la respuesta de Jesús no se refiere en particular al grupo de discípulos (los presentes, y procedentes del judaísmo), sino a cualquier seguidor que lo abandone todo para manifestar su adhesión a él y dedicarse a la propagación del mensaje.

         En el reino de Dios no habrá miseria, sino afecto y abundancia para todos, pero sin desigualdad ni dominio. En efecto, comparando las dos enumeraciones que hace Jesús, la de lo que el seguidor deja y la de lo que encuentra, se advierte que en la segunda se omite la mención del padre, figura de la autoridad. Como se trata de la etapa terrena del Reino, todo eso se verificará en medio de la hostilidad de la sociedad ("entre persecuciones"); y esos seguidores, por supuesto, heredarán la vida definitiva.

         Termina la sección con un colofón que sintetiza los episodios anteriores: no se puede pertenecer al Reino o comunidad de Jesús conservando un protagonismo y superioridad social basados en el poder y prestigio de la riqueza, como en el caso del rico que se acercó a Jesús.

         En la Iglesia todos han de adoptar la actitud de Jesús, la de hacerse "último de todos" (no buscar preeminencia ni protagonismo) y "servidor de todos" (traducir el seguimiento en servicio). De ahí el dicho de Jesús: Todos, aunque sean primeros (caso del rico), han de hacerse últimos (Mc 10, 21).

         No se puede entrar en el Reino manteniendo una posición (Mc 10, 21.23-35) que crea dependencia dentro del grupo. Ahora bien, todos esos que se hacen últimos serán primeros, pues su opción (renuncia a la ambición y práctica del servicio mutuo) creará para todos igualmente una comunidad de amor y abundancia (Mc 10, 29).

         Es decir, el progreso de la comunidad no está en la existencia de mecenas o protectores que, desde una posición de privilegio, compartan su riqueza con ella, creando una humillante dependencia e inevitable jerarquía, sino en la labor común de todos como iguales, sin estridentes diferencias de nivel, creando así entre todos una comunidad fraterna plenamente solidaria y próspera.

Juan Mateos

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         En el pasaje evangélico de hoy, Pedro tomó la palabra dijo a Jesús: "Bien ves que nosotros hemos dejado todas las cosas y te hemos seguido". Jesús había pedido ayer al joven rico que lo vendiera todo y le siguiera. Y hoy Pedro se alegra de hacer resaltar inmediatamente lo que ellos han hecho. Quizás haya algo de vanagloria en esa intervención de Pedro, pero sus palabras son también la expresión de una infinita generosidad.

         Jesús le contestó: "En verdad os digo: Nadie, que por amor de mí y del evangelio haya dejado...". De nuevo, notamos la exorbitante pretensión de Jesús. La persona que dice esto es o un desequilibrado mental o un hombre verdaderamente extraordinario. Ahora bien, Jesús a lo largo de su vida ha probado ser inteligente, equilibrado, humilde, estar sano. Hay pues que admitir que tenía una conciencia lúcida y precisa del papel que iba a desempeñar en la historia de la humanidad.

         Sí, millones de hombres y de mujeres, desde 2.000 años, lo han dejado todo "por su causa". ¿En qué me afecta esta cuestión? ¿Qué plegaria me sugiere?

         Respecto a la "casa, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o país", de los que habla Jesús, se entiende que no se dejan estas cosas por desprecio a esas cosas, tan buenas en sí, por lo que uno las deja. No es por falta de amor. Jesús ha repetido una y otra vez que hay que amar a sus hermanos, a su padre, a su madre.

         Hay pues aquí una motivación escondida y poderosa: para abandonar cosas tan grandes, hay que hacerlo por algo que es mucho más grande aún. ¿Qué sentido doy a mis renuncias? ¿Tengo yo una actitud meramente negativa? o bien ¿hago una opción, una elección que sobrepasa todo esto?

         Renunciar a muchas cosas, por amor a Jesús, no es renunciar a la felicidad. Jesús promete a aquellos que le seguirán que serán personas colmadas, ya aquí abajo. Se recibe cien veces más de lo que se abandona, dice Jesús.

         Comparad la lista de las cosas abandonadas y de las que se centuplican. En un punto hay falta: no se reciben cien padres, pues el Padre sigue siendo único. En un punto hay aumento: se reciben "persecuciones" al céntuplo. La felicidad prometida, ese céntuplo prometido, o esta plenitud de relaciones de amor, no se adquieren sin sufrimientos y sin persecuciones.

         El sentido global de esta palabra de Jesús es, sin embargo, netamente gozoso. Si no lo sentimos así, es sin duda porque hoy vivimos bastante mal el evangelio. Muchos testimonios históricos nos prueban que los primeros cristianos vivieron en un clima de generosidad y de alegría. También los primeros lectores de Marcos, en Roma, por ejemplo:

"Tenéis persecuciones, es verdad, pero mirad también qué maravillosa vida tenéis. Dais vuestras casas, las abrís a todos, pero en todas partes estáis en casa, recibís una hospitalidad total. Quizás habéis renunciado a ciertos lazos familiares, pero vivís con lazos de amistad profunda con múltiples hermanos y hermanas".

         Y "la vida eterna en el mundo venidero". En definitiva, para el que cree que la vida eterna no es charlatanería, es verdad que es mucho más lo que se gana que lo que se renuncia. Porque "muchos de los primeros serán los últimos, y los últimos serán los primeros". Nuestro mundo está falseado, y hay que invertir los valores para ver acertadamente.

Noel Quesson

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         El texto de hoy es la 3ª parte del gran tríptico planteado por Jesús en torno a la riqueza, y en consecuencia es continuación del texto de ayer. Marcos no quiere plantear el tema de la riqueza en teoría, sino que lo acentúa para confrontar la manera de ser y de actuar de los discípulos. Por eso ha construido la enseñanza de Jesús a partir de estas tres grandes partes:

         El texto nos plantea que la pobreza por el evangelio no puede quedarse en una simple renuncia a los bienes materiales, ni mucho menos en un paternalismo expresado en darle a los bienes un fin social. El mensaje de Jesús pide más: organizar toda la vida en función de los valores del reino de Dios. De esta manera los discípulos se convierten en punto de referencia frente al rico y frente a todos aquellos que han puesto sus bienes por encima del Reino.

         Así pues, los verdaderos seguidores de Jesús son aquellos que asumen de una manera incondicional el camino del Reino. En nombre de ellos Pedro toma la palabra y dice: "Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido". Es decir, los discípulos han asumido una actitud y una forma de ser en coherencia con la propuesta de Jesús, han renunciado a las riquezas de este mundo para estar en total disponibilidad para asumir los valores del reino planteado por Jesús.

         Jesús le responde a Pedro: "Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno". En la respuesta podemos ver cómo Marcos une de manera magistral dos temas: la riqueza, representada en las figuras del principio y del final: "la casa y la hacienda". Y la familia, representada en las figuras del centro: "hermanos, hermanas, madre, padre, hijos".

         La casa recoge de una manera global la idea de todos los bienes, tanto familiares como materiales. Por tanto, los discípulos de Jesús lo han dejado todo rompiendo con aquellas cosas que generan apegos en la vida: la familia tradicional que encadena con sentimientos que no dejan vivir la libertad; y las riquezas que generan egoísmo, injusticias y desigualdad.

         Jesús exige romper con estas estructuras que generan apegos para vivir los principios de una nueva vida que lleva a sus seguidores a que descubran que donde se deja uno (posesiones), se recibe ciento y se construye una nueva familia, amplia y extensa que no está unida por los vínculos de la sangre y de la carne, sino por la comunión con el proyecto del Reino, donde se deben compartir los bienes de la tierra en solidaridad y comunión fraterna.

         De esta forma, la ruptura (o dejar el modo viejo de vivir) se vuelve para Jesús en un principio nuevo de vida porque, paradójicamente, la donación total se convierte en espacio de abundancia de bienes y familia.

Bruno Maggioni

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         Es también un género de ofrenda lo que nos presenta el evangelio de hoy. Pedro dice al Señor: "nosotros lo hemos dejado todo para seguirte" (v.28). El apóstol, en efecto, hace una ofrenda semejante al holocausto de la ley antigua, en que todo debía ser consumido por el fuego. De ahí que "lo hemos dejado todo" signifique "lo hemos ofrecido todo".

         El libro del Eclesiástico hablaba de la generosidad de Dios, que sabe dar 7 veces más de lo que le damos y multiplica con perfección nuestros dones. Y eso es lo que se cumple en las palabras y promesas de Jesús en el evangelio de hoy, aunque en una proporción aún mayor: "Recibirá en esta vida cien veces más, en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y tierras" (v.30).

         Pero hay una apostilla: "con persecuciones". Tiene su gracia esa pequeña anotación, y también su lógica, pues si entrar en la dinámica del reino de Dios lo multiplica todo, ¿no multiplicará también las dificultades?

         Según esto, participar de la propagación del Reino no es asegurar una vida sin problemas sino vivir con una intensidad mayor y desde una perspectiva distinta las dificultades y gozos de esta vida. Es como una lupa que nos permite reconocer mejor la trama escondida detrás del dolor y detrás de la alegría de la vida. Pues donde el modelo propuesto por Jesús ("reino de Dios") realmente gana, es al final ("en la otra vida)".

         Jesús añade una de sus frases paradójicas favoritas: "Muchos que ahora son primeros serán últimos, y muchos últimos primeros", expresión que advierte sobre la limitación de nuestro conocimiento de esa vida definitiva y verdadera. Entre las subidas y bajadas de los bienes terrenales, entre la multiplicación de bendiciones y de persecuciones es fácil confundirse y llamar felices a los perdedores o considerar desgraciados a los agraciados.

Nelson Medina

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         El comienzo de este evangelio me parece significativo: "Pedro se puso a decirle a Jesús: ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido". Parece como si Pedro, siguiendo la recomendación del libro del Eclesiástico, no quisiera presentarse a Dios con las manos vacías. Y que prefiere estar satisfecho ante sí mismo, y exhibir sus renuncias y sus preferencias, lo mismo que las de sus compañeros. Y con este aval, puede esperar su recompensa. Ha ofrecido y espera recibir. Parece lógico. Pero lógico según criterios que arrinconan la gratuidad oblativa de la ofrenda.

         En realidad, Pedro trasforma la ofrenda en una inversión, que sigue la lógica del "doy para que me des". Ofrece tanto como espera recibir y así condiciona su entrega. Difícilmente entendería que alguien dijera lo que ya dijo Santa Teresa de Jesús: "No me tienes que dar porque te quiera, porque aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera". Ésta es otra lógica, la lógica de la gratuidad y del amor sin esperas ni condiciones.

         A Pedro, lo mismo que a nosotros, no nos vendría nada mal una pizca de gratuidad, para no intentar sobornar al Señor con nuestras obras, nuestras ofrendas y nuestros sacrificios. Tenemos que hacernos conscientes de que a él no le damos, sino lo que él nos ha regalado de antemano con absoluta generosidad.

         Entregar la vida gratis es entrar en la lógica de Dios, y un "aroma que llega hasta el Altísimo". Y ciertamente, esta "ofrenda memorial no se olvidará", porque a Dios nadie le gana en generosidad. Él es un buen pagador, que da a los obreros de su viña, sin merecerlo, hasta "siete veces más" (según el libro del Eclesiástico) y hasta "cien veces más" (según Jesús), así como "la futura la vida eterna" (según el texto del evangelio de Marcos).

José Vico

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         El joven rico de ayer se había marchado triste, sin decidirse a seguir a Jesús. Y hoy Pedro, que sí le ha seguido, se lo recuerda: "Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido". El resto ya se sobreentiende, y Mateo lo explícita en su evangelio: "¿Qué recibiremos en cambio?".

         La respuesta de Jesús es esperanzadora y misteriosa a la vez: "Recibirá en este tiempo cien veces más y en la edad futura vida eterna". Pero si esto no se trata de cantidades aritméticas y de tantos por ciento, necesariamente la respuesta ha de referirse a la nueva familia creada en torno a Jesús. Es decir, dejamos un hermano (carnal) y encontramos cien (espirituales). De hecho, ya había hablado Jesús de cuáles eran los lazos de esta nueva familia: "¿Quién es mi madre y mis hermanos? Quien cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre" (Mc 3, 34).

         En el fondo de la interpelación de Pedro está su concepto político e interesado del mesianismo, un concepto todavía muy poco maduro. ¿Pregunta acaso una madre cuánto le van a pagar por su trabajo? ¿pone un amigo precio a un favor? ¿Pasó factura Jesús por su entrega en la cruz? Los discípulos buscan puestos de honor, recompensas humanas, soluciones económicas y políticas. Jesús y su Espíritu Santo les irán ayudando a madurar en su fe, hasta que después de la Pascua se entreguen también ellos gratuita y generosamente al servicio de Cristo Jesús y de la comunidad, hasta su muerte.

         Una experiencia de ese ciento por uno que promete Jesús la tienen tantos cristianos laicos que desde su condición en la sociedad entregan sus mejores energías a trabajar por el reino de Dios. Ya saben lo que es la generosidad de Dios en este mundo, a la vez que esperan en el otro la vida eterna prometida al siervo bueno y fiel.

         De un modo especial esta experiencia la tienen los que han abrazado la vida religiosa o el ministerio ordenado dentro de la comunidad como estado permanente de vida. Han entrado en la dinámica de este otro género de familia y parentesco: los hermanos y los hijos los cuentan por centenares y miles. No han formado familia propia, pero no por eso han dejado de amar: al contrario, están más plenamente disponibles para todos, movidos de un amor universal, no por una paga a corto plazo.

         Unos y otros saben también que sigue siendo verdad una palabra muy breve pero muy realista que Marcos ha añadido a la lista de las ventajas: "con persecuciones". Jesús promete la vida eterna, después, y ya desde ahora una gran satisfacción. Pero no asegura el éxito y la felicidad y el aplauso de todos. En todo caso, la felicidad del que se sacrifica por los demás.

         Lo que sí promete Jesús es la cruz y las persecuciones. Una cruz que estaba incluida también en su programa mesiánico y que varias veces ha asegurado que les tocará llevar también a sus discípulos. Lo que vale cuesta. A la Pascua salvadora se llega por el vía crucis del Viernes Santo. El amor muchas veces supone sacrificio. Pero vale la pena.

José Aldazábal

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         La propuesta que había hecho ayer Jesús frente a la riqueza (Mc 10, 23-27) había escandalizado a los discípulos, y eso que Jesús no se había declarado tan enemigo de la opulencia, sino tan sólo partidario de la solidaridad.

         Muchos cristianos que salieron de Judea (por las persecuciones de las autoridades religiosas) encontraron refugio en la generosidad de los cristianos de Antioquía. Y la solidaridad de los cristianos (con toda la gente en calamidad, perteneciente o no a la Iglesia) permitió que muchas familias no sólo encontraran comida y techo en tierras extranjeras, sino que también recibieran afecto, fraternidad y acogida.

         Ahora bien, debemos tener en cuenta que esto lo hicieron personas humildes, de muy pocos recursos. Familias y comunidades que apenas tenían lo necesario para vivir. Sin embargo, la casa no resultó pequeña cuando se hizo necesario acoger a los desplazados. Y cuando les correspondió a ellos mismos emprender el éxodo, no temieron buscar a quienes consideraban sus "hermanos, hermanas, padres, madres e hijos".

         Hoy tenemos el mismo desafío. Nuestras iglesias pueden ayudar a aliviar el dolor de las personas que han dejado todo atrás. Y no para ofrecerlos un techo o un plato de comida. Esto es importante, pero es más importante ofrecerles afecto y fraternidad (nuestra verdadera misión), de modo que se sientan acogidos por una red de manos amigas.

Confederación Internacional Claretiana

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         Dios no quiere que sus seguidores tengan puesto su corazón en la riqueza. Por eso Jesús invita al rico a dejar todos los bienes antes de entrar en la comunidad. ¿Cómo procurarse entonces dentro de ésta la subsistencia material si en ella no hay ricos y los que forman parte de ella lo han dejado todo para seguir a Jesús?

         En el evangelio de ayer Jesús respondía a esta pregunta diciendo que esto que parece "imposible humanamente hablando, no lo es para Dios, porque todo es posible para Dios". Convencidos de esto o tal vez esperando una vida mejor, Pedro y sus compañeros lo habían dejado todo para seguir a Jesús.

         Ante esta situación Jesús responde con una promesa: "No hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y la buena noticia que no reciba en este tiempo cien veces más casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones y en la edad futura vida eterna".

         Jesús les anuncia que esa generosidad y desprendimiento real (de los bienes materiales, y de la familia de sangre) tendrá una recompensa aquí en la tierra, y que además sus seguidores heredarán también la vida definitiva.

         Los miembros de la Iglesia, o seguidores de Jesús, recibirán en la tierra mucho más de lo que dejaron: un nuevo hogar y una nueva familia entre cuyos miembros no habrá desigualdad ni dominio. Jesús omite de la lista la mención del padre de familia (o padres de la Iglesia), pues la comunidad será una comunidad de iguales.

         Esta sobreabundancia a la que solamente se llega por medio del compartir lo que se tiene y lo que se es no librará al discípulo de las persecuciones, de la hostilidad por parte de la sociedad, que no acepta este nuevo modo de ser y de vivir en el que el valor supremo no es el dinero sino el amor solidario; los seguidores de Jesús, además, heredarán la vida definitiva. ¿Nos creemos esto?

         Sabremos que lo vivimos en la medida en que nos desprendamos de nuestros bienes para seguir a Jesús en la comunidad practicando el amor solidario, que impide que mientras uno tienen de todo, otros carezcan de lo necesario.

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         Jesús había hablado ya del poder del dinero y de su carácter opresor, desde esa capacidad suya para someter a esclavitud al corazón humano e impedir que éste persiga lo que se propone. Es entonces cuando Pedro reacciona, y hoy le dice: Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.

         Si el joven rico no fue capaz de romper el lazo que le tenía atado a sus riquezas, los apóstoles sí lo habían dejado todo (casa, trabajo, familia y posesiones) por seguir a Jesús, y habían sabido desentenderse de este mundo ante la llamada del Maestro.

         Realmente, los apóstoles habían dejado muchas cosas, por embarcarse en esa aventura incierta de ese singular Maestro que había ejercido sobre ellos una atracción irresistible. Por eso Jesús valora su actitud, y les hace saber que no quedarán sin recompensa:

"Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el evangelio, recibirá en este tiempo cien veces más (casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones), y en la edad futura la vida eterna".

         La recompensa prometida por Jesús incrementa cien veces más, por tanto, las posesiones dejadas en este tiempo. Es decir, que no habrá que esperar a la vida futura para obtener la recompensa con la que Dios premia a sus seguidores, o a esos que han dejado tantas cosas valiosas por Jesús y por el evangelio.

         En concreto, Jesús promete recompensarles con más (cien veces más) casas, más hermanos, más padres, más hijos y más tierras, estando todavía vivos en esta vida. Llegada la edad futura, recibirán no mil veces más, sino un premio que no tiene equivalencia con nada de este mundo. Es decir, recibirán vida eterna.

         En el tiempo presente, por tanto, los discípulos de Jesús multiplicarán sus posesiones y afectos. Pero en la recompensa futura no habrá multiplicación (de cosas dejadas), sino un bien de rango infinitamente superior y carácter intemporal: la vida eterna, que, en cuanto eterna, no es comparable con ningún estado temporal.

         La promesa de Jesús para los que han dejado cosas (realmente valiosas) por él, habla a las claras de la generosidad de Dios, y recuerda que él paga con creces la limitada generosidad humana. A Dios, fuente suprema de toda bondad, no podemos ganarle en generosidad. La misma generosidad que hallamos en nosotros procede de él, que nos ha creado con su propia capacidad para amar y para gozar en la donación.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ·CID, doctor en Teología

 Act: 04/03/25     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A