20 de Febrero
Jueves VI Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 20 febrero 2025
a) Gén 9, 1-13
Nos dice hoy la Escritura que Dios bendijo a Noé y a sus hijos y les dijo: "Sed fecundos, multiplicaos y llenad la tierra... Todo lo que se mueve y tiene vida os servirá de alimento: Todo os lo doy".
Evidentemente, esto es la reanudación del proyecto inicial de Dios respecto a Adán. La diferencia está en que esta nueva bendición sucede al pecado de la humanidad. Y que más allá del pecado, por tanto, Dios conserva su amor por sus criaturas.
Repitamos, una vez más, que desde el punto de vista de Dios, el mal no es una fatalidad indudable y definitiva, sino que el más gran pecador conserva todas sus oportunidades, y que un hijo pródigo puede rehacer su vida, o un bandolero condenado a muerte puede entrar en el paraíso. La buena nueva de la Escritura aflora ya, pues, desde las primeras páginas del AT.
"Todo os lo doy". Pero ¿a quién van dirigidas estas palabras? Notemos que todavía estamos en el inicio de la humanidad, y que la elección de un pueblo particular, Israel, tendrá lugar mucho más tarde (con Abraham, Jacob y Moisés).
La bendición de Dios a Noé y a su descendencia es, por tanto, una bendición universal, destinada a todos los hombres sin excepción. La vida es el 1º don de Dios, y los que no forman parte visible del pueblo elegido (o de la Iglesia) se hallan lo mismo que los demás, bajo el impulso de ese amor de Dios. ¡Todo os lo doy! Es decir, que Dios ofrece a todos los hombres:
-una
bendición: "Sed fecundos, pues os lo doy todo";
-una ley única: "Respetaos los unos a los otros, pues pediré cuenta de la
sangre de cada uno de vosotros";
-una alianza: no estoy en contra de vosotros, sino con
vosotros.
Tan sólo le impone Dios a esa nueva humanidad (de momento) un mandato: "Dejaréis de comer la carne con su alma". Es decir, con su sangre, pues "quien vertiere sangre de hombre, por otro hombre será su sangre vertida", ya que Dios creó al hombre a su imagen. Una sola ley ha sido dada de momento a la humanidad: el respeto a la vida, simbolizado por el respeto a la sangre.
En diversas religiones la carne se come siempre sin su sangre. Cada vez que un judío cumple ese rito de la carne (el kosher, o sacrificio religioso del animal), recuerda casi cotidianamente esa ley universal de respeto a la vida. Notemos el motivo dado por la Biblia: el respeto a todo hombre se funda en que es "imagen de Dios".
Pero sigamos leyendo, porque sigue diciendo Dios que:
"He aquí que yo establezco mi alianza con vosotros, con todos vuestros descendientes y con todos los seres vivos que os acompañan. Esta es la señal de la alianza que pongo entre yo y vosotros, y todas las generaciones futuras: pongo mi arco iris en medio de las nubes, para que sea señal de la alianza entre Dios y la tierra".
En el diluvio Dios pareció estar en contra del hombre, desencadenando sus armas a través de cataclismos naturales. Lo que afirma ahora solemnemente es que ha decidido no volver a estar jamás en contra del hombre, sino con el hombre, como su aliado para siempre.
Para los semitas los fenómenos metereológicos eran signos de Dios, y todo lo que pasaba en el cielo pertenecía exclusivamente al dominio divino, sobre el cual el hombre no tenía poder alguno. Los astros eran los ejércitos de Dios, el viento y el huracán sus mensajeros, la tempestad la ejecutora de sus órdenes, el trueno su voz, y el relámpago su flecha temible. Ese Dios guerrero cuelga así sus armas en el arco iris, y bajo él promete no volver a serlo más. Vivamos, pues, unidos, y seamos sus aliados de ahora en adelante.
Noel Quesson
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La tradición sacerdotal, como la yahvista, concede gran importancia al final del diluvio, estructurada en dos temas capitales: bendición y compromiso divino, muy relacionados entre sí (el último corresponde a Gn 8,21 y el primero a Gn 8,22) y bien definidos, pues el inicio y el final de cada uno de los bloques (Gn 9,1 con Gn 9,7, y Gn 9,9 con Gn 9,17) forman inclusión y son prácticamente idénticos.
La palabra de Dios se manifiesta aquí con un valor absoluto y definitivo, y la bendición divina renueva y completa la de Gn 1,28-29. No obstante, los animales pueden ya ser sacrificados para alimentar al hombre.
"Os temerán y respetarán" se usa con cierta frecuencia en la promesa de la conquista de Canaán (Dt 11, 25), así como "están todos en vuestro poder" es una expresión muy corriente en el vocabulario guerrero de Israel.
Las 2 limitaciones que se imponen, la de no comer la carne de animales todavía vivos (la sangre que palpita se identifica con la vida), y la prohibición del homicidio (se puede derramar la sangre de los animales, pero no la sangre humana), tienen la función de salvaguardar la bendición y la generosidad divinas. Sin ellas imperaría el salvajismo, la sed de sangre y el afán homicida.
Así como antiguamente existía la venganza de sangre, ejercida por los parientes de la víctima, así también Dios "pedirá cuentas" e intervendrá para ejercer la justicia. Puede resultar sorprendente que Dios decrete el castigo de un animal por la muerte de una persona. Cabe explicarlo a partir de la domesticación de los animales y por la relación que tienen con los hombres, y está en consonancia con lo establecido en el Exodo (Ex 21, 28-32).
El v. 6, con sus ritmos (pues en los puntos culminantes de la narración se suele usar un vocabulario bien medido), ratifica y subraya (de una forma medio legal medio proverbial) la prohibición de derramar sangre humana. Imagen de Dios como es el hombre tiene una relación especial con Dios. Matarlo constituye un atentado directo a la soberanía divina. Se da como supuesta la aplicación de la pena capital dentro de la sociedad humana mientras se respete el derecho único de Dios a la vida y a la muerte y la inviolabilidad del hombre.
Mediante el compromiso divino, la tradición sacerdotal integra la narración del diluvio dentro de la contextura teológica de toda su obra literaria. No se puede decir que se trata de una alianza propiamente dicha, porque figuran también los animales, y la obligación es unilateral, sólo por parte de Dios. No se puede hacer tampoco la comparación con el pacto de Abraham, ya que en este caso existe una cierta reacción del patriarca con gestos y palabras, cosa que no se da en Noé. El arco iris se convierte en un signo que confirma que Dios conservará la existencia del mundo y de todos los vivientes.
La complementariedad entre creación y diluvio se hace manifiesta en estos versículos, que además ponen de relieve que Dios ama todo lo que existe, como "señor y amigo de la vida" (Sab 11, 26) que es. Así nosotros, los cristianos, somos llamados a la vida por la vida.
Josep Mas
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Termina hoy la historia del diluvio con la alianza que Dios sella con Noé y su familia, y con el reinicio de una nueva humanidad. El juicio de Dios ha sido justo, pero salvador y misericordioso.
Entre las cláusulas de la alianza hay detalles que se refieren a la comida: por primera vez se dice que el hombre puede comer carne de animales (hasta entonces, se ve que eran vegetarianos), pero no carne con sangre. Sobre todo hay un mandamiento taxativo: "Al hombre le pediré cuentas de la vida de su hermano, porque Dios hizo al hombre a su imagen".
Dios propone aquí, como señal de este pacto con Noé, el arco iris. Lo cual probablemente se entiende como una interpretación popular del fenómeno cósmico del arco iris después de la lluvia, en una sociedad que tiende a verlo todo desde el prisma religioso.
No es magia: cuando vean ese arco, se comprometen a recordar la bondad y las promesas de Dios. También podría tener otro sentido: el arco iris nos recordará que Dios ya no usará el arco de guerra (en la Biblia se designa con la misma palabra) contra el hombre, "colgará el arco en el cielo".
Dios empieza de nuevo, ilusionadamente, ahora con la familia de Noé, después de la purificación general del diluvio. No tenemos a Dios en contra. Siempre a favor. A pesar de todo el mal que hemos hecho, nos sigue amando y concediendo un voto de confianza.
Si el salmista podía decir con esperanza: "El Señor, desde el cielo, se ha fijado en la tierra, para escuchar los gemidos de los cautivos y librar a los condenados a muerte", nosotros tenemos motivos muchos más válidos para confiar en la cercanía salvadora de Dios. Jesús inició una «nueva creación» y, al atravesar las aguas de la muerte, nos invitó a todos a salvarnos en su Arca, que es la Iglesia, donde ingresamos a través del sacramento del agua, el bautismo.
Pero es bueno que recordemos seriamente que en su alianza con la humanidad, Dios nos exige una cosa importante: que respetemos a nuestros hermanos, porque cada uno de ellos es imagen de Dios. Después del asesinato de Abel, que representaba toda la maldad del corazón humano, Dios, para su nueva humanidad, quiere un corazón nuevo, que respete no sólo la vida sino también el honor y el bienestar del hermano. Faltar al hermano va a ser desde ahora faltarle al mismo Dios. Y si esto quedó claro en la alianza con Noé, mucho más en la de Jesús: "A mí me lo hicísteis".
No estaría mal que cada vez que veamos el arco iris, después de la lluvia, también nosotros, aunque somos muy listos y ya sabemos que es un fenómeno que se debe a la reflexión de la luz, recordáramos dos cosas: que Dios tiene paciencia, que nos perdona, que siempre está dispuesto a hacer salir su sol después de la tempestad, su paz después de nuestros fallos; y que también nosotros hemos de enterrar el arco de guerra (no es precisamente nuestro instrumento agresivo de ahora, pero es un símbolo) y tomar la decisión de no disparar ninguna flecha, envenenada o no, contra nuestro hermano, porque es imagen de Dios.
José Aldazábal
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Cuando la tierra volvió a su estado natural y las aguas del diluvio se amansaron y secaron, Dios, según el relato del Génesis (Gn 8), prometió que ninguna maldición recaería sobre el suelo, aunque el hombre continuara siendo pecador.
El curso de las estaciones no será alterado: sementera y siega, frío y calor, verano e invierno, día y noche, no cesarán en su cíclico retorno, y un arco iris será el símbolo de nueva vida en amistad humana-divina.
En ese contexto bíblico y litúrgico se suscita hoy nuestro canto, oración, alabanza, celebración comunitaria. El signo que la caracteriza es el de la bendición, según estas palabras de Gn 9,13 dirigidas a Noé y su descendencia: "Yo hago un pacto con vosotros y con vuestros hijos. Y ésta es la señal del pacto: pondré mi arco iris en el cielo". Esta bendición, que se prolongará por los siglos, se ofrecerá en la Escritura con algunos rasgos que implicarán novedad:
En 1º lugar, Dios mantendrá al hombre como rey de la creación, pero su morada no será un jardín de paz paradisíaca, sino un solar en lucha, trabajo, abnegación, avanzando hacia un futuro escatológico (camino hacia el más allá del tiempo).
En 2º lugar, la alianza firmada con Noé y su descendencia adquirirá en el tiempo matices variados, y afectará a toda la creación en cuanto que queda bajo el arco iris de paz y providencia. Se concretará en Abraham (en forma de circuncisión para los descendientes del patriarca))y se limitará bajo Moisés al pueblo de Israel (en forma de obediencia a la ley). En 3º lugar, sólo con Cristo será una Alianza Nueva en la sangre derramada por nuestra común salvación.
Al leer el texto tomado del Génesis, colmado de bendiciones para el hombre de parte de Dios, uno cree estar escuchando nuevamente el poema de la creación. Cuanto se dijo al inicio del libro (sobre el polvo-arcilla, animales, aves y peces, e incluso del hombre) reaparece en estos capítulos.
¿Y qué mensaje encierra esa reiteración? Nos indica una gran verdad de la que hemos de tener conciencia muy clara: el mismo y único Dios que nos dio la vida al principio del mundo y de la historia es el que nos salva de las aguas del diluvio, es el que nos da poder sobre el resto de las criaturas, es el que nos convoca y espera para sellar y vivir alianza de amor inquebrantable.
Toda la historia de la creación y de la salvación es pura obra de amor y de predilección, y hemos de vivirla en Cristo y con Cristo. Pero un interrogante: ¿Serán las generaciones nacidas de la familia de Noé más fieles que lo fueron sus predecesoras? ¿Seremos nosotros más fieles que lo fueron las generaciones anteriores a Cristo?
Dominicos de Madrid
b) Mc 8, 27-33
La confesión de fe de hoy de Pedro es una especie de línea divisoria, que separa el evangelio de Marcos en 2 grandes partes. En adelante, todo está dado para la parte final de la historia, un camino hacia la pasión, muerte y resurrección. De Betsaida, Jesús se dirige ahora con sus discípulos a Cesarea de Filipo, el territorio más septentrional de Israel, situado en los Altos del Golán.
Esta ciudad fue refundada por el tetrarca Filipo sobre un antiguo pueblo localizado en las fuentes del río Jordán, conocido por su santuario dedicado al dios fenicio Pan. Le dio el nombre de Cesarea en honor del emperador Augusto, y se le añadía Filipo para distinguirla de la otra Cesarea (la Marítima), a orillas del Mar Mediterráneo, sede del gobierno romano. Por su ubicación, en las faldas del Hermón, frente a un extenso y alto valle, la convertían en una ciudad famosa por su belleza, su fertilidad y su riqueza en aguas.
El relato se sitúa no propiamente en la ciudad sino "en el camino". En adelante, el camino será una importante clave teológica para Marcos. El camino hacia Jerusalén, que es camino de muerte y resurrección. El mismo camino que han de recorrer los discípulos y demás seguidores de Jesús. Los protagonistas de nuestro texto son los discípulos, que en el relato anterior (la curación del ciego), habían pasado desapercibidos. Jesús, que ha tomado de la mano a sus discípulos para sacarlos de su ceguera, les exige ahora tomar una postura clara frente a su persona.
Para esto, Jesús les plantea 2 preguntas sobre su identidad.
La 1ª pregunta intenta recoger el sentido de la gente, cuyas opiniones, que ya conocíamos en Mc 6,14-16, responden a una mentalidad centrada en el AT.
La identificación con Juan el Bautista parecía ser voz común, pues ya Herodes había pensado lo mismo (Mc 6, 14). La identificación con Elías recoge una antigua profecía de Malaquías, que ve en Jesús el profeta precursor de la venida de Dios en los últimos tiempos. Recordemos que Elías había sido arrebatado por Dios en un carro de fuego con el fin de quedar a la espera del momento de cumplir su misión precursora en los tiempos finales. La identificación con alguno de los profetas habría que entenderla en la línea de Lc 9,19 ("alguno de los profetas antiguos que ha resucitado"). Las opiniones de la gente tienen en común el ver a Jesús como un profeta resucitado y misterioso.
La 2ª pregunta pregunta dirigida expresamente a los discípulos, porque son ellos los que personalmente tienen que asumir la responsabilidad por lo que dicen. Es una especie de examen parcial, para verificar si a partir de lo que han visto, escuchado y experimentado, pueden dar razón de la identidad de Jesús.
Juan Mateos
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Uno de los discípulos toma la vocería para responder. El evangelista no lo llama con el nombre propio (Simón), sino con el de Pedro (lit. Roca), dado por Jesús. La respuesta de Pedro es clara: “Tú eres el Mesías”.
La fórmula "tú eres" es la literariamente típica de las confesiones. Según Delorme, aquí Pedro da a Jesús el 1º de los 2 títulos que hemos encontrado en la confesión de fe cristiana al principio del libro: "Evangelio de Jesús, el Cristo, Hijo de Dios" (Mc 1, 1). Cristo es una palabra griega que traduce la palabra hebrea Mesías, y que tanto en griego como en hebreo significa Ungido.
En el AT el ungido hace referencia especialmente a los reyes de Israel (Saúl en 1Sam 9,16; 10,1; 15,1.17; David en 1Sam 16,3.12; 2Sam 2,4.7; Salomón en 1Re 1,34.39.45) y otros. Así como también a Ciro, rey extranjero al que se le llama "ungido de Dios" (Is 45, 1). Los sacerdotes también son ungidos (Ex 28,41; 30,30; Lv 7,36; Nm 3,3). Así, pues, la concepción más dominante sobre la figura del ungido era la de un nuevo rey de la descendencia y estilo de David, sobre quien estaban puestas las esperanzas de un futuro sin sometimiento a imperios extranjeros (2Sam 7,16; Is 53,3-5; Jr 23,5).
Con esta perspectiva coincidía la comunidad de Qumram, que esperaba un mesías sacerdotal (el mesías de Aarón) y un mesías político (de descendencia davídica). Para Pedro, Jesús no es un mesías secundario ni parcial, sino el auténtico de Dios. Otro aspecto a tener en cuenta es que, cuando el judaísmo hablaba del Mesías, normalmente lo acompañaba de otra expresión, como por ejemplo el "ungido del Señor" (Sal 17, 32) o el "mesías de Israel" (Sab 2, 20). Sin embargo, Pedro la utiliza en forma absoluta: "Tu eres el Mesías", y punto.
Ciertamente, Jesús no se había dejado determinar por ningún molde mesiánico previo. Y será precisamente esta particular mesianidad de Jesús, la razón que tendrán las autoridades judías para sentenciarlo a muerte. Un estilo de mesianismo que despertaba gran entusiasmo entre la muchedumbre, pero al mismo tiempo gran confusión, especialmente entre aquellos que querían encasillarlo en un mesías de corte sacerdotal (sumo sacerdote) o político triunfalista (descendiente de David).
Juan Mateos
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Para evitar confusiones que solo se clarificarán después de su resurrección, Jesús les prohíbe seguir hablando sobre el asunto. Sin embargo, a pesar de la claridad de Pedro, Jesús comienza a enseñar a sus discípulos, previendo que en ellos queden rasgos de una espera mesiánica triunfalista.
La clase, sin gente, exclusivamente para los discípulos tiene que ver con las consecuencias de su opción mesiánica al servicio del reino de Dios, es decir, sobre su pasión muerte y resurrección. La expresión "es necesario" indica que estos acontecimientos hacen parte de la voluntad de Dios.
El título "hijo de hombre", utilizado solo por Jesús, es la denominación que en adelante él utilizará cuando hable de su destino doloroso. Con 4 verbos se indica el destino del Hijo del hombre: sufrir, ser rechazado, ser condenado a muerte y resucitar. El sufrir y ser rechazado recogen lo que Jesús ha ido experimentando y experimentará en su camino a Jerusalén.
Es probable que en el trasfondo de nuestro relato estén algunos textos del AT que hablan de la pasión del justo, pues "aunque el justo padezca muchos males, de todos los librará el Señor" (Sal 34,20; cf Sal 118; Sab 2-5; Is 53). En cuanto al rechazo de las autoridades, recordamos el Sal 118,22: "La piedra rechazada por los constructores pasó a ser la piedra principal". Los constructores serían los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley.
Los ancianos eran, por su edad, los responsables de orientar la vida comunidades. En tiempos de Jesús, el título de anciano se reserva a los laicos del grupo de los saduceos, que representaba la clase alta de Jerusalén. De este grupo salía la nobleza sacerdotal. El sumo sacerdote era el jefe tanto del templo como del sanedrín, máximas instancias religiosas y políticas de Israel. En tiempos de Jesús eran nombrados por los romanos, por lo que se preocupaban más de defender los intereses de estos, que los de su propio pueblo.
Los maestros de la ley eran los especialista de la Biblia, garantes de la tradición judía, muy respetados y queridos por el pueblo. El tema de la resurrección es novedoso frente a los textos del AT que siempre se refiere a los padecimientos del justo.
En adelante, la muerte y la resurrección serán indisolubles en la fe cristiana. Detrás de la muerte está siempre la vida, la resurrección. "Tres días" no hace referencia a los días en los que se encontrará la tumba vacía, sino a al tiempo en que intervendrá Dios para salvar al justo (Os 6, 2). Dios no se tarda más de tres días para intervenir a favor del justo que sufre. La enseñanza de Jesús es dolorosa pero clara. Sus palabras reflejan la seguridad de quien ha hecho una opción libre y solidaria.
La claridad de Jesús contrasta con la actitud de Pedro. El discípulo que había confesado a Jesús como mesías, no soporta la idea de la pasión. Se lleva a Jesús aparte, como para que los demás no oyeran su oposición a tales perspectivas. Si Pedro, en el nombre de todos había sido alabado por su confesión mesiánica, ahora todos son reprendidos por la incomprensión mesiánica de Pedro. Lo 1º que le dice Jesús es que se coloque detrás. Es decir, que no trate de hacerse el maestro, pues su posición es la de discípulo, la de seguidor del único maestro que es Jesús.
La designación de Satanás no significa que Pedro esté poseído por el demonio, sino que está asumiendo su papel de tentador. El destino doloroso del Hijo del hombre difícilmente puede ser comprendido como un designio de Dios. Menos todavía, comprender que la pasión y muerte es un camino que conduce a la vida (a la resurrección).
Juan Mateos
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Reaparece hoy en el evangelio el nombre de Jesús, que no se había mencionado desde Mc 6,30 (cuando la vuelta de los enviados), lo que sitúa la narración en un terreno más cercano a la historia. La escena se desarrolla en territorio pagano, donde los discípulos pueden estar más libres de la presión ideológica de su sociedad, en particular de los fariseos, y se plantea en ella la cuestión de la identidad de Jesús (Mc 4,41; 6,14-16). Las dos preguntas que Jesús hace a los discípulos corresponden a los dos momentos de la curación del ciego (Mc 8, 24.27).
En 1º lugar les pregunta cuál es la opinión de la gente (los hombres) sobre su persona.
La gente adicta al sistema judío sigue teniendo las mismas opiniones sobre Jesús que aparecieron después del envío de los discípulos: lo identifica con figuras del pasado (Juan Bautista, Elías, un profeta), o con personajes reformistas cuyo mensaje no realiza la expectativa que el pueblo ha ido acumulando a lo largo de su historia.
La gente lo juzga positivamente, pero lo que han aprendido del Mesías les impide identificarlo con Jesús. Son gente adoctrinada por la institución judía y su opinión permanece inmóvil. Las señales mesiánicas que Jesús ha dado en los episodios de los panes no han tenido repercusión en ellos.
La 2ª pregunta de Jesús, la decisiva, pretende averiguar si los discípulos continúan aún en la misma mentalidad de "los hombres" o si han comprendido las señales. Espera una respuesta distinta de la de la gente común. Pedro, por propia iniciativa, se hace portavoz del grupo (Mc 1, 36). Su respuesta es clara: "Tú eres el Mesías".
Esta declaración, sin embargo, no es aceptada por Jesús: el Mesías, determinado, se identifica con el de la expectación popular nacionalista, en concreto con la del "Mesías, hijo de David" (recuérdese el título del evangelio, "Jesús, Mesías Hijo de Dios"; Mc 1,1): han sobrepasado la opinión popular sobre Jesús y comprenden que inaugura una nueva época, la mesiánica, la del reinado de Dios, pero mezclan ese conocimiento con la concepción mesiánica nacionalista; en realidad, a pesar del esfuerzo de Jesús, no acaban de salir de la aldea (Mc 8, 26).
Por eso Jesús les conmina, como había hecho con los espíritus inmundos que lo habían reconocido como "el consagrado por Dios" (Mc 1, 24) o "el Hijo de Dios" (Mc 3, 12), títulos equivalentes al de Mesías. La declaración que ha hecho Pedro es tan poco aceptable como aquéllas y Jesús no quiere que difundan esa opinión sobre él, pues podría suscitar un entusiasmo mesiánico falso.
Marcos pone de relieve la resistencia de los discípulos (seguidores procedentes del judaísmo) al universalismo del mensaje ("el secreto del Reino"; Mc 4,11), debido a su nacionalismo exclusivista. Es evidente el conflicto entre dos programas mesiánicos: el de los discípulos y el de Jesús.
La frase "empezó a enseñarles" (proponer el mensaje, tomando pie del AT) queda completada por la que sigue al dicho de Jesús: "Exponía el mensaje abiertamente" (v.32). Son las mismas que abrían y cerraban la enseñanza en parábolas a la multitud (Mc 4, 2.33). Esta enseñanza (por 1ª vez a ellos) muestra que su incomprensión es tal, que se encuentran al nivel "de los de fuera" (Mc 4, 11); Jesús continúa la explicación que tuvo que darles después de aquel discurso (Mc 4, 3-4); hasta ahora, todos sus esfuerzos por hacerlos comprender han sido vanos.
El contenido del dicho de Jesús corresponde, por tanto, al "secreto del Reino" expuesto en aquel discurso mediante las 2 parábolas finales. En el plano individual, lo que constituye al seguidor es la disposición a la entrega (Mc 4, 26-29). Y en el plano social, la nueva comunidad universal no tendrá rasgos de esplendor y grandeza, pero ofrecerá acogida a todos los hombres que aspiren a la plenitud (Mc 4, 30-32). El éxito de la persona y del mensaje depende de la calidad de la entrega.
Siendo enseñanza, no se trata de dar mera información, sino de comunicar un saber que el discípulo debe aplicar a su propia vida y conducta.
Fernando Camacho
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Para aclarar a los discípulos la índole de su mesianismo, Jesús sustituye el término Mesías, perteneciente a la tradición judía, por el Hijo del hombre, de alcance universal, cuyas características han sido ya expuestas en el evangelio (Mc 2,10; 2,28): siendo portador del Espíritu de Dios (Mc 1, 10), posee la condición divina, cima del desarrollo humano; su misión, ejercida con independencia de normas o leyes religiosas (Mc 2, 28), es la de comunicar vida a los hombres, liberándolos de su pasado pecador (Mc 2, 3-13).
Pero la denominación "Hijo del hombre", aunque designa primordialmente a Jesús, el prototipo de hombre, se aplica, por extensión, a los que de él reciben el Espíritu y siguen su camino; el dicho siguiente implica, por tanto, que lo que se afirma de Jesús afecta, en su medida, a todos sus seguidores.
Ahora bien, el destino del Hijo del hombre, portador del Espíritu, que constituye su ser e informa su actividad, tiene 2 fases: padecer-morir y resucitar. Su actividad en favor de los hombres, en particular de los más oprimidos por el sistema religioso judío, suscita inevitablemente (tiene que) la hostilidad de los círculos de poder de ese sistema, que se oponen al desarrollo humano.
Por eso "ha de padecer mucho", frase que comprende desde el rechazo inicial por parte de las autoridades (ser rechazado) hasta su acto final (sufrir la muerte). Las 3 categorías que componen el Sanedrín Judío, como senadores (poder económico), sumos sacerdotes (poder religioso) y letrados (poder ideológico), considerarán intolerable su actividad. Es la reacción inevitable de un sistema social injusto al mensaje de Jesús. Pero la muerte del Hijo del hombre no será definitiva: la vida indestructible del Espíritu triunfará sobre ella ("al tercer día resucitar"; Os 6,2).
Pedro, que se hace de nuevo portavoz del grupo de discípulos (v.29), conmina a Jesús, como antes éste había conminado al grupo (v.30), es decir, considera que su concepto de Mesías rechazado y sujeto a la muerte es contrario al plan de Dios; lo anunciado por Jesús significa para Pedro el fracaso de todas sus aspiraciones; reafirma su idea de un Mesías poderoso y triunfador.
Jesús, de cara a sus discípulos, a los que Pedro representa, conmina a su vez a Pedro: lo identifica con Satanás, el tentador, el enemigo del hombre y de Dios (Mc 1, 13); la idea humana/de los hombres es la de la tradición farisea y rabínica (Mc 7, 8), la de los que "no ven ni oyen" (Mc 8, 24.27), opuesta a la de Dios.
Se enfrentan así 2 mesianismos: el del Mesías Hijo de Dios (Mc 1,1; 14,61), que se entrega por la humanidad (Mc 1, 9-11), y el del Mesías hijo-sucesor de David (Mc 10,47.48; 12,35-37), victorioso y restaurador de Israel. De nuevo se presenta a Jesús la tentación del poder dominador (Mc 1,13.24.34; 3,11; 8,11), esta vez por parte de sus discípulos mismos. Jesús pone en su sitio a Pedro ("ponte detrás de mí") porque el seguidor pretendía ser seguido por Jesús.
Fernando Camacho
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Llegamos hoy a un viraje en el evangelio de Marcos (y de los otros), y tras largas vacilaciones e incomprensiones, Pedro, en nombre del grupo de los Doce, reconoce a Jesús por lo que él es. Son ya varias las semanas y los meses que le observan, que están "con él" para ellos, como para el ciego de Betsaida, sus ojos se han abierto progresivamente. Pero vayamos por partes.
En 1º lugar, "iba Jesús con sus discípulos a las aldeas de Cesarea de Filipo". Marchan hacia países paganos, lejos de las muchedumbres de Galilea. Jesús sabe lo que quiere hacer: someter a prueba la fe de sus discípulos.
Caminando, Jesús les hizo esta pregunta: "¿Quién dicen las gentes que soy yo". No es que quiera saber lo que dicen de él, pues debe saberlo ya (Juan Bautista, Elías, un profeta... o en resumidas cuentas, un portavoz de Dios). Sino que lo que quiere con ello Jesús es que nosotros estemos atentos a lo que la gente de hoy dice de Jesús.
Tras lo cual, Jesús les pregunta directamente al grupo de los Doce: "Y vosotros, ¿quién decís que soy?". Pedro, tomando la palabra, responde: "Tú eres el Cristo". Es decir, le aplica un término griego que significaba Mesías.
Así, el grupo de los Doce va mucho más allá de las respuestas corrientes de las gentes. El título de Xristos que Pedro otorga a Jesús, es el que Marcos utilizará en delante en su evangelio (Mc 1, 1). Se trata pues del reconocimiento de la identidad profunda de Jesús. Es decir, Jesús no es solamente "uno de los profetas" (por los cuales Dios conducía la historia a su término), sino que es el fin mismo, "aquel que los profetas anunciaban".
Una vez concluido el cuestionario, Jesús les encargó muy seriamente que no hablaran a nadie de él, aludiendo con ello al "secreto mesiánico". No por desaprobar ese título (Xristos), pero sí para evitar su divulgación prematura. Nos encontramos siempre ante el mismo problema que el de aquellos fariseos que pedían una "señal del cielo". La espera mesiánica es tan ambigua en los medios judíos (y en los nuestros también hoy) que será necesario que Jesús pase por la muerte y la resurrección para que su identidad sea manifestada.
Por 1ª vez Jesús comenzó a enseñarles cómo era preciso que el Hijo del hombre padeciese mucho y que fuese rechazado por los ancianos y los príncipes de los sacerdotes y los escribas, y que fuese muerto y resucitase después de tres días. Y todo ello con claridad.
Hasta la pasión de Jesús, tendremos 3 relatos parecidos y los tres añaden cada vez el anuncio de la muerte y resurrección. Fue el 1º Credo de las comunidades cristianas. Estos 3 anuncios forman un crescendo: en el último, Jesús dará todos los detalles (que esto "sucedería en Jerusalén", que "sería entregado a los paganos", que "le escupirían" y "le flagelarían"; Mc 10, 33). En fin, cada anuncio de la cruz va seguido de una instrucción a los discípulos.
Pedro, tomándole aparte, se puso a reprenderle. Pero Jesús, volviéndose reprendió severamente a Pedro: "Quítate allá Satanás, porque tus pensamientos no son los pensamientos de Dios, sino los de los hombres". La consigna del secreto, por tanto, ¡no va de broma! Por de pronto Pedro no ha comprendido nada, a pesar del hermoso título que acaba de dar a Jesús. Él también espera un mesías glorioso.
Y es que Jesús acaba de anunciar "un mesías que va a morir". Sí, el Mesías que los discípulos esperan es un mesías humano, visto con ojos de hombre, un mesías político, un liberador de aquí abajo. Y Jesús una vez más experimenta esta sugestión como una tentación satánica. Y yo, ¿qué es lo que espero de Dios, de la Iglesia?
Noel Quesson
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¿Cómo es posible que un mismo hombre sea alabado y al poco rato denigrado? Cristo ensalza la grandeza de la obra de Dios, que nos da el conocimiento de los misterios de la vida de Cristo. Alaba el oído atento de Pedro que escucha con atención lo que el Señor le comunica a través de su espíritu Santo.
Pero también lo recrimina con palabras muy duras: "Apártate, Satanás, pues tú no piensas como Dios sino como los hombres". ¿Qué tiene de malo un poquito de amor a su amigo que le lleva a buscar otras maneras de llevar a cabo el plan de Dios? En cierto sentido Pedro siente un amor intenso a Jesús (qué duda cabe), pero este amor no puede estar por encima del amor a Dios y de su voluntad.
No hay que buscar darle la vuelta al designio de Dios, más bien tenemos que adherirnos a él para ser plenamente felices. Aprendamos del Señor a ser coherentes con nosotros mismos de cara a Dios. Si somos cristianos, demos a la voluntad de Dios el lugar que le corresponde: el primero.
Rodrigo Escorza
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Hoy seguimos escuchando del evangelista Marcos quién es Jesús. Marcos nos ha ido ofreciendo, con sus textos, la reacción de distintos personajes ante Jesús: los enfermos, los discípulos, los escribas y fariseos. Hoy nos lo pide directamente a nosotros: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?" (v.29).
Ciertamente, quienes nos llamamos cristianos tenemos el deber fundamental de descubrir nuestra identidad para dar razón de nuestra fe, siendo unos buenos testigos con nuestra vida. Este deber nos urge para poder transmitir un mensaje claro y comprensible a nuestros hermanos y hermanas que pueden encontrar en Jesús una palabra de vida que dé sentido a todo lo que piensan, dicen y hacen.
Pero este testimonio ha de comenzar siendo nosotros mismos conscientes de nuestro encuentro personal con Jesús. Es lo que ya Juan Pablo II, en su Novo Millennio Ineunte, nos decía: "Nuestro testimonio sería enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro".
El evangelista Marcos, con este texto, nos ofrece un buen camino de contemplación de Jesús. En 1º lugar, Jesús nos pregunta qué dice la gente que es él. Podemos responder como los discípulos que es Juan Bautista, Elías o un personaje importante, bueno y atrayente. Sería una buena respuesta sin duda, pero todavía alejada de la verdad de Jesús. De ahí que, en 2º lugar, Jesús nos pregunte: "Y vosotros, quién decís que soy yo?". Es la pregunta de la fe, de la implicación personal. La respuesta sólo la encontramos en la experiencia del silencio y de la oración. Es el camino de fe que recorre Pedro, y el que hemos de hacer también nosotros.
Juan Pedro Pulido
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El pasaje evangélico de hoy nos muestra nuestra pobre naturaleza humana que no quiere sufrir bajo ninguna circunstancia. Pedro, que ama entrañablemente a Jesús, busca convencerlo para que no tome el camino de la cruz. Sin embargo Jesús lo invita a seguirlo (las palabras en griego hipage hopiso significan "caminar detrás", más que obstaculizar como ordinariamente se traducen) y a no ser de los que ponen obstáculos en el camino de la evangelización (que es la obra de Satanás, como ya lo hemos venido viendo).
Ciertamente, como la misma Escritura lo dice: "Nuestros caminos no son los caminos del Señor". Nosotros juzgamos muchas veces bajo apariencias falsas, pero el Espíritu Santo lo sabe todo y lo penetra todo. Si no queremos ser de los que obstaculizan el camino de la evangelización debemos tener un contacto muy estrecho con el Espíritu Santo a fin de juzgar con los criterios de Dios y no con el de los hombres que muchas veces se engaña.
El camino de la resurrección y la gloria pasa inexorablemente por la cruz de Jesús. Y tú ¿eres de los que buscan siempre el camino cómodo o de los que se acomodan como María a los planes de Dios?
Ernesto Caro
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Cristo quiere que sepamos quién es él realmente, y por eso hoy nos interroga. Primero nos pregunta sobre los demás (para ellos ¿quién soy?), pero lego te lo pregunta a ti (y para ti, ¿quién soy yo?).
Ante esta pregunta tan directa quizá nuestra reacción es la de quien hace un gesto instintivo de reflexión para encontrar la respuesta más perfecta o la más bonita. Pero él no quiere este tipo de respuestas. Su pregunta es directa. Va al corazón. No le interesa la respuesta del vecino sino la tuya y solamente la tuya. Entre tú y yo.
Para que nuestra respuesta sea como la de Pedro, Cristo tiene que ser el Señor de nuestra vida en lo que nosotros llamamos nuestra vida. Es decir, en el cotidiano, trabajo, escuela, en el hogar... El que le acepta como Cristo acepta también la cruz que él aceptó y los sufrimientos de los que nos habla.
Nuestra cruz es la de la vida diaria, la de vivir nuestros deberes con amor aceptando el sufrimiento y dándonos sin estar siempre esperando recibir algo a cambio. Dando aunque los otros no den, amando aunque los otros no amen. Pero qué fácil es desviarse de lo más sencillo, tener a Jesús sólo como un profeta y ver la cruz únicamente para las grandes ocasiones.
No esperes más, y vive hoy como si fuese tu último día. Que Jesús sea tu mejor amigo, tu Señor y tu maestro. Cumple sus deseos, piensa como él piensa y haz lo que él hace, así bien orgulloso de ti, te dirá: acércate discípulo mío, pues tus pensamientos son los de Dios y no los de los hombres.
Damián Sánchez
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Jesús ha anunciado el evangelio por muchas partes; ha realizado muchas señales milagrosas. Es tiempo de preguntar sobre lo que de él han entendido sus apóstoles. ¿Quién dice la gente que soy yo? Tal vez esto es muy fácil de contestar, incluso de un modo teológicamente bien elaborado mediante el estudio, tal vez un poco arduo, sobre la materia. Pero viene una pregunta vital, que no puede contestarse sino también de un modo vital: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?".
Esta es una pregunta que no ha terminado de responderse suficientemente al paso de los siglos, pues no involucra una definición sobre Jesús, sino la experiencia personal que de él tiene cada uno de nosotros. Pedro contesta rápidamente: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo".
Con esa respuesta se nos da un exordio de lo que, en adelante, Jesús revelará hasta que sea reconocido como tal en su resurrección; mientras, hay que guardar silencio para no querer interpretar esa respuesta conforme a las expectativas político-religiosas, que tenía el pueblo sobre el Mesías que esperaban. Y Jesús también da un adelanto de aquello mediante lo cual se manifestará como Mesías: su muerte en cruz y su gloriosa resurrección.
Pedro, como representante del pensamiento del pueblo, querrá impedir el camino del Mesías, pero Jesús le dice: ponte detrás de mí; como diciéndole: sé testigo de mi amor y de mi entrega para que, una vez que entiendas y te conviertas, puedas confirmar a tus hermanos en la fe, una fe no inventada, sino vivida tras mis propias huellas. Si en verdad queremos reinar junto con Cristo hagamos, también nosotros, nuestro su camino; entonces realmente Jesús significará no sólo mucho, sino todo en nuestra vida.
José A. Martínez
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Con el pasaje de hoy termina la 1ª parte del evangelio de Marcos, la que había empezado con su programa: "Comienzo del evangelio de Jesús Mesías, Hijo de Dios" (Mc 1, 1). Pues por fin escuchamos, por boca de Pedro (representante de los apóstoles), la confesión de fe: "Tú eres el Mesías" (Mc 8, 29). Se trata de una página decisiva en Marcos, la Confesión de Cesarea.
Se trata de una pregunta clave, que estaba colgando desde el principio del evangelio: ¿quién es en verdad Jesús? Pedro responde con su característica prontitud y amor. Pero todavía no es madura, ni mucho menos, esta fe de los discípulos. Por eso les prohíbe de nuevo que lo digan a nadie.
La prueba de esta falta de madurez la tenemos a continuación, cuando sus discípulos oyen el primer anuncio que Jesús les hace de su pasión y muerte. No acaban de entender el sentido que Jesús da a su mesianismo: eso de que tenga que padecer, ser condenado, morir y resucitar. Pedro recibe una de las reprimendas más duras del evangelio: "Apártate de mi vista, Satanás. Tú piensas como los hombres, no como Dios".
Nosotros creemos en Jesús como Mestas y como Hijo de Dios. En la encuesta que el mismo Jesús suscita, nosotros estaríamos claramente entre los que han captado la identidad de su persona y no sólo su carácter de profeta. Nos hemos definido hace tiempo y hemos tomado partido por él.
Pero a continuación podemos preguntarnos con humildad (no vaya a ser que tengamos que oír una riña como la de Pedro) si de veras aceptamos a Jesús en toda su profundidad, o con una selección de aspectos según nuestro gusto, como hacían los apóstoles. Claro que sabemos que Jesús es el Hijo de Dios. Entre otras cosas, Marcos nos lo ha dicho desde la 1ª página. Pero una cosa es saber y otra aceptar su persona juntamente con su doctrina y su estilo de vida, incluida la cruz, con total coherencia.
Día tras día vamos espejándonos en Jesús. Pero no sólo tenemos que aceptarle como Mesías, sino también como "Mesías que va a entregar su vida por los demás". Mañana nos dirá que acogerle a él es acogerle con su cruz, con su misterio pascual de muerte y resurrección. También para nuestra vida de seguidores suyos: "Que cargue con su cruz y me siga".
A Pedro le gustó la experiencia del monte Tabor y la gloria de la transfiguración (donde quiso hacer 3 tiendas). Y por eso había rechazada la cruz de su cabeza. Pues bien, ¿hacemos nosotros algo semejante? ¿Merecemos también nosotros el reproche de que "pensamos como los hombres y no como Dios"? Tendríamos que decir, con palabras y con obras: Señor Jesús, te acepto como el Mesías, el Hijo de Dios. Te acepto con tu cruz. Dispuesto a seguirte no sólo en lo consolador, sino también en lo exigente de tu vida. Para colaborar contigo en la salvación del mundo.
José Aldazábal
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Pongámonos por un momento en la piel de Pedro, que acaba de confesar el mesianismo de Jesús y que, tal vez esperando la gratitud del Maestro, se ve sorprendido por el giro que Jesús da a las cosas. Si éste es Mesías, piensa Pedro, no debe hablar de amarguras, sino de gloria y majestad. ¡Eterna lección! Pues el mesianismo y el reinado de Cristo es algo espiritual: en justicia, en amor y en paz, y nunca en poder.
Ya anteriormente (Mt 16, 18) Jesús había recompensado la fe de aquel humilde pescador, haciéndole príncipe de los apóstoles: "Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del abismo no prevalecerán contra ella".
Pero hoy Pedro se ve reprobado, a pesar de la confesión que acaba de hacer (v.29). Pedro muestra así su falta de espíritu sobrenatural, y Jesús, con la extrema severidad de su reproche, le enseña que nada vale un amor sentimental, sino el que busca en todo la voluntad del Padre (como hizo él; Mt 24, 42).
Es indispensable, por tanto, "estar en pie ante el Hijo del Hombre" (Lc 21, 34-36), y luchar constantemente por la fidelidad a la gracia contra las malas inclinaciones y pasiones, especialmente contra la tibieza y somnolencia espiritual (Ap 3, 15), teniendo cuidado de no caer aquel que se cree firme (1Cor 10, 12) y sabiendo que "marcháis cargados de oro, así que guardaos del ladrón" (como dijo San Jerónimo).
Jesús preguntó a los discípulos y a las gentes quién pensaban que era él, con quién identificaban su rostro, y Pedro le respondió que él era el Ungido de Dios, el Mesías. ¿Con quién identificamos nosotros los rostros de las personas que sufren y aman desde su dolor?
Dominicos de Madrid
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Aparece hoy en el evangelio un Jesús muy cercano a sus discípulos, a través de una conversación en la que está muy interesado en saber lo que piensa la gente de él. Las respuestas que le dan no lo dejan satisfecho, porque todavía el pueblo no tiene perspectiva para entender quién es él verdaderamente.
Cuando les dirige a ellos la misma pregunta, Pedro hace de portavoz y da una respuesta aduladora que ponía por debajo toda su sencillez y humildad. Jesús le sale al paso y le llama la atención. Termina hablándoles de los sufrimientos a los que será sometido por los poderosos; aunque sus discípulos quieran evitarlo él demostrará con firmeza cuál es su voluntad.
Frente a lo que son sus discípulos y las realidades que Jesús descubre en ellos, él siente que debe aclararles que ser Mesías no significa tener una condición especial que deba mantenerlo al margen de la humanidad con todo lo que ello representa. Sabe, que nada le va a ser fácil en lo referente al anuncio del Reino. Sus discípulos quieren evitarle todo sufrimiento y convertirlo en un ser mesías triunfante, alejado de los riesgos que trae consigo la encarnación. Jesús es, además, una persona de su tiempo que acepta y vive la realidad sin evitar los riesgos que al asumirla se le puedan presentar.
La encarnación de Jesús nos hace ver su humanidad, sin que ésta sea opacada por su divinidad; él sufrió todos los padecimientos que le causaron sus contemporáneos. Confesamos y reconocemos a Jesús como al Dios humanado cuya divinidad se somete voluntariamente a los riesgos que produce el pecado de la humanidad.
Sus discípulos le quieren evitar todos los sufrimientos, porque lo quieren convertir en un mesías triunfante y alejado de todos los riesgos que trae consigo la encarnación. Jesús es, además, una persona de su tiempo que acepta y vive la realidad sin evitar los riesgos que al asumirla se le puedan presentar.
Confederación Internacional Claretiana
c) Meditación
A la pregunta de hoy de Jesús a sus discípulos (y vosotros, ¿quién decís que soy yo?), Pedro respondió, quizás como portavoz del grupo: Tú eres el Mesías. La versión de Mateo añade alguna cosa a la de Marcos, pero ésta parece más cercana a los orígenes.
A juicio de Pedro, pues, Jesús no era un profeta más, ni otro Elías, ni otro Juan Bautista ni cualquier otro profeta (que es lo que pensaba la mayor parte de la gente, a excepción de los enemigos de Jesús), sino que era el Mesías. Decir Mesías era decir Ungido del Señor para llevar a cabo la misión encomendada, y confería una singularidad a Jesús que le colocaba por encima de los profetas.
Jesús, aun reconociendo el acierto de la designación (revelada a Pedro por el Padre celestial), les prohíbe terminantemente divulgarlo. Ya sabemos que la expresión podía dar lugar a equívocos, y prestarse a interpretaciones falsas o abusivas. Y que con ella podía confundirse a Jesús con un líder carismático capaz de emprender una campaña revolucionaria y violenta. Por eso, para no ser motivo de alarma, ni provocar a los dirigentes del pueblo y a las autoridades imperiales, era mejor no divulgarlo.
Quizás se encuentre aquí la razón de la terminante prohibición de Jesús. Eso es lo que parecen indicar al menos sus instrucciones y precisiones: El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días.
Jesús lo tenía muy claro, y por eso podía explicarlo con toda claridad. Su futuro mesiánico no será el de un militar triunfante, ni el de un hábil político, sino el de un condenado a muerte por las autoridades legítimamente constituidas.
Pero no el de un condenado a muerte tras haber sido capturado en una campaña militar, o tras haber cosechado repetidos triunfos en campañas diversas. Sino el de un condenado a muerte que había sufrido previamente la incomprensión de los que estaban investidos de autoridad judicial y habían hecho recaer sobre él la grave acusación de blasfemia.
Su futuro es, pues, el de un condenado a muerte, pero también el de un resucitado (a los tres días) de entre los muertos. Es un futuro en el que habrá sufrimiento, y sufrimiento abundante (el Hijo del hombre tiene que padecer mucho), pero también gloria.
Habrá gloria porque el condenado es un hombre inocente, que será rescatado por el Dios que es juez supremo de vivos y muertos, muy por encima de esos jueces que le condenaron injustamente a una muerte ignominiosa entre dos malhechores.
Pedro no entiende ni acepta este diseño de futuro, y por eso se lleva aparte a Jesús (como si tuviera ascendencia sobre él) y lo increpa para que deseche pensamientos tan nefandos. Esto se hace merecedor de un severo reproche por parte de Jesús, y en presencia de los demás (para que no alimentasen las mismas fantasías) le contesta: ¡Quítate de mi vista, Satanás! Tú piensas como los hombres, no como Dios.
La reacción de Jesús resulta casi violenta, y tiene la dureza de las descalificaciones, pues está viendo momentáneamente en su discípulo a un aliado de Satanás, que pretende desviarle de su camino y de la voluntad de su Padre, cuando él no ha venido para otra cosa que para eso.
Pensar como los hombres es aquí no pensar como Dios y, por tanto, oponerse en cierto modo a sus planes, que es lo que hace expresa y radicalmente el demonio (ese mismo que le tienta a hacer actos de poder como transformar las piedras en panes o arrojarse desde el alero del templo).
En efecto, ése fue el demonio que le tentó a seguir su trazado y a someterse a su poderío haciendo un simple acto de adoración, el mismo que le tentará por boca de los miembros del Sanedrín a bajar de la cruz estando clavado a ella. Tras la increpación de Pedro, ve Jesús al mismo tentador del desierto, y de ahí la dureza de la respuesta: ¡Apártate de mi vista!
Nosotros podemos ver hoy las cosas desde otra perspectiva diferente a la que tenía Pedro (y los demás discípulos) en aquel momento. Nosotros vemos hoy las cosas desde los acontecimientos consumados y desde sus interpretaciones redentoras. Por eso disponemos de más y mejores elementos de juicio para hacernos una idea más ajustada a la realidad.
Aun así, nos sigue costando mucho asimilar el pensamiento (= plan) de Dios sobre su Hijo y su obra salvífica, culminada en el Calvario. Así como nos cuesta también, y quizás mucho más, asimilar el proyecto de Dios sobre cada uno de nosotros, un proyecto de gloria que pasa inevitablemente por la cruz.
JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ·CID, doctor en Teología
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