14 de Febrero

Viernes V Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 14 febrero 2025

a) Gén 3, 1-8

         Al principio todo era bueno, y la situación de Adán y Eva en el paraíso de Edén era idílica. Pero llegó el pecado, y todo cambió. Se trata de un relato lleno de imaginación popular, pero con un contenido teológico innegable, que nos narra la tentación del Maligno, la caída de Eva y Adán, y la transformación inmediata (se sintieron desnudos, empezaron a tener miedo de Dios y se escondieron de su presencia).

         No sabemos por qué se ha personificado en la serpiente la tentación maligna. ¿Por la antipatía hacia este astuto animal y su peligroso veneno? ¿O porque en las religiones vecinas era objeto de culto, sobre todo porque se la consideraba relacionada con la fecundidad?

         Tampoco sabemos qué puede expresar la prohibición de comer del fruto de aquel árbol. Lo que sí es claro que nuestros primeros padres faltaron a una voluntad expresa de Dios, seducidos por la idea de "ser como Dios en el conocimiento del bien y del mal". Y que el Maligno (e.d. la serpiente) había sembrado en ellos el veneno de la desconfianza.

         Se trata de la 1ª pagina negra de la historia de la humanidad, que ha tenido consecuencias universales. La 1ª página, pero no la última. Porque en ella está representada y condensada todo el mal que ha habido (y sigue habiendo) en nuestra existencia, tendente tanto al orgullo como a la autosuficiencia. Y ese pecado original lo tenemos todos dentro.

         Es bueno que saquemos la lección de los efectos que produce el pecado en nuestra vida, y hasta en el resto de la creación. Pues es el pecado (el de Adán y Eva, y el nuestro a lo largo de la historia) lo que trastorna la armonía en este mundo (la infundida por Dios, al principio de la creación). Se ha perdido el equilibrio entre los hombres y Dios, se ha roto la armonía entre ellos mismos (lo que tendrá consecuencias trágicas en la muerte de Abel) y se ha trastornado la relación pacifica entre la naturaleza y sus habitantes.

         Del Edén quedará el recuerdo y la añoranza. Cuando en siglos posteriores los profetas anuncien el final del destierro de Babilonia, lo harán con frecuencia sirviéndose de las imágenes de una vuelta a la paz y la felicidad del paraíso perdido.

         Para nosotros, los cristianos, esta vuelta a la nueva creación ya ha sucedido. Baste recordar la teología de San Pablo, en su Carta a los Romanos, sobre el pecado del primer Adán, comparado con la gracia que nos consigue el nuevo Adán (Cristo Jesús): "Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia".

         En el Apocalipsis, último libro de la Biblia, se completa gozosamente el ciclo que empezara en el 1º (el Génesis) con la victoria de Cristo sobre el Maligno: "Y fue arrojado el gran dragón, la serpiente antigua, el llamado diablo y Satanás. el seductor del mundo entero: fue arrojado a la tierra y sus ángeles fueron arrojados con él" (Ap 12, 9).

         Haremos bien en reconocer con humildad que, como hijos del 1º Adán, también nosotros estamos inscritos como protagonistas en esta historia de desobediencia y rebelión. Pero tengamos confianza, porque, como seguidores del nuevo Adán (Cristo Jesús), estamos inscritos también en el número de los perdonados: "Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: confesaré al Señor mi culpa, y tú perdonaste mi culpa y mi pecado" (Sal 31).

José Aldazábal

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         El autor sagrado del Génesis, y la comunidad judía a la que pertenece, están absolutamente convencidos (por experiencia y reflexión) de que en el hombre y en la mujer, dotados de libertad, hay gérmenes de vida y muerte, de virtud y de vicio, de bondad a cultivar y de infidelidades a evitar.

         Esa condición humana, grandiosa en su libertad, y lastimosa en su infidelidad, es la que se ha querido expresar simbólicamente en un jardín delicioso, obra de Dios, en un hombre y una mujer libres, en un momento del despertar humano responsable, en una voz de la conciencia que se sobresalta, y una presencia del Señor del jardín que convoca y juzga.

         Es la vida de todo hombre y de cualquier hombre, en su condición existencial, cultural, moral, religiosa. ¡Somos hijos pecadores! ¿Y por qué la mujer es la primera en la caída? Por puro juego literario. No hay un primero y un segundo: ambos son igualmente hijos del Creador, libres en su conciencia, influenciados por los elementos todos de la vida, pecadores.

         No obstante, en la composición literaria se ha seguido un ritmo intencionadamente varonil, ritmo que una mujer redactora tal vez lo hubiera modificado, pues es arbitrario: Dios crea al hombre, y luego le da la riqueza de la mujer, que es (por un lado) lo último y más perfecto; pero luego se añade que la mujer es para "ayuda del hombre", detalle que refleja una cultura, un momento histórico; y el espíritu del mal, personificado en la serpiente, se fija 1º en la mujer, que, a pesar de ser lo último de la creación, lo mejor, ella lo estima como lo más débil y más dispuesto a escuchar sus reclamos. ¡Oh misterio de la conciencia responsable humana! En la claridad de sus acciones nos oculta el secreto de su ser.

Antonio Marín

b) Mc 7, 31-37

         A través de territorio pagano, llega hoy Jesús a la decápolis, en la orilla oriental del lago de Genesaret y donde el geraseno había proclamado el mensaje salvador (Mc 5, 20).

         Una vez expuesto el principal obstáculo que presenta al mensaje la sociedad pagana, tipifica Marcos en la figura de un sordo tartamudo la actitud de los discípulos ante la integración de los paganos en la nueva comunidad con el mismo derecho que los judíos. Señala así, al mismo tiempo, el obstáculo que les impide el seguimiento y que deben superar. El episodio se localiza en la decápolis (Mc 7, 31), en la orilla oriental del mar de Galilea, en territorio pagano, y prepara el segundo reparto de los panes (Mc 8, 1-9).

         El sordo tartamudo no se acerca a Jesús por propia iniciativa ni pide la curación; como en otras ocasiones (Mc 1,30.32; 6,54), son unos sujetos anónimos quienes lo llevan a Jesús. En la tradición profética, la sordera o la ceguera son figura de la resistencia al mensaje de Dios (Is 6,9; 42,18; Jr 20-23; Ez 12,2); paralelamente, en el evangelio son figura de la incomprensión y la resistencia al mensaje. Pero los que la padecen no son conscientes de ella, son otros los que lamentan el defecto y acuden a Jesús.

         El término sordo tartamudo aparece una sola vez en el AT (Is 35, 6), donde se trata del éxodo de Babilonia; la alusión a este pasaje señala que la escena evangélica trata de la liberación de Israel de una esclavitud u opresión. Son, pues, los discípulos o seguidores israelitas (el nuevo Israel), que no aparecen en la escena y no habían entendido el último dicho de Jesús (Mc 7, 18), quienes están tipificados en el sordo tartamudo.

         El término tartamudo designa, en el plano narrativo, a un individuo que no habla normalmente, en el plano representativo alude al hablar de los discípulos, que transmiten un mensaje contrario al de Jesús.

         El obstáculo que impide a los discípulos aceptar el mensaje de Jesús (sordera) y proponer el verdadero mensaje (tartamudez) es su incapacidad de escucha, y de ahí que Jesús actúe 1º sobre el oído, para sanar dicha incapacidad. El pasaje indica que los discípulos, al entrar en contacto con gente de otros pueblos ("orilla pagana del lago"), muestran total cerrazón al mensaje.

         El verbo suplicar indica mayor insistencia que el simple pedir, y señala el gran interés de los intermediarios por el sordo. No suplican a Jesús que lo cure, sino que le aplique la mano, gesto que simboliza la transmisión de la fuerza vital; esto bastaría para cambiar la situación.

         Jesús responde sin tardar. La precisión aparte, que se refiere siempre a los discípulos (Mc 4,34; 6,31; 9,2.28; 13,2), señala que la falta de comprensión por parte de ellos hace necesaria una explicación de Jesús. Y para actuar con el sordo, Jesús lo separa de la multitud, es decir del numeroso grupo de seguidores que no proceden del judaísmo (Mc 7, 14); no quiere involucrar a éstos en las dificultades que afectan al grupo israelita.

         La acción de Jesús es doble, conforme al doble defecto del hombre. En 1º lugar parece perforarle los oídos ("le metió los dedos"), indicando que, a pesar de la resistencia que presentan los discípulos, es capaz de hacerles llegar el mensaje del universalismo.

         En 2º lugar, Jesús le toca la lengua con su saliva. Para interpretar este gesto hay que tener en cuenta que, en la cultura judía, la saliva era un aliento condensado, y la aplicación de la saliva significaba la transmisión del aliento (o Espíritu, a nivel bíblico). A la comprensión del mensaje de Jesús (oídos) debe corresponder su proclamación profética, inspirada por el Espíritu (lengua).

         Entonces Jesús "levanta la mirada al cielo" (Mc 6, 41), como gesto de petición a Dios que subraya la importancia de la acción que está cumpliendo, y expresa su sentimiento ("dio un suspiro") de pena o tristeza por la prolongada obstinación de los pecadores.

         La orden de Jesús la expresa Marcos con un término arameo, indicando con ello de nuevo que el suceso o acción está referido a Israel (Mc 5,41; 7,11), en este caso al nuevo Israel, representado por los Doce. La orden effetá (lit. ábrete) de Jesús expresa el efecto que debería producir la perforación. De hecho, los oídos se abren, y su hablar no es ya defectuoso (en el doble sentido, narrativo y corporal).

         Jesús prohíbe divulgar el hecho, porque sabe que esta apertura no es definitiva (Mc 8, 18). A pesar del repetido aviso de Jesús, los circunstantes son optimistas, y piensan que todo está arreglado. La impresión es enorme.

Juan Mateos

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         El crecido número de curaciones de sordos y mudos operadas por Cristo es signo de la inauguración de la era mesiánica (Lc 1, 64-67; 11, 14-28; Mt 9, 32-34; 12, 22-24; Mc 7, 31-37; 9, 14-18), como si también ellos tuvieran que salir del mutismo.

         La curación del mudo de hoy, por tanto, quiere darnos a entender que debemos tomar conciencia de que la fe es un bien mesiánico. Mas al relatar esta curación, Marcos quiere hacer suyo el tema del AT que relaciona mutismo y falta de fe. El evangelista subraya repetidas veces que la multitud tiene oídos y no oye, y tiene ojos y no ve (Mc 4, 10-12; 8, 18).

         Por otra parte, toda la "sección de los panes" (Mc 6, 30-8.26) había sido la sección de la no inteligencia (Mc 6,52; 7,7.18; 8,17.21). Mas para curar al sordomudo, Cristo le lleva fuera de la multitud (v.33), como para subrayar que el mutismo es característica de la multitud, y que es necesario apartarse de su manera de juzgar las cosas para abrirse a la fe.

         La característica de los últimos tiempos es la de situarnos en un clima de relaciones filiales con Dios, capacitarnos para oír su palabra, corresponderle y hablar de él a los demás. El cristiano que vive estos últimos tiempos se convierte así, en cierto modo, en profeta, especialista de la Palabra y familiar de Dios. Para ello debe poder escuchar esa Palabra y proclamarla: para hacerlo necesita los oídos y los labios de la fe.

         Este pasaje parece ser un eco del 1º ritual de iniciación cristiana. Los más antiguos rituales bautismales preveían ya un rito para los sentidos (ojos en Hch 9, 18, y nariz y oídos en la Tradición de Hipólito, XX, 35). Y si se tiene en cuenta que, para la mentalidad judía, la saliva era una especie de soplo solidificado, que bien podría significar el don del Espíritu, tan característico de una nueva creación (Gn 2,7; 7,22; Sab 15,15-16). Marcos conserva, sin duda, la palabra aramea pronunciada por Cristo, ephphata (v. 34), porque así la había conservado la tradición.

         Los elementos de este ritual de iniciación podrían ser, pues, un exorcismo (Mc 7, 29), un padrinazgo de "quienes les llevan", un rito de imposición de las manos (v.32), un apartamiento (v.33), un rito sobre los sentidos (v.34), tres días de ayuno preparatorio (Mc 8, 3; Hch 9,9) y participación en la eucaristía.

Maertens-Frisque

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         Dejando de nuevo los confines de Tiro, fue Jesús por Sidón hacia el lago de Galilea, atravesando los términos de la decápolis. Todos estos desplazamientos son significativos. Jesús se encuentra en territorio extranjero. Este milagro, una vez más será hecho a favor de un pagano, en pleno país de misión, en pleno territorio de la decápolis. Y dentro de ese territorio pagano, le presentan a un sordomudo.

         De hecho, el texto griego pone la palabra tartamudo, "le presentaron pues un sordo que hablaba con dificultad". En toda la Biblia esta palabra se encuentra sólo 2 veces (Is 35,6; Mc 7,32). Y es precisamente este pasaje de Isaías el que citan las gentes: "Es admirable todo lo que hace; los sordos oyen y hablan bien los tartamudos".

         Marcos subraya pues que Jesús cumple la gran esperanza prometida por Isaías. Es como una nueva creación, un hombre nuevo, con oídos bien abiertos para oír y con la lengua bien suelta para hablar. La salvación que Dios había prometido por los profetas es como un perfeccionamiento del hombre, o una mejora de sus facultades. Por la fe, la humanidad adquiere como unos sentidos nuevos, más afinados.

         Tomándole aparte de la muchedumbre, Jesús realizó el milagro. Tras lo cual, les recomendó a los presentes que no lo dijesen a nadie. Consigna del silencio. Hay que evitar que la muchedumbre saque enseguida la conclusión: es el Mesías. Pues este título es demasiado ambiguo. Debe ser purificado, desmitologizado por la muerte en la cruz. Cuando Cristo habrá sido crucificado, solamente entonces podrá decirse que es el Mesías.

         Pero el evangelio nos dice algo más de Jesús, a la hora de hacer el milagro al sordomudo: "le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua". Es decir, tuvo hacia él gestos humanos, corporales y sensibles. Se tiende hoy a borrar esta imagen de Jesús, para presentarnos a un Jesús más moderno, más racional. Ciertamente, quedaríamos desconcertados si una filmación grabada en vivo nos presentara a Jesús tal como fue, al hacer estos gestos.

         Todos los sacramentos, son también gestos sensibles, humanos, corporales. Inmensa dignidad del cuerpo, instrumento de comunicación, de expresión. La gracia más divina, más espiritual, pasa por esos humildes y modestos signos. Al sordo-tartamudo no le estorbaron nuestras teorías desencarnadas, y pudo experimentar, como extremadamente reveladores de la ternura de Jesús, estos gestos de contacto tan sencillos y naturales.

         Y mirando al cielo, suspiró y dijo: "Efetá" (lit. ábrete). La expresión "mirando al cielo" indica que la omnipotencia divina es la que hará el milagro, pero también es un gesto familiar en Jesús, observado ya en la multiplicación de los panes (Mc 6, 41). Y luego, Jesús ¡suspira! ¡Un gemido de Jesús! ¿Participación en el sufrimiento del enfermo? Quizás, pero sobre todo una profunda llamada a Dios. Jesús reza y en su oración participa su cuerpo, su respiración.

         Y al sordomudo "se le abrieron sus oídos, se le soltó la lengua, y hablaba correctamente". Los primeros lectores de Marcos han asistido a bautizos, en los que el rito del efetá se practicaba concretamente. Yo, por mi bautismo, ¿tengo los oídos abiertos o tapados? Y mi lengua, ¿la tengo muda o suelta? ¿Me comunico correctamente con Dios y con mis hermanos?

Noel Quesson

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         El milagro relatado hoy por Marcos pertenece al grupo de capítulos del evangelista que tenían la intención de que el pueblo llegara a descubrir en Jesús su humanidad y su divinidad. Relata cómo mientras estaba Jesús en la región del mar de Galilea le traen un hombre sordo y tartamudo, pidiéndole que haga algo por él. Jesús lo aparta de la gente, y después de tocarlo con sus dedos y su saliva, expresión de su humanidad, implora al cielo, y tras una orden suya, el hombre queda sano.

         En el cuerpo se da la unión de 2 realidades: la puramente material (huesos, entrañas...) y la espiritual. El cuerpo siempre refleja la armonía o desarmonía de estas, pero el pecado daña al espíritu. Y el espíritu está tan diluido en nuestro cuerpo que el pecado lo puede enfermar. Nuestra persona es una unidad integral (en su totalidad), y quien actúe sobre el cuerpo está actuando sobre el espíritu (y viceversa, aunque no se lo proponga).

         Jesús cura al hombre desde su más honda realidad, le abre los sentidos para que sea sensible y perciba una nueva manera de vivir. Desde su cuerpo-totalidad, que está sano e irradia salud, entra en contacto con los seres humanos enfermos.

         En Jesús se manifiesta la humanidad divinizada y la divinidad humanizada. Su cuerpo es usado para ponerlo al servicio de los seres humanos. Sus sentidos están abiertos al dolor del otro. El cuerpo de Jesús (que se cansa, siente hambre, se conmueve con la tristeza...) es una ofrenda divina y un regalo de Dios a los humanos, como ejemplo de entrega y de plenitud.

         El cuerpo es una creación de Dios, y es el instrumento indispensable por el que nos hacemos presentes en el mundo, que nos permite acercarnos a nuestros hermanos, comunicarnos con ellos. Pero el espíritu que lo invade es lo que le da sentido, y es lo que lo puede impulsar a ser instrumento de salvación (para él mismo y para los otros).

         Te damos gracias, Señor, por nuestro cuerpo, tu don maravilloso, tu obra maestra, tu instrumento indispensable y parte de nuestro propio yo. Ayúdanos a cuidarlo y a no despreciarlo, a amarlo y a admirar con ojos limpios su belleza, siempre al servicio de tu Reino.

Emiliana Lohr

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         El evangelio de hoy es una parábola de comunicación, y en él nos muestra que Jesús, que seguramente fue un gran comunicador, no busca un papel protagonista, sino que se presenta como una persona que permite la comunicación con el Padre.

         Jesús "hace oír a los sordos y hablar a los mudos", pero no por arte de magia, sino porque él mismo se hace instrumento de comunicación entre Dios y los hombres: "Quién me ha visto a mi ha visto al Padre". Es más, Jesús pide que no se diga nada de lo que ha hecho, pero inútilmente. ¡Cómo puede uno callarse el haber recibido un regalo tan grande!

         Volviendo a los medios de comunicación, creo que demasiadas veces carecen de lo que su mismo nombre indica, o sea de ser verdaderos instrumentos, vías, caminos de comunicación, y derrochan afán de protagonismo, de éxito. Todo está justificado si es que así conseguimos más audiencia, más ingresos por publicidad o más lectores.

         Si nuestro modelo es Cristo debemos tender más a su forma de ver la comunicación, debemos ser capaces de dejar a un lado nuestros deseos de protagonismo y ponernos sencillamente al servicio del Padre. Para seguir con un símil relacionado con los medios de comunicación, nosotros deberíamos interpretar más bien el papel del técnico que instala las antenas en las casas para que la gente pueda tener una buena visión de los programas que el del dueño de un todopoderoso grupo mediático.

Carlo Gallucci

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         El evangelio de hoy nos presenta un milagro de Jesús, al hacer volver la audición y destrabar la lengua a un sordo. Y la gente se quedó admirada y decía: "Todo lo hace bien" (v.37).

         Ésta es la biografía de Jesús, hecha por sus contemporáneos. Una biografía corta y completa, que viene a decir quién es Jesús: aquel que "todo lo hace bien". Y eso en el doble sentido de la palabra: en el qué y en el cómo, en la sustancia y en la manera. Jesús es aquel que sólo ha hecho obras buenas, y que ha realizado bien las obras buenas, de una manera perfecta y acabada. Jesús no entrega nada a medias, y no espera a acabarlo después.

         Procuremos hoy dejar las cosas totalmente listas y bien hechas: la oración, el trato con las personas, el trabajo diligente o el apostolado. Seamos exigentes con nosotros mismos, y seamos también suaves con quienes dependen de nosotros. No toleremos chapuzas, porque no gustan a Dios y molestan al prójimo. No tomemos esta actitud simplemente para quedar bien, ni porque este procedimiento es el que más rinde, incluso humanamente. Sino porque a Dios no le agradan las obras malas, ni las obras buenas mal hechas.

         La Escritura afirma que "las obras de Dios son perfectas" (Dt 32, 4). Y el Señor, a través de Moisés, manifiesta al pueblo de Israel: "No ofrezcáis nada defectuoso, pues no os sería aceptado" (Lev 22, 20). Pide, querido amigo, la ayuda maternal de la Virgen María, que ella, como Jesús, también lo hace todo bien.

Joan Marqués

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         La curación del sordomudo provocó reacciones muy buenas hacia Jesús por parte de los habitantes de Sidón: "Todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos".

         Jesús curó al enfermo con unos gestos característicos, imponiéndole las manos, tocándole con sus dedos y poniéndole un poco de saliva. Y con una palabra que pronunció mirando al cielo: effetá (lit. ábrete). El profeta Isaías había anunciado que el Mesías iba a hacer oír a los sordos y hablar a los mudos. Una vez más, y ahora en territorio pagano, Jesús está mostrando que ha llegado el tiempo mesiánico de la salvación, y de la victoria contra todo mal.

         Además, Jesús trata al sordomudo como una persona, pues cada encuentro suyo con los enfermos es distinto y personal, y esos enfermos nunca se olvidarán en su vida de que Jesús les curó.

         El Resucitado sigue curando hoy a la humanidad a través de su Iglesia. Los gestos sacramentales (imposición de manos, contacto con la mano, unción con óleo y crisma) son el signo eficaz de cómo sigue actuando Jesús, "una celebración sacramental está tejida de signos y de símbolos". Son gestos que están tomados de la cultura humana y de ellos se sirve Dios para transmitir su salvación. Son "signos de la alianza, símbolos de las grandes acciones de Dios en favor de su pueblo", sobre todo desde que "han sido asumidos por Cristo, que realizaba sus curaciones y subrayaba su predicación por medio de signos materiales o gestos simbólicos" (CIC, 1145-1152).

         El episodio de hoy nos recuerda de modo especial el bautismo, porque uno de los signos complementarios con que se expresa el efecto espiritual de este sacramento es precisamente el rito del effetá, en el que el ministro toca con el dedo los oídos y la boca del bautizado y dice: "El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su palabra y proclamar la fe, para alabanza y gloria de Dios Padre".

         Un cristiano ha de tener abiertos los oídos para escuchar y los labios para hablar. Para escuchar tanto a Dios como a los demás, sin hacerse el sordo ni a la palabra salvadora ni a la comunicación con el prójimo. Para hablar tanto a Dios como a los demás, sin callar en la oración ni en el diálogo con los hermanos ni en el testimonio de nuestra fe. Pensemos un momento si también nosotros somos sordos cuando deberíamos oír. Y mudos cuando tendríamos que dirigir nuestra palabra, a Dios o al prójimo. Pidamos a Cristo Jesús que una vez más haga con nosotros el milagro del sordomudo.

José Aldazábal

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         Jesús se encuentra hoy con un sordomudo, imagen de un hombre que tiene que ser curado. Y sobre él va a derramar su curación, que es producto del amor gratuito de Dios, y que llevará a esa persona a saber captar las palabras de Jesús, y llegar a confesarlo como el "Hijo de Dios, crucificado y resucitado".

         Este relato evangélico tiene muchos signos liberadores, que se hace necesario comprender para poder asimilar el contenido profundo de esta perícopa. Este milagro, ante todo, establece una gratuidad en la que la humanidad total de Jesús se encuentra comprometida. Jesús utiliza sus propias manos, manifestando así la cercanía de Dios.

         Esta cercanía de Jesús se hace necesaria, para que el pueblo vuelva a escuchar y sea capaz de proclamar. La religión oficial había alejado a Dios de la esfera popular, y por eso ellos lo sentían distante y abstracto. Jesús emplea también la saliva, como símbolo que entra a recrear al individuo nuevamente, y lo deja apto para avanzar por la historia, y la nueva historia de libertad inaugurada por Jesús.

         Otro signo de Jesús fue "levantar los ojos al cielo". Es la expresión con la que el evangelista pone de manifiesto el deseo intenso de Jesús de sanar a la comunidad que padece de sordera y de mudez, y ese deseo lo convierte en oración, oración que el Padre misericordioso escucha para el bien del mismo pueblo. Y la palabra definitiva de Jesús fue effatá. Con esta palabra Jesús invita a la comunidad a abrirse, para que el proyecto de Dios se haga efectivo en medio de la comunidad.

         Todos estos signos externos que Jesús realiza, para que el milagro se haga posible en la vida del pueblo, son un don gratuito de Dios, y este don gratuito del Padre es el que hará luego posible que la comunidad confiese a Jesús como el Señor de la historia. La sordera imposibilitaba a la comunidad seguidora de Jesús a entender lo que Jesús decía de sí mismo. Hoy también nosotros, en nuestros ambientes, padecemos una sordera que nos imposibilita escuchar el proyecto liberador de Dios en nuestras vidas.

Confederación Internacional Claretiana

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         El evangelio de hoy nos cuenta la curación de un mudo, tras la cual Jesús le permite integrarse de nuevo en su entorno. Pero los efectos de la curación son mayores, y el mudo no sólo puede hablar, sino que de dedica a proclamar la maravilla que Dios, a través de Jesús, ha hecho con él. El mejor apostolado que podemos hacer los cristianos es devolve r la palabra a los que no la tienen, porque así sabrán y proclamarán que ellos también son hijos de Dios.

         Ser sordo y mudo es el colmo de la incomunicación. El sordomudo vive prácticamente en otro mundo. Es un mundo de silencio permanente que nada puede romper. Precisamente porque está totalmente aislado, porque no se puede comunicar con los demás, el sordomudo se sitúa al margen de la comunidad humana. Carece de presencia real porque no puede ni recibir ni emitir palabra.

         En nuestro mundo hay sordomudos físicos. Nacen con ese defecto. Pero desgraciadamente hay otros muchos que han sido hechos sordomudos por los mismos hombres. La sociedad les ha declarado sordomudos, cuando en la práctica les ha negado la palabra y les ha dejado de dirigir la palabra.

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         Yendo Jesús de camino, mientras atravesaba la Decápolis (Galilea), nos dice hoy el evangelio que le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar (un sordomudo), y le piden que le imponga las manos. Por lo que se ve, piensan que semejante imposición de manos va a tener un efecto curativo o milagroso.

         En su narración, el evangelista no nos dice que Jesús le impusiera las manos, sino que le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua, al tiempo que fijaba la mirada en el cielo y, suspirando, pronunciaba una palabra: Effetá, que significa ábrete.

         Aquella palabra, acompañada del gesto, tuvo un efecto instantáneo, pues al momento se le abrieron los oídos y se le soltó la traba de la lengua, y hablaba sin dificultad. Todos los impedimentos habían desaparecido.

         Aquel hecho, realmente asombroso, no podía mantenerse envuelto en un silencio complaciente. Los testigos del acontecimiento sintieron la imperiosa necesidad de divulgarlo, a pesar de las serias advertencias de Jesús, que les mandó que no lo dijeran a nadie.

         Pero de nada sirvieron esas advertencias, pues ellos lo proclamaron con más insistencia, entre el asombro y la exaltación del que había protagonizado el hecho asombroso. Decían: Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.

         Desatar los impedimentos de los impedidos, o liberar a los cautivos, era una buena acción, aunque no todos lo vieron así. Está claro que la mayoría, dejándose asombrar por esas acciones maravillosas, no veían otra cosa que manifestaciones de poder y de bondad. Pero algunos, en en vez de ver acciones liberadoras y benéficas, no vieron sino una encubierta y maléfica coalición con el demonio.

         Ábrete, la palabra pronunciada por Jesús en presencia del sordomudo, es realmente una palabra grandiosa y liberadora: ábrete a la trascendencia y a lo que está por encima de ti, ábrete a ese Dios que quiere comunicar contigo, ábrete a la realidad que se te manifiesta, ábrete al conocimiento que se ofrece a tu inteligencia.

         Ábrete también al prójimo, que te complementa y te enriquece; ábrete a sus razones y a sus sufrimientos, ábrete a la inmensidad del universo que te circunda, ábrete a la luz, proceda de donde proceda; ábrete a la vida mientras ésta dé de sí, y deja abierta una vía en el seno de la misma muerte; ábrete a la buena noticia... En definitiva, no te cierres, ni te encierres, sino ábrete. El que se encierra, permanece ciego, sordo y mudo. Ábrete a la vida que Cristo te ofrece y promete.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ·CID, doctor en Teología

 Act: 14/02/25     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A