25 de Junio
Miércoles XII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 25 junio 2025
a) Gén 15, 1-12.17-18
"Me voy sin hijos", vino a decir Abraham a Dios. A lo que éste le contestó: "Mira al cielo y cuenta las estrellas. Así será tu descendencia". Se trata de un sorprendente diálogo, en que Abraham confiesa a Dios el drama de su situación (no tener hijos) y Dios le promete una descendencia tan numerosa como las estrellas (algo inverosímil, y aparentemente imposible).
Miles de años después, sabemos que esa promesa de Dios se realizó, pues millones de personas (judíos, árabes y cristianos) honramos a Abraham como a nuestro padre. Pero Abraham no pudo ver nada de eso, sino que él era viejo, su mujer era estéril y no tenían hijos. Los planes de Dios, por lo visto, debían estar dirigidos "hacia el porvenir".
A pesar de todo, Abraham cree en Dios, y eso que los años pasan y de los hijos prometidos no hay ni uno a la vista. ¿Serán engañosas las visiones de Dios? Abraham no lo sabe, pero sigue confiando en ese Dios que se le ha aparecido, con perseverancia y obstinación.
Y es que la fe (e incluso la certeza de Dios) no suprime la angustia ni la oscuridad. En ciertos días esa espera debió parecerle interminable a Abraham, como también lo parece para algunos de los presentes, en que muchos días vacíos nos pone a prueba la fe. Pero los planes de Dios son así, y se cumplen a su tiempo como en el caso de Abraham.
En efecto, llegado aquel día, el Señor "firmó una alianza con Abraham". Dios actuó cuando Abraham menos lo esperaba, posiblemente vacío ya de sí mismo y completamente receptivo a su acción. Cuando todo parece perdido, es cuando la salvación se hace presente.
La alianza entre Dios y Abraham fue expresada a través de los ritos nómadas de la época (en que las 2 partes contratantes se comprometían, aceptando ser despedazados como animales abiertos en canal, si dejaban de cumplir la palabra dada). Dios se hizo presente pasando entre las víctimas (en forma de un fuego), como forma de comprometer su fidelidad.
Resulta emocionante escuchar cómo Dios quedó comprometido así, bajo la forma de un contrato salvaje que hacían entre sí las hordas brutales de los nómadas del desierto, y que sólo podían poner como fianza la violencia. Hoy todavía, Señor, quieres renovar esa Alianza con el hombre. Y sé que, por tu parte, esta Alianza no corre peligro.
Noel Quesson
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Ayer nos alejábamos por un día de Abraham, pero hoy volvemos a caminar con él. Y resulta interesante el capítulo de hoy, que podríamos titular El retraso de Dios. Porque ¿qué fue de aquella promesa de un hijo y de una tierra? Abraham siente que el tiempo pasa, y que la palabra de Dios no se ha cumplido. O sea, lo mismo que nosotros a menudo, cuando leemos que Dios no dejará abandonada a la humanidad de su mano, pero observamos que los caminos contrarios se multiplican.
La escena de Abraham saliendo de su tienda, para contemplar el cielo estrellado, es de una belleza sobrecogedora. Si es de noche mientras lees esto, asómate a la ventana y contempla el cielo. Y si no, asómate al mirador del firmamento, porque la impresión de la enormidad es inevitable. Pues bien, Dios es siempre así: desbordante e inmenso.
Seducido por su visión, y a pesar de sus dudas y temores, Abraham creyó al Señor. Y ése fue su mérito, y lo que Dios le contó en su haber. ¿Haremos nosotros lo mismo?
Gonzalo Fernández
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Si recordamos bien, lo 1º que Dios había anunciado a Abraham había sido una tierra, cuando le dijo: "Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, y ve a la tierra que yo te mostraré" (Gn 12, 1). Dios había puesto a Abraham en camino, a un hombre sin descendencia y con mucha ascendencia. De ahí la dureza de la prueba por la que pasó a Abraham, al no tener más que mirar al pasado (caudaloso, y que había dejado) para volver a mirar adelante (estéril, y que se hacía insufrible).
Pero Dios sólo le había revelado el qué, y no el cuándo, cuando le dijo "la tierra que yo te mostraré". Dios introdujo el futuro en la vida de un hombre que sólo tenía pasado.
Abraham ya conocía su historia, pero su futuro era como una pared, como un hueco sin fondo, como una imagen de la nada. El tiempo va pasando, y Dios invita a Abraham a mirar a los cielos. Lo confronta con el infinito, le mueve a poner sus ojos (agotados) en el firmamento (sin límites), y le pide una vez más que renueve la danza de las estrellas.
Agotado ya en el alma, y casi en el cuerpo, Abraham vuelve a preguntar a Dios si ya ha llegado el tiempo esperado, porque la muerte esta cerca y se aprecia un aparente final del camino: la nada.
Entonces Dios le responde, y le anuncia por n-ésima vez que lo va a colmar de vida. Y Abraham volvió a creer. Vio las estrellas, creyó volver a ver a esa multitud de hijos que un día iba a tener (todos nosotros) y lloró agradecido.
Nelson Medina
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"Aquel día el Señor hizo alianza con Abraham". La doble promesa que Dios le había hecho (posesión de la tierra y descendencia numerosa) tarda en cumplirse. Dios se la vuelve a hacer, esta vez ya en forma de alianza.
El gesto con el que se ratifica esta Alianza nos puede parecer extraño, pero era expresivo en la cultura de entonces: se descuartizaban animales, se colocaban en 2 filas y los 2 contrayentes pasaban por en medio ("Dios pasó en forma de fuego"). La intención de todo esto es que, si alguno de los 2 no cumple su palabra, se pide a Dios que le suceda como a estos animales.
No todo es fácil ni llano en el camino de Abraham. Siente miedo, la duda le tienta ("no me has dado hijos"), tiene que espantar los buitres que bajan sobre los animales muertos, le invade un sueño profundo "y un terror intenso y oscuro cayó sobre él". Pero, una vez más, el patriarca confía plenamente en Dios: "Abraham creyó al Señor y se le contó en su haber".
En la vida de un creyente no todo son días de sol y de claridad. También a nosotros nos rondan las dudas y el temor e incluso, alguna vez, la noche oscura y el "terror intenso y oscuro". Seguro que podemos decir, mirando a nuestra historia, que algunas veces "el sol se puso y vino la oscuridad". Nos da pena, como a Abraham, ser estériles, que nuestro trabajo no produzca frutos visibles. ¿Quién no quiere tener, de alguna manera, descendientes que continúen nuestra obra o poseer un trozo de tierra?
Tenemos que mirarnos en el espejo de Abraham. Y de Cristo, que nos da un ejemplo todavía más pleno de confianza en Dios: "A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu". No sólo le tenemos que servir cuando todo es fácil y nos sale bien. También, cuando no vemos el final del túnel. Cuando estamos bien establecidos y nos invitan al éxodo, o cuando, como a Abraham, nos obligan a plantar tiendas de peregrino y levantarlas al cabo de poco. ¿Nos fiamos de Dios? ¿Se puede decir que no sólo creemos en Dios, sino que creemos a Dios?
A Abraham se le llama patriarca de la fe porque creyó en circunstancias difíciles, cuando las apariencias parecían ir en contra de las 2 promesas que Dios le hacía. Para todos, también para los cristianos, es un ejemplo magnífico de fidelidad a Dios. El salmo responsorial de hoy nos invita a esta actitud: "Alegraos los que buscáis al Señor, recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente su rostro. Porque él se acuerda de su alianza eternamente, de la alianza sellada con Abraham".
José Aldazábal
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El párrafo de hoy supone conocidos los cap. 13 y 14 del Génesis. En ellos Abraham recorría Israel con sus rebaños y su sobrino Lot, bajaba a Egipto, se enriquecía y volvía a subir a Israel (donde participaba en algunas guerras entre reyezuelos). Transcurrido un tiempo, aconteció el suceso aquí narrado, y se establece el compromiso del Señor con Abraham: la Alianza.
A veces las personas piadosas nos imaginamos que el proceso de la historia de salvación tuvo lugar en circunstancias excepcionales, sustrayendo de la realidad cuotidiana a patriarcas y profetas. Pero eso es un engaño.
Hoy nos puede servir de ejemplo de Abraham: Salió de Mesopotamia hacia Canaán (como otros pastores que peregrinaban, buscando buenos pastos para sus ganados y seguridad para sus familias), recorrió de norte a sur Israel (como hacían familias enteras de pastores, llevando consigo a sus familias), llegó al Neguev (carente de cosechas y pastos), decidió marchar a Egipto (donde la belleza de su esposa le hizo ganar riquezas, en tierras y ganados) y volvió al Neguev (para que no cayese en la inmoralidad de los egipcios).
Llegado de nuevo al Neguev, y vistas las dificultades para mantener la economía y la paz entre los pastores (los suyos y los de Lot), decidió Abraham dividir las tierras y los montes de pastoreo, y cada tribu empezó a hacer su vida bajo pacto de no agresión (entre ellos, pero no con el resto de tribus o reinos, en los que muchas veces se implicaron y complicaron la vida, participando en sus contiendas y costumbres).
En ese contexto, aparentemente excitante pero tan rutinario en la práctica, es donde Dios estaba con Abraham y donde Abraham contaba con Dios. Aunque no lo pareciera, Dios iba bendiciendo a Abraham, y las riquezas de éste se iban multiplicando. Pero ese mismo Dios que le bendecía (económicamente), también le sometía a prueba (espiritual), pues no le concedía descendencia y eso le impedía cumplir lo pactado con Dios.
Abraham estaba agradeciendo a Dios, y seguía confiando en él. Pero no veía la manera de materializar la alianza con Dios, al no lograr tener un heredero. Y es en ese momento, cuando él no puede ya tenerlo, cuando se dirige suplicante a Dios. No obstante, Dios le vuelve a recordar lo pactado, para que siga esperando con fe: "Tendrás hijos, y serán tantos como las estrellas del cielo o las arenas del mar".
Dominicos de Madrid
b) Mt 7, 15-20
Previene Jesús contra el engaño de las palabras. Hay quienes llegan a la comunidad pretendiendo falsamente hablar en nombre de Dios (falsos profetas). De los profetas falsos, se contrasta la suavidad de su lenguaje (ovejas) con su realidad interior (lobos rapaces), que los caracteriza como individuos que buscan sin escrúpulos su propio interés. El criterio para distinguirlos es su modo de obrar.
Para Jesús, las obras brotan espontáneamente de la realidad interior, y no sólo moldean la índole del hombre (doctrina farisea), sino que son el reflejo infalible de sus actitudes profundas. El obrar no determina la actitud, sino que nace de ella.
Vuelve el tema de la limpieza de corazón (Mt 5,8; 15,19). No hay vida interior independiente de la exterior: las obras delatan lo interior del hombre. No valen, por tanto, las protestas de ortodoxia ni la dulzura de las palabras, sino la realidad de la conducta. La insistencia sobre las plantas sin fruto y sobre el fruto bueno y malo ponen la advertencia de Jesús en el terreno de lo que sirve o no sirve para la vida. Los falsos profetas tienen un influjo dañino sobre la comunidad, y quien produce muerte está destinado a la muerte (v.19).
Total, que "por sus frutos los conoceréis". Este colofón repite el criterio expuesto antes (v.16), mostrando su importancia. Lo que no contribuye a la vida no es de Dios. Pueden identificarse estos falsos profetas con aquellos que se eximen de "uno de estos mandamientos mínimos, y lo enseñan así a los hombres".
La comparación con el fruto y el árbol, y la suerte del árbol malo, ya presentes en la predicación del Bautista (Mt 3, 8.10), hacen ver que la metáfora del árbol que da frutos malos se refiere a los que no han hecho una enmienda sincera, es decir, a los que no han hecho más que exteriormente la opción propuesta por Jesús en las bienaventuranzas (Mt 7, 26).
Estos procedieron con la comunidad cristiana como pretendían hacer los fariseos y saduceos respecto al bautismo de Juan (Mt 3, 7): aparentar la enmienda (bautismo) sin romper realmente con la injusticia del pasado. Mateo denuncia, pues, la infiltración en la comunidad cristiana de la hipocresía farisea ("decir, pero no hacer"; Mt 23, 3), como lo hará de nuevo en la perícopa siguiente y en otros pasajes (Mt 13,36-43; 22,11-14).
Juan Mateos
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En el AT, Dios había advertido a menudo que nos pusiéramos en guardia contra los falsos profetas. Jesús subraya hoy cuán semejantes son exteriormente a los profetas auténticos: se visten con la capa de la buena doctrina y de la buena moral. Y, por lo tanto, son difícilmente reconocibles. Así, el gran peligro para la Iglesia no procede sólo de sus enemigos externos (fácilmente conocidos), sino de aquellos que aparentando una vida normal... son de hecho, "lobos rapaces", incluso cuando pretenden hablar en el nombre de Dios.
Por eso Jesús nos previene: "Por sus frutos los reconoceréis". Jesús es realista, y nos viene a decir "fijaos en lo que hacen, no en lo que dicen". El verdadero valor de una persona se manifiesta por lo que hace. Por ejemplo, se puede hablar mucho de la Iglesia y no obedecerla prácticamente.
Jesús se ha enfrentado durante toda su vida a los escribas y fariseos, que eran aparentemente gentes muy religiosas. Pero la docilidad al Espíritu y la humildad son los frutos por los que se reconoce al profeta auténtico, pues "¿se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos?". Así "los árboles sanos dan frutos buenos, y los árboles dañados dan frutos malos".
La calidad de la fruta depende de la calidad del árbol. Señor, transforma mi corazón para que sea como una ¡fruta buena! de la que puedan alegrarse y alimentarse los demás. Y para esto, que sea bueno el árbol (la raíz, el tronco, las ramas y todo el conjunto), para que los frutos sean sabrosos. Sí, los gestos y las palabras exteriores no adquieren su valor auténtico mas que cuando son la expresión de una fidelidad interior a Dios y a la Iglesia.
"Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos". Se trata de un buen criterio para evaluar la autenticidad de un profeta, de un movimiento o de una opinión, el considerar, a la larga, sus resultados. ¿Cuáles han sido las consecuencias concretas de esta acción, de esta opinión? La vida humana es una, y todo en ella todo se relaciona (pensamientos, voluntades, actos). ¿Cuál es la orientación general de mi vida?
Ahora bien, Jesús nos dice aquí que lo que cuenta es la trama general de una vida: "Todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa al fuego". Mateo agrupó aquí unas fórmulas sobre el árbol, que seguramente fueron dichas en circunstancias diversas. Notemos, por ejemplo, la correspondencia con la alegoría de la viña (Jn 15, 6), donde Jesús insistía sobre la unión con la vid para tener vida y dar fruto.
Jesús insiste sobre la urgencia de la conversión: el juicio de Dios está cerca. ¿Habremos sido un árbol sano? ¿Cuál habrá sido nuestra fecundidad? ¿Qué frutos sabrosos han sido los nuestros? Todo ello, en este contexto, se dice de los falsos profetas ¡árboles echados al fuego! Pero esto es verdad para cada uno de nosotros, si no nos preocupamos de dar fruto para la vida eterna.
Noel Quesson
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El texto de hoy es exactamente la continuación del texto de ayer. El tema tratado sigue moviéndose en torno a la ética y a la moral del creyente, los recursos literarios continúan también en la misma dinámica (sentencias categóricas que dan comienzo al discurso, imágenes tomadas de la vida cotidiana y uso de términos contrarios, y conclusión). Lo interesante, junto con la agudeza de la composición literaria, son las nuevas vetas que se van abriendo en torno al tema central.
El texto puede quedar dividido en 2 partes. La 1ª parte abarca tan solo la sentencia inicial de Jesús, referida a los falsos profetas. Está compuesta de una afirmación a la que se le añade una metáfora que gira entre 2 polos opuestos (oveja-lobo), el término negativo queda subrayado con el adjetivo empleado (rapaces). La 2ª parte ilustra el tema tratado en la 1ª y se trata de una composición perfecta, utilizando la técnica del sandwhich (comenzando y terminando con idéntica sentencia).
Por la evidente respuesta dada por Jesús a la pregunta formulada por el lector, éste queda automáticamente formando parte de la narración. Una vez ahí, el lector se funde con el emisor y la fluencia de los ejemplos de términos polares le resulta evidente, por esto mismo, el quiebre final (el dicho del fuego) no es para nada forzado, sólo un añadido que cuadra perfectamente. Para terminar, como ya hemos dicho, se usa la misma oración con la que comenzaba esta composición.
Algunos detalles más a tener en cuenta son, por ejemplo, los profetas falsos, de los que se tiene referencias en el AT (Dt 13,2-6; Ez 22,28; Jer 5,31; 6,13; 23,9-14), el NT (Mt 21,11.24; Hch 13,6; 2Pe 2,1; 1Jn 4,1; Ap 16,13) y otros escritos cristianos (Didajé, XI, 7-12). En cuanto a los frutos, éstos se refieren a la conducta concreta (Mt 12,33-35; Ecl 27,6; St 3,12). El ejemplo del árbol y de las zarzas lo hallamos también en Lucas (Lc 6, 43-45). Por último, la imagen del árbol que se corta y arroja al fuego también se halla en Lucas (Lc 3,9; 13,6-9) y Juan (Jn 15, 6).
Emiliana Lohr
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Parece decir hoy Jesús algo así como: no juzguéis al hombre por las apariencias (que son frecuentemente engañosas), sino por lo que hace. Ni las palabras ni las intenciones, sino la práctica. Si las palabras y las intenciones siguen una dirección y la práctica otra, la segunda es la que revela el corazón del hombre, sus opciones profundas, sus verdaderos intereses. Las palabras y las intenciones son a menudo una tapadera, un engaño (para sí mismo y para los otros).
Sin embargo, la comparación se puede entender también de otra manera. Hay semillas que cuando las ves te parecen inocuas, y hay árboles que te parecen fascinantes al verlos; solamente si tienes paciencia (y sensatez) para esperar a los frutos sabrás cómo son realmente. Así se desmienten los falsos profetas; no por las muchas palabras que dicen (palabras con frecuencia fascinantes), ni por los diversos gestos que hacen; debes valorarlos basándote en los frutos que aquellas palabras y aquellos gestos no tardarán en producir.
Bruno Maggioni
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En el evangelio de hoy, Jesús nos da una pista para movernos en tiempos y espacios movedizos. Hoy, sin duda, estamos viviendo así. Basta asomarse a los mensajes que nos llegan a través de los medios de comunicación. Es como una batalla en la que no sabemos bien quién es el bueno y quién es el malo. Nos sentimos tan manipulados y tan engañados, que a menudo declinamos todo esfuerzo de discernimiento. La regla de Jesús es muy simple: "No os fijéis sólo en las palabras, en la apariencia, en el ropaje". La verdad de una persona y de una idea se miden por los frutos de amor que produce: "Por sus frutos los conoceréis". Muy claro, ¿verdad?
Jesús nos da un criterio de discernimiento claro. Las palabras no importan demasiado. Podemos ser víctimas de todos los engaños del inconsciente humano. Lo que cuenta son los frutos: "Por sus frutos los conoceréis". ¿Cuáles son los frutos de unos y de otros? No tenemos necesidad de inventar nada. Nos los ofrece Pablo (Gál 5, 19-23) y creo que es útil recordarlos, en el siguiente párrafo.
Cuando uno se mueve desde sus propios intereses, y aunque use palabras altisonantes y supuestamente proféticas, lo que produce es: "impureza, desenfreno, idolatría, enemistades, discordias, rivalidad, ira, egoísmo, cismas, envidias y difamación". Cuando uno actúa realmente movido por el Espíritu de Dios, sus frutos son: "amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fe mansedumbre y dominio de sí mismo".
La indignación ética que nos producen algunos hechos (generalmente de los demás, no nuestros) es una reacción humana comprensible, pero no es necesariamente un fruto del Espíritu. A menudo, esa indignación es sólo fruto de nuestro resentimiento, de nuestras envidias, de nuestros fracasos acumulados, de nuestros miedos.
Naturalmente esto no significa que no debamos denunciar lo que nos parece anti-evangélico. Lo que importa es siempre preguntarse de dónde arranca mi actitud (¿del odio, del miedo, del deseo de venganza, del narcisismo herido? ¿O, más bien, del deseo de verdad, de vida nueva, de libertad?) y a dónde conduce (¿a la autoafirmación, al ajuste de cuentas, a cerrar mi herida, a "dar a cada uno su merecido"?, ¿o más bien al perdón, a un futuro más auténtico, a la comprensión?).
La vida está llena de ocasiones en las cuales tenemos que ensayar esta propuesta de Jesús. Y no siempre es fácil actuar como él nos propone.
Gonzalo Fernández
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El Señor insiste en repetidas ocasiones en el peligro de los falsos profetas, que llevarán a muchos a su ruina espiritual (Mt 24, 11). En el AT también se hace referencia a estos malos pastores que causan estragos en el pueblo de Dios (Jer 23, 9-40). Pronto aparecieron también en el seno de la Iglesia.
San Pablo los llama falsos hermanos y falsos apóstoles (2Cor 11,26; 1Cor 11,13), y advierte a los primeros cristianos que se guarden de ellos. San Pedro los llama falsos doctores (2Pe 2, 1). El Señor nos señala que tanto los verdaderos como los falsos apóstoles se conocerán por sus frutos; los predicadores de falsas doctrinas y reformas no acarrearán más que la desunión del tronco fecundo de la Iglesia y la turbación y la perdición de las almas.
Los árboles sanos dan frutos buenos. Y el árbol está sano cuando corre por él savia buena. La savia del cristiano es la misma vida de Cristo, la santidad personal, que no se puede suplir con ninguna otra cosa. Por eso no debemos separarnos de él. En el trato con Jesús aprendemos a ser eficaces, a estar alegres, a comprender, a querer de verdad; a ser, en definitiva, buenos cristianos.
La vida de unión con Cristo necesariamente trasciende el ámbito individual del cristiano en beneficio de los demás: de ahí brota la fecundidad apostólica, ya que "el apostolado, cualquiera que sea, es una sobreabundancia de vida interior", según San José María Escrivá. Si se descuidara esta honda unión con Dios, nuestra eficacia apostólica se iría reduciendo hasta ser nula, y los frutos se tornarían amargos, indignos de ser presentados al Señor.
Así como el hombre que excluye de su vida a Dios se convierte en árbol enfermo con malos frutos, la sociedad que pretende desalojar a Dios de sus costumbres y sus leyes produce males sin cuento y gravísimos daños para los ciudadanos que la integran. El fenómeno del laicismo pretende suplantar la moral basada en principios trascendentes, por ideales y normas de conducta meramente humanos, que acaban siendo infrahumanos.
El hombre y la sociedad se deshumanizan cuando no tienen a Dios como Padre amoroso que da leyes para la conservación de la naturaleza humana y para que las personas encuentren su propia dignidad y alcancen el fin para el que fueron creadas. Ante frutos tan amargos, los cristianos debemos se sal y luz allí donde estamos. Por la gracia de Dios, podremos dar abundantes frutos si nuestra vida se mantiene informada por la luz de Cristo.
Francisco Fernández
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Jesús previene hoy a sus seguidores del peligro de los falsos profetas, los que se acercan "con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces". Y nos da una consigna: "Por sus frutos los conoceréis". La comparación es muy expresiva: un árbol puede ser muy bonito en su forma y en sus hojas y flores, pero si no da buenos frutos, no vale. Ya se puede cortar y que sirva para leña.
Tanto el aviso como la consigna son de plena actualidad. Porque siempre ha habido, junto a persecuciones del exterior, el peligro interior de los falsos profetas, que propagan, con su ejemplo o con su palabra, caminos que no son los que Jesús nos ha enseñado. El criterio que Jesús da debería aplicarse siempre en toda comunidad, y sobre los que cabe la duda de si están movidos por el Espíritu de Dios o por otros móviles más interesados.
Pero es también un modo de juzgarnos a nosotros mismos: ¿Qué frutos producimos? ¿Decimos sólo palabras bonitas o también ofrecemos hechos? ¿Somos sólo charlatanes brillantes? Se nos puede juzgar igual que a un árbol, no por lo que aparenta, sino por lo que produce. De un corazón agriado sólo pueden brotar frutos agrios, de un corazón generoso y sereno sólo pueden brotar obras buenas y consoladoras.
Podemos hablar con discursos elocuentes de la justicia o de la comunidad o del amor o de la democracia: pero la prueba del nueve es si damos frutos de todo eso. El pensamiento de Cristo se recoge popularmente en muchas expresiones que van en la misma dirección, tales como "no es oro todo lo que reluce", "hay que predicar y dar trigo" y "obras son amores y no buenas razones".
Pablo concretó más, al comparar lo que se puede esperar de quienes siguen criterios humanos y de los que se dejan guiar por el Espíritu de Jesús: "Las obras de la carne son fornicación, impureza, idolatría, odios, discordia, celos, iras, divisiones y envidias. En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, fidelidad, dominio de sí" (Gál 5, 19-26).
José Aldazábal
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Hoy se nos presenta ante nuestra mirada un nuevo contraste evangélico, entre los árboles buenos y malos. Las afirmaciones de Jesús al respecto son tan simples que parecen casi simplistas. ¡Y justo es decir que no lo son en absoluto! No lo son, como no lo es la vida real de cada día. Una vida real diaria que nos enseña que hay buenos que degeneran (y acaban dando frutos malos) y que hay malos que cambian (y acaban dando frutos buenos). ¿Qué significa, pues, en definitiva, que "todo árbol bueno da frutos buenos" (v.17)?
Significa que el que es bueno lo es en la medida en que no desfallece obrando el bien. Obra el bien y no se cansa. Obra el bien y no cede ante la tentación de obrar el mal. Obra el bien y persevera hasta el heroísmo. Obra el bien y, si acaso llega a ceder ante el cansancio de actuar así, de caer en la tentación de obrar el mal, o de asustarse ante la exigencia innegociable, lo reconoce sinceramente, lo confiesa de veras, se arrepiente de corazón y vuelve a empezar.
Y lo hace, entre otras razones, porque sabe que si no da buen fruto será cortado y echado al fuego (¡el santo temor de Dios!). Y porque conociendo la bondad de los demás a través de sus buenas obras, sabe (no sólo por experiencia individual, sino también por experiencia social) que sólo Dios es bueno, y el único que puede ser reconocido como tal a través de sus hechos.
No basta decir "Señor, Señor", como nos recuerda Santiago. Pues la fe se acredita a través de las obras: "Muéstrame tu fe sin las obras, que yo por las obras te haré ver mi fe" (St 2, 18).
Antoni Oriol
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Los falsos profetas son los doctores que engañan al pueblo y lo arrastran hacia sus propios intereses, tras haberlo seducido con buenas apariencias. Se impone en este campo, pues, el saber elegir y saber discernir, porque no toda palabra en nombre de Dios es de Dios.
En esta tarea de discernimiento, Jesús nos da una pista: "Por sus frutos los conoceréis", y recurre para ello a las imágenes de los árboles y sus frutos. Los años en Nazaret, sus largas caminatas por los senderos de Galilea y el continuo ir y venir de gente sencilla de los campos y caseríos, hicieron a Jesús un caminante más de la vida. ¡Con qué expresión tan persuasiva habla del sembrador, de la semilla que crece sin que nadie sepa cómo! Habla de uvas y de espinos, de higos y de cardos. Los frutos no engañan.
Carlos Latorre
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De nuevo Jesús hace una advertencia a sus discípulos, y llama la atención sobre un peligro que puede acechar a la comunidad: el problema de los falsos profetas.
Mateo da una norma a la comunidad para saber reconocerlos: la calma prudente. Saber esperar hasta que cada cual vaya dando sus frutos. Entonces se verán los actos concretos que distinguen al verdadero del falso profeta. La clave para detectar a los falsos profetas son, pues, sus obras.
El texto hace una comparación de los falsos profetas con espinos y cardos, para desacreditarlos de ese modo. Luego refuerza la imagen anterior con otra comparación: la del árbol y los frutos, a fin de dar mayor precisión a su mensaje sobre lo bueno y lo malo, lo cual hace pensar directamente en los actos del hombre.
Esta idea la amplía diciendo que los árboles que no dan buenos frutos son arrojados al fuego; es decir, que a los falsos profetas les espera el juicio destructor de Dios. Con una nueva invitación a desenmascarar a los lobos vestidos con piel de oveja a través de sus obras, el evangelista redondea la 1ª parte del texto.
En teoría, tenemos un criterio bastante claro para dilucidar quién es el verdadero profeta: el que nos orienta de acuerdo con el mensaje y la forma de vida de Jesús. En la práctica puede que este criterio no funcione. Sin embargo, estamos llamados a estar atentos y a no dejarnos entusiasmar por tantos personajes que se cubren con el ropaje de Jesús y en su mensaje nos llevan a fomentar divisiones y mentiras, poniéndonos en contra del verdadero contenido evangélico.
Severiano Blanco
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Mateo atribuyó un rol de1ª línea a la enseñanza, y de ahí la importancia que tuvo en su evangelio la función del profeta, junto a la del sabio y del escriba, en la transmisión del mensaje de Jesús (Mt 23, 34). Se hacía necesario, por tanto, poner en guardia sobre el peligro de los falsos profetas y su falsa enseñanza (v.15), ofreciendo un criterio de discernimiento que permitiera distinguir la verdadera de la falsa profecía (vv.16-20).
Esta preocupación se agudiza con la llegada de la 2ª generación cristiana, e incluso en la 1ª generación cristiana encontramos ya un reflejo de esta preocupación, sobre todo en las epístolas pastorales (donde se vuelve a cada paso sobre la sana doctrina) y en la obra de Lucas (Hch 20, 29).
Este último texto presenta un universo sumamente cercano al v. 15. En ambos casos se los califica de lobos a los falsos profetas, se señala su agresividad y se describe a la comunidad como un rebaño. En el caso presente, más que al contenido de la enseñanza (que aparece en 1º plano tanto en Lucas cuanto en las epístolas pastorales), Mateo remite a la actuación de esos falsos profetas, como criterio de verificación de su enseñanza.
Este criterio hace inválida la conducción del fariseísmo (ya que sus miembros "dicen pero no hacen") y pone de relieve la enseñanza de Jesús (a cuyos discursos otorga siempre Mateo la palabra autoridad), así como ha de ser el seguido (como piedra de toque) para juzgar la transmisión del proyecto de Jesús.
Por ello se recurre hoy Mateo a una comparación sobre la actuación profética a través de la naturaleza de los árboles (que producen o no producen frutos buenos). La capacidad de fructificación es el criterio último para determinar la utilidad de un árbol. Zarzas y espinos no pueden producir uvas ni higos. La naturaleza de cada fruto está en íntima relación con la naturaleza del árbol. La incapacidad de un árbol para producir frutos buenos indica su falta radical de bondad.
De allí surge la conclusión de los vv. 19-20 con la presentación del final que espera a los árboles que no han sido capaces de producir buenos frutos, y que no hace más que sancionar la realidad en curso.
De esta forma, Mateo retoma uno de los criterios decisivos que el AT ofrece para juzgar todo tipo de profecía. Dicho criterio reside en la coherencia entre la vida y el mensaje anunciado. Se exige a cada miembro de la Iglesia, y sobre todo de los que deben desempeñar un rol en la transmisión de la enseñanza de Jesús, una coherencia de vida que sirva de verificación de su enseñanza. Fuera de ese ámbito, las mejores verdades pierden su eficacia.
La invitación a que sean las acciones las que proclamen el mensaje de Jesús, la invitación a la coherencia de vida es el punto culminante del sermón de la montaña y de ella depende la autenticidad del seguimiento de Jesús.
Confederación Internacional Claretiana
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Jesús insiste hoy de nuevo en la limpieza de corazón y ausencia de doblez, al tiempo que previene contra los falsos profetas. Unos falsos profetas que utilizan a Dios para hablar en nombre propio, que aparentan ser por fuera mansos (como ovejas) pero por dentro son lobos rapaces (que destruyen la Iglesia). ¿Y cómo distinguir un falso de un verdadero profeta? El criterio son las obras, pues cada uno irradia hacia fuera lo que lleva por dentro. Quien edifica la Iglesia con su conducta, es bueno; quien la desmembra o dispersa, es malo.
Quien da vida, es bueno; quien quita vida, malo. Todo aquél que oprime, reprime o suprime la vida eclesial es un falso profeta, está en pecado y alejado del Dios de la vida. Los malos profetas generan muerte y dispersión, como el lobo con los rebaños. Dentro de la Iglesia son falsos profetas los que se eximen de poner en práctica los mandamientos más mínimos, o de apartar del camino del amor y entrega a los demás.
Por eso, todo árbol que no dé fruto sano debe ser cortado (de la Iglesia) y echado al fuego (de la condenación). El árbol que da frutos dañinos se parece a quien no da señales de enmienda y conversión. Quien no esté dispuesto a convertirse, a cambiar su estilo de vida, a mantenerse adherido al mensaje de Jesús, debe ser cortado y echado al fuego.
Todo el que dice y no hace está fuera del espíritu de Jesús, y por tanto debe estar fuera de la Iglesia. Y es que la vida del profeta tiene que estar acompañada de obras antes que de palabras o, mejor, de palabras respaldadas por su estilo de vida.
Servicio Bíblico Latinoamericano
c) Meditación
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos, comienza diciendo hoy el pasaje evangélico. El momento de este dijo importa poco, porque la locución de Jesús tiene valor perenne e intemporal, y por eso sigue vigente. ¿Y qué es lo que dijo? Lo dice a continuación: Cuidado con los profetas falsos, que se acercan con piel de oveja pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis.
Jesús previene a sus discípulos de la falsedad, que puede hacerse (y de hecho se hace) presente incluso entre los profetas. También hay falsos profetas como hay falsos sacerdotes, y falsos educadores, y falsos médicos...
La falsedad puede darse en cualquier oficio y circunstancia, e incluso en cualquier vida humana. Y ello a pesar de los muchos controles que se apliquen o acreditaciones que se exijan. La falsedad es capaz de burlar las leyes y las inspecciones o revisiones.
Pues bien, ante la falsedad se requiere atención y vigilancia, como recuerda Jesús: Cuidado con los falsos profetas. Entre esa vigilancia, Jesús invita a observar si éstos se presentan disfrazados de bondad o de verdad (se acercan con piel de oveja), pero por dentro (en realidad) son otra cosa. En ese caso, concluye Jesús, son lobos rapaces, que no persiguen otra cosa que lo que buscan las aves de rapiña: robar, arrasar, embaucar y aprovecharse de sus víctimas.
El arma secreta de los falsos profetas es, pues, el engaño. No son (por dentro) lo que parecen (por fuera) y no buscan lo que parece (el bien ajeno), sino lo que ocultan (el provecho propio).
Pero insisto: la falsedad puede darse, y de hecho se da, en todos los órdenes de la vida, y de ahí que añada Jesús que por sus frutos los conoceréis.
Por sus frutos se conoce el árbol que los produce, porque ¿acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos? Evidentemente no, y de una zarza nunca podrán recogerse uvas. Es lo que recuerda Jesús: Los árboles sanos dan frutos buenos, los árboles dañados dan frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos.
Entre el árbol y su fruto hay tal conexión que el uno (el fruto) muestra la naturaleza del otro (el árbol). Y decir naturaleza es decir bondad o maldad. Los frutos sanos revelan la salud que hay en su árbol, y los frutos dañados ponen de manifiesto la enfermedad que hay en su árbol. Y toda vida es fructífera, por el hecho de serlo.
Es verdad que hay árboles que no son frutales, pero aun así siempre ofrecen algún beneficio (aunque sólo sea la sombra que le ofrecen al caminante, o el oxígeno que vierten a la atmósfera). Es de lo que hay que estar prevenidos en 1º lugar: de las aparentes vidas estériles, a las que calificamos precipitadamente de carentes de fruto, cuando a lo mejor sí que lo están dando.
De hecho, la expresión "vida estéril" es casi una contradicción in términis, pues toda vida, por el hecho de serlo, nace, crece y se reproduce. Es decir, tiende a fructificar por su propio dinamismo. Por eso, habrá que observar más vigilantemente sus frutos (escasos u ocultos), porque también a ésta vida habrá que conocer por sus frutos.
Al hombre racional, sensato y equilibrado, se le conoce por sus frutos. Pero también se reconoce por sus frutos al austero, al sencillo, al generoso, al auténtico o al honesto. ¿Y cómo? Por lo que sale de él, en forma de palabras y acciones. ¿O acaso no reconocemos a las personas por su manera de hablar y expresarse?
Hay modos de hablar que manifiestan altanería, soberbia y engreimiento; o bien lo contrario (simpleza, humildad, realismo). Todos ellos son sus modos de actuar, y los que mejor revelan su naturaleza. Pues bien, también a estos hay que prestarles atención, si lo que queremos es conocer la verdadera naturaleza del sujeto que actúa. Tales son los frutos por cuyo medio podremos conocer al árbol (resp. vida) del que proceden.
Este es el criterio de verificación que Jesús ofrece para evaluar la verdad de una vida humana, cristiana, sacerdotal, educativa o profesional. Se trata de un criterio basado en la coherencia entre el árbol (= la vida) y su fruto (= el dar de sí de esa vida), y por eso es tan importante el testimonio en toda propuesta de vida.
Una vida cristiana, si es realmente tal y está insertada en el espíritu de Cristo, tendría que dar necesariamente frutos de vida cristiana (es decir, frutos enriquecidos con la savia del Espíritu Santo, que es la caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad; Gál 5,22-23).
Cuando en una vida veamos florecer frutos que llevan esta marca, podremos tener la seguridad de hallarnos ante una vida cristiana. Que Dios nos dé su Espíritu para fructificar conforme a la naturaleza que nos proporcionó y a la gracia con que nos compensó.
JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ·CID, doctor en Teología
Act:
25/06/25
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R C A B A
M U R C I A
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