8 de Julio

Martes XIV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 8 julio 2025

a) Gén 32, 23-33

         En la 1ª lectura de hoy podemos distinguir 3 partes: la 1ª (yahvista, vv. 4-14a) sobre Jacob, que ante el peligro que supone la cercanía de Esaú, divide todos sus bienes en 2 majanaim (lit. campamentos); la 2ª (elohísta, vv.14b-22) sobre Jacob, que envía sucesivas minhah (lit. ofrendas) para aplacar a Esaú; la 3ª (yahvista, vv.22-23) sobre Jacob, que entabla la lucha contra Esaú en Penuel (lit. Cara de Dios). Para terminar todo ello con la explicación del patriarca: "He visto a Dios cara a cara".

         Una vez resueltas las disensiones con Labán (mediante un pacto), Jacob ha de enfrentarse con su hermano Esaú, cuyo rencor no se ha extinguido durante los 20 años de exilio (como se puede constatar por las palabras que éste dirige a los siervos enviados a Esaú). De hecho, la alusión al gran número de ganados y de siervos (enviados por Jacob a Esaú, para intentar conseguir la reconciliación fraterna), lo único que ha conseguido es halagar la avidez de Esaú.

         Son momentos en que Jacob saca a la luz su alma profundamente religiosa (superando así sus malas artes pasadas), y eleva a Dios una plegaria abierta y sincera. Dios es invocado como "Dios de los padres", que lo ha bendecido y ha prometido bendecirlo con más esplendidez aún. Y si un día le hizo salir, y ahora volver, ahora debe salvarlo de la mano de su hermano. Esta oración tiene una gran importancia en la historia de Jacob, tal como ha sido concebida por la tradición yahvista.

         El episodio de Penuel interrumpe el relato del encuentro inmediato con Esaú, y tiene una gran importancia dentro del conjunto de las narraciones sobre Jacob. La tradición yahvista ha aplicado a Jacob una antigua tradición que hablaba de un ataque nocturno de la divinidad. En tiempos primitivos eran frecuentes las leyendas de dioses o seres ultraterrenos que luchaban con algunos hombres, especialmente de noche. El resultado era que, de alguna manera, esos hombres se apoderaban de una parte de la fuerza de aquéllos.

         En nuestro caso, la lucha nocturna de Jacob con Dios no representa un privilegio sino un peligro (mucho más temible que la presencia de Esaú), y amenaza la vida misma del depositario de las promesas. Y si Jacob consigue vencer, se deberá sólo a la bondad divina. Quizás este suceso supone una purificación interior del patriarca. En todo caso, tiene carácter prototípico, ya que en la lucha se refleja la verdadera historia de Israel, insinuada con la equiparación de Jacob a Israel (nombre honorífico otorgado por Dios, el cual no quiere manifestar su propio nombre, si bien accede a dar un nombre al patriarca). Jacob se constituye, de este modo, como el hombre de la bendición.

         Esta bendición legitima yahvistamente a Jacob, tras el relato de la bendición que Jacob había arrancado fraudulentamente a Isaac. También confirma la promesa de Betel (Gn 28, 14-15), y responde a la plegaria que el patriarca había dirigido a Dios (Gn 32, 10). Los altibajos de la vida, como en el caso de Jacob, sirven con frecuencia para robustecer el espíritu y afinar la sensibilidad religiosa.

Josep Mas

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         La escena que leemos es de las que pueden evocar en nosotros unas realidades de tipo místico, más allá de los conceptos rigurosamente claros. ¡Hay que dejarse impresionar por la densidad de símbolos tan expresivos! Para Jacob, la situación es dramática: vuelve a su país después de un exilio de 20 años, y se entera de que su hermano Esaú le espera con un ejército (ese hermano a quien arrebató el derecho de primogenitura, y que había jurado vengarse).

         Jacob se levantó, tomó a sus 2 mujeres con sus 2 siervas y sus 11 hijos, pasaron por el vado del torrente Yabboq, e hizo pasar también todo lo que poseía. Comienza por asegurar, por tanto, todo cuanto humanamente puede, y todo lo que más aprecia.

         Aquella noche, alguien luchó con él hasta rayar la aurora. Alguien que viendo que no le podía, le tocó en la articulación femoral, y dislocó el fémur de Jacob. No se trata, pues, de un combate meramente ficticio, sino de una lucha dura de la que se sale con heridas y señalado para toda la vida. En adelante, Jacob quedará cojo.

         Jacob dijo a aquel combatiente:

—No te soltaré hasta que me hayas bendecido.

         El desconocido le preguntó:

—¿Cuál es tu nombre?

         A lo que Jacob contestó:

—Me llamo Jacob.

         A lo que el desconocido (Dios) le contestó:

—Pues en adelante no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has sido fuerte contra Dios y contra los hombres.

         Así, sin saberlo, se había batido contra Dios.

         Lo que se juega en nuestras luchas es a menudo más grave de lo que parece. Jacob, como nosotros, acababa de vivir la gran Batalla de la Oración, en la forma simbólica de la lucha contra Dios (¡la Biblia tiene esas audacias!). Jacob había recibido antes de su padre Isaac una bendición divina, pero ahora ya dudaba de ella, y se la había ganado (a pulso, y no mediante el fraude). Todo parecía decirle que Dios le abandonaba. Y este abandono se concretaba en miedo, a la hora de afrontar la venganza de su hermano Esaú (que tendrá lugar al día siguiente, al rayar el alba y junto al vado de Yabboq).

         Entonces Jacob sacó fuerzas de flaqueza y durante toda la noche estuvo rogando a Dios y combatiendo con él. "Dame de nuevo aquella bendición de antaño", le repetía Jacob a Dios. Jacob era el astuto, "el que suplanta al otro", ese hermano menor que había tomado el lugar del primogénito. A partir de ahora, Israel (nuevo nombre de Jacob) es "el vencedor de Dios", el que ha soportado la prueba de la fe y ha salido airoso (aunque herido). En mi oración puedo pensar en cada uno de esos símbolos de Jacob, para concretarlos en mi propia aventura espiritual.

Noel Quesson

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         Leemos hoy otro episodio misterioso de la historia de Jacob: su lucha contra Alguien que parece hombre, pero que es el mismo Dios.

         Esta vez, el viaje de Jacob es de vuelta. Han pasado bastantes años (unos 20) desde la Visión de la Escalera. Viene de Mesopotamia (donde se había refugiado) y vuelve a Canaán (su tierra de origen) con sus 2 mujeres (Lía y Raquel) y sus 11 hijos. Viene con miedo a las iras de su hermano Esaú, que no le perdona la trampa con la que en el pasado le privó de sus derechos.

         En esta circunstancia es cuando, durante la noche, sucede la misteriosa lucha entre Jacob y el desconocido, en la que parece que Jacob queda victorioso, pero tocado en la articulación de su muslo y, por tanto, cojo. El lugar donde ha sucedido esto se llama Penuel, que significa "he visto a Dios cara a cara".

         De nuevo se legitima la elección de Jacob por parte de Dios, y también se justifica que ese lugar sea considerado después como sagrado. Nuestros encuentros con Dios son misteriosos. A veces son pacíficos, como el de Jacob cuando la escalera y los ángeles. Otras veces son más turbulentos, como éste de la lucha nocturna. Pero siempre terminan en una bendición.

         Parece que Jacob pasa por una crisis importante. Ha decidido volver a su tierra, pero tiene miedo de su hermano. Muchas veces nos toca sufrir, pronto o tarde, las consecuencias de nuestros fallos y trampas, y experimentamos en nuestra vida lo mismo que Jacob: que era de noche y "se quedó solo", a pesar de que llevaba tantas personas en su compañía.

         Nuestra relación con Dios puede ser de forcejeo y combate. Ya nos dijo Jesús que "el Reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan" (Mt 11, 12). Seguir a Cristo supone a menudo renuncias y valentía. Él también tuvo que luchar y venció en el gran combate de la redención de la humanidad. Ahora nos hace partícipes de esa victoria, dándonos fuerzas en nuestras luchas de cada día.

         De noche, solos y en lucha. Nuestra vida es así, un camino con frecuencia nada fácil. Pero eso nos debe ayudar, como a Jacob, a renovar la orientación de nuestras vidas, apoyados en Dios. En él se dio una transformación: de llamarse Jacob (lit. el Usurpador) a llamarse Israel (lit. fuerte con Dios). Las pruebas de la vida tendrían que transformarnos, haciéndonos madurar y ayudándonos a pasar de "tramposos y suplantadores" a personas "fuertes con la fuerza de Dios".

         El salmo responsorial de hoy nos dirige hacia esta súplica confiada: "Señor, vengo a tu presencia, escucha mi apelación, atiende a mis clamores. Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío, tú que salvas de los adversarios a quien se refugia a tu derecha, y sacias de tu semblante al despertar".

José Aldazábal

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         En la 1ª lectura de ayer dejábamos a Jacob caminando hacia Jarán (Gn 28) en busca de la casa de Labán, el hermano de su madre Rebeca. Hallándose ya en cercanía del lugar, se encontró en el campo con un pozo del que solían sacar agua para los rebaños. Y junto al pozo, con la pastora Raquel, una de las hijas de Labán.

         Jacob y Raquel se conocieron, se alegraron de haberse conocido, y manifestaron a Labán su deseo de matrimonio. Jacob, enamorado de Raquel, entró en casa de Labán (padre de Raquel), y con él trabajó 7 años como jornalero para merecer la esposa. Pero el astuto Labán le otorgó 1º a su hija Lía (con quien también se casó Jacob), y después de otros 7 años le otorgó a Raquel.

         Con trabajo, tiempo y habilidad, Jacob se hizo rico. Y esto suscitó la envidia de los cuñados y de Labán. Por eso, temiendo ser traicionado y aplastado en el lugar, acabó huyendo con sus 2 esposas, sus esclavas y sus hijos, en dirección a Canaán. Labán reaccionó con violencia, pero después de perseguirlo y dar alcance a sus hijas y nietos, hizo las paces con Jacob y los bendijo a todos.

         Jacob, por su parte (y entrando ya en la lectura de hoy), seguía atormentado por la idea de que su hermano Esaú (el engañado, y ahora poderoso señor en Edom) seguiría ofendido y enemistado con él, y que lo perseguiría y destruiría cuando tuviera ocasión. ¿Qué hacer? Decidió adelantarse a los hechos y le envió cuantiosos dones, para calmar su ánimo. Al final de todo, Esaú le perdonó, le abrazó, y ambos sellaron paz y amistad.

         Pero no fue fácil el camino de Jarán a Canaán. Porque uno de esos días, antes de reconciliarse con Esaú, Jacob vivió la experiencia de que nos habla el texto de la 1ª lectura de hoy (Gn 32). Se trataba de una lucha fiera. Pudo ser soñada y simbólica, pero está descrita para mostrarnos que Jacob tenía un valor increíble. Según el texto, tanta fue su audacia en la pelea, que ello le mereció el cambio de su nombre: el de Jacob por el de Israel (lit. el que luchó con Dios).

         En esta pintoresca narración tenemos el realismo de las viejas costumbres sobre matrimonio, familias, trabajo, bodas y bienes. Por otra, el encarecimiento del valor que caracteriza a las personas especialmente elegidas por Dios para grandes obras. Cada uno podemos reflexionar sobre cuanto hemos recibido del Señor y para qué lo tenemos.

Dominicos de Madrid

b) Mt 9, 32-38

         Mientras salían los ciegos por las calles, le presentaron a Jesús un endemoniado mudo. Jesús echó al demonio y el mudo habló (v.33). El término griego kophos significa sordo, pero aquí se subraya la mudez. En definitiva, se alude a que este hombre es incapaz de comunicación, y su enfermedad no es física sino causada por un demonio.

         Dos son las reacciones al hecho. La 1ª, la de las multitudes, que han sido testigos de la enseñanza de Jesús (Mt 7, 28) y han alabado a Dios por la autoridad que comunica a los hombres (Mt 9, 8) para liberar de los pecados. Su admiración se expresa reconociendo que las acciones de Jesús no tienen precedente en Israel. No están lejos de la fe. La 2ª es la de los fariseos, defensores de la superioridad y exclusivismo de Israel, que afirman que la liberación que hace Jesús no procede de Dios, sino que su acción destruye el plan de Dios.

         Tras ello, nos dice el evangelio que "Jesús recorría todos los pueblos y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, proclamando la buena noticia del Reino y curando todo achaque y enfermedad".

         En paralelo con Mt 4,23 comienza aquí una nueva sección del evangelio (Mt 9, 38-11, 1), constituida sobre todo por la instrucción a los Doce para la misión. Mt 9,35-38 constituye la introducción a la misión y al discurso, y describe la lastimosa situación de Israel a los ojos de Jesús.

         Todo se abre con un sumario de la actividad de Jesús (v.35), que describe su labor incansable (Mt 4, 23), en las sinagogas (exponiendo su mensaje y apoyándose en la Escritura) y fuera de las sinagogas (proclamando la cercanía del reinado de Dios y curando a todos los enfermos, como señal de la plena salvación del reino de Dios).

         En medio de todo eso, se da cuenta Jesús de que "las multitudes están como ovejas sin pastor". La frase alude al Exodo, donde Moisés nombra a Josué precisamente para que el pueblo no se disperse (Nm 27, 17). Nadie se ocupa de este pueblo, que por otro lado se encuentra en situación desesperada.

         Ante este espectáculo, Jesús expone la situación a sus discípulos. Y usa para ello el término therismos (lit. siega), que más adelante aplicará también a la separación final entre buenos y malvados (Mt 13,30.39), cuya siega será atribuida a los ángeles. Luego los braceros (u obreros) de que habla Jesús han de ejercer en la historia, pues, la misma actividad que los ángeles harán en el momento final.

         Se ve ahora el sentido de "los ángeles que servían a Jesús", es decir, que colaboraban con él, en la escena del desierto: eran figura de los que colaboran en su misión. La alusión indica que comienza el tiempo escatológico, la etapa final de la historia, inaugurada con la presencia de Jesús y la cercanía del reinado de Dios.

         La petición se dirige al dueño de la mies, el Padre. Jesús no pide al Padre que envíe segadores, pero recomienda a los discípulos que lo hagan. Es una manera de prepararlos a la misión que sigue. La petición les hará tomar conciencia de la necesidad y los dispondrá a responder a la llamada de Jesús.

Juan Mateos

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         El relato de hoy se relaciona narrativamente con el episodio anterior (el de los ciegos), y nos presenta un exorcismo muy brevemente relatado. El acento no está, pues, en el milagro, sino en la declaración de la multitud: "Israel nunca vio nada igual". Luego la obra de Jesús es inmensamente superior a todo lo obrado en el AT. Algo totalmente novedoso ha comenzado.

         Pero la proclamación de la multitud (de Jesús como cumbre del AT) también prepara lo que dentro de poco dirán de Jesús los fariseos: que es el "príncipe de los demonios". Sin embargo, no tenemos respuestas del Señor a esta acusación. Aquí termina este inciso, y se da paso a la larga narración que vendrá a continución: los "trabajadores de la cosecha".

         Como desde el principio, Jesús predica la Buena Noticia del Reino, y a su vez manifiesta esa Buena Noticia y ese Reino con los signos de la misericordia, que revelan que Dios se ha acercado para "cargar con los dolores" de los que sufren. La compasión es el signo distintivo de los "signos de poder" de Jesús, y nada tiene que ver con manifestaciones de fuerza autoritaria, sino compasiva.

         Las enfermedades y dolencias que curará Jesús son las mismas que podrán sanar los suyos en la unidad discursiva que viene a continuación. Es interesante notar que el duo "enfermedades y dolencias" no los encontramos en el resto de evangelios, sino sólo en Mateo, al comienzo de la predicación de Jesús y en el envío de los Doce. Es una síntesis del ministerio de Jesús y de sus seguidores para el evangelista. Pero otra característica de la compasión de Jesús es el abandono que tiene el pueblo de sus dirigentes: son "como ovejas sin pastor" (Nm 27,17; 1Re 22,17; 2Cr 18,16; Ez 34,5; Jdt 11,19).

         La compasión es una actitud interior que mueve activamente ante la necesidad del otro que sufre (Mt 9,36; 14,14; 15,32; 18,27; 20,34), hace salir al encuentro del otro y del necesitado. Es interesante que ese verbo (compadecerse) sólo se encuentra en los evangelios sinópticos, y se aplica exclusivamente a Jesús (salvo en las parábolas del Buen Samaritano y del Hijo Pródigo, donde se aplica al samaritano y al padre respectivamente). Por el contrario, la actitud de los dirigentes los lleva a estar fatigados (cansados) y por el suelo (abatidos). El contraste entre la actitud de los pastores y la de Jesús es evidente.

         La predicación de la Buena Noticia del Reino es abundante, porque habla de un reino universal, que no se dirige a unos pocos (a los "dueños de las llaves" o pastores) sino a todos, especialmente a los abandonados y sufrientes. Precisamente por la universalidad de la predicación de Jesús, es importante (y urgente) que llegue a todos y cuánto antes, y por eso es necesario pedir trabajadores.

         No son pocas las veces que la predicación e instauración del Reino se expresa en una imagen de siembra (el grano de mostaza, el sembrador, el trigo y cizaña, la viña y los frutos), y si bien el reino ya fue sembrado por la predicación, la vida y los signos de Jesús, ese Reino necesita desarrollarse, manifestarse, necesita ser cosechado. Para ello hacen falta trabajadores.

         Pero como todas las cosas de Dios, no funcionan por la capacidad y la fuerza humanas, sino que parten de la iniciativa divina. Sólo puede trabajar para el reino quien primero fue llamado. Como los profetas, como los apóstoles, la vocación no es un signo de dignidad, sino una iniciativa gratuita de Dios que da el primer paso y cuenta con nuestra colaboración. Pero de él depende ser puestos en la cosecha para trabajarla.

Emiliana Lohr

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         Presentan hoy a Jesús a un endemoniado mudo, y Jesús echó al demonio, y el mudo habló. Otra vez un pobre infeliz, un hombre que sufre. Toda la humanidad sufriente iba hacia ti.

         La mudez es realmente una anomalía, porque Dios hizo al hombre dotado del habla, y la palabra es uno de los grandes medios de comunicarse las personas. Dios quiere que el hombre hable, y nos juzgará sobre las palabras que habremos dicho de más. Pero ¿no hay también muchos silencios, y mutismos culpables? Señor, ven a echar de mí los demonios mudos, los demonios del silencio e indiferencia.

         Las multitudes decían admiradas: "Jamás se ha visto en Israel cosa igual". En cambio los fariseos decían: "Echa a los demonios con el poder del príncipe de los demonios".

         Se trata de 2 opiniones opuestas: las buenas gentes del pueblo se admiran, mientras los fariseos interpretan el suceso con mala fe, con un poder diabólico revestido bajo capa de verdad, y ¡trata de defender la verdadera religión!

         Jesús "recorría Jesús todos los pueblos y aldeas, enseñando en las sinagogas, proclamando la buena noticia del Reino y curando todo achaque y enfermedad". Tenemos aquí lo que los exegetas llaman un sumario: una especie de resumen de la actividad de Jesús, que introducirá el 2º de sus grandes discursos. Toda la actividad de Jesús se resume, en efecto, en estas palabras: enseñar y sanar. Es el oficio o tarea del sacerdote y del cristiano.

         Contemplo detenidamente esa actividad de Jesús, instruyendo de pueblo en pueblo, dentro de una sinagoga o en las calles, a la orilla del agua o en el desierto, en casa de un pecador o bajo un árbol. Y siempre repartiendo beneficios a su alrededor, y aliviando cualquier pena o dolor. Porque viendo Jesús al gentío, "sintió compasión de ellos, porque andaban maltrechos y derrengados como ovejas sin pastor".

         Así comienza el 2º gran discurso de Jesús (tras el 1º del Discurso de la Montaña): el Discurso Misionero. Jesús enviará sus amigos en misión y les dará unas consignas, una especie de tratado teológico y práctico. Pero es esencial hacer hincapié sobre la frase introductoria: "viendo las muchedumbres". Lo que revela algo esencial en el corazón de Jesús. La misión de la Iglesia nace aquí, del sentimiento que Jesús experimenta ante el gran desamparo de los hombres. La evangelización nace de la observación y de esa misma mirada de Jesús: "viendo las muchedumbres".

         Entonces dijo a sus discípulos: "La mies es abundante y los obreros pocos. Por eso rogad al dueño que mande obreros a su mies". Rezar es la 1ª consigna misionera, y Dios (el dueño o amo de la mies) es el origen de la llamada a la misión. La mies es imagen de cumplimiento, de culminación y de maduración: la de un campo que ha sido suficientemente preparado, y que está a punto para la cosecha. Pero ¡faltan segadores! Y se perderá el trigo si no los hay. De ahí que Jesús sea consciente de ese problema, hasta angustiarse. Porque presiente la inmensidad de la tarea, y por eso encomienda al Padre la tarea de buscar obreros.

Noel Quesson

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         Jesús cura hoy a un mudo. Probablemente, un sordomudo, porque el término que emplea Mateo puede significar ambas cosas. Y ante el gesto de Jesús, la reacción es dispar. La gente sencilla queda admirada: "Nunca se ha visto en Israel cosa igual". Pero los fariseos no quieren reconocer la evidencia: "Éste echa los demonios con el poder del jefe de los demonios".

         Jesús, además de su buen corazón (que siempre se compadece de los que sufren), recorre pueblos y aldeas y se da cuenta de cómo sufre la gente, mostrando de paso su dominio sobre el mal y la muerte, así como su carácter mesiánico y divino.

         La escena termina con un pasaje que introduce ya el capítulo que seguirá, el Discurso de la Misión. Jesús se compadece de las personas que aparecen "extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor", y se dispone a movilizar a sus discípulos para que vayan por todas partes a difundir la buena noticia.

         Pero lo primero que les dice no es que trabajen y que prediquen, sino que recen: "Rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies".

         También ahora el mundo necesita la buena noticia de Jesús. ¡Cuántas personas a nuestro alrededor están extenuadas, desorientadas, sordas a la palabra más importante, la palabra de Dios! Si saliéramos de nuestro mundo y "recorriéramos los caminos", nos daríamos cuenta, como Jesús, de las necesidades de la gente. ¿No se puede decir que "la mies es mucha" y que muchos están "como ovejas que no tienen pastor"?

         Es bueno recordar el comienzo de aquel documento tan famoso del Vaticano II, la Gaudium et Spes: "El gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de los afligidos, son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo" (GS, 1).

         Ahora no va Jesús por los caminos. Pero vamos nosotros, y se escucha nuestra voz, la de la Iglesia. Todos estamos comprometidos en la evangelización, en que nuestros contemporáneos, jóvenes y mayores, oigan hablar de Jesús y se llenen de esperanza con su mensaje de salvación. Unos evangelizan desde su ministerio de responsables de la comunidad. Todos, desde su identidad de cristianos bautizados, son mediadores de la palabra y de la alegría de Dios para con los demás.

         Está bien que el 1º consejo que nos da Jesús para el trabajo misionero sea la oración: "La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies". Para que no nos creamos que todo depende de nuestros talentos o de las estructuras o de las instituciones. Es Dios el que salva, el que quiere que el mundo participe de su vida y de su alegría. Y es a él a quien debemos mirar, en 1º lugar, los cristianos, en nuestra misión de anunciadores de la buena noticia.

José Aldazábal

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         Hoy el evangelio nos habla de la curación de un endemoniado mudo que provoca diferentes reacciones en los fariseos y en la multitud. Mientras que los fariseos, ante la evidencia de un prodigio innegable, lo atribuyen a poderes diabólicos ("por el príncipe de los demonios expulsa a los demonios"; v.34), la multitud se maravilla ("jamás se vio cosa igual en Israel; v.33). San Juan Crisóstomo, comentando este pasaje, dice: "Lo que en verdad molestaba a los fariseos era que consideraran a Jesús como superior a todos, no sólo a los que entonces existían, sino a todos los que habían existido anteriormente".

         A Jesús no le preocupa la animadversión de los fariseos, él continúa fiel a su misión. Es más, Jesús, ante la evidencia de que los guías de Israel, en vez de cuidar y apacentar el rebaño, lo que hacen es descarriarlo, se apiada de aquellas multitudes cansadas y abatidas, como ovejas sin pastor. Que las multitudes desean y agradecen una buena guía queda comprobado en las visitas pastorales del papa a tantos países del mundo. ¡Cuántas multitudes reunidas a su alrededor! ¡Cómo escuchan su palabra, sobre todo los jóvenes! Y eso que el papa no rebaja el evangelio, sino que lo predica con todas sus exigencias.

         Todos nosotros, "si fuéramos consecuentes con nuestra fe (dice San José María Escrivá), al mirar a nuestro alrededor y contemplar el espectáculo de la historia y del mundo, no podríamos menos de sentir que se elevan en nuestro corazón los mismos sentimientos que animaron el de Jesucristo", lo cual nos conduciría a una generosa tarea apostólica.

         Pero es evidente la desproporción que existe entre las multitudes que esperan la predicación de la Buena Nueva del Reino y la escasez de obreros. La solución nos la da Jesús al final del evangelio: rogad al amo de la mies que envíe obreros a sus campos (v.38).

Joan Sola

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         Como todas las acciones de milagros, la de hoy no puede comprenderse aisladamente sino dentro de todo el contexto del evangelio. Una serie de milagros ha venido presentando el evangelista que concluye con la curación del hombre mudo. Se llega al clímax de las narraciones con la respuesta de fe y no fe y el asombro de las multitudes que pueden llegar a ser personas de fe auténtica o ser desviadas por la no creencia de muchos líderes religiosos.

         Cuando le presentan a Jesús un hombre mudo, los que lo llevaban creían que su enfermedad era causada por un demonio. Estar endemoniado aquí es cerrarse a la comunicación. Israel se ha cerrado a los otros pueblos, pero Israel debe abrirse la humanidad, renunciar al nacionalismo exclusivista y comprender que el anuncio de Jesús es universal.

         En el momento de la sanación y el hombre habla, se producen 2 reacciones. Por un lado están las multitudes que han seguido a Jesús, que conocen sus enseñanzas y que no están lejos de la fe cuando reconocen que las acciones de Jesús no tienen precedentes en Israel. Por otro lado están los fariseos, defensores fanáticos de la exclusividad de Israel y de su superioridad frente a los otros pueblos, que afirman que lo que ha hecho Jesús no proviene de Dios.

         Contrastan esas 2 actitudes: el pueblo que acepta a Jesús, y los fariseos que lo rechazan. Estos últimos siguen mudos porque se han cerrado a toda comunicación, y con la calumnia quieren desacreditar sus acciones liberadoras de las ataduras que todavía conserva Israel como si quisiera volver a la experiencia de la cautividad en Egipto.

         A pesar de todo, Jesús continuaba su misión, proclamando el reino por todos los pueblos y ciudades porque estaba convencido de que el pueblo, como ovejas sin pastor, necesitaban de él que se compadecía de ellos haciendo el bien y curando las enfermedades a su paso.

         La imagen de la mies lista para la recolección es frecuente en los profetas, en relación con el juicio final. En este lugar, el evangelista quiere mostrar la urgencia que tiene la misión evangelizadora. Pero el éxito de la misión depende sólo de Dios, luego la misión debe mirarse desde la perspectiva y los criterios de Dios. La oración ("rogar a Dios") es también indispensable en la tarea de difundir el evangelio.

Gaspar Mora

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         Hoy os propongo que centremos nuestra mirada en el evangelio, aunque no resulta nada fácil porque no hay una unidad temática. La liturgia nos propone un fragmento que reúne piezas de diverso género: un milagro (la curación del mudo), un sumario de la actividad de Jesús y un prólogo a la elección de los Doce y al envío misionero de los discípulos.

         Fijémonos en el sumario y en el prólogo del envío. Los verbos del sumario nos ofrecen una síntesis del Jesús evangelizador: recorría las ciudades, enseñando en las sinagogas, anunciando el evangelio y curando las enfermedades.

         Jesús aparece, en 1º lugar, como alguien que camina, que no espera a que la gente acuda a él sino que él mismo acude a donde está la gente. ¿Qué hace en su actividad itinerante? Enseña, anuncia y cura. Comunica una buena noticia y hacer ver que esa noticia sana a las personas por entero. Y como no se basta a sí mismo para poner tanta novedad en un mundo viejo, pide al Padre que le envíe colaboradores. Como veremos mañana, los doce son los pioneros de una lista interminable que llega hasta nosotros.

         Meditando este sumario de Mateo siento una fuerte llamada a "salir a los caminos", a ir al encuentro de la gente, a tomar la iniciativa, a no permanecer anclado. Hay gente que necesita una dosis de esperanza y una curación. ¿Cómo les va a llegar si los discípulos de Jesús hemos sustituido el salir por el quedarnos, la audacia por el temor, las buenas noticias por los comentarios a pie de página, las curaciones por los diagnósticos infinitos, la esperanza por una pesimismo soterrado?

         Os propongo para hoy algo muy simple. ¿Por qué no llamamos por teléfono a esa persona que está necesitando ser escuchada? ¿Por qué no enviamos un mensaje electrónico a alguien que necesita la terapia de la esperanza? Es una gota en medio del océano, pero sin pequeñas gotas el océano sería un desierto.

Gonzalo Fernández

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         Para el análisis y reflexión del texto de hoy, éste debe ser dividido en 2 partes: la curación de un endemoniado mudo (vv.32-34) y la compasión de Jesús hacia la muchedumbre (vv.35-38).

         Respecto a la curación de un endemoniado mudo, se refiere el pasaje a aquel que no quiere escuchar la voz de Dios, que no quiere seguir su proyecto porque hay otras cosas que ensordecen. Bíblicamente el sordomudo es aquel que pierde el contacto con su propia realidad de hijo de Dios. Vive paralizado porque está privado de la comunicación con el único que lo hace libre: Dios a través de su Palabra.

         Respecto a la compasión de Jesús hacia la muchedumbre, el que escucha la Palabra y la convierte en práctica de vida se hace acreedor de las promesas mesiánicas de salvación inauguradas por Jesús al instaurar el Reino de Dios. Por eso, Jesús es presentado como el pastor que se compadece de la humanidad que anda como oveja sin pastor. En consecuencia se resalta la necesidad de "pedir al dueño de la mies que envíe operarios" que ayuden en la extensión y concreción del Reino.

         Se trata de hombres y mujeres que con su vida y testimonio se dejen contagiar por la compasión de Jesús. Es decir, sentir la pasión, el dolor y el sufrimiento humano, ayudando a limpiar la ceguera de aquellos que no ven los signos y acontecimientos que señalan el camino y la voluntad de Dios en sus vidas; liberándonos de la mudez que impide nuestra voz para proclamar la bondad de Dios Padre y entusiasmar a otros en este camino. Para ello se hace necesario deshacernos de todo lo que nos ata y que no nos deja vivir en radicalidad el seguimiento de Jesús.

Severiano Blanco

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         El texto de hoy comprende 2 escenas perfectamente delimitadas: en la 1ª (vv.32-34) se relata la última de una larga serie de gestos con autoridad, y en la 2ª (vv.35-38) se señala el fin de toda la sección de Mateo sobre la autoridad en palabras y acciones de Jesús (Mt 4, 23-9, 38), reproduciendo y explicitando el comienzo de Mt 4,23.

         La 1ª escena presenta la actitud de Jesús frente a un endemoniado mudo. Se señala la naturaleza de la enfermedad y el término empleado incluye también la sordera. En este caso se subraya la mudez, que hace al hombre incapaz de la comunicación con sus semejantes. La causa también es señalada: no se trata de un defecto físico, sino que tiene su raíz en la acción del demonio.

         Jesús actúa sobre esta última y el mudo restablece la comunicación con las restantes personas. Como en la curación de los ciegos que se ha relatado precedentemente esta expulsión del demonio señala que en Jesús se ha realizado la venida definitiva de Dios prometida para los tiempos mesiánicos.

         Ante esta irrupción se producen dos tipos de reacciones: la admiración de la multitud que reconoce su carácter único y la mala fe de los fariseos que le atribuyen un origen demoníaco. Y la distinta reacción que separa a la gente de la dirigencia religiosa de Israel suministra el escenario para la segunda sección del relato.

         La 2ª escena tiene como enseñanza central la compasión de Jesús por la multitud carente de dirigencia por el motivo mencionado. La autoridad de Jesús no consiste en tener un poder de decisión frío, sino que expresa la vulnerabilidad de Dios ante la miseria humana. Jesús continúa la actitud de Dios que le ha llevado a hacer de Israel su pueblo. Él también ve las carencias de una multitud y acude a su grito lacerante.

         La expresión "ovejas sin pastor", con que se describe estas necesidades, se transforma en otra de tipo agrícola: "la mies está pronta a la cosecha", y "necesita obreros para la recolección". El discípulo debe sentirse implicado en esta necesidad y, por consiguiente, debe dirigir su petición al dueño del sembrado para que de respuesta adecuada a esa urgencia.

         La actitud fundamental de la práctica de Jesús sólo puede expresarse adecuadamente en términos de compasión. La compasión le ha llevado a pronunciar el sermón de la montaña y la compasión le ha conducido a realizar gestos poderosos de milagros, exorcismos y llamadas. A dicha compasión debe asignarse la curación del endemoniado mudo y, más allá de ese episodio, el extravío y falta de conducción que experimenta el pueblo. La dirigencia farisea, no puede comprender la autoridad de Jesús y, por consiguiente, no puede responder a las expectativas de la gente.

         Ante esta situación, los discípulos deberán colocar como eje de su preocupación esa actitud compasiva de su Maestro. De esa forma, se comienza a colocar el fundamento de toda misión eclesial, centrada no en el progreso y éxito de la institución eclesial sino en la preocupación por las dolencias y enfermedades que puedan encontrarse en toda persona, indiferentemente si hacen parte o no de ella.

Confederación Internacional Claretiana

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         Toda la actividad de Jesús es resumida en este texto. Él combina la enseñanza del verdadero sentido del las Escrituras en la sinagoga, con la proclamación de la venida del reinado de Dios y la acción efectiva en favor de las personas. Esta actividad tan intensa no nació de un programa político orientado a la obtención del poder, ni de un afán por ganar prestigio, ni de un deseo de obtener lucro. Su actividad nace de su de un sentimiento de compasión ante el pueblo abandonado, un pueblo que tenía rostro concreto en los endemoniados, los ciegos, las mujeres proscritas, y que "andaba como ovejas sin pastor".

         Jesús experimenta a Dios como Padre y por eso no soporta que su pueblo, que debía ser un pueblo de hermanos, ande sin rumbo, abandonado por los pastores que Dios les había dado desde antiguo. Jesús tenía los mismos sentimientos de Dios. Por eso se conmovía ante la gente cansada, decaída, que llevaba en su rostro el signo de la desesperación. Su respuesta ante esta urgencia nace, pues, de un sentimiento hondo y va dirigida a responder a las expectativas de este pueblo.

         La respuesta de Jesús es muy sencilla. Parte de una toma de conciencia de la realidad ("mucha cosecha" y "pocos obreros") y remite a la capacidad que tienen los seres humanos de transformar la realidad, movidos por la fuerza de Dios ("rogad al dueño"). De este modo, Jesús no concentra la acción evangelizadora sobre sí mismo, sino sobre la voluntad del Padre, que es quien ha de formar la comunidad de los obreros. Ellos serán las manos, los pies y el cuerpo del Señor, guiando al pueblo hacia mejores y más humanas situaciones. A la vez, confía Jesús en que el Padre actúe oportunamente, para que el pueblo "no ande como ovejas sin pastor".

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         A la hora de describir la actividad de Jesús, el evangelista Mateo no dispone de mejor síntesis que la que hoy nos ofrece: Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando el evangelio del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias.

         A esto, grosso modo, se dedicaba Jesús, yendo de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, en una especie de itinerancia continua en la que Jesús enseñaba (en esos centros judíos de catequesis que eran las sinagogas), anunciaba el evangelio (hablando del Reino y sus diferentes aspectos) y curaba (enfermedades y dolencias de todo género).

         El anuncio del Reino iba muy ligado a la actividad taumatúrgica, pues anunciar el Reino era anunciar la salud y la liberación que llegaban con él. Pero tanto la cercanía del Reino como el suministro de la salud eran un efecto de su misericordia. Es decir, Jesús enseña y cura a las multitudes porque se compadece de ellos, de esos que vivían extenuados y abandonados, como ovejas sin pastor y en un estado bastante lastimoso.

         Esta contemplación de la miseria humana, con la que Jesús se encuentra a cada paso de su recorrido por los caminos de Palestina, es la que le empujaba no sólo a curar, sino también a desear más trabajadores para su mies, pues ésta era siempre abundante mientras siguiera existiendo miseria en el mundo. Por eso, en el pasaje de hoy invita a sus discípulos a pedir al Señor de la mies que envíe trabajadores a su mies, pues éstos continuarán siendo pocos ante la abundancia de la mies.

         ¿Y cuándo podremos decir que hay suficientes trabajadores, o que los trabajadores han dejado de ser pocos? ¿Cuando hayan alcanzado cierta proporción en relación con la mies? ¿Cuando haya uno por diez mil, o por cinco mil, o por mil, o por cien? ¿Cuándo podremos dejar de pedir al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies?

         Como el asunto que aquí se baraja no es meramente cuantitativo, o de proporción numérica, habrá que considerar otras cuestiones como las demandas y necesidades pastorales que reclaman atención.

         Pueden ser pocas las personas que lo demanden y, sin embargo, estar muy necesitadas de esa atención pastoral. Además, la acción evangelizadora no se limita a una estrecha circunscripción geográfica (como la de una provincia o diócesis), sino que se extiende más allá de las fronteras provinciales o nacionales. Es decir, al mundo entero.

         Esa mies está reclamando la presencia de trabajadores que traspasen fronteras nacionales y continentales. Y siendo el mundo el campo de la evangelización, y la tarea evangelizadora un proceso de larga duración, se requerirá la presencia y actuación de no pocos, sino muchos trabajadores.

         La gente que tuvo el privilegio de ver a aquel endemoniado mudo libre de su posesión y de su mutismo decía con asombro: Nunca se ha visto en Israel cosa igual. Pero otros (los fariseos), con pensamientos más maliciosos, decían: Este echa los demonios con el jefe de los demonios.

         Son maneras contrapuestas de ver el mismo hecho, la curación del endemoniado mudo. Pero la mirada farisaica distorsionaba la realidad, al querer hacer ver en la actuación benéfica de Jesús la influencia del demonio, cuando tendrían que estar reconociendo la mano de Dios.

         Esta mirada distorsionante y enfermiza puede acabar convirtiéndose en pecado contra el Espíritu Santo (como denuncia el mismo Jesús en otro lugar) y, por tanto, en algo incurable, puesto que ese pecado no tendrá perdón jamás. Se trata del endurecimiento progresivo e irreversible que impide reconocer la salvación de Dios, como ya explicamos con más detalle en su momento.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ·CID, doctor en Teología

 Act: 08/07/25     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A