6 de Agosto
Miércoles XVIII Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 6 agosto 2025
a) Núm 13, 1-2.25-14, 1.26-35
La narración de hoy de Números da a conocer el motivo de la extraordinaria duración (40 años) de la travesía a través del desierto, en el camino hacia la Tierra Prometida. De hecho, la 1ª etapa del desierto (Sucot-Sinaí) se había realizado en apenas 3 meses, y en el Sinaí tan sólo estuvieron acampados 1 año. Y la última etapa del desierto (de Madián a Judá, a través de Moab y Edom) duró apenas 2 meses. Entonces, ¿por qué 40 años? El desierto fue el mejor espacio para la reflexión y formación de aquella muchedumbre desarraigada (de más de 600.000 hebreos), así como su organización en pueblo y estado nacional.
Pero volvamos al texto, porque nos encontramos ya a las puertas de la Tierra Prometida, cuando el Éxodo (y sus desiertos) es ya algo del pasado, y ahora toca preparar la conquista del país cananeo, para obtener su posesión. Y aquí surgen las dificultades más fuertes.
En 1º lugar se trata de dificultades naturales. La multitud que ha pasado a través del desierto no oculta su intención de apoderarse de un territorio para convertirlo en el lugar de su residencia perpetua. La impulsa el deseo y la necesidad de una tierra propia, que a sus ojos aparecen alimentados por una idea religiosa: Dios se la había prometido, y ahora se las da.
Pero los habitantes del país no tienen ninguna intención de abandonarlo ni de compartirlo con los recién llegados, de modo que presentan toda la resistencia que pueden. La Tierra Prometida tendrá que ser conquistada; Israel lo sabe y se prepara.
Hay que comenzar por trazar un plan de espionaje, y es preciso tener ideas exactas sobre el terreno por conquistar, sobre el carácter de sus habitantesy las fortificaciones con que cuentan (vv.1-3a). Con este objeto se mandan exploradores y espías, personas de confianza y hombres escogidos de entre los principales del pueblo (vv.3b-16).
Los exploradores vuelven con un informe exacto, e informan sobre las excelencias de la tierra y de sus frutos, así como de las ciudades amuralladas y fuertes, pobladas por gentes valientes y de gran talla (vv.27-29). La comparación de esta realidad con la de los hijos de Israel es para desanimar al más optimista. Y aquí radica, según la tradición religiosa, la prueba de fuego de la fe del pueblo: ¿Es Dios o el pueblo quien salva? (v.30). Israel, a la hora de la verdad, opta por valorar más la miseria del grupo que la fuerza de Dios.
En esta ocasión, algunos de los expedicionarios actúan como un lazo para el pueblo. Se dejan llevar por el aspecto material del problema y, dejando de lado la fe y la confianza en Dios, desacreditan la tierra que han explorado. El resultado será la desmoralización del pueblo y su marginación del campo estricto de la fe, que los llevará al fracaso más ruidoso y a tener que dejar los huesos en el desierto para dar paso a una savia nueva a la hora de poblar la tierra prometida. Es lo que veremos en la lectura de mañana.
Josep Aragonés
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Una vez finalizada la exploración de la tierra que quieren conquistar (Núm 13), los israelitas deben determinar la estrategia que es preciso seguir (Núm 14). El informe de los exploradores es doble y contradictorio, pero las 2 relaciones coinciden en señalar una realidad: la tierra es muy buena (vv.7-8), pero difícil de conquistar (v.32).
Uno de los informes, reconociendo las dificultades, subraya que hay que confiar en la protección de Dios, que es en definitiva quien lleva adelante la empresa del éxodo y que juzga (discierne) a los otros dioses. Las divinidades de los cananeos no pueden proteger a sus fieles, mientras que Dios está con Israel (v.19). La consigna de la fe es, pues, no temer a los enemigos y confiar en Dios: "El nos hará entrar en esa tierra y nos la dará" (v.8).
Contra esta visión realista, pero iluminada de la fe, sostenida por una exigua minoría, se alza la opinión de la mayoría de los exploradores, que desacredita la tierra que han explorado; éstos parten de que la empresa de la conquista es responsabilidad exclusiva del pueblo y depende sólo de sus posibilidades. ¿Se trataba originariamente de una discusión religiosa o de un simple enfrentamiento entre dos tendencias a la hora de determinar la estrategia que convenía seguir?
Lo cierto es que el autor del libro, sobre el esquema de unos hechos estilizados por la distancia de los siglos (dificultades de la conquista, pobreza de medios de Israel, azote de la peste y necesidad de una retirada, más o menos estratégica), teje una lección de teología para edificación y aviso de sus contemporáneos.
Una vez más entra en juego el espíritu conciliador de Moisés. A través de una plegaria rebosante de confianza en la bondad de Dios, Moisés esgrime el argumento del honor de Dios: todos saben que Dios es un Dios fuerte, que sacó de Egipto a su pueblo (v.13), que lo ha sustentado en el desierto y habita en medio de ellos (v.14). Y si ahora lo extermina, los pueblos no lo entenderán y creerán que lo ha destruido en el desierto porque no ha podido llevarlo a la tierra prometida (vv.15-16).
Dios es justo, y por eso castiga la iniquidad. Pero lo que le caracteriza no es precisamente la justicia, sino la misericordia: Dios es tardo a la ira y rico en misericordia. La bondad de Dios se traduce en la práctica, en una fidelidad inconmovible a la Alianza, pese a que el pueblo la quebranta a cada paso. Es realmente conmovedora la confianza de Moisés en la bondad de Dios, que le convierte en un atrevido consejero de Dios. El Éxodo fue la historia del pecado del pueblo y, al mismo tiempo, la del perdón de Dios. Al abismo de iniquidad del pueblo, Dios responde con la grandeza de su misericordia (v.29).
Dios accede al ruego de su siervo (v.20), pero pronunciará la sentencia que obligará a Israel a vagar durante cuarenta años por el desierto (v.25).
Josep Aragonés
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Leemos hoy una de las explicaciones de los 40 años de estancia hebrea por el desierto. Sin duda hubo razones naturales de ese largo plazo, pero en años posteriores, y reflexionando en la fe sobre ese hecho, se vio en ello un castigo: ninguno de los que murmuraron contra Dios podrá entrar en la Tierra Prometida. Toda la generación culpable morirá antes, y tan sólo los hijos podrán beneficiarse de las promesas. Jesús comparó, a menudo a los hombres de su tiempo a esta generación del desierto (Mt 12,39; Lc 11,29).
Moisés envió a algunos hombres (uno por tribu) a explorar el país de Canaan, y al cabo de 40 días volvieron de explorar la tierra, haciendo una relación y mostrando los productos del país. Hoy, en Israel, en muchos lugares está representada esa escena: se ve a 2 hombres con un bastón sobre los hombros, y colgado de él llevan un enorme racimo de uvas. Era el símbolo de la fecundidad extraordinaria de ese país. Para esos nómadas, habituados a tantas privaciones en el desierto, eso era motivo de envidia y de esperanza: ¡la Tierra Prometida está cerca!
Los exploradores dijeron: "Hemos explorado el país donde nos enviaste, y de veras es una tierra que mana leche y miel. Ved ahí los productos". Expresión simbólica muy evocadora: leche, miel y vino. Y todo esto en abundancia ¡una fuente inagotable de bienes!
Más allá de la materialidad de esos alimentos suculentos, hemos de aceptar la revelación que aquí se nos repite, de un Dios que quiere colmar de felicidad su creación. ¿Soy un hombre de esperanza, abierto a la alegría que llega? ¿Creo en profundidad que Dios destina su creación a que el hombre encuentre en ella su propia alegría divina, cuyo acceso nos abre? Porque el Señor dirá: "Servidor bueno y fiel, entra en la alegría de tu Señor" (Mt 25, 21).
Pero esa era la 1ª parte del informe de exploración, porque el 2º decía lo siguiente: "Todo el pueblo que habita ese país es poderoso. Las ciudades fortificadas son muy grandes. Ese pueblo es más fuerte que nosotros. Todos los que allí hemos visto, son altos. Hemos visto también gigantes. Nosotros nos veíamos ante ellos como saltamontes".
A pesar de la maravillosa descripción precedente, a pesar del deseo de detenerse, de dejar el desierto... el pueblo de Israel escuchará la voz del miedo, mala consejera. ¡Cuán faltos estamos de valor también nosotros! ¡Cuántas ocasiones que se nos habían ofrecido, fallamos! Ayúdanos, Señor, a aceptar valientemente las oportunidades y las aventuras que están a nuestro alcance. Ayúdanos a no renunciar ante las dificultades de nuestras empresas humanas.
Entonces, toda la comunidad "alzó la voz y se puso a gritar", y "el pueblo lloró aquella noche". Clamor emocionante de los descorazonados de todos los tiempos, a los que hay que saber escuchar y que puede suscitar nuestra oración y nuestra acción.
El Señor habló a Moisés y a Aarón: "¿Hasta cuando esta comunidad perversa estará murmurando contra mí? En este desierto caerán vuestros cadáveres". Esta fue la condenación de andar errabundos durante 40 años. Sólo un pueblo nuevo podrá entrar en la Tierra Prometida. El evangelio nos repetirá también las exigencias de renovación necesarias para entrar en la alegría de Dios: el vestido nupcial para entrar en el festín (Mt 22, 11) el nuevo nacimiento para participar en el Reino (Jn 3, 3), el vino nuevo no puede mezclarse con el vino añejo (Lc 5, 37), la nueva masa purificada de la vieja levadura (1Cor 5, 7).
Noel Quesson
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Estando ya cerca de la tierra soñada, Moisés envió unos exploradores para que reconocieran el terreno y vieran las posibilidades de entrar, por fin, en el país que Dios había prometido a su padre Abraham.
Se trata de un episodio de especial importancia en la historia de Israel, porque viene a explicar porqué no entraron antes en Canaán, sino que estuvieron durante 40 años (el tiempo de una generación) dando vueltas como nómadas por el desierto, cuando la marcha desde Egipto hasta Israel podía haberse hecho en unos meses.
El informe de los exploradores es bueno y malo a la vez. Bueno por las condiciones de la tierra en sí, un poco exageradas (recordemos las imágenes que suelen representar a 2 hombres llevando un enorme racimo colgado de un palo). Malo porque se han dado cuenta de que los pobladores de aquella tierra no están dispuestos -naturalmente- a cederla a otros.
El pueblo reacciona con pesimismo, y se contagia fácilmente de la duda y el desánimo. Arrecian las murmuraciones, y si antes protestaban por el desierto, ahora protestan de tener que entrar en una tierra difícil. Les falta confianza en Dios y prefieren no acometer todavía la conquista de Canaán, a pesar de que hay un grupo (el de Caleb) que sí estaría dispuesto.
Los 40 años dando vueltas por el desierto había sido un castigo de Dios, que los propios hebreos se habían buscado. Pues como dijo Dios, "esta generación no entrará en Israel", incluyendo a Moisés y al resto de jefes (excepto Josué). Dios les ha dejado a su pereza, a su indecisión, a su falta de iniciativa y valentía.
Confiar no significa cruzarse de brazos, esperando que Dios lo haga todo. Significa seguir trabajando con ilusión, seguros de que la gracia de Dios sigue actuando y realiza maravillas. Que es él quien riega y da eficacia y fruto a nuestro trabajo. Dios no cabe en ningún ordenador, ni sale en las estadísticas, pero está ahí.
Tendríamos que seguir escuchando, a pesar de las apariencias en contra, la palabra repetida de Dios: "No tengáis miedo. Yo estoy con vosotros". Y seguir creyendo que, después de la noche, viene siempre la aurora. Como Moisés, deberíamos estar dispuestos a pedirle a Dios por este mundo concreto en que vivimos, no el que quisiéramos idealmente.
Como dice el salmo responsorial de hoy, "Moisés, su elegido, se puso en la brecha frente a él, para apartar su cólera del exterminio". ¿Pedimos castigos de Dios sobre este mundo perverso? ¿O más bien intercedemos ante Dios para que siga teniendo paciencia una vez más, como el agricultor con la higuera estéril, dándole tiempo para rehabilitarse?
José Aldazábal
b) Mt 15, 21-28
La violenta ruptura de Jesús con la doctrina oficial, descrita en el episodio anterior, le lleva hoy a salir del país judío. Es allí donde se encuentra una mujer cananea. Se llamaban cananeos los fenicios que vivían en el territorio ocupado después por los hebreos. Esta designación arcaica indica que la mujer, aunque pagana, vive entre las israelitas como griega (según Marcos) y fenicia de Siria (según Mateo).
Por eso se dirige a Jesús llamándolo "Hijo de David", mostrando así conocer la tradición judía (Mt 9,27; 12,23) y reconociendo que la misión de Jesús se limita a Israel. El título Señor es el que dan a Jesús sus discípulos (Mt 14, 28.30).
Entonces los discípulos se le acercaron a rogarle: "Atiéndela, que viene detrás gritando". Él les replicó: "Me han enviado sólo para las ovejas descarriadas de Israel". Ella los alcanzó y sé puso a suplicarle: "¡Socórreme, Señor!" (vv.23-26).
Atiéndela (apolyson auten, en griego) significa no sólo despedir, sino también atender a una súplica o conceder una gracia (Mt 18, 27). La réplica de Jesús a los discípulos indica ser éste el sentido del texto: "las ovejas descarriadas" (Ez 34,4.6.16; Jr 10,21; Sal 119,176).
La condición de Hijo depende de la fe de la persona (Mt 9, 2). La aparente repulsa de Jesús estimula la fe de la mujer pagana. Aun reconociendo que no tiene derecho a pedir ayuda, espera obtenerla. Como en el caso del centurión (Mt 8, 10), la fe le obtiene la curación, en espera de la salvación definitiva. La integración de los paganos en el Reino (Israel mesiánico) tendrá lugar después de la muerte de Jesús.
Existe un paralelo con el caso del endemoniado sordo y mudo (Mt 12, 22). En ninguno de los 2 pasajes se dice que Jesús expulse al demonio, pero el individuo queda curado. En ambos casos, el demonio o ideología que posee a la persona es la del privilegio de Israel (Mt 12,23; 15,22); tampoco la mujer cree en la igualdad de Israel y los paganos; ella misma se considera inferior.
Jesús le contestó: "No está bien quitarle el pan a los hijos para echárselo a los perros". Pero ella repuso: "Señor, también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos" (vv.26-27).
La respuesta brusca de Jesús viene a afirmar que la compasión está por encima de la discriminación entre pueblos. Y sólo entonces Jesús cura a la hija. El caso de la mujer es semejante al del centurión que impide a Jesús entrar en su casa. Uno y otra se consideran inferiores a Israel, pero, a pesar de eso, ambos reconocen en Jesús una bondad que supera los límites de este pueblo. Esta fe obtiene la curación. Por eso, la frase final en cada episodio (Mt 8,13; 15,28) es la misma.
La cananea y su hija son dos personajes que representan a un mismo colectivo: el paganismo. El estado de la hija figura la condición de los paganos (poseídos por una ideología contraria a Dios), y la petición de la madre representa el anhelo de encontrar salvación (en Jesús).
Juan Mateos
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Nos encontramos hoy con un relato cargado de sentimiento que desnuda la personalidad de Jesús. En esta perspectiva, el sentido de este admirable relato podría ser el siguiente: los paganos no podrán pretender un acceso inmediato a la salvación (a la vida de la Iglesia, al Reino); pero si creen, como ha creído esta mujer, no puede negárseles este acceso.
El relato pone de manifiesto la fe de esta mujer no en la invocación de Jesús como hijo de David, sino en la humilde insistencia con que ella pide la ayuda de Jesús. Humilde porque reconoce no tener ningún derecho inmediato a esta ayuda, ya que ella es pagana y sabe muy bien "que no se debe alimentar a los perros a costa de los hijos". Así, Jesús no debe favorecer a los paganos a costa de Israel.
Jesús sólo accede a la súplica de la mujer cuando ésta reconoce la separación ordenada por Dios entre el pueblo de Dios y los otros pueblos, es este reconocimiento lo que constituye la fe de la mujer. Ella ha comprendido que Jesús no es un curandero cualquiera que obra individualmente, sino el ministro de un designio de Dios que interesa primeramente al pueblo elegido.
Se ha pensado frecuentemente que estos versículos deben venir de círculos judaizantes del cristianismo primitivo; es probablemente un error. Este diálogo sería judaizante si impusiera a la sirofenicia las condiciones legales judías como respuesta al gesto salvador de Jesús, pero éste no es el caso: a la humilde insistencia de su fe responde toda la gracia de Jesús, porque él otorga gratuitamente su amor a quien quiere. El gesto de Jesús hacia esta mujer muestra suficientemente que estos paganos van a tener parte en la totalidad de la salvación.
Fernando Camacho
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La mujer cananea del evangelio de hoy nos enseña una gran lección de fe, humildad y perseverancia, a la hora de pedir a Dios lo que necesitamos para nosotros o para nuestros seres queridos. Ojalá aprendamos de ella esta tripe lección, y como ella consigamos de Dios las gracias que necesitamos.
Una lección de fe, porque la fe es el 1º requisito para que mi oración sea escuchada. Jesús, tu siempre pides fe antes de hacer un milagro. Todo es posible para el que cree (Mc 9, 23). A veces, como en el caso de hoy, pones esa fe a prueba. Incluso puede parecer que no me escuchas, que no me quieres. Haces como el padre que enseña a andar a su hijo: se separa unos pasos, y cuando el niño (con gran esfuerzo) va a llegar a su padre, él se separa uno poco más. No se separa porque no lo quiera, sino para aprender a caminar. Cuando me pides más fe, no me dejes sólo. Me estas esperando para poder decirme: "Grande es tu fe. Hágase como tú quieras".
Una lección de humildad, porque se acercó y se postro ante él, diciendo: "Señor, ayúdame". Esta es la actitud del alma humilde que se ve necesitada. Yo también he de acercarme a ti, y pedirte con humildad: Jesús, ayúdame. Sé que no me merezco nada, después de lo poco que he hecho por ti. Es verdad Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de las mesas de sus amos. Aunque no me lo merezca, Jesús, ten piedad de mí.
Una lección de perseverancia, porque como explicaba Santa Teresa de Jesús a la hora de explicar este pasaje evangélico:
"Los discípulos te piden que atiendas a la mujer cananea pues vienen gritando detrás de nosotros. No se cansa de pedir, a pesar de que tú no les respondes. Ni siquiera se rinde cuando la pones a prueba diciendo que has sido enviado solo a las ovejas perdidas de la casa de Israel. No por eso desmaye y deje la oración y de hacer lo que todas, que a veces viene el Señor muy tarde, y paga tan bien y tan junto como en muchos años. Esta mujer no se cansa, y por eso recibe" (Camino de Perfección, XVII, 2).
Jesús, que no me canse de pedir siempre lo mismo, si hace falta. Se que me escuchas y que me atiendes, pero soy como un hijo pequeño que, a veces, pide lo que no le conviene o en un momento que no conviene. Lo que puedo aprender de los niños pequeños es su perseverancia en el pedir: piden y piden, hasta que reciben.
Persevera, aunque tu labor parezca estéril. Jesús, aunque parezca inútil mi esfuerzo, mi dedicación, mi petición, tú quieres que siga pidiendo. El simple hecho de pedirte cosas, me fortalece espiritualmente: aumenta mi fe, mi esperanza y mi amor a ti, me aumenta la gracia. Por eso, a veces, tú prefieres esperar un poco y aprovechas esa necesidad mía para que pida más y, por tanto, para darme más gracia. Que me convenza, de que la oración es siempre fecunda.
Pablo Cardona
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Una mujer extranjera consigue de Jesús la curación de su hija. Es una escena breve, pero significativa. Jesús sale por 1ª vez fuera del territorio de Israel, a las fenicias Tiro y Sidón (actual Líbano).
Mateo no sólo quiere probar el buen corazón de Jesús y su fuerza curativa, sino también el acierto de que la Iglesia en el momento en que escribe su evangelio se haya vuelto claramente hacia los paganos. Eso sí, anunciando primero a Israel el cumplimiento de las promesas, antes de pasar a los otros pueblos.
Desde luego, Jesús no le pone la cosa fácil a la buena mujer. Primero le hace ver que no ha oído, y luego le recuerda lo de Israel y los paganos, o lo de los hijos y los perritos. No obstante, ella no parece interpretar tan negativas estas palabras, y reacciona con humildad e insistencia, hasta llegar a merecer la alabanza de Jesús: "Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas".
La mujer pagana es un modelo de fe. Su oración por su hija enferma, que ella cree que está poseída por "un demonio muy malo", es sencilla y honda: "Ten compasión de mí, Señor" (clásico Kyrie, eleison).
No se da por vencida ante la respuesta de Jesús y va respondiendo a las dificultades que la ponen a prueba. Es uno de los casos en que Jesús alaba la fe de los extranjeros (el buen samaritano, el otro samaritano curado de la lepra, el centurión romano) en contraposición a los judíos (los de casa), a los que se les podría suponer una fe mayor que a los de fuera.
La fe de esta mujer nos interpela a los que somos "de casa", y que a lo mejor estamos tan satisfechos y autosuficientes, que olvidamos la humildad en nuestra actitud ante Dios y los demás. Tal vez, la oración de tantas personas alejadas, que no saben rezar litúrgicamente, pero que la dicen desde la hondura de su ser, le es más agradable a Dios que nuestros cantos y plegarias, si son rutinarios y satisfechos.
José Aldazábal
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Se nos narra el encuentro de una mujer cananea con Jesús en la región de Tiro y Sidón, fuera de los límites de Israel. La mujer le pide ayuda para curar a su hija endemoniada. Jesús no le responde porque considera que Dios lo ha enviado "sólo a las ovejas perdidas del pueblo de Israel". La insistencia de la mujer es tan fuerte que obliga a Jesús a ensanchar su campo, a comprender que el amor del Padre no tiene límites.
Más que la fe de la mujer (en la que solemos insistir a menudo), lo que me sorprende es la apertura de Jesús, y su audacia para ir más allá de lo razonable, aludiendo a un "Dios mayor" y escuchando su voz a través de los gritos de sus criaturas más necesitadas.
Hoy nos encontramos en una situación cultural en la que la fe se ve retada a superar sus límites, a entrar en otros campos, a responder a muchos gritos que no encuentran respuesta. El verdadero pastor es el que sabe escuchar los gritos de su pueblo. En las últimas semanas me han llamado la atención las declaraciones del nuevo arzobispo de Canterbury, Rowan Williams. Me recuerdan a las del antiguo maestro general de los dominicos, el p. Timothy Radcliffe. Resultan chocantes, y rompen nuestras convicciones tradicionales. Pero si no existieran voces de este tipo, ¿cómo podríamos seguir hoy rompiendo barreras?
Gonzalo Fernández
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Hoy escuchamos a menudo expresiones como "ya no queda fe", dichas por personas que piden a nuestras parroquias el bautizo de sus hijos, la catequesis de los niños y el sacramento del matrimonio. Esta palabra ve el mundo en negativo, muestra el convencimiento de que cualquier tiempo pasado fue mejor y que ahora estamos al final de una etapa en la que no hay nada nuevo que decir, ni tampoco nada nuevo por hacer.
Evidentemente, se trata de personas jóvenes que, en su mayoría, ven con un cierto tono de tristeza que el mundo ha cambiado tanto, desde sus padres, que quizás vivían una fe más popular, que ellos no se han sabido adaptar. Esta experiencia les deja insatisfechos y sin capacidad de reacción cuando, de hecho, quizás están a la entrada de una nueva etapa que conviene aprovechar.
El evangelio de hoy capta la atención de aquella madre cananea que pide una gracia para su hija, reconociendo en Jesús al Hijo de David: "Ten piedad de mí, Señor, hijo de David. Mi hija está malamente endemoniada" (v.22). El Maestro se queda sorprendido ("mujer, grande es tu fe"), pero no puede hacer otra cosa que actuar a favor de aquellas personas ("que te suceda como deseas"), aunque eso no parezca entrar en sus esquemas. No obstante, en la realidad humana se manifiesta la gracia de Dios.
La fe no es patrimonio de unos cuantos, ni tampoco propiedad de los que se creen buenos, de los que lo han sido, o de los que se han puesto la etiqueta eclesial. La acción de Dios precede a la acción de la Iglesia, y el Espíritu Santo está actuando ya en personas de las que no hubiéramos sospechado que nos traerían un mensaje de parte de Dios. Dice a este respecto San León Magno: "Amados míos, la virtud y la sabiduría de la fe cristiana son el amor a Dios y al prójimo: no falta a ninguna obligación de piedad quien procura dar culto a Dios y ayudar a su hermano".
Jordi Castellet
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El pasaje de hoy, en el que Jesús podría aparecer como una persona dura y racista, nos da una gran lección a todos los que, como los judíos de su tiempo, piensan que por pertenecer al pueblo elegido tienen privilegios ante Dios, e incluso que la sola pertenencia a ese pueblo otorga la salvación.
Jesús muestra con toda claridad que no obstante y que su misión sobre la tierra se concretó al pueblo de Israel, lo que hace que los hombres formen parte del pueblo no es la raza, sino la fe. Es importante que tanto en este pasaje como en el del centurión romano Jesús exclama: "Grande es tu fe".
Lo importante no es entonces simplemente el hecho de ser bautizados, sino el hecho de que la fe en Cristo, como Dios y Señor se manifieste a los demás. Fe que debe ser patente en una relación amorosa y confiada en la providencia de Dios, y al mismo tiempo en caridad y misericordia para con los que nos rodean.
De nuevo se retorna a aquella expresión de Jesús: "No todo el que me diga Señor, Señor se salvará, sino los que hacen la voluntad de Dios". Si verdaderamente nosotros creemos que Jesús, es Dios y Señor, nuestra vida debe testimoniarlo. Al mismo tiempo, como lo ha afirmado el Concilio Vaticano II, debemos reconocer que el Espíritu actúa de un modo que solo él conoce en las almas de todos los hombres (GS, 22) y por lo que no podemos despreciar ni juzgar a ninguno de nuestros hermanos que no profesan nuestra misma fe.
Ernesto Caro
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El evangelio de hoy me deja perplejo ante la actitud de los discípulos, que ante la acción de la mujer cananea (de ir gritando detrás de ellos) se desesperan y piden al Señor que la atienda. Por otro lado me sorprende la actitud de Jesús, la cuál encierra un propósito doble.
El 1º propósito de Jesús es el de enseñanza a sus propios seguidores, en tanto que esta mujer no es de ese círculo (del pueblo de Israel, ni de la tradición israelita), y sin embargo insiste para que Jesús la atienda.
El 2º propósito de Jesús es el de la enseñanza a la propia mujer. Ella tiene fe, aunque tal vez no sepa que la tiene, por lo menos en los términos israelitas acostumbrados. Sin embargo, a ella no le importan los aparentes rechazos de Jesús, y sigue insistiendo. Su perseverancia consigue el reconocimiento de su fe por parte de Jesús, y la sanación de su hija.
De todo esto tenemos que aprender nosotros, que ante la 1ª insinuación a la perseverancia y a la espera en la oscuridad de la fe, abandonamos el camino, perdemos la batalla, y creemos que Jesús nos ha abandonado.
Miosotis Nolasco
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Detengámonos un momento a repensar metódicamente, y con gratitud, el mensaje que se contiene en el encuentro de Jesús con la mujer cananea. La cananea tiene una hija muy enferma, y al enterarse de que el famoso profeta judío pasa por allí, se acerca a él con plena confianza, olvidándose de que ella es cananea y él judío. El amor hace todos hermanos.
En un 1º momento, Jesús guarda silencio, pero se siente herido en el corazón. En un 2º momento abre sus labios y reconoce que los primeros destinatarios de su mensaje salvífico son los hijos de la Casa de Israel, no los extraños. Pero al explicar todo eso con gran ternura, la cananea se siente acogida, y pronuncia unas frases que manan de su imaginativo corazón: "Me bastan las migajas de los perrillos en la Casa del Señor". Y eso rasga el corazón de Jesús: "Grande es tu fe, grande es tu confianza, grande es tu amor".
La salvación es ofrecida en 1º lugar a los hijos, al pueblo elegido del AT. Pero no importa que no pertenezcamos al pueblo de Israel, porque Dios tiene también compasión de nosotros, y hace que nos levantemos de todo aquello que ha puesto en peligro nuestra salvación. Ya San Pablo nos dice que siendo Cristo el árbol de olivo verdadero, nosotros, cortados del olivo silvestre, hemos sido injertados en el Señor para alcanzar en él la salvación (no algo reservado a los judíos, sino herencia del mundo entero).
Dominicos de Madrid
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En el texto de hoy se nos presenta a Jesús que "se marchó de allí y se retiró al país de Tiro y Sidón" (v.21), abandonando la propia patria y marchando a un país extranjero (en el AT, prototipo de resistencia a la salvación; Mt 11,21).
La continuación del relato explicita la sugerencia inicial. En él se narra el encuentro de Jesús con una mujer cananea, que acaece en la presencia de los discípulos que intervienen en este pasaje como mediadores (v.23). La cananea se acerca con una actitud semejante a la de los discípulos en la barca (Mt 14, 26). Llama Señor a Jesús y "se postra". Y en esas condiciones, expone su necesidad: su hija está poseída del demonio.
En un 1º momento, Jesús no atiende a la petición, y prefiere callar. Pero ante la intervención de los discípulos (que quieren liberarse de los gritos de la mujer) proclama que su misión está limitada "a las ovejas perdidas de la casa de Israel" (v.24). Es el mismo límite marcado para la misión de los discípulos en Mt 10,6.
La nueva petición de la mujer recibe una respuesta desconsiderada: "El pan es para los hijos, y no para arrojarlo a los perritos". Sin embargo, la dureza de la respuesta no hace ceder a la mujer en su intento. Aceptando los términos en que se plantea, y con una actitud de humildad, constata que el pan sobrante de la mesa de los hijos sirve de alimento a los perritos. De esta forma hace posible un nuevo estatuto de los paganos en el Reino. Su fe auténtica le permite el ingreso a éste.
Jesús se ve obligado a admirar la fe de esa extranjera, como había admirado precedentemente la fe del centurión (Mt 8, 10). Como en el caso de este último, se muestra la eficacia de una adhesión que permite alcanzar lo que se quiere (Mt 8, 13). De esa forma se cumple la profecía de Isaías consignada en Mt 13,15. En la "hija curada" se hace patente la curación de todo aquel que comprende con el corazón y se convierte.
Ante este relato, la comunidad cristiana está llamada a superar los escrúpulos y dudas referentes a la actuación de la dimensión universal del evangelio. Los gritos del paganismo deben llevar de nuevo a la Iglesia a interceder por ellos ante Jesús. Y esta actitud del discípulo debe repetirse cada vez que los particularismos culturales (o de cualquier otro tipo) obstaculicen la actuación de la salvación universal.
Confederación Internacional Claretiana
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Al contrario de lo que le ocurría en tierra judía, Jesús encuentra unas extraordinarias demostraciones de fe en tierra gentil. En el caso de la fenicia de hoy, al decirle: "Señor, socórreme". Respuesta que sorprende a Jesús, pero no porque su acción no estuviese dirigida también a los extraños (y no sólo a las ovejas perdidas de Israel), sino porque las expresiones de fe de los extraños superaban con creces las de su pueblo, incluso las de sus propios discípulos.
La mujer cananea se dirige a Jesús con el título mesiánico de "hijo de David". Jesús guarda silencio, y los discípulos se emplean en despacharla, para que no los importune. Jesús responde a la mujer señalando los límites de su misión, pero acaba conmovido por la respuesta de la mujer, y da paso a la misericordia. Reconoce Jesús que la fe de esta mujer es capaz de liberar a su hija del mal (demonio) en que ha caído.
La insistente súplica de la mujer se comprende mejor si la ubicamos en su contexto cultural e histórico. En la cultura judía las mujeres estaban marginadas y no podían hablar a los varones, y mucho menos a un profeta judío. Además, las mujeres paganas estaban excluidas por no pertenecer al pueblo judío, y la enfermedad era un nuevo título de exclusión de la comunidad. Muchos motivos de exclusión acumulaba pues esta mujer sobre sí misma.
Pero Jesús se salta todas esas barreras de la cultura, de la ley y el protocolo, para mostrar que la solidaridad y la compasión están por encima de cualquier frontera. Cuando Jesús dialoga con mujeres y reconoce sus valores, rompe con la mentalidad vigente y establece el verdadero valor de las personas como hijos de Dios y receptores del Reino.
Nosotros somos a veces como los discípulos, que tratamos de librarnos de las molestias que nos causan las personas necesitadas. Pero para crecer como cristianos debemos tener los mismos sentimientos de Jesús, y actuar con la misericordia y compasión de Jesús, aunque seamos limitados.
Servicio Bíblico Latinoamericano
c) Meditación
El Dios creador del universo, infinitamente compasivo y misericordioso, no puede sino tener compasión de todos, incluso de los extraños y extranjeros. En realidad, para Dios no hay extranjeros, y ninguna criatura le puede ser extraña, aunque haya quienes puedan extrañarse (o alejarse) de él.
Así lo confirma hoy en el evangelio Jesucristo, teniendo misericordia de aquella mujer cananea que le suplica hasta el extremo de soportar una gran humillación. Todos estamos llamados a la salvación, y nadie es excluido salvo el que quiera excluirse.
El pasaje evangélico de hoy ilustra bien esta idea. Nadie está excluido de la misericordia divina, aunque a veces Dios se haga rogar para probar la fe e incrementar su humildad. Jesús sale del escenario habitual de su actividad, quizás buscando descanso en un país vecino donde pueda pasar desapercibido. De hecho, el evangelista nos dice que se retiró al país de Tiro y Sidón.
Pero ni siquiera en este país extraño (la antigua Fenicia) pasa Jesús desapercibido, pues una mujer (cananea) les sale al encuentro, como solía suceder en su querida Galilea (donde tantos enfermos y leprosos se presentaban a Jesús, en el momento más inoportuno implorando su compasión).
En este caso, la mujer que implora compasión no es para sí misma (al no estar enferma), sino para su hija (que tiene un demonio muy malo), aunque el beneficio de su hija sea su propio beneficio. Por eso pide compasión para sí (Señor, socórreme), porque ella está sufriendo el sufrimiento de su propia hija, y la liberación (= curación) de su hija será su propia liberación.
La primera respuesta de Jesús es una ausencia de respuesta. Es decir, Jesús responde con la indiferencia o una aparente insensibilidad, haciendo como que no oye. Pero ella insiste en su reclamo, hasta el punto de que sus discípulos, ya molestos, le dicen: Atiéndela, que viene detrás gritando.
Aquí sí hay respuesta por parte de Jesús, pero una respuesta displicente y excluyente: Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel, como viniendo a decir: Ni yo estoy en Israel, ni esa mujer que grita es israelita.
Pero ella les alcanza, se arrodilla ante él en un gesto de humillación, y le suplica: Señor, socórreme. Y la displicencia de Jesús se hace ahora humillante y ofensiva, pues la compara (en plural) con perros que no tienen derecho al pan de los hijos.
Ella acepta el desafío y la humillación, y le contesta: Está bien, somos perros. Pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos. Es decir, no tenemos derecho al pan de los hijos, pero podemos al menos comernos las migajas que caen de su mesa. ¡Qué alarde de fe y de humildad el de esta mujer!
Jesús se deja vencer por esta grandeza y humildad, y por eso, porque ha superado la prueba, le otorga el premio de los vencedores: Que se cumpla lo que deseas. Es lo que oyó aquella mujer, que vio su deseo cumplido porque había dado muestras de mantener la fe en la dificultad.
A partir de este momento, hasta el cual Jesús sólo ha venido a las ovejas descarriadas de Israel, Jesús empieza a darse a conocer por otras partes no israelitas de la humanidad, a lo largo de países extranjeros.
Con ello, la misericordia de Dios se universaliza, y los extraños de antaño podrán incorporarse a la alianza, y acceder al monte santo, y ofrecer sacrificios aceptos a Dios, y formar parte de esa casa (universal) de oración en la que nadie será excluido.
Es lo que recordará San Pablo, sobre los que en otro tiempo eran ajenos a la llamada de Dios, y ahora son obedientes por la fe. Tampoco los judíos quedarán encerrados en su obstinación y desobediencia, puesto que los dones y la llamada de Dios son irrevocables. Dios seguirá llamando tanto a unos como a otros, para tener misericordia de todos.
Pero esta llamada se hará efectiva de diferentes modos o a través de diferentes caminos: por el camino de la humillación (el más universal, y que suele ir acompañado de sufrimiento), por el camino de la carencia o de la abundancia (aunque éste puede ser el más equívoco) o por la senda del descalabro del pecado y del perdón (que pasa por el arrepentimiento).
En fin, que de lo que se trata es de venir a la obediencia de la fe, por muy tenebrosas que sean las regiones de la desobediencia de las que procedemos. Ojalá podamos oír de sus labios algún día: ¡Qué grande es tu fe!
JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ·CID, doctor en Teología
Act:
06/08/25
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ordinario
E D I T O R I
A L
M
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R C A B A
M U R C I A
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