16 de Julio

Miércoles XV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 16 julio 2025

a) Ex 3, 1-6.9-12

         Moisés creció en la corte del faraón, y allí recibió la formación que le permitió llegar a las más altas capas de la administración egipcia. Pero a la vez que se promocionaba personalmente, no renegaba de su ambiente ni de la gente de su pueblo. Un día visita las obras donde trabajan los esclavos (sus hermanos de raza), y allí es testigo de las cargas y de los azotes. Se le revuelve la sangre y mata al egipcio que maltrata al hebreo, tras lo cual no vuelve a palacio, sino que se retira al desierto.

         El desierto va a ser el 2º lugar de la formación de Moisés, y en el que Moisés va a adquirir capacitación para su nueva misión. Pero no para llegar a las más altas capas egipcias, sino a las más bajas de los hebreos. Eso sí, liderando el proceso que conducirá a todo un pueblo (de más de 600.000 personas) a través del desierto. Así Dios preparaba, desde lejos, lo que tiene intención de realizar un día.

         Viviendo la vida de los nómadas, Moisés va adquiriendo experiencia de las tradiciones de sus antepasados (Abraham, Isaac, Jacob), en un retorno a las fuentes que le será muy útil cuando tenga que volver a atravesar ese desierto del Sinaí, unos años después.

         Entonces Dios le llamó en medio de la zarza: "Moisés, Moisés". A lo que Moisés contestó: "Heme aquí". He aquí una escena de vocación. Dios lo llama por su nombre y le revela su proyecto de liberación, confiando en él esta misión. Dios lleva siempre a cabo sus planes por medio de intermediarios humanos. Dios necesita de los hombres, llama a las personas a su servicio, y a mí también me llama por mi nombre.

         "Quítate las sandalias, porque el lugar que pisas es tierra sagrada", le dijo Dios. Moisés, notémoslo bien, se encuentra en el desierto guardando un rebaño. Y no está delante de ningún tabernáculo sagrado, sino de una zarza. ¡Ningún lugar de la tierra está vacío! Dios está allí.

         El Señor dijo: "La aflicción de los hijos de Israel ha llegado hasta mí y he visto la opresión que les infligen los egipcios. Ahora, pues, ve, que yo te envío al faraón, y tú harás salir de Egipto a mi pueblo". Nuestro Dios es un Dios que escucha y que mira, que se compadece de todo sufrimiento y que sufre con los que padecen. ¡Qué maravillosa revelación de Dios! Dios trata de conseguir que Moisés comparta su proyecto. Nuestro Dios es un Dios activo, que toma partido, que se compromete y que pide que nos comprometamos con él.

         Moisés contestó a Dios: "¿Y quién soy yo para esa hazaña?". Ningún hombre está a la altura para salir con éxito de las obras de Dios. Ante la magnitud de la tarea, nos sentimos siempre muy pequeños, y esa es una buena señal. Dios le respondió: "Yo estaré contigo". La fuerza para realizar la misión no proviene de uno mismo, sino que es una fuerza de Dios: "Yo estaré contigo". Dios repetirá esas mismas palabras a sus amigos, a la hora de enviarlos a la misión.

Noel Quesson

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         En nuestra lectura del Éxodo llegamos hoy al episodio de la zarza ardiente, ante la que Moisés es invitado a descalzarse. La experiencia de la zarza es un momento fundante en la vida y vocación de Moisés. Dios le revela su nombre, y le hace experimentar que se trata de una presencia misteriosa que lo acompañará siempre. El "Yo soy el que soy" es el "Yo soy el Dios de tus padres" y el "Yo estoy contigo". No se trata de hacer conjeturas sobre la impenetrable esencia de Dios, sino de percibir que él está con nosotros.

         Fortalecido por esta experiencia, Moisés comienza su misión liberadora, y marcha al faraón para sacar de Egipto al pueblo de Dios.

         La historia de la revelación de Dios en el fuego ha dado origen a multitud de interpretaciones. El fuego es un símbolo universal, y por eso se han buscado significados cabalísticos, claves arquetípicas y hasta pendientes inimaginables. Pero en este punto necesitamos la palabra guía de Jesús, que nos dice que el misterio de Dios sólo se revela a los que se descalzan ante él y saben abajarse: "Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a la gente sencilla".

Gonzalo Fernández

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         La llamada que Dios hace a Moisés nos sirve de modelo para apreciar algunos rasgos preciosos de las llamadas de Dios. Pero antes de hacerlo, apreciemos en su medida lo que esto significa: que Dios llame al hombre. Nada más natural que el hombre llame a Dios, porque nuestra condición de criaturas nos hace prontos al dolor y la indigencia, y por ello, prontos a la súplica. Hay que considerar como sobrenatural, en cambio, que Dios llame al hombre, o que lo implique en sus planes, o que cuente con él y haga un camino junto a él.

         Dios atrae a Moisés llamándolo por su nombre, mostrando ya en ello que lo conoce de modo singular. No obstante, Dios también le pone un límite a Moisés: "El lugar que pisas es tierra sagrada". Notemos el papel de lo sagrado aquí. Los dolores de los israelitas son concretos y aparentemente terrenales (falta de descanso, sobrecarga de trabajo, maltrato de los capataces). Y para solucionarlos, Dios marca una frontera y define una tierra como sagrada. No es un detalle que sobre en la Biblia, pues en ella nada sobra.

         Moisés está en el Horeb, y Dios es como si le estuviera diciendo "esta montaña es mía". La montaña misma, con sus rocas, arena, zarzas y piedras, no pasa de ser un trozo de tierra. Y sin embargo, Dios dice que es suya ("es sagrada"). Es decir, Dios está afirmando que hay un límite a las pretensiones de los reyes, y a las de aquellos que se creen todopoderosos y dueños de la tierra.

         También es como si Dios viniese a decir que "lo sagrado existe, incluso en vuestra tierra". Entendemos así que, con la llamada a Moisés, Dios está restaurando el orden original de la creación: las cosas serán nuestras si nosotros somos de Dios.

Nelson Medina

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         La Visión de la Zarza representa un momento decisivo en la vida de Moisés y de su pueblo, pues en ella Dios le llama para llevar a cabo la liberación de su pueblo. Quien se aparece a Moisés es el Dios de los patriarcas, el Dios de la promesa, el Dios que ve cómo sufre su pueblo y no lo puede soportar. Y por eso decide intervenir, enviando a Moisés.

         Han pasado varios años desde la huida de Moisés de la corte egipcia, y en ellos se ha instalado en tierras de Madián. Allí se ha casado allí con la hija del sacerdote pagano Jetró. Ha tenido familia, ha madurado en su carácter, ejerce de pastor de oficio y está cuidando los rebaños de su suegro. Y allí se le aparece Dios, en forma de fuego (igual que a Pablo en su camino a Damasco, o en cada uno de nosotros, cuando Dios salió a nuestro paso).

         La vocación no es nada fácil y lleva su proceso. Por el momento, Moisés responde: "Aquí estoy". Pero luego, al darse cuenta de lo que Dios le está pidiendo, presenta sus objeciones: ¿Precisamente yo, huido de la justicia de Egipto, soy el que va a volver allí, nada menos que para pedir al faraón que deje salir a los hebreos?

         La respuesta de Dios es una de las que más veces aparece en la Biblia: "Yo estoy contigo". El Dios del Éxodo es el Dios del ahora, un Padre que sigue con su corazón apenado el dolor de los suyos: "El clamor de los israelitas ha llegado a mí".

         Nosotros, con mayor razón que el mismo salmista, podemos decir: "El Señor es compasivo y misericordioso. Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades, él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura. El Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos: enseñó sus caminos a Moisés".

         Podríamos rezar hoy entero, por ejemplo, el Salmo 102, como canto a la misericordia de Dios liberador. Al mismo tiempo, sintámonos enviados a practicar la misma misericordia y comunicar un poco de esperanza a quienes se encuentren hoy con nosotros, ayudándoles a salir de sus diversas esclavitudes. Si nos parece que es misión difícil, nos hará bien recordar la palabra de Dios a Moisés: "Yo estoy contigo".

José Aldazábal

b) Mt 11, 25-27

         La expresión introductoria "por aquel entonces" enlaza de algún modo esta perícopa con la anterior. Después de la recriminación de ayer a las ciudades que no responden (Cafarnaum, Corozaín y Betsaida), aparece hoy la respuesta favorable de la gente sencilla. Por contraste con la invectiva anterior, en esta perícopa Jesús alaba al Padre por lo que está sucediendo. Aparece el Padre como el Señor del universo.

         Jesús bendice al Padre por una decisión: los intelectuales no van a entender esas cosas; los sencillos, sí. "Esas cosas" puede referirse a "las obras" del Mesías (v.19). La revelación de que habla Jesús respecto a los sencillos tiene un paralelo en la que recibe Pedro para reconocer en Jesús al Mesías, después de los episodios de los panes (Mt 16, 17).

         Se trata, pues, de comprender el sentido de las obras de Jesús, de ver en ellas la actividad del Mesías. La revelación del Mesías podía haberse hecho de manera deslumbradora y autoritaria. Sin embargo, el Padre ha querido hacerla depender de la disposición del hombre. Es la limpieza de corazón, la ausencia de todo interés torcido, la que permite discernir en las obras que realiza Jesús la mano de Dios.

         Precisamente, la denominación "los sabios y entendidos" alude a Is 29,14. En el texto profético, Dios recrimina al pueblo su hipocresía en la relación con él: "lo honra con los labios, pero su corazón está lejos" (Mt 15, 8). A eso se debe que fracase la sabiduría de los sabios y se eclipse el entender de los entendidos. En el trasfondo del dicho de Jesús se encuentra, por tanto, esta realidad: los sabios y entendidos no captan el sentido de las obras de Jesús porque su insinceridad inutiliza su ciencia, impidiéndoles aceptar las conclusiones a las que su saber debería llevarlos.

         Los sencillos no tienen ese obstáculo y pueden entender lo que Dios les revela. El hecho de que Dios oculta ese saber no se debe a su designio, sino al obstáculo humano; se atribuye a Dios lo que es culpa del hombre. De hecho, la realidad de Jesús está patente a todos, viene para ser conocido de todos.

         El pasaje está en relación con el aserto de Jesús en Mt 9,13: "No he venido a llamar justos, sino pecadores". El justo es el que se cierra a la llamada por estar conforme con la situación en que vive. No es culpa de Jesús, sino del hombre. El que se tiene por justo, sin reconocer su necesidad de salvación, se cierra a la llamada de Jesús. Lo mismo el sabio y entendido, cuyo corazón está lejos de Dios, y cerrado a la revelación del Padre (v.25).

         La frase de Jesús "mi Padre me lo ha entregado todo" está en relación con la designación "Dios entre nosotros", y viene a decir que Jesús es la presencia de Dios en la tierra. También con la escena del bautismo, donde el Espíritu baja sobre Jesús y el Padre lo declara Hijo suyo. La posesión de la autoridad divina fue afirmada por Jesús en el episodio del paralítico (Mt 9, 6). La relación íntima entre Jesús y el Padre la establece la comunidad de Espíritu.

         Por eso nadie puede conocer al Padre, sino aquel a quien el Hijo comunique el Espíritu, que establecerá una relación con el Padre semejante a la suya. Es decir, el conocimiento de Dios de que se glorían los sabios y entendidos, que se adquiriría a través del estudio de la ley, no es verdadero conocimiento. Este consiste en conocerlo como Padre, experimentando su amor, y sólo se consigue esta experiencia por la comunicación que hace Jesús del Espíritu que recibió.

         De ahí que invite a todos los que están cansados y agobiados por la enseñanza de esos sabios y entendidos. Él se presenta como maestro, pero no como los letrados ni dominando al discípulo; él no es violento, sino humilde, en contraposición al orgullo de los maestros de Israel. Su enseñanza es el descanso, después de la fatiga del pasado (v.28).

Juan Mateos

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         El evangelio no es privilegio de los que se creen sabios y prudentes, sino que abre sus páginas a todos los hombres de buena voluntad, sobre todo a los pequeñuelos, a los pobres en el espíritu y a los humildes de corazón. Como decía Pío XII en su Divino Afflante Spiritu:

"Aquí tienen todos a Cristo, sumo y perfecto ejemplar de justicia, caridad y misericordia, y están abiertas para el género humano, herido y tembloroso, las fuentes de aquella divina gracia, postergada la cual y dejada a un lado, ni los pueblos ni sus gobernantes pueden iniciar ni consolidar la tranquilidad social y la concordia".

         La sencillez y la humildad son la puerta entrada al conocimiento de Dios. Si no damos este 1º paso avanzamos en falso y nos llenamos de vanagloria, el crecimiento interior lo realiza el Espíritu cuando le permitimos que actúe en nosotros.

         Cuando el ser humano está lleno de su propio conocimiento, y no sale de él, tiene serias dificultades para encontrar la presencia amorosa del Padre en la creación. La generación de Jesús pretendía conocerlo porque sabían quiénes eran sus padres y sus hermanos y dónde vivía, pero en su mayoría y principalmente los que manejaban la religión, no fueron capaces de descubrir en Jesús al Hijo de Dios, por eso el mismo Jesús les dice que nadie conoce bien al Padre sino el hijo y aquel a quien el hijo se lo quiera revelar, creer en Jesús es un don del Espíritu, nadie puede darse ese don si Dios mismo no se lo da.

         Sólo los pequeños, o los que se sienten necesitados de Dios, son los que reciben la revelación del misterio que se oculta bajo la creación divina, y son los realmente capacitados para descubrir las huellas y presencia divina en todo lo que existe y acontece.

         En sus mismos discípulos vemos con cuánta dificultad van descubriendo y aceptando que ese Jesús, de carne y hueso, es el Hijo de Dios. Porque el conocimiento de Dios es vida y no teoría. Y por eso encontramos muchos cristianos que saben demasiado de Dios y sus Escrituras, y por eso no pasan de su propio (y escaso) conocimiento, y hasta pierden hasta la fe.

Emiliana Lohr

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         Las personas sencillas, y las de corazón humilde, son las que saben entender los signos de la cercanía de Dios. Lo afirma el propio Jesús, en parte dolorido y en parte contento. Cuántas veces aparece en la Biblia esta convicción: a Dios no lo descubren los sabios ni los demasiado llenos de sí mismos, sino los débiles y dotados de un corazón sin demasiadas complicaciones.

         Entre "estas cosas" que no entienden los llenos de sí mismos, está el quién es Jesús y quién es el Padre. Lo vemos en el nacimiento de Jesús en Belén, cuando el niño fue reconocido por unos analfabetos (los pastores), varios que lo habían dejado todo en sus tierras lejanas (los magos) y los cercanos a la muerte (Simeón y Ana), mientras que las autoridades civiles (sabios) y religiosas (entendidos) no lo quisieron recibir.

         A lo largo de la vida de Jesús se repite la misma escena. La gente del pueblo alaba a Jesús (porque "nadie puede hacer lo que hace, si no viene de Dios"), mientras que los letrados y los fariseos buscan mil excusas para no creer (tildándolo incluso de "príncipe de los demonios").

         La pregunta vale para nosotros: ¿Somos humildes, sencillos, conscientes de que necesitamos la salvación de Dios? ¿O más bien, retorcidos y pagados de nosotros mismos, que no necesitamos preguntar porque lo sabemos todo, que no necesitamos pedir porque lo tenemos todo?

         Cuántas veces la gente sencilla ha llegado a comprender con serenidad gozosa los planes de Dios y los aceptan en su vida, mientras que nosotros podemos perdernos en ciencias y razonamientos. La oración de los sencillos es más entrañable, y seguramente llega más al corazón de Dios que nuestros discursos eruditos.

         Nos convendría a todos tener un corazón más humilde y unos razonamientos menos retorcidos, en nuestro trato con Dios. Y saberle agradecer los dones recibidos. Siguiendo el estilo de Jesús y el de María, su Madre, que alabó a Dios porque "había puesto los ojos en la humildad de su sierva".

José Aldazábal

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         El evangelio de hoy nos ofrece la oportunidad de penetrar en la estructura de la sabiduría divina. ¿A quien de nosotros no le apetece conocer los misterios de la vida? Porque hay enigmas que ni el mejor equipo de científicos del mundo llegará nunca, siquiera, a detectar.

         Sin embargo, hay Uno ante el cual "nada hay oculto, ni nada ha sucedido en secreto" (Mc 4, 22). Éste es el que se da a sí mismo el nombre de Hijo del Hombre, y el que afirma de sí mismo: "Todo me ha sido entregado por mi Padre" (v.27). Su naturaleza humana ha sido asumida por la persona del Verbo de Dios, y es, en una palabra, la 2ª persona de la Santísima Trinidad, delante la cual no hay tinieblas y por la cual la noche es más luminosa que el pleno día.

         Un proverbio árabe reza así: "Si en una noche negra una hormiga negra sube por una negra pared, Dios la está viendo". Para Dios no hay secretos ni misterios. Hay misterios para nosotros, pero no para Dios, ante el cual el pasado, presente y futuro están abiertos y escudriñados, hasta la última coma.

         Dice, complacido, hoy el Señor: "Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños" (v.25). Sí, porque nadie puede conocer esos o parecidos secretos escondidos, ni sacarlos de la oscuridad, con el estudio más intenso, ni como debido por parte de la sabiduría.

         De los secretos profundos de la vida sabrá siempre más el humilde de corazón que el pretencioso científico que se cree saber algo, porque hay ciencia que no se adquiere sino con la simplicidad y profundidad interior. Lo dijo muy bien San Clemente de Alejandría: "La noche es propicia para los misterios, y es entonces cuando el alma atenta y humilde se vuelve hacia sí misma, reflexionando sobre su condición. Es entonces cuando encuentra a Dios".

Raimondo Sorgia

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         Las palabras de hoy de Jesús nos ayudan a entender por qué, a pesar de vivir en la era de la tecnología, parece que nos alejamos cada vez más de la verdad. Y eso es así porque Dios da a revelar "estas cosas" (es decir, sus misterios) no a los soberbios sino a los sencillos.

         ¿Y quiénes son estos sencillos? El original griego empleado por Mateo es provocativo, pues utiliza en plural népios que significa muchas cosas: el que no habla, el niño, el débil en edad. ¿Y cómo es posible que puedan desvelar los misterios ese tipo de personas, habiendo tantos expertos dispuestos a sacar tajada?

         Lo llamativo del caso es que Jesús no reproche a su Padre esta actitud tan selectiva, sino que le dé gracias por ello. Así comienza el fragmento de Mateo. En la versión de Lucas (Lc 10, 21) se dice algo más sorprendente aún: que Jesús "se llenó de gozo en el Espíritu Santo". Vamos, que sintió que estaba dando en la diana y que aquí estaba la clave para entender muchos de nuestros despistes.

         Os invito a abrir los ojos y caer en la cuenta de algunos infelices de nuestro entorno que, en su aparente nesciencia, suelen poner el dedo en la llaga a la hora de señalar el camino, o de iluminar más que 10 congresos de expertos. ¿Conocemos a algunos de ellos?

         Por si os entran algunos remordimientos, leamos el texto evangélico a fondo. Porque nos viene a decir sobre esas personas que no es que sean una especie de "expertos en la sombra" (atrincherados tras su apariencia de estulticia), sino que ellos son el instrumentos elegido por el Padre para desvelar los misterios, pues "así le ha parecido mejor".

Gonzalo Fernández

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         A los grandes teoréticos, a los grandes estrategas y a los grandes comerciantes, el Reino de los Cielos no les importa mucho. Y es que, en términos generales, el Reino hace poco y pesa poco. Mas hay gente que no tiene una vida grande sino una vida pequeña, y por eso tienen los ojos más abiertos para descubrir el misterio, la belleza y la fecundidad de lo pequeño. Así nos lo muestra Jesús en el evangelio de hoy.

         Los "sabios y entendidos" buscan la verdad en aquello que se impone, y necesitan ser abrumados por el poder de algo para desear comprenderlo. El reino de Dios el algo que a ellos se les escurre entre los dedos, y por eso también ese Reino se oculta a sus ojos. El que se impone es débil porque no puede vencer la verdadera fortaleza del hombre, que es su corazón. Allá, en esa fortaleza, es donde nos encerramos a odiar a los que nos oprimen y a maldecir a los que pretenden imponerse sobre nosotros.

         Por eso el Reino no se impone, porque el que tiene que imponerse demuestra que nada puede frente a la muralla interior que cada uno construye en su corazón.

         Los sencillos y humildes, en cambio, han aprendido otro lenguaje. Saben distinguir las señales de auxilio del que padece necesidad quizá porque han tenido que utilizarlas en su momento. Saben que todos pasamos por horas difíciles, en las que nada podemos y todo necesitamos. Ese es el lenguaje del reino de Dios, ese es el lenguaje de Jesús, esa es la atmósfera que irradia la creación de Dios.

Nelson Medina

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         La actitud filial que presenta el evangelio de hoy (citando 5 veces la expresión Padre) es puesta hoy por Jesús en estrecha relación con con los sencillos de corazón y los que se creen dueños absolutos del saber, como parte de la misión que Jesús recibió de Dios.

         Y viene a decir que es la actitud cariñosa y acogedora (el amor) la que acerca al misterio de Dios y de la humanidad, y no tanto las actitudes políticas o intelectuales (el conocimiento). Pues éstas últimas acaban oprimiendo y corrompiendo, mientras que las primeras abren al deseo de una vida plena para toda la humanidad, y al compromiso por hacer más digno este mundo.

         Jesús reconoce ese misterio, y da gracias por ello. El hecho de que Dios haya "escondido estas cosas a los sabios" nos recuerda la vanagloria de aquellos que se creen dueños de la verdad (incluida la religiosa). Dios "revela estas cosas" (los secretos del Reino) a los sencillos, a los abiertos y a los disponibles para la causa de Jesús.

Ernesto Caro

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         La alabanza de Jesús de hoy, dirigida a Dios Padre, está impregnada de gratitud porque Dios haya decidido esconder las cosas del Reino a los prepotentes y a los que se creen ya salvados, y se las haya revelado a los pequeños (a los que Mateo llama "cansados y agobiados").

         La alabanza y agradecimiento de Jesús, al Señor del universo, tiene su origen y razón en el querer insondable de Dios, que da su beneplácito a la gente con disponibilidad abierta y se lo niega a la gente engreída (a los "sabios y entendidos" ante los ojos humanos, pero necios ante los ojos de Dios).

         La 2ª parte del himno de júbilo está centrada en el Padre y en Jesús (v.27). Y si la 1ª parte hacía una mirada profunda al interior del Padre, la 2ª hace una mirada reflexiva sobre la persona del Hijo. El tema de este versículo consiste en que también el Hijo revela conforme "a su querer", y en virtud del conocimiento y potestad que no tiene nadie más que él.

         Jesús reconoce que su tarea evangelizadora le ha sido encomendada por su Padre, y que se conoce al Padre por el Hijo. De esta manera, nos encontramos con una síntesis de la autorrevelación de Jesús. Jesús es el Hijo de Dios en un plano distinto y superior al del resto de los hombres. Al compartir la misma dimensión del Padre, se coloca en un plano trascendente, único y divino. Por tanto, Jesús es también, como Hijo de Dios, Señor del cielo y de la tierra.

Severiano Blanco

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         El pasaje evangélico de hoy describe 2 tipos de actitudes asumidas por el Dios del cielo y de la tierra: su encubrimiento a los sabios y entendidos, y su revelación a la gente sencilla. Para determinar el sentido del texto puede ayudarnos el precedente pasaje de los ayes de ayer contra las ciudades de Galilea (Cafarnaum, Corozaín y Betsaida), con los que el pasaje de hoy se une gracias a un "por aquel entonces".

         Jesús había dirigido su condena a 3 ciudades que eran sede de escuelas rabínicas y centros de cultura religiosa. Esto las llenaba de autosuficiencia y orgullo que les impedía descubrir las acciones divinas que se realizaban por medio de las obras de Jesús. Los sabios y entendidos son, por tanto, todos aquellos que con su actitud irresponsable no son capaces de aceptar las intervenciones de Dios en la historia.

         Este encubrimiento de Dios revela su culpabilidad. Dios, presentado como Señor de cielo y tierra, continúa su obra creadora en la historia. El conocimiento religioso, que debería ser un instrumento de acceso a esa continuación de la obra creadora, se convierte por su orgullosa autosuficiencia en obstáculo para una relación religiosa auténtica en dichas personas.

         De esa forma, por su culpa, Dios se encubre a ellas ya que su soberbia les impide aceptar la manifestación divina. Por ello el designio del Padre encuentra su realización en otros sujetos, que pueden ser calificados como "gente sencilla".

         La ausencia de tortuosidad y la mirada sincera sobre la realidad les capacita para aceptar "estas cosas". Con esta expresión se quiere indicar las obras mesiánicas de Jesús de las que habla el entero capítulo, con ocasión de la pregunta de los enviados de Juan.

         Dichas obras en su aparente simplicidad ponen en cuestión los intereses de todos aquellos que las consideran como amenaza a sus propios intereses. Por el contrario, encuentran la adecuada acogida en todos aquellos que ven en ellas realizados sus anhelos.

         Esta forma concreta de realización salvífica hace brotar el agradecimiento de labios de Jesús. Repetidamente refiere al Padre la condición bendito, aceptando el designio salvador en obediencia filial.

         Frente a los poderosos y autosuficientes que consideran que todo les está permitido, Jesús descubre la gozosa apertura a nuevos horizontes que se abre a la humanidad por la participación íntima en los secretos divinos. La profunda comunión de Dios en Jesús, el Dios con nosotros, se hace partícipe de este modo a todos aquellos que son capaces de aceptar este modo de actuación divina.

         La revelación divina, por tanto, no se inscribe en el cúmulo de conocimientos que somos capaces de atesorar a lo largo de nuestra vida. Ella sólo puede existir si somos capaces de participar del modo de actuar de Jesús, en un amor limpio y desinteresado que no cuida de los propios intereses sino que pone por encima de todo los intereses del Padre.

         El agradecimiento de Jesús por esta forma de actuar de ese Padre que es también Señor del cielo y de la tierra sólo puede transferirse a aquellos que estén dispuestos a seguir el camino de Jesús y adherirse en obediencia filial al querer de Dios.

Confederación Internacional Claretiana

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         Al contrario de lo que sucede con los soberbios, los humildes y sencillos perciben claramente los signos que se manifiestan en la acción de Jesús, porque sus ojos no están deslumbrados y porque su lógica no está empezoñada.

         La limpieza de corazón es la que permite ver con ojos limpios, y por eso es por lo que Jesús manifiesta a ellos los proyectos de Dios. Mientras que la soberbia de corazón no quiere ver ni oír otra cosa que aquella que envanezca su ego, o aquello que exalte su obra lucrativa.

         La gente sencilla ha sabido ver en la acción de Jesús en sus humildes señales, en su respeto por las mujeres, en su atención solícita por los enfermos, en su cercanía a los niños y enfermos. Y por eso, quien aspire a conocer a Dios ha de buscarlo con mirada clara y transparente, y quien aspire a conocer sus misterios ha de dejarse interpelar por sus señales sencillas.

         Los pequeños de los que habla Jesús en el texto de hoy son los que se saben necesitados y limitados. Y ésa es la razón por la que abrirán sus manos ante cualquiera, y valorarán cualquier simple cosa que a otros se les escape. A ellos se les ha dado la gracia de entender el misterio del amor gratuito del Padre. Mientras tanto, nuestro mundo y nuestra cultura seguirán soñando con convertirse en autosuficientes, independientes y dominantes de la situación.

         En nuestro mundo se dice que para triunfar hay que ser agresivos. Con elegancia pero agresivos, para no dejarse comer el terreno y como tantos héroes de película. ¡Qué equivocación! ¡Qué locura! El de nuestro mundo es un sueño imposible, porque siempre dependeremos los unos de los otros, siempre necesitaremos el don de la gratuidad. ¿Por qué no aceptamos de una vez que somos pobres y limitados? ¿Por qué no abrimos, sin avergonzarnos, nuestras manos vacías ante el único que nos las puede llenar?

Servicio Bíblico Latinoamericano

c) Meditación

         Las exclamaciones, lo mismo que los suspiros, suelen brotar desde lo más hondo de nosotros mismos. Son como un chorro de vida cuya presión no puede ser ya contenida, y por eso salen a la superficie como un surtidor. Pues bien, el evangelio de hoy conserva alguna de esas exclamaciones de Jesús: Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor.

         En este caso, el surtidor que brota del corazón de Cristo es una acción de gracias al Padre. Da gracias porque ha hecho a los sencillos objeto de su predilección: lo que les ha escondido a los sabios y entendidos se lo ha revelado a los sencillos.

         A Jesús eso le agrada, porque también él sintoniza con los sencillos, porque los sencillos son los que mejor han acogido su mensaje. Y como su mensaje es revelación de Dios, los que lo acogen se convierten instantáneamente en esos sencillos que tienen el privilegio de conocer lo que Dios ha querido comunicar de sí mismo y de sus planes.

         Los entendidos (que pudieran serlo en cualquier ramo del saber, pero que aquí han de ser más bien los escribas o entendidos en la palabra de Dios), precisamente por creerse tales (es decir, por creer entender la palabra de Dios), están en peor disposición para aceptar una ulterior revelación o clarificación de este mismo Dios que no había dado aún su última palabra, pues su última palabra llegaba con Jesús.

         El resultado de esta cerrazón de los entendidos es que se les acaba ocultando eso mismo que les es revelado a los sencillos. Por tanto, no es que Dios haga acepción de personas (discriminando entre esos a quienes ha decidido revelarse, y esos a quienes ha decidido ocultarse), sino que los entendidos, precisamente por creer que entienden, se cierran a una revelación a la que permanecen abiertos los sencillos (sencillamente, porque reconocen su ignorancia en este punto).

         El principio de todo aprendizaje es la humildad. Y el que carece de esta base, se incapacita a sí mismo para aprender. Y cuando se trata de este tipo de conocimiento, el conocimiento del Padre, se hace mucho más necesaria la humildad.

         En realidad, nadie puede conocer al Padre si éste no se revela, y ello por dos razones: porque es divino (y por tanto, no está al alcance de nuestros ojos e inteligencia) y porque es persona, y a una persona, más allá de lo que revelan sus obras, sólo se la puede conocer si ella nos muestra su interior (es decir, si se nos desvela). En el caso del Padre Dios, sólo lo puede conocer el que procede de él como Hijo, como recordó Jesús: Nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

         El Hijo, al ser también Dios, es nuestra vía de acceso al conocimiento del Padre, y cualquier otra vía (la de las criaturas, la de los profetas...) es una vía muy limitada o imperfecta. Sólo el Hijo conoce cabalmente al Padre, y sólo él nos lo puede dar a conocer.

         Esa es una de las razones por las que el Hijo de Dios se hizo hombre: para que, en cuanto hombre (con lenguaje humano), pudiera darnos a conocer adecuadamente al Padre del cielo. Por tanto, si queremos conocer a Dios hemos de atender a la palabra de este hombre (el Hijo encarnado) cuando nos habla de él, porque en su palabra se contiene la revelación del Padre.

         Acoger su palabra, como hacían los sencillos, era recibir el don divino de la verdad revelada. Y no acogerla, como sucedió con frecuencia entre los escribas y fariseos, era mantenerse de espaldas a esta revelación (y en definitiva, a la verdad de Dios).

         Se trata de una verdad que no puede ser en ningún caso conquistada mediante la investigación o el esfuerzo racional del hombre, sino sólo acogida o rechazada. Se trata de una verdad testimoniada, y ante un testimonio sólo cabe la aceptación, el rechazo o la indiferencia, que no deja de ser sino un modo de rechazo.

         Ante un testimonio sólo cabe creerlo o no creerlo, aunque eso no significa que el testimonio no vaya acompañado de signos de credibilidad o de no credibilidad. Habrá más o menos razones para creer en este testimonio, pero ante el testimonio sólo cabe creer o no creer, dar crédito a lo que se nos comunica o considerarlo enteramente increíble.

         El testimonio de Cristo se nos presenta como la revelación que el Hijo nos hace del Padre. Los sencillos aceptaron este testimonio, y los sabios y entendidos no lo aceptaron. Jesús, que sintoniza con el corazón de los sencillos, da gracias al Padre por semejante don.

         El conocimiento de Dios como Padre nos hace tomar conciencia de nuestra condición de hijos. Una vez adquirida esta condición, sólo nos queda comportarnos como hijos (en relación con Dios y en relación con los hermanos) para obtener la herencia prometida a los que se mantienen hijos o perseveran como tales hasta el final.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ·CID, doctor en Teología

 Act: 16/07/25     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A