29 de Noviembre
Sábado XXXIV Ordinario
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 29 noviembre 2025
a) Dan 7, 15-27
Continuamos hoy con la lectura de ayer, en esa gigantesca lucha entre las fuerzas del bien y las fuerzas del mal, en que Daniel verá el triunfo de los santos contra las bestias malhechoras.
Se trata del anuncio del Mesías, que todos los exegetas afirman unánimemente. Pero se trata también de una interpretación religiosa de toda la historia humana. De hecho, a "toda época" (también la nuestra) puede aplicársele esta gran visión, pues Daniel la aplicó a los grandes imperios de su tiempo, mientras que el Apocalipsis de Juan la aplicó a la época de Nerón.
En cuanto a nosotros, ¿somos capaces de esta visión? Daniel fue el 1º en considerar la historia mundial como una preparación del reino de Dios, y en soldar las esperanzas humanas con la aurora de una esperanza eterna. El combate de la santidad, aquí abajo, conduce al hombre hasta el umbral de la eternidad de Dios, y en ese combate el tiempo coexiste con la eternidad.
Los que finalmente recibirán la realeza son "los santos del Altísimo". ¡Ah, Señor, qué divina revolución! Los santos, en lugar de Antíoco o de Nerón o de Hitler. ¡De ningún modo una realeza del mismo género que éstos! En el plan de Dios, un "pueblo de santos" recibirá la realeza "conferida al Hijo del hombre". Y San Pedro dirá a sus fieles de Roma que ellos son un "pueblo sacerdotal, pueblo de reyes, asamblea de santos y pueblo de Dios".
A medida que Cristo reúne a los hombres en la Iglesia, los asocia a la responsabilidad que él tiene para realizar el proyecto de Dios sobre la humanidad (1Pe 2, 4-10). Señor, ¿qué puedo hacer para mantener en mí esta visión?, ¿cómo esperas tú que yo participe yo en tu proyecto? Señor, yo me siento muy poco santo, así que ¿cómo te atreves tú a asociarme a tu obra y a tu responsabilidad? ¿O es que la santidad no es sinónimo de aureola excepcional?
Volviendo a Daniel, nos dice el texto que "esta bestia (este rey) pronunciará palabras hostiles al Altísimo, y pondrá a prueba a los santos del Altísimo, y los santos serán entregados a su poder por un tiempo, y tiempos, y medio tiempo".
La santidad es un combate, y la historia es una historia accidentada y tumultuosa. Los triunfos de Dios no son muy aparentes, y a menudo quedan escondidos bajo el triunfo monstruoso de las fuerzas del mal. Las épocas de mártires lo saben bien, así como lo sabían la época de los macabeos (la época en que fue escrito el libro de Daniel). Todavía hoy, las apariencias van contra de Dios... pero "por un tiempo", porque se nos ha prometido que ese triunfo del mal no durará.
Finalmente, "el tribunal se sentará, y el dominio le será quitado y será dado al pueblo de los santos del Altísimo, para una realeza eterna". Jesús, santo de Dios, tú te declaraste Hijo del hombre, tú te comprometiste totalmente en este combate contra el mal, y de forma terrible ante los demonios. Pero tú no quisiste reinar poderosamente, sino de forma humilde, paciente y santa. Y así, todas las apariencias estaban contra Jesús.
Noel Quesson
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Continúa hoy la visión que empezamos a leer ayer. En este caso, a Daniel le preocupa saber el sentido de las 4 bestias, sobre todo de la 4ª y última, la más terrible, que por lo que parece es la que lucha contra los santos y los derrota.
Recordemos, una vez más, que el libro está escrito para que lo lean los que sufren la persecución de Antíoco IV de Siria (Antíoco Epífanes), un rey, que blasfema y que cruelmente se deshace de los que le estorban, a lo largo del s. II a.C. Pues bien, nos dice Daniel que su reinado sólo durará "un año, otro año, y otro año y medio" más. Es decir, 3,5 años (la mitad de 7, la mitad del nº perfecto y, por tanto, un número malo, fatal para él). Entonces, el Altísimo lo aniquilará totalmente, "y el poder real será entregado al pueblo de los santos, y habrá un reino eterno".
La lección del autor está clara: dar ánimos e infundir esperanza, para que nadie crea que la última palabra la va a tener Antíoco IV, el cual ha querido "aniquilar a los santos y cambiar el calendario y la ley". Antíoco prohibió las fiestas judías y la celebración del sábado, e impuso un calendario pagano helénico, símbolo de la paganización de las costumbres. De ahí la reacción de muchos judíos en Israel, que quisieron mantenerse fieles a la fe de sus mayores.
Lo importante es saber que Dios sale victorioso en la lucha contra el mal, y que los que han sido fieles reciben la corona de la gloria. Son palabras de ánimo también para los cristianos de estos tiemmpos, en nuestro intento por seguir los caminos de Dios en medio de las tentaciones que nos vienen de fuera y de dentro. Incorporémonos a Cristo Jesús, el vencedor del mal.
José Aldazábal
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En el texto de hoy es descrito el camino tormentoso del mal, amargando a todos la existencia. Y en su momento culminante nos ofrece un rayo de luz, viniendo a decir que al final nunca triunfará el poder maligno, sino una aurora de salvación. Dios y el Hijo del hombre triunfarán, con sus seguidores, en una morada de felicidad.
En la reflexión de hoy no podemos alejarnos, por tanto, del texto bíblico, ni de su grandeza y mensaje. Repitamos, por tanto, las consideraciones ya hechas, para grabar bien sus impresiones.
Las aventuras de los reinos del mundo (efímeros, violentos, opresores de Israel) son vistas por el profeta Daniel bajo los símbolos de 4 fieras gigantes, que desvelan sus sueños en Babilonia. La 1ª fiera y reino es un león alado, la 2ª es un oso con 3 costillas en la boca, la 3ª es un leopardo con 4 alas y 4 cabezas, y la 4ª es un animal horrible con dientes de hierro y 10 cuernos. Como vemos, se trata del rostro del mal, de la destrucción, de la infidelidad y del pecado.
Esas 4 bestias son como las 4 partes de la estatua que había visto en su momento el rey Nabucodonosor II de Babilonia. Por tanto, podemos vaticinar sobre cada una de ellas lo que le ocurrió al reino de Nabucodonosor, en sus 4 etapas: que su poderío y terror fue totalmente pulverizado, en pos del único y definitivo reino: el de Dios, el de los santos, el del amor eterno. Es el Reino que nos los traerá el Hijo del hombre, que es la figura del rey Mesías.
Contemplado el espectáculo de las ingratitudes humanas, y de los reinos mundanos que se suceden, volvamos la mirada y nuestra esperanza al rey de reyes, que en el Mesías vendrá a inaugurar el reino de Dios y de lo santos.
Sólo a la luz de Cristo entenderemos que el reino de Dios ha sido ya inaugurado entre nosotros, como Reino imposible de pisotear, de triturar o de destruir por los demás, pues en él se encuentra Cristo y su Iglesia, que en su conjunto conforma la familia de Dios.
Ante este Reino, muchas veces perseguido, ni el poder del infierno prevalecerá sobre él, pues Dios mismo estará en medio de su pueblo. A nosotros corresponde hacer brillar con toda claridad el rostro amoroso y misericordioso del Señor. Por eso, quien se profese hombre de fe, y se dedique a destruir o a pisotear a su prójimo, no podrá ser contado entre sus miembros, sino entre los hipócritas.
El Señor está con nosotros, y su Espíritu impulsa nuestra vida. Así que no vivamos ya conforme a los criterios de los reinos terrenos, sino conforme al pensamiento y criterio de Dios, que se nos ha manifestado por medio de su Hijo Jesús.
Daniel nos deja claras 2 cosas: que habrá combate y que habrá victoria. Como habrá combate, hemos de prepararnos para la lucha. Como habrá victoria, debemos permanecer firmes en nuestras convicciones, y no cejar en nuestro empeño ni dejar de cantar las alabanzas del Único que es grande y santo.
Con la liturgia de hoy llegamos al final del año litúrgico. Mañana será Domingo I de Adviento, se iniciará un nuevo ciclo litúrgico. El mensaje final de la liturgia está, pues, claro: grandes combates y grandes luchas, pero un solo vencedor y una sola victoria: la del "pueblo de los elegidos del Altísimo", según el bello nombre que nos otorga Daniel en su texto de hoy.
Dominicos de Madrid
b) Lc 21, 24-36
Lo único que sabemos acerca de la fecha del "último día" es que vendrá de improviso (Mt 24,39; 1Tes 5,2.4; 2Pe 3,10). Por ello, los cálculos de la ciencia, acerca de la catástrofe universal, valen tan poco como ciertas profecías particulares. Así que, concluye Jesús, "velad, orando en todo tiempo" (v.36).
De lo que se está hablando, por tanto, no es ya de la cercanía del reino de Dios, cuyos signos vamos descubriendo a lo largo de la historia (vv.29-33), sino de la llegada del día del Hijo del hombre (vv.34-36). Jesús nos pide que andemos con cuidado, pues al respecto hay actitudes negativas y positivas. Las negativas son "que se os nuble la mente con el vicio, la bebida y las preocupaciones de la vida". Y las positivas son "estar despiertos y orar, para tener fuerzas en todo momento".
El que tiene una buena actitud podrá escapar de todos los hechos catastróficos descritos, el día del Hijo del hombre, (vv.25-26). Y no sólo escapará de esos hechos, sino que "se mantendrá en pie ante el Hijo del hombre". Por otra parte, el día del Hijo del hombre es "como un lazo", y el que no camina con cuidado quedará enredado, atrapado y cazado.
Si la cercanía del reino de Dios podía ser percibida únicamente por los creyentes que saben discernir los signos de los tiempos, el día del Hijo del hombre (su parusía) será una manifestación pública, manifiesta a todos los habitantes de la tierra (incluso a sus enemigos).
El texto presente tiene enormes repercusiones para la vida de la Iglesia, del tiempo de Lucas y de hoy en día. El día de la parusía será ciertamente el último día, pero ese día ha de marcar desde ya toda la historia de todos los tiempos.
Toda la historia está orientada hacia ese día, y toda la historia debe estar preparada para vivir ese día. No sabemos si ese día será mañana o en 100.000 años. No lo sabemos, no tiene sentido tratar de saberlo y nada mas insensato que querer adivinar ese día. Lo que nos exige Jesús no es calcular fechas (lo cual sería insensato y hasta blasfemo), sino el estar preparados siempre.
Las actitudes que nos pide Jesús, para ese día, son actitudes necesarias para el día a día y para todos los días. Entre esas actitudes, está el que "no se os nuble la mente, ni se os embote la mente ni se os endurezca el corazón". ¿Y cómo? A través del vicio, la bebida y las preocupaciones de la vida. La actitud positiva contraria sería estar en vela y orar, para "tener fuerzas en todo momento".
Estas actitudes negativas y positivas son 2 maneras muy distintas de vivir, y 2 paradigmas posibles de vida: vivir con la mente y el corazón nublados, o vivir vigilantes y en oración. El texto nos urge a optar por uno u otro modelo de vida, sabiendo que si uno opta por permanecer en vela y orando podrá "escapar de lo que está por venir".
"Lo que está por venir" es descrito por Jesús a través de un terrible cataclismo cósmico (vv.25-26). Ya dijimos que ese cataclismo cósmico es símbolo de un cataclismo global de todas las estructuras del mundo, que podrá ocurrir mañana, o en 1.000 o en 10.000 años.
No obstante, lo importante en vivir de una determinada manera. Además, la parusía de Jesús se vive en cada instante, a través de miles de símbolos de la actualidad y de cada instante.
Juan Mateos
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El último aviso de Jesús, de su Discurso Escatológico, va dirigido hoy a nosotros, para que su Iglesia se mantenga sobria y despierta "en todo momento". En ese sentido, una vida disoluta ("el vino") y preocupada constantemente ("los agobios de la vida") ahogarían el mensaje (Lc 8, 14) y no permitiría instaurar el reinado de Dios (Lc 12, 31). El aviso es muy serio: "Andaos con cuidado" (v.34a). Es el mismo aviso que Jesús había hecho antes a los discípulos a propósito de los fariseos (Lc 12, 1), de los que causan escándalo (Lc 17, 3) y de los letrados (Lc 20, 46).
La cuádruple repetición de esta advertencia muestra que el peligro es real e inmediato, pues también a los suyos "aquel día podría echárseles encima de improviso" (v.34b). Jesús habla del día en que el Hijo del hombre, que es él mismo, se manifestará con todo su esplendor, una vez hayan caído los enemigos.
Los discípulos deben pedir fuerza para "mantenerse en pie ante la llegada del Hijo del hombre", desafiando la persecución y la muerte (vv.35-36). Si siguen identificados con el mundo pecaminoso que se desmorona, correrán también ellos la misma suerte, y la llegada del Hijo del hombre no será para ellos señal de liberación (v.28), sino que también "caerá como un lazo" sobre ellos, igual que "sobre todos los que habitan la faz de la tierra" (v.35).
Si el fin del mundo es para hoy y para el ya mismo, y si el Hijo del hombre ejerce su juicio en la historia, la exhortación a la vigilancia adquiere aún mayor peso. Así que "estad en vela, orando en todo tiempo para tener fuerzas y escapar de todo lo que está por venir".
En el contexto del discurso, colocado inmediatamente antes de los relatos de la pasión y resurrección, esta fórmula designa con claridad la pasión del Hijo del hombre, en la que se verán implicados también los discípulos, lo quieran o no. Por tanto, la exhortación va dirigida a animarles en dichos momentos, en que serán brutalmente situados ante el misterio de la cruz.
Pero Jesús piensa también en sus seguidores de hoy y de mañana, pues en esos casos, ¿no sentirán la tentación de abandonarlo todo? Será entonces cuando habrán de recordar que los tiempos del Reino se han cumplido ya, y que como decía Bossuet:
"Nuestras historias son un signo y un testimonio de una venida que ilumina desde dentro, y que lo que a una mirada poco atenta puede parecer un otoño triste y siniestro, para el creyente está enraizado en la oración, como una primavera totalmente llena de la venida del Hijo del hombre".
Josep Rius
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Jesús acaba de anunciar la "venida del Hijo del hombre sobre las nubes del cielo". Acaba de decir que "el reino de Dios está cerca", como lo está el verano cuando los árboles han brotado. Y para esta espera, continúa diciendo Jesús, aconseja a sus amigos: "Andaos con cuidado, para que no se os embote la mente ni el corazón".
Tras las llamadas de atención a la esperanza y confianza, que había dado previamente Jesús, aporta ahora una llamada a la vigilancia: "No os dejéis sorprender" por esas venidas de Jesús, sobre todo por la última. Y lanza su respectivo consejo: "Permaneced ágiles", lo cual significa no embotarse y estar siempre dispuestos a partir, "para que no os entorpezcan la comida, ni la bebida, ni los agobios de la vida".
Sabemos que un excesivo apego a los placeres entorpece la mente y el corazón. Pues bien, de suceder eso, y de estar buscando disfrutar con exceso de esta vida, olvidaremos "aquel día", y entonces aquel día "vendrá de improviso sobre nosotros, como un lazo que cae sobre todos habitantes de la tierra".
El día del juicio vendrá, por tanto, de improviso. Ya sabemos que cada segundo mueren 2 personas, y que sobre la tierra mueren 184.000 personas todos los días. Lo que no sabemos es cuántos segundos o días me quedan a mí.
El juicio que cayó sobre Jerusalén debe servirnos de advertencia, porque es el símbolo del juicio que caerá sobre la tierra entera. Por eso, nos alerta Jesús: "Velad y orad en todo momento". Sí, Jesús, tú aconsejabas a tus amigos que no cesasen jamás de orar, al igual que San Pablo repetirá a sus fieles (2Tes 1,11; Flp 1,4; Rm 1,10; Col 1,3; Flm, 4).
Hay que repetirse a sí mismo los consejos apremiantes de Jesús: esperanza, confianza, certeza, vigilancia, sobriedad, disponibilidad, oración... Y puesto que nadie sabe la hora, hay que tratar de "escapar de todo lo que va a venir". Esta es la señal de que realmente hay, queramos o no, algo terrible en "aquel día".
Si huimos de la engañosa seguridad, entonces la confianza, y el gozo, y la esperanza, se mantendrán en pie. Pero para ello hay que estar alerta, porque algo peligroso nos amenaza, y hay que estar a punto para escapar. Así podremos "estar en pie ante el Hijo del hombre".
He aquí la última frase del último discurso de Jesús antes de su pasión: "Velad y orad, para presentaros con seguridad delante del Hijo del hombre". Será el Hijo del hombre quien tendrá la última palabra, y si velamos y oramos podremos presentarnos delante de él con el alma tranquila.
Noel Quesson
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Hoy, último día del tiempo ordinario, Jesús nos advierte sobre la suerte de nuestro paso por la vida. Si nos empeñamos en vivir absortos por la inmediatez de los afanes de la vida, llegará el último día de nuestra vida tan de repente que la misma ceguera (de nuestra glotonería) nos impedirá reconocer al mismo Dios, que vendrá (porque aquí estamos de paso, ¿lo sabías?) para llevarnos a la intimidad de su amor infinito.
Será algo así como lo que le ocurre a un niño malcriado, que tan entretenido está con sus juguetes que acaba olvidando el cariño de sus padres y la compañía de sus amigos. Hasta que se da cuenta, y llora desconsolado por su inesperada soledad.
El antídoto que nos ofrece Jesús es igualmente claro: "Estad en vela, orando en todo tiempo" (v.36). Vigilar y orar será el aviso que dará Jesús a sus apóstoles la noche en que sea traicionado. Y es que la oración tiene un componente admirable de profecía, al pasar del mero ver al mirar la cotidianeidad en su más profunda realidad.
Como escribió Evagrio Póntico, "la vista es el mejor de todos los sentidos, pero la oración es la más divina de todas las virtudes". Los clásicos de la espiritualidad lo llaman "visión sobrenatural", o mirar con los ojos de Dios. O lo que es lo mismo, "conocer la verdad" de Dios, del mundo y de mí mismo. Los profetas fueron no sólo los que predijeron lo que iba a venir, sino los que supieron interpretar el presente en su justa densidad.
Muchas veces nos lamentamos por la situación del mundo, exclamando que hasta dónde vamos a ir a parar. Pues bienm hoy es el último día del tiempo ordinario, y es un día para tomar resoluciones definitivas. Quizás ya va siendo hora de levantarse de la embriaguez por el presente, y ponerse manos a la obra por un futuro mejor. ¿Quieres ser tú? Pues ánimo, y que Dios te bendiga.
Homer Val
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Escuchamos hoy la última recomendación de Jesús en su Discurso Escatológico, y último consejo del año litúrgico ("estad siempre despiertos"), pues lo contrario sería "dejarse embotar la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero". ¿Y cómo conseguir esto? A través de la oración, "pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir". La consigna final es corta y expresiva: "Manteneos en pie ante el Hijo del hombre".
Todos necesitamos un buen despertador, porque todos tendemos a dormirnos bajo la pereza, a bloquearnos por las preocupaciones de la vida y a no tener siempre desplegada la antena de los valores del espíritu.
Estar de pie ante Cristo es estar en vela y en actitud de oración, mientras caminamos por este mundo y vamos realizando las mil tareas que nos encomienda la vida. No importa si la venida gloriosa de Jesús está próxima o no, pues para cada uno está siempre próxima, tanto pensando en nuestra muerte como en su venida diaria a nuestra existencia.
Los cristianos tenemos memoria, y miramos muchas veces al gran acontecimiento de hace 2.000 años (la vida y la pascua de Jesús). Pero tenemos un compromiso con el presente, y éste hay que vivirlo con intensidad, "llevando a cabo la tarea de Dios en nuestras vidas". Hagámoslo con instinto profético y mirando al futuro, el cual también se va construyendo por el Espíritu Santo.
En la eucaristía se concentran las 3 direcciones, como ya nos dijo San Pablo (1Cor 11, 26): "Cada vez que coméis este pan y bebéis este vino (hoy), proclamáis la muerte del Señor (ayer) hasta que él venga (mañana)". Es lo que aclamamos en el momento central de la misa: "Anunciamos tu muerte y proclamamos tu resurrección, ven Señor Jesús".
José Aldazábal
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Jesús, de muchos modos nos has dicho que no basta con hacer un acto de fe en un momento dado y confiar que ya estamos salvados. Vigilad sobre vosotros mismos, porque, aun siendo mis discípulos, a pesar de haber creído en mí y haberme seguido por algún tiempo, vuestros corazones se pueden ofuscar por los afanes de esta vida. Nadie sabe el día ni la hora en el que Dios le va a pedir cuentas, pues la muerte puede venir en cualquier momento. Por eso, he de estar siempre preparado, siempre en gracia.
Jesús, tú me recuerdas que para estar siempre preparado, para mantenerme espiritualmente en forma, he de vigilar orando en todo tiempo. La oración es la manera práctica de ejercitar la fe, de modo que no languidezca con el tiempo, sino que se fortalezca y se traduzca cada día en obras de santidad. La oración misma es un acto de fe, porque al dirigirme a ti en el silencio de mi corazón te estoy mostrando que creo que estás a mi lado, que me ves, que me oyes: que me escuchas con atención, como una madre buena escucha a su hijo pequeño.
Jesús, hoy se acaba el ciclo litúrgico. Mañana empieza un año nuevo en la Iglesia, con el Domingo I de Adviento. He intentado acompañarte de cerca durante este año considerando cada día tus palabras e intentando hacerlas vida en mi vida ordinaria. He aprendido muchas cosas de ti.
Gracias por haberte hecho hombre, por haberte hecho asequible a mi pobre inteligencia. Perdóname por tantas veces en las que no he estado a la altura de tus enseñanzas, y ayúdame a empezar el nuevo año con mayores deseos de santidad.
Jesús, durante este año litúrgico he aprendido a quererte un poco más; he intentado hacer tu voluntad en cada momento y en cada actividad. También he aprendido que la Virgen María es la persona que ha sabido vivir más unida a ti, la llena de gracia, y por eso es mi mejor modelo para vivir cristianamente en mis circunstancias ordinarias. Además, ella es mi madre; y está pendiente de todo lo que necesito.
La oración de María se nos revela en la aurora de la plenitud de los tiempos. Pues como dice el Catecismo de la Iglesia:
"Antes de la encarnación del Hijo de Dios, y antes de la efusión del Espíritu Santo, su oración coopera de manera única con el designio amoroso del Padre. En la anunciación, para la concepción de Cristo; en Pentecostés para la formación de la Iglesia, cuerpo de Cristo. En la fe de su humilde esclava, el don de Dios encuentra la acogida que esperaba desde el comienzo de los tiempos. La que el Omnipotente ha hecho "llena de gracias" responde con la ofrenda de todo su ser: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Fiat, ésta es la oración cristiana: ser todo de él, ya que él es todo nuestro" (CIC, 2617).
Madre, tu Hijo Jesús me ha dicho hoy que rece en todo tiempo para evitar todo tipo de males, especialmente la ofuscación del corazón. Cuando se alborote mi alma, ayúdame, madre: dame la paz y la alegría que llenó tu vida aun en medio de los sufrimientos, más grandes. Si rezo en todo tiempo, me sorprenderé de la eficacia de la oración. Porque la oración, especialmente la oración de la Virgen, es omnipotente.
Pablo Cardona
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En nuestras vidas hay aparentes sorpresas que, en realidad, no lo son tanto. Nos sorprende (y no debería hacerlo) la cuenta mensual del teléfono, sobre todo si hemos estado haciendo largas llamadas al exterior. Nos sorprende que el examen sea difícil (lo que era de esperar), y hasta nosotros mismos fraguamos estas sorpresas hacia los demás (a veces desagradables).
Lo mismo sucede en sentido positivo, cuando el buen trabajador, o emprendedor, espera con ansias una buena sorpresa, como puede ser el ascenso o aumento de prestaciones. De nosotros depende, por tanto, que muchas situaciones del futuro sean buenas o malas, dependiendo de lo que hayamos hecho perspectivamente en el presente.
Por eso, nos dice hoy el Señor, conviene vigilar, construyendo sobre la vigilancia y oración nuestras vidas. Vigilar y orar para descubrir si estamos aprovechando el tiempo presente, y vigiliar y orar para no estar preparándonos, para nosotros mismos, una triste y dolorosa sorpresa, que el futuro nos tendrá guardada.
Ignacio Sarre
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Se nos acaba el año, y ¿cómo nos encuentra Dios? Lo dice Jesús: "Embotando la mente con el vicio, la bebida y la preocupación por el dinero, mientras se nos encima aquel día". Así que, ¿cómo salir de ese estado en cuestión? Lo dice también Jesús: "Permaniendo siempre despiertos, pidiendo fuerzas a Dios y manteniéndose en pie ante el Hijo del hombre".
¡Qué mensaje más bonito para el último día del año litúrgico! Que no se nos embote la mente con las absurdas preocupaciones, que estemos bien despejados, que nos mantengamos despiertos ante tanto susurro que amortaja el alma en la superficialidad y el desencanto.
En pié, alerta y firmes, sin bostezos ni lágrimas de aburrimiento en los ojillos. Y si no lo puedes evitar, pide fuerza para escapar de esta situación, pues ésta podría arruinar todo cuanto has hecho hasta ahora, y agotar el último aceite de la alcuza. No se puede bajar la guardia, porque el partido termina cuando pita el árbitro, y todo el tiempo de juego es tiempo de salvación.
Hermano, hemos de pasar por el tiempo de la purificación, si lo que queremos es llegar al lugar donde todo está purificado. Lo impuro se pega a nuestros huesos con suma facilidad, y hay que ejercitarse en la ascesis de purificar lo impuro. De lo contrario, la noche se nos caerá encima, y no tendremos a punto las lámparas necesarias.
Miguel Angel Niño
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El pasaje de hoy es un complemento de la lectura de ayer, y nos viene a decir que si no nos embotamos en el vicio, y si dejamos un resquicio a la gracia, Dios estará misericordioso con nosotros en su 2º advenimiento.
Por ello, Jesús nos invita hoy a vivir sin la ceguera provocada por los vicios nefandos, sin el embotamiento del vino y de las comilonas, sin el apetito desordenado de posesiones y sin esa personalidad que huye de la convivencia, gratuidad, servicio y amor.
El evangelio de hoy está en esta tónica, y nos llama a estar despiertos pero no angustiados, atentos pero no desesperados, vigilantes del peligro pero no obsesionados con él. Y sobre todo, a orar, porque dejar de orar es ya perder.
Necesitamos la oración para que nuestros ojos vean como Dios ve. Necesitamos la oración para que nuestras fuerzas no sean sólo las nuestras, sino las de él. Y necesitamos la oración para captar la magnitud y perversidad de "lo que está por venir". Necesitamos la oración porque ninguna previsión humana será nunca perfecta, y ningún razonamiento podrá deducir cuándo será "aquel día y aquella hora".
Hemos también de velar, para poder comparecer seguros, "aquel día, ante el Hijo del hombre". Y hemos de velar porque hay muchas cosas que pueden hacernos perder de vista a Dios, y hacernos errar el camino que nos conduce a él. Nadie está libre de lo pasajero, y de eso hemos de estar vigilantes.
Por supuesto, necesitamos ciertas cosas temporales para vivir, pero lo importante es la vida y no esas cosas temporales. De ahí que el corazón haya de mantenerse desapegado de lo temporal y puesto en marcha a diario, para no dejarse sorprender por las tentaciones o los imprevistos.
Si vivimos esclavos de aquello que no es Dios, no llegaremos a Dios. Si vivimos obsesionados por los bienes de la tierra, perderemos de vista los bienes del cielo. Y en ese caso seremos derrotados, y caeremos al suelo sin capacidad para "mantenernos en pie".
Mañana será el Domingo I de Adviento, y en la palabra de Dios resonará una llamada a emprender una nueva vida, resucitando de las cenizas de nuestras infidelidades. ¿Será todo nuevo en nuestras conciencias? Ayúdanos, Señor, para que tu palabra sea espíritu y vida en nuestros corazones, y more en nuestros corazones como morada tuya. Persuádenos de que vivir sobrios también aporta felicidad, ahora entre sufrimientos y mañana de forma plena.
Dominicos de Madrid
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Las enseñanzas de Jesús de hoy, sobre el fin de los tiempos, pueden ser resumidas en 2 puntos: su carácter imprevisto y su universalidad. Y frente a la curiosidad de los plazos sobre el fin, sepamos que nuestra curiosidad ha de estar situada en el marco del querer divino, implicando en ello la totalidad de nuestra vida.
La universalidad del Juicio Final ha de suscitar en nosotros una actitud responsable frente los demás, ante todos los acontecimientos que afectan a sus vidas y ante a todos los procesos por los que ellos van pasando.
Esta responsabilidad exige una lucidez de comprensión y una actuación práctica y coherente, sin desaliento por lo que vemos ni desconfianza en esa fuerza de Dios que puede cambiar sus vidas, haciéndolas pasar de la banalidad a la sensatez. No disminuyamos, por tanto, nuestra capacidad de actuación, frente a los sucesos que van sobreviniendo en este mundo.
Esta es la actitud propia de la vigilancia cristiana sobre nuestros semejantes, pues Jesucristo no hará excepciones a la hora de juzgar a todos y cada uno, en aquel día imprevisto y universal. De hecho, ya Jesús lo dijo: "Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: Velad".
Dentro de esta actitud de vigilancia, asume un lugar privilegiado la práctica de la oración, la cual nos da fuerza para descubrir en cada acontecimiento que vemos la mayor o menor presencia de Dios, y nos da fuerzas para ser constantes en la búsqueda del hermano perdido, animándolo a volver a la casa del Padre.
Confederación Internacional Claretiana
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El sistema vigente de este mundo tiene muchas formas de atrapar a las personas en sus interminables juegos de manipulación. En el Imperio Romano, las grandes distracciones eran el pan y el circo, y en el mundo judío el afán de riqueza y de venganza. Y en todas partes pasaba lo mismo, sucumbiendo las gentes en los cultos a las diversas expresiones de la mundanidad.
Posteriormente, las iglesias primitivas tuvieron que definir claramente sus parámetros, a la hora de que sus seguidores no siguieran cultivando los viejos vicios de su vida pasada (idolotitos, brujería, fornicación...), casi siempre procedentes de culturas grecorromanas de moral relajada.
Las advertencias de hoy de Jesús nos vienen a decir que dichos vicios pasados, o presentes, pueden amenazar la integridad futura, dada la irreristible propuesta al hacer caer (tentaciones) que imponen las sociedades mundanas.
El cristiano no podrá llegar hasta el final de su camino si permanece atado a los vicios que la cultura le impone, ni podrá mantenerse atento a su su Señor si se ve envuelto en el marasmo de los antivalores que la sociedad le ofrece. Si el cristiano no despierta, y se libera de todo eso, no podrá "mantenerse en pie ante el Hijo del hombre".
Por estas razones, el cristiano necesita cultivar desde ya una actitud orante y vigilante, que le permita "estar despierto en todo momento" ante la realidad que le rodea, y descubrir los signos de los tiempos. Para que esto sea posible, el cristiano debe ir madurando en el seno de su comunidad, recurriendo a otros hermanos ante cualquier duda o titubeo, o cuando pierde el rumbo o se confunde ante la ola ideológica del sistema vigente. La actitud ética del cristiano ha de ser un compromiso personal de por vida, pero vivido en comunidad.
Servicio Bíblico Latinoamericano
c) Meditación
Jesús nos anticipa hoy lo que sucederá aquel día decisivo (o momento de la verdad) de nuestras vidas, y nos previene con una serie de advertencias sobre cómo saber afrontarlo: Tened cuidado, y no se os embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero, y se os eche encima de repente aquel día. Porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra.
Hay cosas que quitan lucidez a la mente, y entre esas cosas están el vicio (todo tipo de vicio), la bebida (que es un tipo de vicio) y la preocupación del dinero (que absorbe todas las energías, y convierte la aparente ganancia en codicias y temores sin cuento). E incluso también la propia preocupación, por preocupación, puede calificarse de vicio.
Porque la preocupación del que no tiene para comer, o para dar de comer a sus hijos, o donde vivir, es comprensible y muy respetable. Pero la simple preocupación por tener más y más, porque todo es poco, deja de ser razonable, se convierte en un vicio y engendra esclavitud.
Los vicios embotan la mente porque la someten a su tiranía, la subyugan y la sujetan a sus inclinaciones, y de esa forma la mente deja de ser la que gobierna y dirige esa personalidad. No obstante, también la mente puede perder su lucidez cuando deja de percibir las cosas en su realidad, o cuando se abstrae de la realidad emigrando a un país imaginario, o cuando ha pasado a vivir de utópicas ilusiones.
Se pierde el sentido de la realidad cuando uno deja de considerar la muerte como parte integrante de la vida, o cuando se vive como si los propios proyectos fuesen a ser perpetuos, o cuando creemos poder disfrutar eternamente de algo terreno.
Cuando vivimos así, perdemos de vista la temporalidad de este mundo. Y eso es de lo que nos advierte Jesús, bajo un sonoro "tened cuidado" y manteneos lúcidos, no sea que se os eche encima de repente aquel día. ¿Y por qué? Porque el cese de la vida puede llegar en el momento más inesperado, y caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. En este caso, sobre cada uno en su momento, sin que éste sospeche cuándo.
Eso no significa que tengamos que vivir en un estado permanente de sobresalto (lo cual sería insoportable, hasta psicológicamente), pero sí en estado de lucidez, conscientes de lo que somos, sabedores de nuestra precariedad y en total dependencia del que nos sostiene en la vida. Es decir, despiertos y pidiendo fuerza al que puede darla, fuerza para escapar, fuerza para afrontar todo lo que está por venir, y fuerza para mantenernos en pie ante el Hijo del hombre.
Esto no es una actitud desafiante, como queriendo hacer frente a lo que venga. Pero sí una actitud acogedora, sabiendo dar la bienvenida a Aquel que viene a llevarnos consigo a una tierra mejor.
Act:
29/11/25
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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