23 de Febrero

Martes I de Cuaresma

Equipo de Liturgia
Mercabá, 23 febrero 2021

a) Is 55, 10-11

           Isaías es el profeta del consuelo, que ha manejado cuanto hay de bello y hermoso en el mundo para devolver a su atribulado pueblo la ilusión y la esperanza, desde la profunda seguridad de que el Señor está presente en los sufrimientos de los suyos, y un día les devolverá su alegría y su patria.

           La convicción del profeta arranca de la palabra del Señor, dada y mantenida de generación en generación y cuya fuerza salvadora hay que desplegar, una vez más, ante los hijos de Dios. El pueblo de Dios tiene que volver a la fuerza invencible sobre la que se asienta la esperanza, y esta fuerza inamovible es la palabra de Dios, con su formidable fuerza de salvación.

           Isaías compara a la palabra de Dios con la lluvia y la nieve, según leemos en la 1ª lectura de hoy. Y por ello es necesario creer firmemente en la fuerza salvadora de la palabra de Dios. Porque la salvación nos viene por la palabra de Dios (empeñada en la plenitud de  los tiempos), y Dios nos ama y nos perdona siempre. Nuestra salvación se va operando en la capacidad de fiarnos de Dios, y quien se fía de Dios, y da por buena y salvadora su palabra irreversible, entra a formar parte de su pueblo. Este es el mensaje principal, que nos inculca hoy el profeta Isaías.

           El profeta conoce bien la eficacia callada y profunda del agua y de la nieve: empapar, fecundar, hacer germinar, dar semilla y generar pan. Analógicamente, la Palabra de Dios no se queda en las nubes, sino que encaja en lo más profundo del ser humano. Dios ha tomado en serio la palabra que juró a Abraham, y no es Dios de momias ni de muertos. A nosotros, los hijos de la promesa, nos dio su Palabra hecha carne y hueso (Jesucristo), como testamento definitivo de su amor. Aquí radica toda la fuerza salvadora de nuestra fe.

           Creer no es crear ni inventar, sino fiarse. Fiarse de Dios y de su Palabra, y apostar por él con seguridad convencida. Creer no es tampoco empeñarse en querer saber, sino saber plenamente que Dios lo sabe (aun cuando tú estés a oscuras) y te ama (aun cuando tú no lo sientas).

           Todos necesitamos una vuelta a la simplicidad, entre tantos discursos, conferencias y proyectos. Y necesitamos volver a saber que nuestra fuerza está en la palabra de Dios. Necesitamos repetir, hasta cansarnos, que Dios está comprometido con nosotros, y que su Palabra no es como la nuestra ni como la de nadie. Muchos son los cristianos que creen en la acción, en la dinámica y en las planificaciones. El profeta Isaías cree en la fuerza de la palabra de Dios, y en que ésta no volverá a él sin haber cumplido su encargo. Un encargo que consiste en crear, de la nada, un pueblo nuevo.

           Para finalizar, la palabra de Dios se va mostrando y actualizando día a día, de una manera viva, activa y eficaz. Incluso la misma eucaristía se va actualizando día a día a través del poder de la palabra de Dios.

Joseph Ratzinger

*  *  *

           Ayer escuchábamos el llamamiento a la caridad fraterna. Y hoy, de la mano de Isaías, a la oración. Las lecturas nos van guiando para vivir la cuaresma con un programa denso, preparando la Pascua. Como una novia que se va engalanando de adornos y joyas, a la espera de su esposo.

           Isaías nos presenta la fuerza intrínseca que tiene la palabra de Dios, que siempre es eficaz y consigue lo que quiere. La comparación está tomada del campo y la podemos entender todos: esa palabra es como la lluvia que baja, que empapa la tierra y la hace fecunda.

           Uno de los mejores propósitos que podríamos tomar en esta cuaresma, siguiendo la línea que nos ha presentado Isaías, sería el de abrirnos más a la palabra de Dios que baja sobre nosotros. Es la 1ª actitud de un cristiano: ponernos a la escucha de Dios, atender a su palabra, admitirla en nuestra vida, comerla, comulgar con esa palabra que es Cristo mismo, en la 1ª mesa, que se nos ofrece en cada eucaristía.

           Ojalá a esa palabra que nos dirige Dios le dejemos producir en nuestro campo todo el fruto: no sólo el 30 o el 60, sino el 100%. Como en el principio del mundo "dijo y fue hecho"; como en la Pascua, que es el comienzo de la nueva humanidad, el Espíritu de Dios resucitó a Jesús a una nueva existencia, así quiere hacer otro tanto con nosotros en este año concreto.

José Aldazábal

b) Mt 6, 7-15

           Jesús nos enseña hoy a orar. Y ante la palabra que desciende de Dios, eficaz y viva (pues es siempre Dios el que tiene la 1ª palabra, el que tiende puentes, el que ofrece su comunión y su alianza), responde ahora la palabra que sube a él: nuestra oración.

           Ante todo, Jesús nos dice que evitemos la palabrería cuando rezamos, pues no se trata de informar a Dios sobre algo que no sabe, ni de convencerle con argumentos de algo que queremos que nos conceda. Y nos pone el modelo de toda oración: el Padrenuestro, la Oración del Señor y Oración de la Iglesia, de los que se sienten hijos (Padre) y hermanos (nuestro), la oración que se ha llamado con razón el "resumen de todo el evangelio".

           El Padrenuestro nos enseña la visión equilibrada de la vida. Pero sobre todo se fija en Dios. Pues el centro es Dios (su nombre, su voluntad, su Reino), y nosotros venimos después (con nuestro pan, perdón, tentaciones y males).

           Al final de dicha oración (el Padrenuestro), Jesús hace un comentario sobre la más incómoda o comprometida petición del Padrenuestro: "si perdonáis, también os perdonará; si no perdonáis, tampoco os perdonará". Y es que anteriormente hemos pedido que Dios que nos perdone, al igual que nosotros perdonamos. Y en esta historia, ya no sólo aparece el Padre y nosotros (y Jesucristo por medio), sino un elemento 3º y extraño: los demás. Y Jesús nos enseña a tener eso muy en cuenta.

           Cuando nosotros le dirigimos la palabra a Dios, él ya está en sintonía con nosotros. Lo que estamos haciendo es ponernos nosotros en onda con él, porque muchas veces estamos distraídos con mil cosas de la vida. En eso consiste la eficacia de nuestra oración.

           Sería bueno que estos días leyéramos, como lectura espiritual o de meditación, la parte IV del Catecismo de la Iglesia Católica: qué representa la oración en la vida de un creyente, cómo oró Jesús, cómo rezó la Virgen María y, sobre todo, el sabroso comentario al Padrenuestro.

           Doble programa para la cuaresma, imitando a Cristo en los 40 días del desierto: escuchar más la palabra que Dios nos dirige y elevarle nosotros con más sentido filial nuestra palabra de oración. Para que nuestra oración supere la rutina y el verbalismo, y sea en verdad un encuentro sencillo pero profundo con ese Dios que siempre está cercano, que es Padre, que siempre quiere nuestro bien y está dispuesto a darnos su Espíritu, el resumen de todos los bienes que podemos desear y pedir. También nosotros podemos decir, como Jesús en la resurrección de Lázaro: "Padre, yo sé que siempre me escuchas".

José Aldazábal

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           Hoy Jesús nos enseña a comportarnos como hijos de Dios. Y el 1º aspecto, en ese sentido, es el de tener confianza en Dios, cuando hablamos con él. Pero el Señor nos advierte: "No charléis mucho" (Mt 6, 7). Y es que los hijos, cuando hablan con sus padres, no lo hacen con razonamientos complicados, ni diciendo muchas palabras, sino que con sencillez piden todo aquello que necesitan. Siempre tengo la confianza de ser escuchado porque Dios (que es Padre) me ama y me escucha.

           De hecho, orar no es informar a Dios, sino pedirle todo lo que necesito, ya que "vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo" (Mt 6, 8). No seré buen cristiano si no hago oración, como no puede ser buen hijo quien no habla habitualmente con sus padres.

           El Padrenuestro es la oración que Jesús mismo nos ha enseñado, y es un resumen de la vida cristiana. Cada vez que rezo al Padre nuestro me dejo llevar de su mano y le pido aquello que necesito cada día para llegar a ser mejor hijo de Dios. Necesito no solamente el pan material, sino sobre todo el Pan del Cielo. Y también aprender a perdonar y ser perdonados. Como dicen las fórmulas introductorias al Padrenuestro de la Misa, "para recibir el perdón que Dios nos ofrece, dirijámonos al Padre que nos ama".

           Durante la cuaresma, la Iglesia me pide profundizar en la oración, pues como decía San Juan Crisóstomo, "la oración o coloquio con Dios es el bien más alto, porque constituye una unión con él". Señor, necesito aprender a rezar y a sacar consecuencias concretas para mi vida.

           Sobre todo para vivir la virtud de la caridad, ya que la oración me da fuerzas para vivirla cada día mejor. Por eso, pido diariamente que me ayude a disculpar tanto las pequeñas molestias de los otros (las palabras y actitudes ofensivas, sin guardar rencor) como saber decir al otro que le perdono de todo corazó. Lo podré conseguir porque me ayudará en todo momento la Madre de Dios.

Joaquim Fainé

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           Jesús alerta a los suyos acerca del tipo de disposición con que se debe llegar al Padre, en el momento de la oración. En esos instantes se hace preciso un profundo recogimiento, para que esta comunión se convierta en una verdadera toma de conciencia y no en un acto de exhibición, donde sean más importantes los rituales que la transparencia espiritual. Es precisamente esta transparencia espiritual la que dispone a hacer la voluntad de Dios.

           Jesús trató de situar a su comunidad en el corazón del Reino, estableciendo en ella valores que reflejaran la voluntad del Padre. Pues en la medida en que estos valores fueran siendo aceptada, el Padre sería más plenamente santificado y se cumpliría mejor su voluntad.

           Para Jesús el acontecimiento del Reino no está pensado en el más allá si no que tiene que comenzar aquí. Por eso hay que pensar en cómo obtener el pan cotidiano y en cómo dar y obtener el perdón de toda deuda, para que así pueda haber fraternidad y nivelación social. Así mismo, hay que pedirle a Dios nos ayude a destruir el egoísmo, que nos lleva a entregarnos en manos del Maligno, fuerza negativa que se afianza en el poder y que destruye toda fraternidad.

           ¡Se han hecho tantos comentarios acerca de esta oración enseñada por el mismo Jesús! Cada cual percibe en esas frases una cantera rica en expresiones de filiación, hermandad y compromiso de vida. Me ha parecido oportuno transcribir hoy lo que dijo, a este respecto, López Vigil: "El padrenuestro es, como oración, algo más que una fórmula fija, y recoge unas palabras en las que se resume una actitud de vida".

           De las 2 versiones que recogen los evangelios sobre el Padrenuestro, la más antigua es la de Lucas. En ella, el Padrenuestro es una oración que resalta la confianza total en Dios, y que permite llamar a Dios abbá porque somos con toda certeza sus hijos, y él nos quiere (Rom 8,15; Ga 4,6). Toda la oración orienta el corazón del que reza hacia el futuro: Hacia el Reino que viene, hacia la justicia de Dios. No rezarlo con estos pensamientos es traicionar el mensaje de Jesús.

Servicio Bíblico Latinoamericano