24 de Febrero

Miércoles I de Cuaresma

Equipo de Liturgia
Mercabá, 24 febrero 2021

a) Jon 3, 1-10

           El aspecto pascual de la figura de Jonás, que hoy propone la 1ª lectura, ha sido fuertemente subrayado por la enseñanza rabínica. Según cierta tradición, Jonás quiso morir en el mar por la salvación de Israel, y ofreció voluntariamente su muerte: "Tomadme y echadme al mar" (Jon 1, 12). Según los rabinos, lo hizo así porque temía que los paganos se convirtieran e hicieran penitencia, y de este modo dejasen en ridículo a Israel, que en dicho momento ni se convertía ni hacía penitencia.

           La muerte de Jonás (por la ballena) fue, de acuerdo con la tradición rabínica, una muerte voluntaria por la salvación de Israel, y por esta razón fue Jonás "un justo perfecto", cuyo ejemplo será modulador del Juicio Final. Un signo (el de la muerte voluntaria, para salvación del pueblo) que es el que reclamará Jesús cuando vaya a ir a la cruz, y que también volverá a ser signo al final de los tiempos, cuando él vuelva para el Juicio Final.

           Pero volvamos a Jonás. Porque parece ser que Jonás recelaba de la bondad de Dios, y al anunciar un juicio de Dios, todos en Israel se burlaban de él. Pero los habitantes de Nínive (en la salvaje Asiria) creyeron en él, e hicieron penitencia. Y esa conversión de los ninivitas sí que me parece un hecho sorprendente. ¿Cómo llegaron a creer?

           La única respuesta que encuentro es que los ninivitas, al escuchar la predicación de Jonás, se vieron obligados a reconocer que el contenido de su mensaje era verdadero, y que dicho mensaje contrastaba con la perversión en que ellos vivían dentro de la ciudad. Pero sobre todo lo 1º: que la otra parte era la verdadera. En consecuencia, comprendieron que lo que él pedía (la conversión) era la única vía posible para salvar la ciudad, al situarse ésta en el blanco de la diana de aquella profecía. Los ninivitas percibieron la autenticidad de aquella verdad, y actuaron en consecuencia.

           Un 2º elemento, que sin duda apoyó la credibilidad de Jonás, fue el desinterés personal del mensajero, pues él venía de muy lejos (la atrasada Israel) para cumplir una misión en un sitio (la potente Asiria) que lo exponía al escarnio, y tampoco aparentaba sacar ninguna ganancia personal. La tradición rabínica añade otro 3º elemento: Jonás quedó marcado por los 3 días y 3 noches que pasó en el corazón de la tierra, en "lo profundo de los infiernos" (Jon 2, 3), y en él eran visibles aquellas huellas de la muerte, y dotaban de autoridad sus palabras.

           Aquí nos salen al paso algunas preguntas. ¿Creeríamos nosotros, creerían nuestras ciudades si viniese un nuevo Jonás? También hoy busca Dios mensajeros de la penitencia para las grandes ciudades, las Nínives modernas. ¿Tenemos nosotros el valor, la fe profunda y la credibilidad que nos harían capaces de tocar los corazones y de abrir las puertas a la conversión?

Joseph Ratzinger

*  *  *

           El profeta Jonás (el único personaje judío que aparece en este libro) no es precisamente un modelo de creyente ni de profeta. Si por fin va a predicar a Nínive es porque se ve obligado, porque él bien había querido escaparse de su misión. Nínive era una ciudad considerada frívola, pecadora, y Jonás teme un estrepitoso fracaso en su misión. Además, se enfada cuando ve que Dios, compadecido, no va a castigar a los ninivitas. Mal profeta.

           No hace falta que consideremos como histórico este libro de Jonás. Es un apólogo a modo de parábola, una historia edificante con una intención clara: mostrar cómo los paganos (en este caso nada menos que Nínive, con todos sus habitantes, desde el rey hasta el ganado) hacen caso de la predicación de un profeta y se convierten, mientras que Israel, el pueblo elegido, a pesar de tantos profetas que se van sucediendo de parte de Dios, no les hace caso.

           Jonás anunció que "dentro de 40 días Nínive será arrasada". A nosotros se nos está diciendo que "dentro de 40 días será Pascua", la gran ocasión de sumarnos a la gracia de ese Cristo que a través de la muerte entra en una nueva existencia. ¿De veras podremos celebrar Pascua con él? ¿De veras nos creemos la oración del salmo de hoy, "oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme"?

           La cuaresma es la convocatoria a la renovación. Como dice el prefacio II de cuaresma, "has establecido generosamente este tiempo de gracia para renovar en santidad a tus hijos, de modo que, libres de todo afecto desordenado, vivamos las realidades temporales como primicias de las realidades eternas".

José Aldazábal

b) Lc 11, 29-32

           Los judíos le piden a Jesús un signo, piden que demuestre que él es verdaderamente el Mesías, aquel de quien hablan Moisés y los profetas. Piden un signo y, de esta manera, renuevan la tentación del desierto: Jesús debería proporcionar una prueba palpable, es decir, la prueba experimental que se exige en el orden de las cosas materiales, físicas.

           Ahora bien, es preciso que el hombre supere el espacio de las cosas físicas, de lo tangible, para ser redimido, para situarse en la verdad íntima de la idea creadora de Dios; únicamente superando ese espacio y abandonándolo puede alcanzar la certeza propia de las realidades más profundas y eficaces: las realidades del espíritu. Llamamos fe a ese camino que consiste en un superar y en un abandonar. La exigencia de una demostración física, de un signo que elimine toda duda, oculta en el fondo el rechazo de la fe, un negarse a rebasar los límites de la seguridad trivial de lo cotidiano y, por ello, encierra también el rechazo del amor, pues el amor exige, por su misma esencia, un acto de fe, un acto de entrega de sí mismo.

           Los judíos piden un signo. En este sentido, también nosotros somos judíos. La teología moderna busca con frecuencia una certeza que es propia del ámbito de las ciencias (naturales, empíricas) y, arrancando de aquí, se ve conducida a reducir el anuncio bíblico a las dimensiones de esta demostrabilidad. Pienso que este error, que afecta a la esfera de la certeza, se halla en el corazón de la crisis modernista, crisis que se ha hecho de nuevo presente después del Vaticano II. Detrás de semejante fenómeno se oculta un empobrecimiento de la idea de realidad, y así, en el fondo de esta tendencia, se da una reducción espiritual, la miopía de un corazón demasiado centrado en la búsqueda del poder físico, de la posesión, del tener.

           "Esta generación pide un signo". También nosotros esperamos la demostración, el signo del éxito, tanto en la historia universal como en nuestra vida personal. Y la raíz de esta equivocada exigencia de un signo no es otra que el egoísmo, un corazón impuro, que únicamente espera de Dios el éxito personal, la ayuda necesaria para absolutizar el propio yo. Esta forma de religiosidad representa el rechazo fundamental de la conversión. ¡Cuántas veces nos hacemos también nosotros esclavos del signo del éxito! ¡Cuántas veces pedimos un signo y nos cerramos a la conversión!

           Jesús no rechaza todo género de signo, sino tan sólo el signo que pide "esta generación". El Señor promete y ofrece su signo, la certeza que verdaderamente responde a esta verdad: "Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación" (Lc 11, 30). Mateo introduce un acento un tanto diferente del que aparece en el evangelio de Lucas: "Porque, como estuvo Jonás en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así estará el Hijo del hombre tres días y tres noches en el corazón de la tierra" (Mt 12, 40).

           Comparando ambas versiones, descubrimos 2 aspectos del signo de Jonás que se renueva y llega a cumplimiento en Jesús, el verdadero Jonás. Jesús mismo, la persona de Jesús, en su palabra y en su entera personalidad, es signo para todas las generaciones. Esta respuesta de Lucas me parece muy profunda, y no deberíamos cansarnos de meditarla: "El que me ha visto a mí ha visto al Padre" (Jn 14, 8).

           Pero volvamos a la interpretación del signo de Jonás según la tradición sinóptica. Mientras que Lucas ve este signo simplemente en la persona y en la predicación de Jesús, Mateo subraya el misterio pascual: el profeta, que permanece 3 días y 3 noches en el vientre del cetáceo, es decir, en "lo profundo de los infiernos", en el abismo de la muerte, prefigura al Mesías muerto, sepultado y resucitado por nuestra causa.

           La diferencia entre ambos evangelistas no es ciertamente sustancial; el misterio pascual pertenece a la persona de Jesús, de manera que este aspecto no se halla del todo ausente en Lucas. Pero Mateo acentúa con más fuerza el misterio de la Pascua, la fuerza creadora de Dios, que se revela y evidencia en el Señor resucitado, en quien comienza realmente la nueva creatura, la victoria sobre la muerte, la victoria del amor, más fuerte que el último enemigo: la muerte (1 Cor 15, 26). Dios inaugura en Cristo un milagro inaudito: vence a la muerte, y se convierte en el Jonás que ha vuelto de "lo profundo de los infiernos". Como nos dirá en otro momento Jesús: "Confiad en mí, yo he vencido al mundo" (Jn 16, 33).

Joseph Ratzinger

*  *  *

           El pasaje evangélico de hoy es uno de los más complicados de explicar, sobre todo por lo artificial del ensamblaje de episodios y enseñanzas que encierra, así como no aportar ninguna lección común. Por ello, me limitaré a comentar los vv. 38-42, sobre el signo de Jonás y el ayuno de los ninivitas.

           Lo 1º con lo que nos encontramos es que la continuación de dicho pasaje (el retorno ofensivo del demonio; vv. 43-45) no es inteligible sino sólo remitiendo al pasaje precedente (vv. 24-30) y a su corolario final (las bienaventuranza de quienes escuchan; vv. 46-50). Y eso es imposible sin una conexión del texto de hoy con la curación del sordo (vv. 22-23). Nos encontramos, pues, con el procedimiento hebreo de la inclusión en toda regla, por lo que habrá que comenzar la lectura en el v. 12, para darse perfecta cuenta de qué nos quiere decir.

           La tradición evangélica ha conservado 4 alusiones al famoso signo de Jonás (Mt 12,38-42; Mt 16,1-4; Lc 11,29-32; Mc 8,11-12). Estas diferentes versiones se remontan a palabras pronunciadas por Cristo que, ciertamente, debían ser identificadas fácilmente por los oyentes, aunque hoy a nosotros se nos haya escapado (o no haya llegado a nosotros) dicho contexto. En todo caso, lo que es cierto es que la interpretación de Mateo, respecto a este signo de Jonás, es tardía.

           Cristo ha querido decir a los judíos, sin duda alguna, que para favorecer su conversión, no dispondrían de más signos que los que tuvieron los ninivitas (Jon 3, 1-10), y que dichos signos deberían bastar para incitarlos a la conversión (Mc 8,11-12; Mt 16,1-4). De hecho, a medida que la comunidad primitiva reflexionó la personalidad de Cristo, dicha forma de hablar (de Jesús) fue una pista valiosísima, capaz de arrojar alguna luz sobre su obra y persona. Y en ese sentido, empezó a identificarse a Jonás como arquetipo del Hijo del Hombre (Lc 11, 29-32).

           Cuando más se profundizaban las investigaciones sobre la personalidad significativa de Jesús más se concentraban en torno al misterio pascual: encontrando un paralelo entre los tres días de Jonás en el mar y los tres días de la Pascua del Señor, la comunidad primitiva hizo del signo de Jonás el signo mismo de la obediencia y de la resurrección de Cristo. Esta es la versión, bastante alegorizante, recogida por Mateo.

           Dos conceptos del signo interfieren, pues, en la versión de Mateo del signo de Jonás: la idea de que la palabra del profeta encuentra en sí misma su propia confirmación (y no necesita pruebas extrínsecas), y la idea de que el verdadero signo ofrecido a la fe de los hombres no es otro que el misterio del Hombre-Dios muerto y resucitado.

           El evangelio de este día es, pues, ocasión para una excelente exposición de los signos de la fe. Los judíos se sitúan en el plano más externo: necesitan milagros maravillosos para tener fe y convertirse. Cristo penetra en el corazón del problema cuando proclama que la fe descansa únicamente sobre la confianza puesta en la persona del enviado. La comunidad cristiana ha necesitado más aún: no hay fe fuera del misterio de muerte y de resurrección del enviado.

Maertens Frisque

*  *  *

           La reina de Sabá vino desde muy lejos, atraída por la fama de sabio del rey Salomón. Los habitantes de Nínive hicieron caso a la primera a la voz del profeta Jonás y se convirtieron.

           Jesús se queja de sus contemporáneos porque no han sabido reconocer en él al enviado de Dios. Se cumple lo que dice san Juan en su evangelio: «vino a los suyos y los suyos no le reconocieron». Los habitantes de Nínive y la reina de Sabá tendrán razón en echar en cara a los judíos su poca fe. Ellos, con muchas menos ocasiones, aprovecharon la llamada de Dios.

           Nosotros, que estamos mucho más cerca que la reina de Sabá, que escuchamos la palabra de uno mucho más sabio que Salomón y mucho más profeta que Jonás, ¿le hacemos caso? ¿nos hemos puesto ya en camino de conversión? Los que somos «buenos», o nos tenemos por tales, corremos el riesgo de quedarnos demasiado tranquilos y de no sentirnos motivados por la llamada de la Cuaresma: tal vez no estamos convencidos de que somos pecadores y de que necesitamos convertirnos.

           Hoy hace una semana que iniciamos la Cuaresma con el rito de la ceniza. ¿Hemos entrado en serio en este camino de preparación a la Pascua? ¿está cambiando algo en nuestras vidas? Conversión significa cambio de mentalidad («metánoia»). ¿Estamos realizando en esta Cuaresma aquellos cambios que más necesita cada uno de nosotros?

           La palabra de Dios nos está señalando caminos concretos: un poco más de control de nosotros mismos (ayuno), mayor apertura a Dios (oración) y al prójimo (caridad). ¿Tendrá Jesús motivos para quejarse de nosotros, como lo hizo de los judíos de su tiempo por su obstinación y corazón duro?

José Aldazábal

*  *  *

           Aparece otra vez hoy un grupo de personas ansioso por ver a Jesús hacer algún milagro. Jesús, por su parte, vuelve a dar la respuesta que él juzga más fiel con la voluntad del Padre: enseñarle al pueblo a que tenga mirada de fe y descubra el gran milagro que Dios hace a diario. Este milagro es el de la misericordia. Por eso le dice al pueblo que la señal que recibirá será la de Jonás. Es decir, así como este profeta fue instrumento de misericordia para con un pueblo extranjero y pecador, así mismo Jesús será el mediador de la misericordia y el perdón para con su pueblo.

           Cuando oímos hablar del signo de Jonás, casi siempre pensamos en el famoso cetáceo que, según el relato bíblico, se tragó al profeta. Y nos olvidamos de lo más importante: de la rebeldía del profeta a aceptar a un Dios misericordioso y de su conflicto espiritual por no querer ser mediador de la misericordia.

           Nosotros, como el profeta Jonás, pensamos que muchas veces sería mejor aplicar la via del escarmiento, para convertir a la gente. Sin embargo, Jesús prefiere el camino del Padre: ganar, por la misericordia, hijos para la vida. No existe mayor «milagro» que reconstruir interiormente a un ser humano.

           En este sentido, al poder practicar la misericordia, tenemos en nuestras manos el mejor instrumento para convertir nuestra creación en un milagro permanente. Aunque nos cueste la vida, como le ocurrió a Jesús. Habrá gente a quien la misericordia le estorba, pues le daña sus planes de poder. Pero la misericordia tiene siempre la gran atracción de hacernos semejantes a Dios.

Servicio Bíblico Latinoamericano