26 de Febrero

Viernes I de Cuaresma

Equipo de Liturgia
Mercabá, 26 febrero 2021

a) Ez 18, 21-28

           Nos situamos en los años del destierro que siguieron a la Caída de Jerusalén del 589 a.C. La Alianza se había roto, el templo está destruido, la ciudad santa está arrasada y no existe un culto que les permitiera reconciliarse, víctimas del pasado y sin esperanzas de futuro. Para los desterrados, aquel amargo presente era la consecuencia forzosa de muchos siglos de historia de infidelidades y pecados, acumulados para su castigo en la presente generación.

           Es lo que les recordaba constantemente la Escritura: "Yo soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos, hasta la tercera y cuarta generación" (Dt 5, 9-10). ¡Qué fatalidad!, debieron pensar los desterrados. Y sin el valor de un Jeremías que se enfrentase directamente a Dios, dejan correr entre ellos el dicho que se convirtió en refrán: "Los padres comieron los agraces, y los hijos tuvieron la dentera". No se consideran inocentes, pero el castigo que estaban sufriendo sobrepasaba con mucho su culpabilidad.

           Así, pues, había cundido en el pueblo hebrero el desánimo, y surgido la tentación de vivir como vivían los de su alrededor. Así, poco a poco, iba desapareciendo la fe en el Dios salvador, ahogado por el materialismo de la poderosa Babilonia en que vivían exiliado, rica en comodidades, cultos y festejos.

           Pero de improviso surge el profeta Ezequiel, que también había sido llevado al destierro y que ahora formula, allí mismo,  el contundente y claro principio de responsabilidad personal, ya anunciado por Jeremías: "El que peque, ese morirá". No niega el principio de solidaridad en la culpa, pero sí lo completa. Y en él, cada uno debe situarse responsablemente ante Dios.

           El pasado de las generaciones anteriores no cuenta en la responsabilidad moral de cada individuo, insiste el profeta Ezequiel. Y ni siquiera el pasado personal cuenta en la relación actual del hombre con Dios, si es que ha habido un cambio de conducta (la conversión). Pues lo que importa es la conducta personal y actual.

           El profeta quiere arrancar a los israelitas del abuso de la solidaridad (tanto para el bien como para el mal), porque dicha conciencia común podía escamotear la responsabilidad personal de cada uno, y llegar a hacer creer que por el mero hecho de pertenecer a un pueblo oficialmente elegido, ya están salvados. No es así, les dice el profeta, y lo importante es la conversión, personal e incesante.

           Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta de su conducta y viva. Pero hay que tener presente la libertad y responsabilidad personales, ya que la relación con el Dios del Amor está muy lejos de ser una pura obediencia mecánica o un fatalismo irreversible. Por su libertad interior, el hombre puede convertirse y orientar su vida en todo momento, y eso es lo que Dios quiere. La cuaresma nos urge a hacer esta experiencia.

Noel Quesson

*  *  *

           Hoy Ezequiel nos recuerda que cada uno es responsable de sus propias actuaciones, y que no vale echar la culpa al pasado, ni a la sociedad ni a los demás. En otras ocasiones se nos pone delante el carácter colectivo y comunitario de nuestras acciones, pero esta vez Ezequiel personaliza claramente tanto el pecado como la conversión.

           Dios quiere la conversión de cada uno, y que cada uno viva y siga sus propios caminos. Si un pecador se convierte, lo que importa es esto, y Dios no tendrá en cuenta lo anterior. Pero, por desgracia, también puede pasar lo contrario: que uno que llevaba buen camino caiga en la dejadez y se haga pecador, y también aquí lo que cuenta es la actitud que ha asumido ahora.

           Por parte de Dios, una cosa es clara: lo suyo no es castigar y estar espiando nuestra falta, sino que quiere que enderecemos nuestros caminos y vivamos. Y para ello, está siempre dispuesto a acoger al que vuelve a él. Es lo que subraya el Salmo de hoy: "De ti procede el perdón y la misericordia, y tú redimirás a Israel de todos sus delitos".

           Dichas palabras nos urgen a la conversión, porque todos somos débiles y el polvo del camino se va pegando a nuestras sandalias. Pero convertirse a Dios significa volverse a Dios. El peligro que señalaba Ezequiel también nos puede acechar a nosotros: ¿Tenemos la tendencia a echar la culpa de nuestra flojera a los demás, o a la sociedad neopagana en que vivimos, o a la Iglesia débil y pecadora, o a las estructuras, o al mal ejemplo de los demás?

           Es verdad que todo eso influye en nosotros. Pero no hacemos bien en buscar ahí un alibi para nuestros males. Debemos asumir el mea culpa, dándonos claramente golpes en nuestro pecho (no en el del vecino). Sí, existe el pecado colectivo y las estructuras de pecado de las que hablaba Juan Pablo II en sus encíclicas sociales. Pero cada uno de nosotros es pecador y tenemos nuestra parte de culpa y debemos volvernos hacia Dios en el camino de la Pascua.

José Aldazábal

b) Mt 5, 20-26

           Hoy Jesús nos presenta un programa exigente, encaminado hacia nuestra conversión: que nuestra santidad sea más perfecta que la de los fariseos y letrados, que era más bien de apariencias y superficial.

           "Habéis oído, pero yo os digo". No podemos contentarnos con "no matar", sino que hemos de llegar a "no estar peleados con el hermano". La conversión de las actitudes interiores, además de los hechos exteriores, implica convertir nuestros juicios e intenciones. Y no sólo nos pide reconciliarnos con Dios, sino también con el hermano. Y, si es el caso, dar prioridad a este entendimiento con el hermano, más incluso que a la ofrenda de sacrificios a Dios.

           En concreto, lo que más nos puede costar es precisamente lo que señala Jesús en el evangelio: el amor al prójimo. No estar peleado con él y, si lo estamos, reconciliarnos en esta cuaresma. ¿Y cómo podremos celebrar con Cristo la Pascua, el paso a la nueva vida, si continuamos con los viejos rencores con los hermanos? Como dice Jesús: "Ve primero a reconciliarte con tu hermano". No esperes a que venga él, sino da tú el primer paso. Cuaresma no sólo es reconciliarse con Dios, sino también con las personas con las que convivimos. En preparación a la Pascua deberíamos tomar más en serio lo que se nos dice antes de la comunión en cada Misa: "Daos fraternalmente la paz".

           Hoy sería bueno que rezáramos por nuestra cuenta, despacio, el Salmo 129: "Desde lo hondo a ti grito, Señor", diciéndolo desde nuestra existencia pecadora y débil, confiando en la misericordia de Dios y preparando nuestra confesión pascual.

José Aldazábal

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           Habéis oído que se dijo a los antiguos: "No matarás". Pero yo os digo: "No os irritéis contra vuestro hermano". ¡Qué diferencia, en efecto! Porque Moisés había prohibido matar, encaminando la humanidad hacia la no violencia. Pero Jesús ha venido a completar la ley, encaminándola hacia el amor fraterno. No todo es, pues, tan elemental, ni tan negativo.

           En efecto, hoy Jesús va hasta el fondo del problema humano, e interioriza la ley. No es sólo la pelea exterior lo malo, sino que también lo es la ira que puede inducir a ello, así como las injurias verbales, las disputas venenosas... Llamar a alguien imbécil o descreído es, pues, tan culpable (de no-amar) como matar.

           Una vez más, Dios toma partido, y si hay discordia entre los hombres, la relación con Dios también se rompe. Y si no amamos a los hermanos, Dios rehusará el amor que a él pretendamos darle. Dios se hace, pues, fiador de nuestras relaciones humanas, y nos recuerda: Antes de tener relaciones correctas conmigo, tenedlas primero entre vosotros. La caridad fraterna es más importante que el culto litúrgico.

           "Ve primero a reconciliarte con tu hermano, y luego vuelve a presentar tu ofrenda". Pero no porque sea reprobable el sentimentalismo litúrgico fácil, sino porque ha habido una fisura. Y en dicha fractura, no se trata de que el otro dé el 1º paso (con el clásico "estoy dispuesto"), sino de la postura inversa: el otro tiene algo contra mí, y yo debo arreglarlo, dando el 1º paso.

           "Muéstrate conciliador con tu adversario". Pero Señor, ¡si no tengo adversario! Sí, responde el Señor, pero otros no piensan como tú, ni tienen tus gustos culturales o políticos. Por eso, reconcíliate, ponte de acuerdo con... Y con ello, Señor, ¿qué sacamos? Sencillamente, responde el Señor, ¡la cualidad de las relaciones humanas!, y el prevenir posibles rupturas, así como construir una sociedad en la que reine el amor, y en la que se recomponga sin cesar lo que sin cesar se descompone. Apreciemos esto: comprometerse en la reconciliación. Se trata de un principio esencial de supervivencia para los demás (matrimonios, trabajos, regiones...), y también para nosotros.

Noel Quesson

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           En este texto, incluido en el Sermón de la Montaña, Jesús resume en qué consiste el Reino y la capacidad de amor que debe tener un auténtico seguidor de su proyecto. Tal como él mismo lo advierte, esta cualidad es la principal para sus seguidores. Para Jesús, la filiación de los seres humanos de parte de Dios Padre es el fundamento de nuestra plena humanización, y lo que mejor puede darnos establemente la tan anhelada paz.

           Jesús quería que las leyes hebreas de la Antigua Alianza (como no matar, no robar, no mentir...) fueran dotadas de mayor exigencia, y se abriesen a todas las razas de la tierra. Pero no como principios mínimos de convivencia, sino como algo a ser continuamente perfeccionado, como proyecto ético. Jesús quería llegar hasta el amor perfecto (la paternidad universal de Dios), y por ello propone la perfección del amor (la hermandad universal de los seres humanos), sin distinción de clase social, intelectual o racial.

           En efecto, el viejo mandamiento del "no matar" no podía reducirse ya a la renuncia de un acto exterior (matar), sino que para Jesús debía ser ampliado al compromiso por un continuo hábito interior (el perdón). Pues si nos contentamos con sólo "no matar al hermano", éste puede seguir viviendo en sus ambientes deshumanizados, descreídos o deprimentes (muriendo lentamente). Mientras que si intentamos "confraternizar con el hermano", éste podrá salir de su lenta muerte (material o espiritual) y revivir de nuevo. Sólo el amor sin medida, convertido en solidaridad e igualdad de derechos para todos, puede formar una espiritualidad justa.

           El cristiano debe recordar que ya no está en el Monte Sinaí, sino en la Montaña de las Bienaventuranzas. Y que no es un seguidor de Moisés, sino un discípulo de Jesús, que rompió todos los círculos viciosos del desamor. Lo que está mandado no es "no matar", sino "amar".

           Con "no hacer" nada malo se puede cumplir con el mandamiento de "no matar". Pero no se cumple con el de "amar al prójimo". Porque pecado no es sólo "hacer algo malo", sino "dejar de hacer lo bueno". No hacer era la receta de los fariseos, pero no la de Jesús.

Servicio Bíblico Latinoamericano