26 de Enero

Jueves III Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 26 enero 2023

a) Hb 10, 19-25

           El autor de Hebreos acaba de exponer cómo los creyentes han penetrado, siguiendo a Cristo, en el Santo de los Santos. Y ejercerán su sacerdocio merced a una vida ligada al Señor. El pasaje que se lee hoy enumera los privilegios de este nuevo estado.

           Gracias a Cristo, el cristiano puede llegarse directamente al santuario (v.19) sin pasar por el rito intermedio o el sacerdocio cultual. Este acceso es una novedad, porque en este punto el cristianismo es absolutamente original respeto al judaísmo y al paganismo.

           Este acceso es igualmente vida (Jn 14,6), puesto que conduce a la vida eterna (v.20). Este acceso pasa a través de la cortina que, en el antiguo templo, separaba a los fieles del santuario. Esta cortina ha quedado suprimida (Mc 15,38) porque ya no hay diferenciación entre lo sagrado y lo profano: el camino que salva la cortina no es otra cosa que la vida carnal de Jesús, una vida profana, comprendida la muerte, que se ha hecho litúrgica y sagrada en virtud del amor que la anima (v.21).

           El autor saca algunas conclusiones morales de esta visión del sacerdocio del pueblo cristiano. La 1ª es la fidelidad al bautismo, tanto a sus efectos interiores como a sus efectos externos (vv.22-23), porque Dios es fiel por su parte a sus promesas. La 2ª es la caridad mutua, porque la salvación no se vive aisladamente, sino en comunidad y en el amor mutuo (vv.24-25).

           De estos consejos vamos a fijarnos preferentemente en la significación de las asambleas litúrgicas, a las que no hay que renunciar; son la realización práctica de la salvación y contribuyen a su cumplimiento hasta el día en que sea una realidad. Esta afirmación es particularmente preciosa: significa que el autor es consciente de la eficacia de la asamblea litúrgica en el orden de la salvación.

           A lo largo del tiempo en que la Iglesia vive su condición terrestre, la asamblea es el signo visible de la congregación de todos los hombres en el Reino, hasta tanto no sea visible ese Reino. Por otro lado, ese signo es eficaz: la reunión en asamblea litúrgica es realmente causa de salvación y mediación de ésta en favor de todos los hombres. Lo que supone su carácter importante, por no decir obligatorio.

           El cristiano debe tener a la vista el Día del Señor (v.25). En el contexto de la carta a los hebreos, lo mismo que en Mt 24, ese día designa la caída de Jerusalén y la destrucción del templo, que significarán el final de la economía sacerdotal antigua y permitirán la floración de la nueva alianza, basada sobre la persona gloriosa del nuevo mediador (Hch 7,48-56). Sin duda era ya previsible la caída de Jerusalén en el momento de la redacción de esta carta, puesto que el autor anuncia su inminencia (v.25).

           Desde el punto de vista, la economía celestial queda establecida en el momento en que Cristo penetró de una vez para siempre en el templo espiritual (Heb 9,11). Al poner de relieve la caducidad de la Alianza Antigua (Heb 8,13), la Caída de Jerusalén del año 70 introduce automáticamente a los cristianos en el nuevo eón, que es ya celeste, en donde su sacerdote ejerce plenamente las prerrogativas de su sacerdocio. Ciertamente, el autor no niega el fin de los tiempos ni el juicio (Heb 10,30-31), sino que considera la Caída de Jerusalén como el elemento más decisivo de la venida del Señor. Desde ese momento queda todo al descubierto, tanto en el plano sacerdotal como sacrificial.

Maertens Frisque

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           Tras la sección teológica de la Carta a los Hebreos, viene ahora su exhortación moral. Por una parte tenemos un óptimo Mediador, que ha entrado en el santuario del cielo, no a través del "velo" o cortina (como hacía el sumo sacerdote, en el Templo de Jerusalén) sino a través de su carne (o sea, a través de la muerte), que ha abierto su humanidad a la nueva existencia.

           Por tanto, tenemos el acceso abierto hasta Dios porque Jesús nos ha purificado de nuestras culpas. Eso nos debe dar confianza. El que dijo "Yo soy el camino" ha ido delante de nosotros a la presencia de Dios. El que dijo "Yo soy la puerta" nos ha abierto la entrada en el Reino.

           Pero además de darnos confianza, nos debe estimular a la fidelidad y a la constancia. Vuelve el autor de Hebreos a urgir a sus lectores a la perseverancia, que se ve que era lo que más peligraba en ellos: "mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos", "no desertéis de las asambleas, como algunos tienen por costumbre". Y añade una motivación interesante, la ayuda fraterna: "fijémonos los unos en los otros, para estimularnos a la caridad y a las buenas obras".

           De nuevo podemos vernos reflejados en este pasaje si en nuestra vida sentimos la tentación del cansancio y del abandono. A veces por falta de confianza en Dios, o por cansancio, o por las tentaciones del mundo que nos rodea, a todos nos puede pasar que aflojamos en nuestro fervor y decaemos en nuestra vida de seguimiento de Cristo.

           La Palabra nos anima hoy a ir creciendo en las 3 virtudes principales: "con corazón sincero y llenos de fe", "firmes en la esperanza que profesamos", "para estimularnos a la caridad". Y también aparece, como ejemplo expresivo de esta inconstancia y dejadez, la ausencia a las reuniones (dominicales): "no desertéis de las asambleas, como algunos tienen por costumbre". Eso de faltar a la misa del domingo es muy antiguo, pues siempre nos viene más cómodo seguir nuestro ritmo.

           Ir o no ir a misa es una especie de termómetro de la fidelidad a Cristo, y a la pertenencia a su comunidad. La eucaristía nos va ayudando a profundizar en nuestras raíces, en nuestra identidad. Nos alimenta, nos guía, nos da fuerzas. Hebreos nos ha dado otra motivación para no faltar a nuestra convocatoria dominical: nuestra presencia, que ayuda a los hermanos, así como nuestra ausencia les debilita: "fijémonos los unos en los otros, para estimularnos a la caridad y las buenas obras".

José Aldazábal

b) Mc 4, 21-35

           Otras 2 parábolas, o comparaciones de Jesús, nos ayudan hoy a entender cómo es el Reino que él quiere instaurar. La Parábola del Candil, que está pensado para que ilumine, y no para que quede escondido. Para que ilumine a Cristo y su Reino, que es lo 1º que no quedará oculto, sino que aparecerá como manifestación de Dios, puesto que él dijo "Yo soy la luz". La Parábola de la Medida concluye: "la misma medida que utilicemos, será usada para nosotros y con creces".

           Los que acojan en sí mismos la semilla de la Palabra se verán llenos, generosamente llenos, de los dones de Dios. Sobre todo, al final de los tiempos experimentarán cómo Dios recompensa con el ciento por uno lo que hayan hecho. Y esto tiene también aplicación a lo que se espera de nosotros, los seguidores de Cristo. Si él es la luz, y su Reino debe aparecer en el candelero para que todos puedan verlo, también a nosotros nos dijo: "vosotros sois la luz del mundo", y quiso que ilumináramos a los demás, comunicándoles su luz.

           Creer en Cristo es aceptar en nosotros su luz, y a la vez comunicar con nuestras palabras y obras esa misma luz a una humanidad que anda siempre a oscuras. Pero ¿somos en verdad luz? ¿Iluminamos, comunicamos fe y esperanza a los que nos están cerca? ¿Somos signos y sacramentos del Reino en nuestra familia, comunidad o sociedad? ¿O somos opacos, y malos conductores de la luz y de la alegría de Cristo?

           En la celebración del bautismo, y en su anual renovación de la Vigilia Pascual, la vela de cada uno (encendida del Cirio Pascual) es un hermoso símbolo de la luz que es Cristo, que se nos comunica a nosotros y que se difunde a través nuestro a los demás. No podemos esconderla, tenemos que dar la cara y testimoniar nuestra fe en Cristo.

José Aldazábal

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           Hoy Jesús nos explica el secreto del Reino. Incluso utiliza una cierta ironía para mostrarnos que la energía interna que tiene la Palabra de Dios (la suya propia), y la fuerza expansiva que debe extenderse por todo el mundo, es como una luz, y que esta luz "no puede ponerse debajo de un celemín, ni de un colchón" (Mc 4,21).

           ¿Os imagináis una vela encendida debajo de una cama? Pues así estamos hoy los cristianos, con la luz apagada, o con la luz encendida pero ¡prohibiéndole iluminar! Esto sucede cuando no ponemos al servicio de la fe la plenitud de nuestros conocimientos y de nuestro amor. Lo cual resulta antinatural: ¡vivir bajo la cama! Ridícula y trágicamente inmóviles: autistas del espíritu.

           El evangelio es un arrebato de Dios que quiere comunicarse, que necesita decirse, que lleva en sí una exigencia de crecimiento personal, de madurez interior, y de servicio a los otros. "Si dices basta, estás muerto", dice San Agustín.

           "Quien tenga oídos para oír, que oiga", decía Jesús. Así como también les decía: "Atended a lo que escucháis" (Mc 4,23-24). Pero, ¿qué quiere decir escuchar?, ¿qué hemos de escuchar? Es la gran pregunta que nos hemos de hacer. Es el acto de sinceridad hacia Dios, que nos exige saber realmente qué queremos hacer. Y para saberlo hay que escuchar: es necesario estar atento a las insinuaciones de Dios.

           Hay que introducirse en el diálogo con él. Y la conversación pone fin a las matemáticas de la medida: "Con la medida con que midáis, se os medirá y aun con creces". Porque "al que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará" (Mc 4,24-25). Los intereses acumulados de Dios nuestro Señor son imprevisibles y extraordinarios. Ésta es una manera de excitar nuestra generosidad.

Angel Caldas

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           El evangelista Marcos nos ha conservado algunas palabras de la predicación de Jesús, como las que escuchamos hoy. Jesús, a veces, hablaba enigmáticamente, para que lo que decía se quedará grabado más firmemente en la memoria de sus oyentes, que tenían que hacer entonces un esfuerzo de comprensión. ¿Qué significa, por ejemplo eso de que "quien tenga oídos para oír que oiga"? ¿Acaso no es lo normal? Pero es que no se trata sólo de oír con los oídos; hay que estar disponibles para comprender y asimilar lo que se escucha.

           Jesús ilustra, en comparación con el Reino, el uso que debe dársele a una lámpara, la cual no ha de esconder su luz, sino que tiene que desgastarse para bien de los demás, silenciosamente, evitando cualquier tipo de sensacionalismo que desvirtúe toda la bondad que prodiga. Como siempre la tentación de la vanidad y la falsa humildad son una misma cosa. Se hace prioritario juntar entrega silenciosa con testimonio, sin caer en el engaño de que el silencio es carencia de testimonio. Esto es lo que pasa con el Reino mal entendido, que hace cristianos aparentemente humildes, pero pusilánimes, que anulan el testimonio.

           Jesús se experimenta como una lámpara que se consume entregándose en el servicio de una causa para los demás. En esta parábola narra la experiencia de su proceso interior: cómo hizo él para ser humilde, sin anular su testimonio. Nos enseña de qué manera hay que dar el paso para que el Reino nos penetre y ayude a aceptar sus consecuencias. Aclara que el Reino no es esconderse o recurrir a la falsedad, porque nos tocará dar testimonio tarde o temprano. Y dicho problema, de anularse y tener que aparecer a la vez, lo resuelve de una sola manera: transparentando al Padre como luz.

           El testimonio es la entrega propia para que otro viva, y consumirse para que otros tengan vida. Y esto se logra no escondiéndose, sino entregando la vida por una causa. Si no hay entrega, no se puede pedir a otros que se entreguen, porque el Reino pleno se hace con la entrega de los unos y los otros. Dios sólo "dará" al que se está consumiendo. A quien así lo hace, no le faltará ni humanidad ni plenitud. Quien no se entrega, se empobrece y se anula por sí solo.

José A. Martínez

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           Los enigmáticos dichos de Jesús nos hablan hoy de ocultar y descubrir, esconder y encontrar. Como la lámpara que no se mete debajo de la cama, sino que se pone en un lugar donde pueda esparcir su luz. Hay muchas cosas malas ocultas en nuestro mundo, que deben ser descubiertas y denunciadas: atropellos, desapariciones, torturas, acaparamientos... Nuestra voz de cristianos debería revelarlas, y la comunidad (la Iglesia) denunciarlas.

           También hay muchas cosas buenas ocultas, que brillarán por sí mismas como una lámpara sobre el candelabro: la solidaridad, el cuidado de los más débiles (niños, enfermos, ancianos..), la ternura y fidelidad de los esposos, la abnegación de los padres, la educación de los que no saben... Tantas cosas buenas ocultas que brillarán en medio de las tinieblas de nuestro mundo.

           Así, es fácil aceptar y comprender el dicho de Jesús: "la medida que uséis, la usarán con vosotros". Así funciona, a veces, la sociedad, pues todavía queda mucho "ojo por ojo y diente por diente", o "el que la hace, la paga". Por eso, añade Jesús que "al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará aún lo que tiene".

           Hay muchas formas de tener (esperanza, abnegación...), de compartir (comunitariamente), de soñar (justicia, paz...), de perdonar (misericordiosamente)... Y todo eso nos lo devolverá Dios, y con creces. Pero si uno está lleno de egoísmo e indiferencia, de orgullo y dureza de corazón, cosechará esa misma maldad acumulada, y sus consecuencias. Por eso a todos nos llama Jesús a la conversión: "¡atención a lo que estáis oyendo!".

Servicio Bíblico Latinoamericano