23 de Enero

Lunes III Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 23 enero 2023

a) Hb 9, 15.24-28

           El autor de Hebreos se dirige a los cristianos deseosos de volver a las viejas liturgias de antaño, y demuestra que Jesús ha cumplido, y ha reemplazado ventajosamente, la vieja celebración de la Fiesta de la Expiación. En efecto, la fiesta de Yom Kippur poseía un ceremonial realmente impresionante (Lv 16,11-16), y en ese día, y solamente en ese día del año, el sumo sacerdote se atrevía a entrar en la parte más sagrada del templo (el Santo de los Santos), llevando consigo sangre caliente de toro, que acababa de inmolar por sus propios pecados. Tras lo cual, sacrificaba un macho cabrío por los pecados del pueblo, y entraba de nuevo en el santuario. Con la solemnidad de esos gestos, expresaba el AT el temor que el hombre pecador experimentaba, ante la santidad de Dios.

           Cristo es el mediador de una Nueva Alianza (del término griego diateké, que significa a la vez Alianza y Testamento), y por eso no hay nada que añorar del antiguo rito. Y en ella, Cristo nos da entrada a nuevas relaciones con Dios, en las que el temor y los tabúes sagrados son reemplazados por una nueva familiaridad (una nueva alianza) con Dios. Sí, Dios Padre introduce a los hijos en su heredad. Y todo ello por la muerte de Jesús, en la que Cristo nos da a todos nosotros su "herencia", la herencia eterna prometida (Hb 9,16-17).

           Pero "no penetró Cristo en un santuario hecho por mano de hombre", que sólo sería una reproducción del verdadero santuario, y en el que la entrada del sumo sacerdote en el Santo de los Santos no era más que una pálida imagen de la verdadera entrada de Cristo junto a Dios.

           Porque esa proximidad entre Cristo y Dios, esa entrada en el cielo, fue realizada en favor de la humanidad. Jesús se mantiene "ante Dios por nosotros", y eso de modo definitivo: entró en el hoy de Dios, en el ahora eterno. La entrada al santuario, y el sacrificio expiatorio del Yom Kippur, son reemplazados, pues, por un único sacrificio, cuya ofrenda dura en el eterno presente de Dios.

           Así es como Cristo se ha manifestado, en la plenitud de los tiempos y para destrucción del pecado, mediante su propio sacrificio. Así perdonó nuestros pecados, y destruyó el pecado de una vez por todas. Nos toca a nosotros vincularnos a ese gran perdón definitivo, y sumergirnos en ese río purificante. Señor, ¿cómo no nos esforzaríamos, de modo particular, en evitar ese pecado que te costó tan caro, ofreciendo toda tu vida por amor?

Noel Quesson

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           Sigue tratando Hebreos el tema del sacerdocio de Cristo, muy superior al del AT, porque él es "mediador de una Alianza nueva". Y argumenta a partir de la entrada que el sumo sacerdote hacía una vez al año, en la Fiesta de la Expiación, en el santísimo, o espacio más sagrado del Templo de Jerusalén, para ofrecer allí sacrificios por sí y por el pueblo (Lev 16). Pues allí no se ofrecía más que sangre de animales, que no era eficaz sino para ese día, y que por tanto tenía que repetir cada año.

           El caso de Cristo Jesús es distinto, pues él entró en el santuario del cielo (no en un templo humano), y lo hizo de una vez por todas al entregar su propia sangre, y no sangre ajena ni de animal. Así como todos morimos una vez, también Cristo, en absoluta solidaridad con la condición humana, se sometió a la muerte "para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo".

           Tenemos un sacerdote en el cielo que no ha entrado en la presencia de Dios por unos instantes, sino para siempre. Tenemos un Mediador siempre dispuesto a interceder por nosotros. Como el autor de la carta no se cansa de repetirlo, tampoco nosotros nos deberíamos cansar de recordar esta buena noticia, dejándonos impregnar por ella en nuestra historia de cada día.

           Sobre todo en el momento de la eucaristía, que fue el único y definitivo sacrificio que Cristo ofreció, hace ya 2.000 años y en el calvario de Jerusalén. Y que nosotros celebramos cada día, porque él mismo nos lo encargó: "Haced esto en memoria mía". Una celebración que San Pablo sitúa entre el pasado de la cruz y el futuro de la parusía: "Cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor hasta que venga" (1Co 11,26).

           En cada eucaristía participamos y entramos en comunión con el sacrificio de la cruz, que está siempre presente en él mismo, el Señor resucitado, que se nos da en comunión como el entregado por. Según el Misal, significamos con mayor plenitud el sentido de este sacramento si comulgamos también con vino, que "expresa más claramente la voluntad con que se ratifica en la sangre del Señor, la alianza nueva y eterna" (IGMR, 240).

José Aldazábal

b) Mc 3, 22-30

           Si los familiares de Jesús decían ayer que "no estaba en sus cabales", peor es la acusación que recibe hoy Jesús, de parte de los letrados llegados desde Jerusalén: "tiene dentro a Belcebú, y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios". Brillante absurdo, que Jesús tarda apenas un momento en ridiculizar: "¿Cómo puede nadie luchar contra sí mismo?, ¿cómo puede ser uno endemoniado y exorcista a la vez, ¿cómo puede estar introduciendo demonios, y expulsándolos a la vez?

           Lo que está en juego es la lucha entre el espíritu del mal y el espíritu del bien. Y la victoria de Jesús, arrojando los demonios de los posesos, debe ser interpretada como la señal de que ya ha llegado el que va a triunfar del mal, el Mesías, el que es más fuerte que el Maligno.

           Pero sus enemigos no están dispuestos a reconocerlo. Por eso, merecen el durísimo reproche de Jesús: lo que hacen es blasfemar contra el Espíritu Santo, y eso no tiene perdón. Pecar contra el Espíritu Santo significa negar lo que es evidente, negar la luz, o taparse los ojos para no ver. No hay peor ciego que el que no quiere ver. Por eso, mientras les dure esta actitud obstinada, y esa ceguera voluntaria, ellos mismos se excluyen del perdón y del Reino.

           Nosotros no somos, ciertamente, los que niegan a Jesús, o le tildan de loco o de fanático, o lo tildamos de aliado del demonio. Al contrario, no sólo creemos en él, sino que le seguimos y vamos celebrando sus sacramentos y meditando su Palabra iluminadora. Nosotros sí sabemos que ha llegado el Reino, y que Jesús es el más fuerte y nos ayuda en nuestra lucha contra el mal.

           Pero también podríamos preguntarnos si, alguna vez, nos obstinamos en no ver todo lo que tendríamos que ver, tanto del evangelio como de los signos de los tiempos que vivimos. No lo haremos por maldad o por ceguera voluntaria, pero sí puede que lo hagamos por pereza, o por un deseo casi instintivo de no comprometernos demasiado, si llegamos a ver todo lo que Cristo nos está diciendo y pidiendo.

           Tampoco estaría mal que nos examináramos por dentro durante un momento, y nos preguntásemos si nos parecemos en algo a esos letrados del evangelio, pues ¿no tenemos una cierta tendencia a juzgar drásticamente a los demás? No llegaremos a creer que ellos están fuera de sus cabales, o poseídos por el demonio, pero sí es posible que los cataloguemos de pobres personas, sin querer apreciar ningún valor en ellos (aunque lo tengan).

           Una última dirección en nuestra acogida de este evangelio. Somos invitados a luchar contra el mal, y en esta lucha a veces vence el Maligno, como en el Génesis sobre Adán y Eva. Pero entonces sonó la promesa de que vendría el Más Fuerte. Mientras que ahora ya ha venido (Cristo Jesús), y está con nosotros. A nosotros, sus seguidores, se nos invita a no quedarnos indiferentes y perezosos, sino a resistir y trabajar contra todo mal, que hay en nosotros y en el mundo.

           En la Vigilia Pascual, cuando renovamos el sacramento del Bautismo, hacemos cada año una doble opción: la renuncia al pecado y al mal, y la profesión de fe. Hoy el evangelio nos muestra a Cristo como vencedor del mal, para que durante toda la jornada colaboremos también nosotros con él a exorcizar este mundo, de toda clase de demonios que le puedan tentar.

José Aldazábal

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           Hoy, al leer el evangelio del día, uno no sale de su asombro, o alucina, cuando escucha que "los escribas, llegados de Jerusalén" llegan a Jesús y le dicen que "está poseído por Beelzebul", y que "por el príncipe de los demonios, expulsa a los demonios" (Mc 3,22).

           Realmente, uno queda sorprendido de hasta dónde pueden llegar la ceguera o malicia humana, en este caso de los letrados. Tienen delante la Bondad en persona (Jesús, el humilde de corazón) y no se enteran. Y eso que se supone que ellos son los entendidos, los que conocen las cosas de Dios. Y resulta que no sólo no lo reconocen, sino que lo acusan de diabólico.

           Con este panorama, es como para darse media vuelta y decir: "Ahí os quedáis". Pero el Señor sufre con paciencia ese juicio temerario, pues como ya afirmó Juan Pablo II, "Jesucristo es un testimonio insuperable de amor paciente, y de humilde mansedumbre".

           Su condescendencia sin límites lleva a Jesús, desde un principio, a tratar de remover sus corazones, argumentándoles con parábolas condescendientes. Mas al advertir que lo que estaba en juego era su propia salvación, al detectar en ellos rebeldía ante las cosas de Dios, les advierte que dicha ceguera quedará sin perdón (Mc 3,29). Y no porque Dios no quiera perdonar, sino porque para ser perdonado, uno ha de reconocer su pecado.

           Como anunció el Maestro, es larga la lista de discípulos que también han sufrido la incomprensión cuando obraban con toda la buena intención. No nos extrañe, por tanto, si en nuestro caminar aparecen esas contradicciones. Serán indicio de que vamos por buen camino. Recemos por ese tipo de personas, y pidamos al Señor que nos dé aguante.

Vicent Guinot

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           El actuar y la enseñanza de Jesús enjuició y desenmascaró la mala forma de obrar de los líderes de su tiempo. La vida transparente de Jesús y la coherencia entre su palabra y su vida puso de manifiesto la hipocresía de los que tenían responsabilidad espiritual en medio del pueblo.

           En efecto, a pesar de la mentira y el complot armado por los escribas, Jesús sigue con su ministerio en medio del pueblo. Y va mucho más allá, instaurando el Reino no sólo donde la vida se encontraba amenazada, sino haciendo él mismo un juicio severísimo contra los líderes religiosos de su tiempo.

           A lo largo de su vida, y en el diálogo cercano con hombres y mujeres, Jesús descubre que ellos (los líderes religiosos) tenían la responsabilidad de ir mostrando al pueblo el camino por donde avanzar. Y que no sólo no han hecho eso, sino que han falseado el camino y lo han llenado de mentiras, engañando al pueblo en el seguimiento del Padre Dios.

           Frente a esta situación de engaño y mentira Jesús lanza una sentencia: "En verdad os digo: cualquier cosa se perdonará a los hombres, todo pecado y toda blasfemia. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, sino que será reo de un pecado eterno". Esta sentencia de Jesús iba dirigida a los líderes de su tiempo, que llamaban "demoníaca" a la obra de Dios, en vez de ocuparse en la denuncia de las estructuras injustas de su tiempo

           Para nosotros, este relato evangélico tiene mucha vigencia, como todo el evangelio. Porque muchas veces llamamos bien al mal, y no llamamos malo a lo que está mal. Pidámosle a Dios que nos dé la capacidad de discernimiento, para saber escoger el camino correcto y poder comprometernos en el proyecto salvador del Reino, aunque por ello nos persigan. El Reino vale la pena, esa es la gran lección que nos dejó Jesús.

Juan Mateos

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           Los principales enemigos del proyecto de Jesús eran los dirigentes del pueblo, pues, para ellos, Jesús se constituye en una amenaza, al revolucionar el sistema social existente. Y es que Jesús relativiza todo aquello que era fuente de la economía y del poder, y sostiene el valor supremo de la dignidad humana. Así como relativiza todo lo relativo a las mediaciones religiosas (limosna, ayuno, sacrificios...), y pide un verdadero culto interior, de misericordia y humildad.

           Por eso, sus enemigos y los dirigentes buscan desacreditarlo ante el pueblo, mediante la estrategia de "satanizar" a Jesús. Satanizar a alguien significaba hacerlo igual a Satanás, y eso es lo que intentaron los dirigentes con Jesús: demostrar que su proyecto era perverso y que, por tanto, su doctrina quedaba desacreditada. De ahí que aludiesen a que los milagros de Jesús eran artilugios satánicos (logrados por conexión con Beelzebú), y que, por ello, mereciese ser enjuiciado, y de paso ser condenado a muerte.

           Satanizar, pues, a Jesús, significaba (de hecho) llamar malo a lo bueno, y bueno a lo malo, volviendo las cosas del revés. Y, siendo Jesús la oferta suprema del bien de Dios a los hombres, eso significaba pulverizar todo concepto objetivo del bien, y de todos sus resortes (la justicia, la verdad, la integridad...). Significaba dejar al pueblo sin salidas ni alternativas, confundido entre lo que es bueno y es malo, sin conciencia limpia y obligado a seguir el dictado de la ley.

           Por eso, Jesús reaccionó de una forma tan radical, calificando de pervertidos a sus calumniadores y declarando que "jamás sería posible" perdonar un pecado de ese grado de perversión. Pues la persona humana ya no sería capaz de identificar el bien ni condenar el mal, al tener confundidos todos sus valores. Es el pecado de llamar santo a lo perverso, y perverso a lo santo.

           Efectivamente, los intereses personales de los dirigentes pueden llegar a pervertir la conciencia de sus dirigidos, e incluso siempre intentarán hacerlo. Y cuando la conciencia se pervierte, el poder del mal se multiplica, y se hace casi imparable. Y cuando la conciencia pervertida es la de los dirigentes, éstos pueden llevar al pueblo a las mayores atrocidades de la historia.

Confederación Internacional Claretiana

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           El evangelio de hoy nos habla sobre el "pecado contra el Espíritu Santo", del que se dice que no se perdonará ni en esta vida ni en la otra. Un pecado que a veces confundimos con alguno de los tipos de blasfemia, y que no tiene nada que ver. Pues, en el evangelio, el concepto de ese pecado está claro: atribuir al diablo lo que es, precisamente, acción de Dios.

           Jesús libera al ser humano del poder del demonio, y ése es uno de lo signos más privilegiados de la acción de Dios. Y decir que eso es demoníaco, insinuando así que Dios es malo, es una auténtica blasfemia contra lo más sagrado, que es el Espíritu Santo de Dios. Decir que dicho pecado "no será perdonado, ni en esta vida ni en la otra" no es una forma hiperbólica de hablar, sino que es preservar la integridad y limpieza del más exquisito de los atributos de Dios: que es bueno.

Servicio Bíblico Latinoamericano