28 de Enero

Sábado III Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 28 enero 2023

a) Hb 11, 1-2.8-19

           La página que hoy leemos en Hebreos empieza con un comentario bastante extenso sobre el tema de la fe, en el que su autor extrae del AT algunos ejemplos de hombres de fe, añadiendo que esa fe fue "anticipo de lo que se espera, y prueba de las realidades que no se ven". Fórmula admirable que no hay que desflorar con ningún comentario de tipo demasiado racional, sino que que hay que dejar resonar indefinidamente en uno mismo.

           Así, pues, la fe es una paradoja, pues nos hace "poseer" lo que no tenemos y nos hace "conocer" lo que cae fuera de nuestros sentidos. Y eso implica un dinamismo vital extraordinario, aventura en compañía de lo invisible, familiaridad con el entorno de realidades invisibles, un modo nuevo de conocimiento, unos "ojos nuevos" para verlo todo.

           Millones de hombres y mujeres, ni más ni menos inteligentes que los demás, han dado sentido a su vida por la fe. Millones de hombres y mujeres, sobre todo en estos últimos siglos en que la vida no tiene ya ese sentido, o incluso ningún sentido, y marcha hacia la nada.

           Gracias a la fe, Abraham obedeció a la llamada de Dios, y partió "sin saber a dónde iba", esperando encontrar una ciudad asentada sobre cimientos, cuyo arquitecto y constructor fuese Dios. La fe es confiar en la palabra de alguien, es ponerse en camino, es avanzar en la noche hacia la luz, es esperar una ciudad perfecta donde todo será edificado sobre el amor. La fe es también trabajar en ese sentido, sin ver aún los resultados pero con la seguridad de que el taller está ya preparado, y el que construye es un Dios que actúa, como planificador, como arquitecto y como constructor, trabajando día tras día.

           Gracias a la fe, también Sara ("avanzada en edad") recibió vigor para ser madre, y creyó que Dios sería fiel a su promesa. Creyó en la fecundidad de su vida, a pesar de las apariencias contrarias. Y eso es lo que a nosotros nos toca: trabajar según nuestros medios y confiar en las promesas de Dios, haciéndolo todo como si no esperásemos nada de Dios, ni nosotros hubiésemos hecho nada meritorio. El "hermoso riesgo de la fe" llega hasta aceptar morir. Y eso sí supone creer que no se caerá en la nada, sino en las manos del Padre; sí supone deja una patria, por creer en otra mejor.

Noel Quesson

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           Para animar en la perseverancia a sus lectores, el autor de la carta les pone delante unos modelos del AT, personas que han tenido fe y han sido fieles a Dios en las circunstancias más difíciles. Y ante todo, dice lo que podría ser la definición de fe: "Fe es seguridad de lo que se espera, prueba de lo que no se ve". Fe no es, por tanto, evidencia. El que tiene fe se fió de Dios, cree en él, le cree a él.

           El ejemplo de Abraham es impresionante: si salió de su patria "sin saber adónde iba", si vivió como extranjero, si creyó en las promesas de Dios, aunque parecían totalmente imposibles, si llegó a estar dispuesto a sacrificar a su único hijo, es porque tuvo fe en Dios, creyó en él, se fió totalmente de él. En verdad tenían mérito los creyentes del AT, porque creyeron en Dios en tiempos de figuras y sombras, sin llegar a ver cumplidas las promesas. Y la figura de Abraham es también estimulante para nosotros.

           Tendemos a pedir seguridades y demostraciones en nuestro seguimiento de Cristo Jesús. ¿Estaríamos dispuestos a abandonar nuestra patria y nuestra situación a los 75 años, sin saber a dónde nos lleva Dios? ¿Seguiríamos creyendo en él si nos pidiera, como a Abraham y a Sara, tener que vivir en tiendas, en tierra siempre extranjera, sin reposo, siempre esperando en las promesas, y hasta con la petición de que sacrifiquemos a nuestro Isaac preferido?

           Muchas veces nuestra fe es tan débil y hasta interesada, que si no vemos a corto plazo el premio que esperamos, se nos debilita y puede llegar a claudicar. ¿Creemos también en tiempos de crisis y de noche oscura del alma? ¿O sólo cuando Dios nos regala la sensación de su cercanía?

           Con razón presenta la carta a Abraham (el patriarca de los creyentes) como modelo de fe para animarnos en tiempos que a nosotros nos parecen difíciles. Su fe en la fidelidad de Dios la deberíamos tener también nosotros, los que en el Benedictus (y hoy como salmo responsorial), decimos que nos alegramos de la fidelidad de Dios, porque actúa "recordando su santa alianza y el juramento que juró a nuestro padre Abraham"; los que confiamos en que, como decimos en el Magníficat, Dios se acuerda "de la misericordia como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y su descendencia por siempre".

José Aldazábal

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           Acercándose ya al final de su escrito, el autor de la Carta a los Hebreos, insiste en exhortar a la comunidad a asumir determinadas actitudes. Hoy la exhortación tiene que ver con la fe. Y, por ello, nos recuerda los modelos de la fe más radical que se encuentran en el AT: los patriarcas, Abraham, su esposa Sara, Isaac y Jacob.

           Estos remotos antepasados de Israel, cuyas historias leemos en el libro del Génesis (Gen 12-37), se convierten en modelos de una confianza ilimitada en el Señor. Abandonaron su propia patria para ir en pos de la que les prometía Dios, vivieron de la esperanza en la ciudad celestial mientras habitaban en tiendas de campaña. A pesar de la esterilidad creyeron en la promesa divina de que tendrían una numerosa descendencia; Abraham incluso llegó a dar un supremo testimonio de obediencia cuando dispuso todo para el sacrificio de su hijo Isaac, que al final Dios cambió por un carnero.

           La fe como "prueba de lo que se espera y seguridad de lo que no se ve" esta fundada en una profunda confianza en Dios que es capaz de dar vida a los muertos, como lo hizo resucitando a Jesús, ya prefigurado en el sacrificio de Isaac. Dice el autor que los patriarcas incluso murieron en la fe, pues no viendo cumplidas en vida las promesas divinas, tuvieron que contentarse con saludarlas de lejos, aceptando ser peregrinos y huéspedes que caminan hacia su verdadera patria y hogar.

           Esta exhortación a emular e incluso a superar la fe de los antiguos patriarcas, debe ser acogida por nuestras comunidades, también peregrinas y huéspedes en la tierra de la opresión y de la injusticia, de la guerra y de la desigualdad. Caminamos hacia el patria de la libertad y la solidaridad, de la verdadera fraternidad e igualdad entre los seres humanos, y la actitud que caracterice nuestro peregrinaje debe ser la de una inquebrantable fe en Dios, que hizo fértil el seno estéril de Sara, que devolvió vivo a Isaac cuando su padre se aprestaba a sacrificarlo. Una fe que nos lleve a esperar, incluso más allá de la muerte, en que las promesas de Dios se cumplirán.

Servicio Bíblico Latinoamericano

b) Mc 4, 35-41

           Después de las parábolas, empieza aquí una serie de 4 milagros de Jesús, para demostrar que de veras el Reino de Dios ya ha llegado en medio de nosotros y está actuando.

           El 1º es el de la tempestad calmada, que pone de manifiesto el poder de Jesús incluso sobre la naturaleza cósmica, ante el asombro de todos. Es un relato muy vivo: las aguas encrespadas, el susto pintado en el rostro de los discípulos, la serenidad en el de Jesús. El único tranquilamente dormido, en medio de la borrasca, es Jesús. Lo que es señal de una buena salud y también de lo cansado que quedaba tras las densas jornadas de trabajo predicando y atendiendo a la gente.

           El diálogo es interesante: los discípulos que riñen a Jesús por su poco interés, y la lección que les da él: "¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?".

           Una tempestad es un buen símbolo de otras muchas crisis humanas, personales y sociales. El mar es sinónimo, en la Biblia, del peligro y del lugar del Maligno. También nosotros experimentamos en nuestra vida borrascas pequeñas o no tan pequeñas. Tanto en la vida personal como en la comunitaria y eclesial, a veces nos toca remar contra fuertes corrientes y todo da la impresión de que la barca se va a hundir. Mientras Dios parece que duerme.

           El aviso va también para nosotros, por nuestra poca fe y nuestra cobardía. No acabamos de fiarnos de que Cristo Jesús esté presente en nuestra vida todos los días, como nos prometió, hasta el fin del mundo. No acabamos de creer que su Espíritu sea el animador de la Iglesia y de la historia.

           A los cristianos no se nos ha prometido una travesía apacible del mar de esta vida. Nuestra historia, como la de los demás, es muchas veces una historia de tempestades. Cuando Marcos escribe su evangelio, la comunidad cristiana sabe mucho de persecuciones y de fatigas. A veces son dudas, otras miedo, o dificultades de fuera, crisis y tempestades que nos zarandean.

           Pero a ese Jesús que parece dormir, sí le importa la suerte de la barca, sí le importa que cada uno de nosotros se hunda o no. No tendríamos que ceder a la tentación del miedo o del pesimismo. Cristo aparece como el vencedor del mal. Con él nos ha llegado la salvación de Dios. El pánico o el miedo no deberían tener cabida en nuestra vida. Como Pedro, en una situación similar, tendríamos que alargar nuestra mano asustada pero confiada hacia Cristo y decirle: "Sálvame, que me hundo".

José Aldazábal

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           Hoy el Señor riñe a los discípulos por su falta de fe: "¿Cómo no tenéis fe?" (Mc 4,40). Jesucristo ya había dado suficientes muestras de ser el Enviado y todavía no creen. No se dan cuenta de que, teniendo con ellos al mismo Señor, nada han de temer. Jesús hace un paralelismo claro entre fe y valentía.

           En otro lugar del evangelio, ante una situación en la que los apóstoles dudan, se dice que todavía no podían creer porque no habían recibido el Espíritu Santo. Mucha paciencia le será necesaria al Señor para continuar enseñando a los primeros aquello que ellos mismos nos mostrarán después, y de lo que serán firmes y valientes testigos.

           Estaría muy bien que nosotros también nos sintiéramos reñidos, pues hemos recibido el Espíritu Santo que nos hace capaces de entender cómo realmente el Señor está con nosotros, y si es que de veras buscamos hacer siempre la voluntad del Padre. Objetivamente, no tenemos ningún motivo para la cobardía. Jesucristo es el único Señor del Universo, porque "hasta el viento y el mar le obedecen" (Mc 4,41), como afirman admirados los discípulos.

           Entonces, ¿qué es lo que me da miedo? ¿Son motivos tan graves como para poner en entredicho el poder infinitamente grande como es el del amor que el Señor nos tiene? Ésta es la pregunta que nuestros hermanos mártires supieron responder, y no ya con palabras sino con su propia vida. Como tantos hermanos nuestros que, con la gracia de Dios, cada día hacen de cada contradicción un paso más en el crecimiento de la fe y de la esperanza. Nosotros, ¿por qué no? ¿Es que no sentimos dentro de nosotros el deseo de amar al Señor con todo el pensamiento, con todas las fuerzas, con toda el alma?

           Uno de los grandes ejemplos de valentía y de fe, lo tenemos en María, auxilio de los cristianos, Reina de los confesores. Al pie de la cruz supo mantener en pie la luz de la fe... ¡que se hizo resplandeciente en el día de la Resurrección!

Joaquim Fluriach

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           La escena que contemplamos hoy en el evangelio de Marcos (la tempestad calmada), entronca perfectamente con el tema de la fe que reflexionamos a propósito de la 1ª lectura: los discípulos de Jesús temen que la tormenta haga naufragar la barca; por supuesto que temen por sus vidas, y despiertan a Jesús que mientras tanto duerme, tal vez cansado o confiado.

           Después de apaciguar los vientos y contener las olas, Jesús hace un reproche extraño a sus amigos: "¿Por qué son tan cobardes? ¿Aún no tienen fe?". Se trata de un reproche que sólo puede comprenderse teniendo en cuenta la presencia de Jesús en la barca. El mismo reproche recae sobre nuestras comunidades cristianas cuando nos dejamos asustar por las dificultades, persecuciones, incomprensiones y demás problemas. Si creemos de verdad que Jesús está presente entre nosotros, como nos lo prometió, debemos mantenernos serenos y confiados frente a los vientos y las olas.

Emiliana Lohr

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           El evangelio de hoy narra cómo los discípulos pierden la calma y vacilan en la fe frente a un acontecimiento natural como una tormenta en medio de la travesía por el mar. Ellos creían que ir con Jesús les hacía estar libres de que alguna calamidad alterara la buena marcha en la travesía. Fue el momento para caer en cuenta que aun junto a él, también las olas se sienten fuertes y hacen estremecer la barca.

           Jesús al ver que sus discípulos lo llaman con tanto susto, los interpela y les reprocha haber perdido la calma con tanta facilidad. Ellos estaban acostumbrados a la presencia del maestro. Pero Jesús los lanza a la aventura de poder enfrentarse a la vida con fe, ya que la pérdida de fe es pérdida de rumbo en la buena marcha de los compromisos adquiridos con el maestro.

           Mientras transcurre el tiempo de nuestra vida, necesitamos tener fe. Ya que en la medida en que nosotros dudemos seremos presa fácil en mano de nuestros opresores que tienen tanta fuerza como aquel mar que hacía tambalear la barca. Pero una fe sólida tendrá la fuerza de destruir toda fuerza que genere división y muerte en medio del pueblo.

           La Iglesia debe aunar esfuerzos para luchar por la construcción de una sociedad más justa y fraterna. Sabiendo que todos los días hay que renovar nuestra fe para no desfallecer en la causa, ya que muchas veces nuestro barco también es tambaleado por la fuerte tormenta del egoísmo, de la desilusión, de la falta de fe...

Servicio Bíblico Latinoamericano