13 de Enero

Miércoles I Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 13 enero 2021

a) Hb 2, 14-18

           En los versículos anteriores, la Carta a los Hebreos había afirmado que Cristo ejercía sobre la humanidad una mediación mucho más eficaz que la de los ángeles. En el pasaje de hoy, se dispondrá a demostrar cómo ejerce Cristo esa mediación, ofreciendo un complemento sobre su funcionamiento.

           Para el autor de la carta, dicha mediación no puede realizarse sino por consaguinidad (vv.14-18), pues Cristo no ha querido salvar al hombre sin el hombre (desde fuera), sino asumiendo él mismo nuestra carne y sangre (desde dentro). Como Hombre-Dios, Jesucristo nos libera de la tutela de los ángeles, y especialmente de ese ángel que tenía entre sus manos la coyuntura de la muerte: Lucifer (vv.14-15).

           En efecto, los ángeles no son los más adecuados para realizar ese tipo de salvación, porque no comparten la condición del hombre. Y lo mismo sucede con la misión sacerdotal de Cristo: su acción tiene valor de expiación en cuanto sabe y comparte nuestro dolor (vv.17-18).

           El autor propone, en consecuencia, un concepto del sacerdocio de Cristo y de su obra de salvación, diametralmente opuesto a los conceptos judíos y paganos, para quienes la salvación era un golpe de varita mágica procedente de Dios, que no incidía sobre los hombres por dentro, sino más bien los distanciaba de Dios.

           El proceso de secularización que están experimentando actualmente las instituciones, y el sacerdocio de la Iglesia, no está, a priori, en contradicción con el orden de la salvación: el sacerdote no salvará al mundo obrero si no se hace obrero y consanguíneo de los obreros; la Iglesia no salvará a Africa si no se hace totalmente africana.

Maertens Frisque

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           La idea de hoy de Hebreos ya fue ofrecida ayer: Jesús se ha encarnado en nuestra familia con todas las consecuencias, para salvarnos desde dentro. Hoy se desarrolla esta idea, en un razonamiento admirable y lleno de esperanza.

           La humanidad estaba sometida al poder de la muerte (al diablo), y de ahí que todos, "por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos". Era necesario, por tanto, liberar al hombre de esa servidumbre, y para eso vino el Hijo de Dios. Ahora bien, ¿cómo quiso él salvarnos de esa situación? La respuesta de la carta es clara: haciéndose uno de nosotros, "de la misma carne y sangre" que nosotros. Pues no son los ángeles los que necesitan esta salvación, sino nosotros, "los hijos de Abraham". Por eso se hace de nuestra raza y de nuestra familia.

           Pero el argumento continúa, y el autor se atreve a decir que dicho Hijo de Dios "tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser compasivo y pontífice fiel". Tenía que experimentar, desde la raíz misma de nuestra existencia, lo que es ser hombre, lo que es vivir y lo que es padecer y morir. Ayer decía Hebreos que "Dios juzgó conveniente perfeccionar con sufrimientos" a Jesús, ya que tenía que salvar a la humanidad. Hoy añade que "tenía que parecerse en todo a sus hermanos", incluso en el dolor.

           Así podrá ser "compasivo", y com-padecer con los que sufren. No habrá aprendido lo que es ser hombre en la teoría de unos libros, sino en la experiencia cálida de la vida. Así podrá ser "pontífice" y "hacer de puente" entre Dios y la humanidad. Por un aparte es Dios, pero por otra es hombre verdadero. Solidario con Dios y con el hombre, para unir así, en sí mismo, las 2 orillas.

           Es dramática, pero real, la descripción que nos describe hoy la carta: la situación de miedo y de esclavitud ante el mal y la muerte. Pero es a la vez gozosa la convicción de que Cristo ha venido precisamente para eso, para salvarnos de esa situación, a cada uno de nosotros hoy y aquí.

           El argumento de Hebreos es profundo y vale para siempre, también para nuestra generación: "Como él ha pasado por la prueba del dolor, él puede auxiliar a los que ahora pasan por ella". Cada uno cree que su dolor es único, y que los otros no le entienden. Pero Cristo sufrió antes que nosotros y nos comprende. Es compasivo porque es consanguíneo nuestro, "de nuestra carne y sangre", e hizo de nuestro camino su camino.

           El camino que nosotros recorremos, cada uno en su tiempo y en sus circunstancias, es el camino que ya siguió Jesús. Ya sabe él la dificultad y la aspereza de ese recorrido. Y por eso se hace solidario y "puede auxiliar a los que ahora pasan por ella", como "pontífice" que nos comunica la vida y fuerza de Dios. Él da sentido a nuestra vida y a nuestro dolor porque lo incorpora a su dolor, el dolor que salvó a la humanidad.

           Juan Pablo II, en varias de sus cartas y encíclicas, insiste en esta cercanía existencial de Cristo a la vida humana, tanto en Redemptor Hominis (de 1979) como en Salvifici Doloris (de 1984). Debemos aprender esta lección también en nuestra relación para con los demás: sólo podemos tener credibilidad si padecemos-con, si tomamos en serio nuestra solidaridad con los demás.

José Aldazábal

b) Mc 1, 29-39

           Junto con lo que leíamos ayer (un sábado, que empieza en la sinagoga de Cafarnaum con la curación de un poseído por el demonio), la escena de hoy representa la programación de una jornada entera de Jesús. Una jornada en la que, al salir de la sinagoga, va a casa de Pedro y cura a su suegra: "la toma de la mano y la levanta". No debe ser casual que aquí el evangelista utilice el mismo verbo que servirá para la resurrección de Cristo, levantar (egueiro, en griego). Pues Cristo va comunicando ("levantando") su victoria contra el mal y la muerte, curando enfermos y liberando a los poseídos por el demonio.

           Tras eso, atiende y cura a otros muchos enfermos y endemoniados. Pero tiene tiempo también para marcharse temporalmente del pueblo y ponerse a rezar a solas con Dios, y continuar predicando por otros pueblos. No se queda a recoger éxitos fáciles, sino que ha venido a evangelizar a todos.

           Sigue luchando Jesús contra el mal y curando nuestros males, demonios, esclavitudes y debilidades. La actitud de la suegra de Pedro (que apenas curada, se puso a servir a Jesús y sus discípulos) es la actitud fundamental del mismo Cristo. A eso ha venido, no a ser servido sino a servir, y a curarnos de todo mal.

           Sigue enseñándonos así Jesús que él que es nuestro Maestro auténtico, y la palabra misma que Dios nos dirige. Día tras día escuchamos su Palabra y nos vamos dejando llenar de la Buena Noticia que él nos proclama, aprendiendo sus caminos y recibiendo fuerzas para seguirlos.

           Sigue dándonos también un ejemplo admirable de cómo conjugar la oración con el trabajo. Jesús, que seguía un horario tan denso (predicando, curando y atendiendo a todos), encuentra tiempo (aunque sea escapando, y robando horas al sueño) para la oración personal. La introducción de la Liturgia de las Horas (IGLH, 4) nos propone a Jesús como modelo de oración y de trabajo: "su actividad diaria estaba tan unida con la oración, que incluso aparece fluyendo de la misma", y no se olvida de citar este pasaje de Mc 1,35 (cuando Jesús se levanta de mañana, y va al descampado a orar).

           Con el mismo amor se dirige a su Padre y también a los demás, sobre todo a los que necesitan de su ayuda. En la oración encuentra su fuerza la actividad misionera, y lo mismo deberíamos hacer nosotros: alabar a Dios en nuestra oración, y estar siempre dispuestos a atender a los que tienen fiebre, levantándolos y ofreciéndoles nuestra mano acogedora.

José Aldazábal

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           "De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar solitario. Y allí se puso a hacer oración". Hoy vemos claramente cómo Jesús dividía la jornada. Por un lado, se dedicaba a la oración, y por otro a su misión de predicar (con palabras y obras). Contemplación y acción, oración y trabajo, estar con Dios y atender a los hombres.

           En efecto, vemos a Jesús entregado en cuerpo y alma a su tarea de Mesías y Salvador: cura a los enfermos (como a la suegra de san Pedro, y muchos otros), consuela a los tristes, expulsa demonios y predica. Todos le llevan sus enfermos y endemoniados, y todos quieren escucharlo: "Todos te buscan" (Mc 1,37), le dicen los discípulos. Seguro que debía tener una actividad frecuentemente muy agotadora, que casi no le dejaba ni respirar.

           Pero Jesús se procuraba también tiempo de soledad para dedicarse a la oración: "De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración" (Mc 1,35). En otros lugares de los evangelios vemos a Jesús dedicado a la oración en otras horas e, incluso muy entrada la noche. Sabía distribuirse el tiempo sabiamente, a fin de que su jornada tuviera un equilibrio razonable de trabajo y oración.

           Nosotros decimos frecuentemente "no tengo tiempo", pues estamos ocupados con el hogar, el trabajo y las innumerables tareas que llenan nuestra agenda. Con frecuencia nos creemos dispensados de la oración diaria. Realizamos un montón de cosas importantes, eso sí, pero corremos el riesgo de olvidar la más necesaria: la oración. Hemos de crear un equilibrio para poder hacer las unas sin desatender las otras.

           San Francisco nos lo plantea así: "Hay que trabajar fiel y devotamente, sin apagar el espíritu de la santa oración y devoción, al cual han de servir las otras cosas temporales". Quizás nos debiéramos organizar un poco más, y disciplinar nuestro tiempo. Lo que es importante ha de caber, y todavía más lo que es más necesario.

Josep M. Massana

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           El relato de la curación de la suegra de Simón es la continuación de una serie de milagros contados por Marcos (ese mismo día, expulsando demonios en la sinagoga), que muestran cómo Jesús relativiza el precepto de no hacer nada el día sábado, lo cual es una confrontación directa de la ley que coloca al ser humano en 2º plano obligándolo a no atender incluso su propia salud.

           Parece que las excavaciones arqueológicas avalan la hipótesis de que la casa de Pedro en Cafarnaum estaba, efectivamente, enfrente de la sinagoga, a unos pocos metros. Al salir de la sinagoga Jesús se quedó en casa de Pedro. La curación de su suegra está narrada de forma que se puede elaborar simbólicamente: Jesús la cura, y ella se pone a servir. Se trata de una liberación para el servicio, de una curación para el amor.

           La actitud de Jesús contrasta con la de las gentes del pueblo que esperan al anochecer, cuando ya se había puesto el sol (v.32) y es día domingo, para buscar a Jesús y pedirle que les cure sus enfermos, actividad que no se podía realizar el sábado.

           El mensaje es claro: Jesús quiere que las personas se reconozcan hijos de Dios, y personas frente a las estructuras de su tiempo. Y que descubran que no es el cumplimiento ciego de la ley lo que libera y proporciona bienestar al ser humano en comunidad, si este cumplimiento de la ley no se realiza dentro de un ambiente de libertad y responsabilidad que permita un desarrollo integral, una vida más digna y una verdadera humanización.

           El sentido de los milagros no responde pues a una preocupación de Jesús de lograr sólo una curación física en las personas, sino que ante todo son una acción que lleva un mensaje orientado a crear conciencia de la responsabilidad frente al hermano que sufre y a propiciar la actitud que se debe asumir frente a una estructura social injusta generadora de discriminación, opresión y muerte.

           El evangelio de hoy es llamado por los estudiosos la Jornada de Cafarnaum, porque describe lo que un periodista de ahora titularía "Un día en la vida de Jesús de Nazaret". Veamos qué hace: después de liberar a un hombre endemoniado en la sinagoga de la aldea, va a la casa de Simón Pedro, y allí sana a la suegra de Simón, que tenía fiebre.

           Más tarde, al atardecer, sana a muchos enfermos que le llevan, y el evangelista anota que la gente se agolpaba a la puerta de la casa. Viene la noche, todos descansan. Entonces, Jesús aprovecha el silencio y la tranquilidad de la madrugada, y va a un sitio solitario para orar. Allí le encuentran sus discípulos, que salen a buscarlo; quieren retenerlo en el pueblo, pero El les dice que debe salir a predicar en los pueblos vecinos. Así lo hace, liberando también a muchos endemoniados.

           Sanar, entrar en la casa, sanar, orar, predicar, sanar... Son las acciones de Jesús en su jornada. Ya sabemos que predica el reinado de Dios, su voluntad de salvación y de felicidad para toda la humanidad. Su predicación se hace realidad en la salud que difunde en torno suyo. Todo a partir, seguramente, de su intensa relación con Dios, por medio de la oración. ¿No es esta agenda de Jesús una agenda para la Iglesia, para nuestra comunidad, para cada uno de nosotros?

Servicio Bíblico Latinoamericano