9 de Abril

Viernes I de Pascua

Equipo de Liturgia
Mercabá, 9 abril 2021

a) Hch 4, 1-12

           Tras el milagro del hombre paralítico, Pedro y Juan pasan "hasta la mañana siguiente" su 1ª noche en la cárcel. No será la única vez, y veremos cómo los Hechos de los Apóstoles estarán llenos de motines, arrestos y encarcelamientos. Pero ¿por qué? Los sacerdotes judíos, así como el jefe de la guarda del templo y los saduceos, estaban molestos porque los apóstoles "enseñaban al pueblo, y anunciaban la resurrección de los muertos".

           ¡Encarcelados por anunciar la resurrección! Efectivamente, Pedro y Juan anunciaban la resurrección, y la habían hecho patente en aquel paralítico al que habían curado, levantándolo y haciéndolo pasar de la muerte a la vida. Pero todo eso, ¿es motivo de encarcelamiento? Realmente alucinante. Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: "Hoy somos interrogados por haber obrado bien con un enfermo". Evidente.

           El actor principal de los hechos de los apóstoles es el Espíritu Santo, sobre todo cuando se ve que los apóstoles son de todo menos extraordinarios. A menudo uno se imagina a los apóstoles como hombres extraordinarios. Ahora bien, nada hay más sencillo que su vida. Pues aunque es verdad que son simples hombres, éstos se dejaron llenar por el Espíritu Santo. Y aunque sus hechos y dichos son a veces muy sencillos y banales (como "obrar el bien, en beneficio de un enfermo"), con la aportación del Espíritu Santo, todo se convierte en extraordinario.

           Por eso, Pedro continuó diciéndoles: "Sabed, pues, todos vosotros, que ha sido por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Jesús de Nazaret, a quien crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos, por el que este hombre está aquí sano, delante de vosotros".

           El Credo es aún muy simple en esta época apostólica, y se repite obstinadamente: ¡Jesucristo crucificado, resucitado y vivo! Ciertamente éste es el núcleo de nuestra fe: "Nuestro Señor Jesucristo". Poco después, dicha fórmula tendrá que precisarse un poco más, añadiendo que Cristo es "Señor" (verdadero Dios) y "de Nazaret" (verdadero hombre). Las controversias y los estudios teológicos no han llegado todavía, pero cuando lleguen mantendrán aquella 1ª fe, en su expresión 1ª.

Noel Quesson

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           Los apóstoles, al ser interrogados por los sumos sacerdote tras su arresto, responden por boca de Pedro con el 3º de sus discursos: "Dios resucitó de entre los muertos a Jesús, a quien vosotros crucificásteis. Pero así se han cumplido las Escrituras, pues nadie, fuera de él, puede otorgar la salvación".

           La causa de la persecución judía radica, pues, en la proclamación del poder salvífico de Jesucristo, muerto y resucitado, en el que se cumplen las Escrituras. Los apóstoles no saben ni quieren dar otro mensaje distinto del que ellos han sido testigos, aunque tengan que sufrir persecución y castigos por ello, y más tarde la muerte. Todo por Jesús, muerto y resucitado. Oigamos, a este respecto, a San Hipólito:

"Antes que los astros, inmortal e inmenso, Cristo brilla más que el sol sobre todos los seres. Por ello, para nosotros que nacemos en él, se instaura un día de luz largo, eterno, que no se acaba: la Pascua maravillosa, prodigio de la virtud divina y obra del poder divino, fiesta verdadera y memorial eterno, impasibilidad que dimana de la Pasión e inmortalidad que fluye de la muerte. Vida que nace de la tumba y curación que brota de la llaga, resurrección que se origina de la caída y ascensión que surge del descanso. Este árbol es para mí una planta de salvación eterna, de él me alimento, de él me sacio. Por sus raíces me enraízo y por sus ramas me extiendo, su rocío me regocija y su espíritu como viento delicioso me fertiliza. A su sombra he alzado mi tienda y huyendo de los grandes calores allí encuentro un abrigo lleno de rocío. Él es en el hambre mi alimento, en la sed mi fuente. Cuando temo a Dios, él es mi protección; cuando vacilo, mi apoyo; cuando combato, mi premio; y cuando triunfo, mi trofeo" (Homilía de Pascua).

           Este es el día en que actuó el Señor. Cristo rechazado por los suyos, ha resucitado y es el centro de todas las cosas. Llenos de gozo proclamamos con el Salmo 117, que ha sido un milagro patente y abrimos nuestro corazón a la plenitud que la resurrección da a nuestra fe:

"Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Diga la casa de Israel: Eterna es su misericordia. Digan los fieles del Señor: Eterna es su misericordia. La piedra que desecharon los arquitectos es ahora piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, y ha sido un milagro patente. Éste es el día en que actuó el Señor; sea ésta nuestra alegría y nuestro gozo. Señor, danos la salvación; Señor, danos prosperidad. Bendito el que viene en el nombre del Señor. El Señor es Dios, y él nos ilumina".

           La fuerza y el poder de Cristo resucitado hace todas las maravillas que florecen en la Iglesia, o en cualquier comunidad cristiana. Esta verdad, que en la conciencia y persuasión de los apóstoles brilló esplendorosa sólo a partir de Pentecostés, es la que les hizo no titubear en su plan de vida, de anuncio de la Buena Noticia y de entrega a la misión. Pero antes de alcanzar esa altura de miras, los mismos apóstoles pasaron su noche oscura de crisis y turbación en la cárcel de Jerusalén, tras curar al tullido.

Manuel Garrido

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           Finalmente, los principales apóstoles (Pedro y Juan) han ido a parar a la cárcel. El milagro de la curación del tullido del templo ha tenido como efecto que se convirtieran muchos (5.000 judíos), pero ha provocado la reacción de la religión judía oficial, que detiene a Pedro y Juan y los envían a la cárcel, por haber dirigido al pueblo el discurso que leíamos ayer.

           Pero Pedro, portavoz de los apóstoles (como lo había sido en vida de Jesús), no se calla. Y aprovecha la ocasión para dar testimonio del Mesías delante de las autoridades, como lo había hecho delante del pueblo. Es su 3º discurso, y repite lo mismo que en los anteriores: que los judíos mataron a Jesús, pero Dios le resucitó y así le glorificó y reivindicó. Por lo que hay que creer en él, como único capaz de salvarnos.

           Si ya en el 1º y 2º discurso de Pedro los apóstoles eran valientes, en este 3º de hoy, delante de las autoridades y tras haber experimentado la cárcel, aparecen admirablemente decididos y cambiados. El amor que Pedro había mostrado hacia Cristo en vida (entre debilidades y malentendidos), ahora se ha convertido en una convicción madura y en un entusiasmo valiente, que le llevará a soportar todas las contradicciones que se vayan presentado, resarciendo así aquella negación ante la criada de Pilato.

           Ya Jesús les había predicho a los apóstoles que serían llevados ante los tribunales, pero que el Espíritu Santo les ayudaría (Lc 12, 11-12). En el caso presente, Lucas se limita a decir, como hará en otras ocasiones en su libro de los Hechos, que Pedro respondió "lleno del Espíritu Santo".

           El Salmo 117 que hoy rezamos, uno de los salmos más pascuales, habla de cómo "la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular". Es el que cita aquí Pedro, apelando al AT para mostrar que todo lo anunciado por los salmos se ha cumplido en Cristo Jesús, y que no hay otro que pueda ser la piedra angular del edificio.

           Pedro siempre predica lo mismo: a Cristo Resucitado. Es su convicción y lo está viviendo, y lo comunica a los demás. Nosotros también creemos y celebramos siempre lo mismo. Cada año celebramos la Pascua, y cada semana el domingo, y cada día podemos celebrar la eucaristía. Pero no por rutina sino por convicción, como motor de toda nuestra existencia. Y en nuestro trabajo apostólico también repetimos una y otra vez, con toda la pedagogía de que somos capaces, el anuncio central: que Cristo murió y resucitó.

José Aldazábal

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           Si la curación del tullido causó revuelo en el Templo de Jerusalén, el discurso de Pedro al pueblo judío provoca la inmediata reacción de las autoridades judías. La guardia, comandada por los saduceos, llevan a Juan y Pedro al calabozo, y al siguiente día se les hace comparecer ante el sumo sacerdote.

           El partido saduceo era el más poderoso e influyente de Israel, y representaba la oficialidad política judía. Los saduceos eran amigos de la dinastía herodiana, albergaban a la mayoría de sumos sacerdotes, y eran secuaces de la ocupación romana. No creían en la resurrección, y su esperanza estaba por completo atada a la abundancia de riquezas, al prestigio y al poder. En los evangelios son abiertos enemigos de Jesús, y en el pasaje de hoy quedan profundamente confundidos ante el surgimiento de los discípulos del Galileo, proclamando su resurrección.

           Por ello, y aludiendo a su condición de jefes del templo, cuestionan la autoridad bajo la cual los apóstoles actúan y enseñan en el templo. De la misma manera que habían amonestado a Jesús. Pues de acuerdo con la ley, todo profeta, para comprobar su autenticidad, debía manifestar "en nombre de quién" actuaba (Dt 13, 1-4). Pedro señala el nombre del profeta que ha obrado el prodigio: Jesús. Y de paso, recrimina la conducta homicida de los saduceos, y la imposibilidad de esperar otro Mesías. Porque "Dios ha revelado la majestad de su gloria en el hombre Jesús de Nazaret".

           La promesa de Jesús se hace efectiva en los discípulos (Lc 12, 11-12). Los seguidores de Jesús obran y hablan con la fuerza del Espíritu de Dios. Pedro demuestra la equivocación que han cometido con Jesús, con una contundencia de palabras (y milagros) que dejan atónitas a las autoridades. Sin embargo, se resisten a aceptar la veracidad de sus argumentos.

Servicio Bíblico Latinoamericano

b) Jn 21, 3-14

           Hoy Jesús se aparece a 7 de sus apóstoles que, invitados por Pedro (siempre líder), han vuelto a su ocupación anterior, la de pescadores. Están en Galilea, en el lago de Tiberíades. Y a indicación de un Jesús a quien todavía no reconocen (pues su presencia resucitada siempre les resulta difícil de identificar), tienen una 2ª pesca milagrosa (de 153 peces grandes), después de una noche en la que no han cogido nada.

           El nº de 153 peces no sabemos si tiene alguna intención simbólica, aunque no tiene mucha importancia. Unos recuerdan que este nº es la suma de los primeros números, del 1 al 17. Para otros, como San Jerónimo, este nº era el de las especies de peces que se conocían en la antigüedad. En ambos casos, podría indicar la plenitud mesiánica en Cristo.

           Cuando en vida de Jesús tuvo lugar la 1ª pesca milagrosa, Pedro fue el protagonista, reconociendo a Jesús como el Mesías y arrojándose a sus pies (y recibiendo allí la llamada a seguirle). En el caso de hoy, es también él el más decidido en lanzarse al agua, y acercarse a Jesús.

           Es deliciosa la escena del almuerzo con pescado y pan preparado por Jesús al amanecer de aquel día. Después de que casi todos le abandonaran en su momento crítico de la cruz, y Pedro además le negara tan cobardemente, Jesús tiene con ellos detalles de amistad y perdón que llenaron de alegría a los discípulos.

           Noche de trabajo infructuoso, pero con Jesús, pesca milagrosa. Nosotros también podemos tener noches malas y fracasos en nuestro trabajo, decepciones en nuestro camino. Podemos aprender la lección: cuando no estaba Jesús, los pescadores no lograron nada. Y siguiendo su palabra, llenaron la barca.

           Ese es el Cristo en quien creemos y a quien seguimos: el Resucitado, que se nos aparece misteriosamente en la eucaristía (que no nos prepara pan y pescado, sino que nos da su Cuerpo y su Sangre) y que hace eficaz nuestra jornada de pesca, invitándonos a comer con él y a descansar junto a él. Podemos sentirnos contentos: "Dichosos los invitados a la Cena del Señor".

José Aldazábal

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           Hoy, por 3ª vez desde que resucitó, Jesús se aparece a los discípulos. Pedro ha regresado a su trabajo de pescador, y los otros se animan a acompañarle. Lo que es lógico, pues si era pescador antes de seguir a Jesús, a eso mismo volvió después, al no haber nada extraño que le haga abandonar su trabajo.

           Aquella noche no pescaron nada. Cuando al amanecer aparece Jesús, no le reconocen hasta que les pide algo para comer. Al decirle que no tienen nada, él les indica dónde han de lanzar la red. A pesar de que los pescadores se las saben todas, y en este caso han estado bregando sin frutos, obedecen. El lago de Genesaret negaba sus peces a las redes de Pedro, y había pasado toda una noche en vano. Ahora, obediente, volvió la red al agua y pescaron una gran cantidad de peces. Créeme: el milagro se repite cada día.

           El evangelista hace notar que eran 153 peces grandes (v.11), y que siendo tantos, no ser rompieron las redes. Son detalles a tener en cuenta, ya que la Redención se ha hecho con obediencia responsable, en medio de las tareas corrientes.

           Todos sabían que "era el Señor". Viene entonces Jesús, "toma el pan y se lo da" (vv.12-13). Igual hizo con el pescado. Tanto el alimento espiritual, como también el alimento material, no faltarán si obedecemos. Lo enseña a sus seguidores más próximos y nos lo vuelve a decir a través de Juan Pablo II: "Al comienzo del nuevo milenio, resuenan en nuestro corazón las palabras con las que un día Jesús invitó al Apóstol a remar mar adentro. Pedro y los primeros compañeros confiaron en la palabra de Cristo y recogieron una cantidad enorme de peces. Esta palabra resuena también hoy para nosotros".

Joaquim Monrós

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           El Resucitado aparece a sus discípulos en un día cotidiano, y éstos no lo identifican a pesar de que Jesús les habla. Cuando les manda echar las redes al agua, y después de atrapar cantidad de peces, sólo Simón Pedro lo reconoce, mientras los demás siguen sorprendidos por tal noticia, y se apresuran más lentamente en ir a su encuentro.

           Jesús les invitó a comer de la pesca, que había sido muy abundante. Posteriormente, los gestos y las palabras pronunciadas dan la sensación que se estuviera haciendo alusión a la eucaristía, por la forma de compartir unidos.

           A los discípulos que ya no se encuentran en Jerusalén porque han huido de la represión, Jesús se les aparece como señal de que todavía su proyecto sigue vigente y es de vital importancia para los seres humanos, y de que su muerte no significó un fracaso. Al comienzo, parece que su recuerdo ha desaparecido; luego, cuando lo descubren, se sorprenden grandemente. Quien descubre a Jesús será precisamente Juan, el discípulo amado. La aparición de Jesús hace que la fe de sus discípulos renazca, recuperen el tiempo perdido y comiencen a pensar cómo se van a organizar nuevamente; entendiendo que en ese momento, su vida la están dedicando únicamente a la subsistencia.

           Para renacer, la comunidad cristiana ha de ser animada por Jesús y su Espíritu, que se harán manifiestos en cada acto comunitario. El renacer de la Iglesia deja de ser entonces un capricho o un simple esfuerzo humano: es una obra de Dios mismo, que nos saca de la vida ordinaria en donde estamos, nos sacude, para hacernos entender y asumir nuestro papel en el plan de Dios, el proyecto que Jesús nos presentó. La Iglesia es fruto del querer de Dios, que coloca al Resucitado en el alma de quienes lo siguen, haciéndolos sentirse hermanos de verdad.

Juan Mateos

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           Escuchamos hoy la última pesca milagrosa de Jesús, en directa alusión al contexto vocacional de las primeras llamadas de Jesús, en aquel preciso lugar de antaño (Lc 5, 1-11). Se trata de un milagro postpascual en un contexto vocacional, y tanto los apóstoles en la barca, como las redes y la pesca abundante, apuntan ya a la tarea evangelizadora de la Iglesia, no sólo con Jesús presente sino a lo largo de todos los siglos.

           Cuando el desconocido de la playa es identificado por los apóstoles, encuentran ya la comida preparada: el fuego, el pan y el pescado asado. Y el Resucitado reitera los gestos de la eucaristía: partir el pan y repartirlo. Es la imagen de la Iglesia, reunida en torno al Señor resucitado, para ser enviada a pescar en los mares del mundo.

           Estas fiestas pascuales que estamos celebrando no pueden quedarse en los aleluyas, sino que han de despertar en nosotros un intenso deseo de comunicar a otros nuestra fe y alegría. Es el gozo de sabernos salvados en el nombre de Jesús, o de haber sido convocados en torno a la cena fraternal para testimoniar en el mundo la posibilidad de vivir como hermanos. ¡Que resucite Jesús también para nuestro mundo!

Confederación Internacional Claretiana