6 de Mayo

Jueves V de Pascua

Equipo de Liturgia
Mercabá, 6 mayo 2021

a) Hch 15, 7,21

           Después de una larga discusión, sobre la necesidad de las observaciones judías en orden a la salvación, se levantó Pedro y se puso a hablar en el Concilio de Jerusalén. Me imagino la escena. La discusión es viva, y las diversas posturas son violentas. Cada uno está convencido de que la suya es la buena, la que asegura la fe y el porvenir de la Iglesia. Hasta que Pedro se levanta y acaba la discusión. ¡Pedro se levanta! Claramente, es el jefe del Colegio Apostólico.

           Recordemos que fue Jesús quien eligió a Pedro, y Jesús quien confió a Pedro un papel muy concreto: ser el garante de la fe de sus hermanos (Lc 22, 32). Ayuda, Señor, a tu Iglesia, a también hoy aceptar plenamente:

-tanto la discusión franca y libre de búsqueda, donde todos expongan su opinión,
-como la autoridad y jerarquía del papa, que zanja definitivamente la cuestión.

           En efecto, una vez levantado, Pedro sentenció: "Dios me ha escogido entre vosotros para que de mi boca oigan los gentiles la Palabra de la Buena Nueva y abracen la fe". Pedro alude aquí a la conversión del centurión romano Cornelio (v.10). El discurso de Pedro es breve, y una especie de decreto conciliar. Cierra el debate y toma partido por Pablo y Bernabé: la Iglesia es para el mundo, y la puerta de la Iglesia está abierta de par en par a los gentiles.

           Por tanto, Pedro sentenció: "Dios no hizo distinción alguna entre los gentiles y nosotros. ¿Por qué, pues, tentáis ahora a Dios, queriendo imponer sobre los discípulos un yugo que ni vuestros padres ni nosotros podemos sobrellevar? Por otra parte, es por la gracia del Señor Jesús que creemos salvarnos exactamente como ellos".

           No obstante, la discusión conciliar continúa. Porque si el problema teórico está zanjado, lo que ahora se trata es de la convivencia, y no queda todo regulado por la decisión del concilio.

           Entonces Santiago, obispo de Jerusalén y representante cualificado de la tendencia opuesta, cree conveniente mantener algunas costumbres judías. Está de acuerdo con que se abandone la circuncisión, pero propone que se pida a los gentiles que adopten algunas prácticas de la ley de Moisés, las que parecen más importantes. Con el fin de asegurar una fraternidad real entre todos, Santiago propone que los "cristianos venidos del paganismo" se abstengan de aquello que más repugna a los "cristianos venidos del judaísmo". Se trata de un compromiso, y la delicadeza hacia los demás pasa delante de los derechos personales. ¡Ayúdanos, Señor, a encontrar puntos de conciliación! Que tu Iglesia sea dialogante.

Noel Quesson

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           El autor de Hechos nos presenta hoy el llamado Concilio de Jerusalén, y parece hacerlo con un cierto énfasis. El episodio, situado intencionadamente en el centro del libro, es como el eje de su dinámica narrativa: hay un antes y un después, está Jerusalén con su comarca y la diáspora con la misión entre los gentiles, Pedro y Pablo. El v.5, junto con los 4 precedentes, describe el motivo de la convocatoria: en Antioquía y en Jerusalén "algunos de la facción farisea que se habían hecho creyentes" se oponen violentamente a la opción de liberar el evangelio de la sinagoga.

           La decisión favorable del concilio tiene 3 fases culminantes. El discurso de Pedro (vv.6-12) invoca 3 hechos: la conversión de Cornelio, el yugo insoportable de la ley y la salvación de todos por la gracia de Jesús. El discurso de Santiago (vv.13-21), jefe respetado e indiscutible de la comunidad judía de Jerusalén, invoca un texto universalista de la Escritura, pero pide que se observen las llamadas cláusulas de Santiago. El Decreto del Concilio (vv.22-29) se limita a imponer esas cláusulas, al tiempo que alaba la obra de Pablo y Bernabé y censura a sus adversarios. La promulgación del Decreto en Antioquía (vv.30-35), donde había surgido la disensión, es el epílogo del relato. Así quedaba solemnemente avalada la misión universal de Pablo.

           Parece que en Gál 2,1-10 tenemos una información paralela de nuestro acontecimiento eclesial. Puede ayudar a verificar críticamente y leer con mayor provecho la narración de los Hechos. Las versiones de Pablo y de Lucas coinciden en los hechos sustanciales, pero presentan diferencias importantes. La de Pablo, que es protagonista de los sucesos narrados y escribe todavía en plena lucha, es más polémica y no se aviene a los compromisos: ignora las cláusulas de Santiago. La de Lucas, que escribe a finales de siglo, con la batalla bien ganada, es más conciliadora y parece suavizar las polarizaciones del pasado.

           Este acontecimiento crucial de la época apostólica es una lección permanente para la Iglesia en el tiempo y en el espacio. Si el mensaje evangélico debe abrazar todas las culturas para que llegue a todos con eficacia la buena nueva de Jesucristo, la Iglesia tiene que considerar como una especie de infidelidad a la misión el hecho de quedar prisionera de una cultura determinada. Por eso podríamos decir que el Vaticano II, al optar por un mayor pluralismo y por una actualización de acuerdo con los signos de los tiempos, ha tomado una decisión histórica en el campo misionero. Como la de Pablo en el corazón de la época apostólica.

Frederic Casal

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           La Asamblea de Jerusalén llega hoy a su 2ª fase, la del diálogo y el discernimiento. Y en el orden del día, hay 3 oradores que han pedido la palabra.

           Primero interviene Pedro, con un discurso enérgico en el que, usando términos de hoy, expone la tesis central: lo mismo ellos (e.d, los no judíos) que nosotros, "nos salvamos por la gracia del Señor Jesús".

           A continuación, les llega el turno a Bernabé y Pablo (por este orden). Lo suyo es una teología narrativa con un toque de reivindicación personal, y por eso "cuentan los signos y prodigios" que habían hecho entre los gentiles, con la ayuda de Dios.

           Por último, cierra la sesión Santiago, que hace un balance del diálogo y sugiere unas resoluciones de compromiso para contentar a todos: no hay que molestar a los gentiles que se convierten. Basta escribirles "que no se contaminen con la idolatría ni la fornicación, y que no coman sangre ni animales estrangulados".

           A más de uno, la salida de Santiago puede parecerle tímida, contemporizadora, de escasa fuerza profética. Pero quizá este es el modo de ir conduciendo una comunidad en cada nueva encrucijada. Toda facción se cree en posesión de la verdad y a menudo hace lo permitido y hasta lo indigno por sacarla adelante. ¿No hemos puesto nombre a esta tensión en las últimas décadas hablando de conservadores y progresistas? El paso del tiempo nos ayuda, no sin una pizca de humor, a caer en la cuenta de lo ridículas y falsas que resultan muchas posturas cuando se absolutizan y no entran en la ascética de un diálogo constructivo.

Gonzalo Fernández

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           En el Concilio de Jerusalén, Pedro y Santiago toman la palabra en favor de los nuevos cristianos en relación con la ley judaica: libertad plena ante la ley, pero evitar prácticas que resulten chocantes. En definitiva: moderación, caridad y libertad. Nosotros aceptamos la gracia de Cristo, que nos comunica la salvación y no un precepto legal.

           A este respecto, comenta Orígenes que "no pueden explicarse las riquezas de estos inmensos acontecimientos si no es con ayuda del mismo Espíritu que fue autor de ellas" (Homilía sobre el Exodo, IV, 5). Y San Efrén hace decir a San Pedro que "todo lo que Dios nos ha concedido mediante la fe y la ley,  lo ha concedido Cristo a los gentiles mediante la fe y sin la observancia de la ley" (Sermón sobre Hechos, 2).

           Fue un acontecimiento importantísimo en la vida de la Iglesia, que mostró la excelencia, la sublimidad y la eficacia de la obra redentora realizada por Jesucristo. Es admirable cómo aquellos judíos tan extremadamente celosos de las prácticas judaicas cambiaron radicalmente ante la obra salvadora de Cristo. Esto, ciertamente, no se explica sin una gracia especialísima del mismo Cristo.

           El anuncio de las maravillas que ha hecho Dios tiene una proyección universal. Está destinado a todos los pueblos. A todos tiene que llegar ese anuncio. De ahí la vocación misionera del cristiano: contar a todas las naciones las maravillas del Señor. Por eso usamos hoy el Salmo 95 para clamar:

"Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor toda la tierra; cantad al Señor, bendecid su nombre. Proclamad día tras día su victoria, y contad a los pueblos: El Señor es rey, él afianzó el orbe y no se moverá, él gobierna a los pueblos rectamente".

           La apertura de la Iglesia al mundo entero, para anunciarle el evangelio de la gracia, la hace entrar en una continua relación con diversas culturas. No podemos imponer la vivencia de la fe, conforme a una cultura, como si esta fuera la única forma de responder a la vida de fe a la que el Señor nos llama a todos. Hay cosas fundamentales, que no pueden cambiar y que consideramos los dogmas de nuestra fe, expresados especialmente en el Credo de la Iglesia. Pero no podemos decir que han perdido la fe quienes en sus manifestaciones externas de la misma se expresan, en la diversidad de pueblos y culturas, de modo diferente a como lo hacemos nosotros.

Manuel Garrido

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           Las deliberaciones del Concilio de Jerusalén fueron tensas, como leemos hoy, porque entraban de por medio convicciones opuestas de parte de unos y de otros. Fue un momento de crisis, de juicio y de discernimiento.

           Ante todo toma la palabra Pedro, con una postura claramente aperturista, basada en la "aprobación del Espíritu Santo" en la admisión del pagano Cornelio a la fe. En efecto, la lectura de aquel episodio es decisiva: "No hizo distinción entre ellos y nosotros", y "lo mismo ellos que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús".

           A continuación, después de que todos escuchan atentamente lo que Pablo y Bernabé cuentan sobre "los signos y prodigios que habían hecho entre los gentiles con la ayuda de Dios", habla el que parece tener la palabra decisiva, como responsable de la Iglesia de Jerusalén: Santiago. Éste da la razón a Pedro, y refuerza su postura universalista con citas del AT: "Todos los gentiles llevarán mi nombre". Y concluye reconociendo que "no hay que molestar a los gentiles que se convierten", o como había dicho Pedro, "no hay que ponerles más cargas que las necesarias".

           La reunión, por tanto, desautoriza a aquellos judíos que habían ido a Antioquía a inquietar a los hermanos griegos de allí. Eso sí. Hay algunos aspectos que creyeron razonable exigir a todos: evitar la idolatría y la fornicación, y también mantener la norma (de los judíos y de otros pueblos, entonces y ahora) de no comer sangre ni animales estrangulados, por el carácter sagrado que se atribuye a la sangre.

           La asamblea que se reunió en Jerusalén, a pesar de las fuertes discusiones, dio la imagen de una comunidad capaz de escuchar, de valorar los pros y contras, de saber reconocer los pasos de apertura que el Espíritu les está inspirando, aunque fueran incómodos, por la formación cultural y religiosa recibida.

           Si nosotros imitáramos este talante dialogador (ante los varios conflictos que van surgiendo en la historia), si supiéramos discernir con seriedad y apertura los diversos movimientos que van surgiendo en la Iglesia (sabiendo ver sus valores además de sus inconvenientes), si nos dejáramos guiar por el Espíritu (discerniendo lealmente lo que Dios quiere en cada momento)... seríamos una comunidad más cristiana, más del Espíritu Santo.

José Aldazábal

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           La experiencia del Espíritu llevó a las primeras comunidades a liberarse de los yugos insoportables e inútiles que imponía el legalismo judío. La tensión creciente entre las tendencias helenista y la judaizante se resolvió a favor de la libertad.

           Toda la predicación de Jesús se encaminó a liberar a las personas de las trabas inútiles. La ley, el sistema de pureza, los signos exteriores (circuncisión, uniformes, etiquetas) fueron puestos a la luz de la palabra de Jesús. Las comunidades encontraron en el camino liberador de Jesús un derrotero para vencer los temores y las inhibiciones. El Resucitado los convoca a una vida nueva.

           El discurso de Pedro es una clara defensa de la libertad cristiana. La experiencia junto al pagano Cornelio, sintetizada en la Visión del mantel (Hch 10, 14-16), le ayudó a descubrir el valor de las personas: "Dios me ha enseñado que no debo llamar profano ni impuro a nadie. Y ahora entiendo de veras que Dios no hace diferencia entre una persona y otra" (Hch 10, 28.34). Las diferencias de raza, cultura y religión son un valor que enriquece al cristianismo. Este es universal precisamente porque acepta todas las particularidades y no por uniformar al resto de la humanidad.

           A pesar de la enconada crítica de los judaizantes (Hch 11, 2), Pedro da testimonio de la obra del Espíritu en medio de las naciones extranjeras. La propuesta de Jesús, el Reino, es un camino abierto para los excluidos y marginados. Por tanto, no se debe someter a las otras naciones al criterio único de una facción de la Iglesia. Por esta razón, Pedro insiste ante el concilio de Jerusalén para que sea reconocida la obra del Espíritu y no se les endilguen trabas inútiles a los nuevos evangelizados.

Servicio Bíblico Latinoamericano

b) Jn 15, 9-11

           Con la metáfora de la vid y los sarmientos Jesús invitaba a "permanecer en él", para poder dar fruto. Hoy continúa el mismo tema de días pasados, pero avanzando cíclicamente y concretando en qué consiste este permanecer en Cristo: se trata de "permanecer en su amor, guardando sus mandamientos".

           Se establece una misteriosa y admirable relación triple. La fuente de todo es el Padre. El Padre ama a Jesús y Jesús al Padre. Jesús, a su vez, ama a los discípulos, y éstos deben amar a Jesús y permanecer en su amor, guardando sus mandamientos, lo mismo que Jesús permanece en el amor al Padre, cumpliendo su voluntad.

           Y esto lleva a la alegría plena: "Que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud". La alegría brota del amor y de la fidelidad con que se guardan en la vida concreta las leyes del amor.

           Uno de los frutos más característicos del cristianismo debe ser la alegría. Y es la que Cristo Jesús quiere para los suyos. Una alegría plena, una alegría recia, una alegría no superficial ni blanda. La misma alegría que llena el corazón de Jesús, porque se siente amado por el Padre, cuya voluntad está cumpliendo, aunque no sea nada fácil, para la salvación del mundo. Ahora nos quiere comunicar esta alegría a nosotros.

           Esta alegría la sentiremos en la medida en que "permanecemos en el amor" a Jesús, "guardando sus mandamientos" y siguiendo su estilo de vida, aunque resulte contra corriente. Es como la alegría de los amigos o de los esposos, que muchas veces supone renuncias y sacrificios. O como la alegría de una mujer que da a luz: lo hace en el dolor, pero siente una alegría insuperable por haber traído una nueva vida al mundo.

José Aldazábal

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           Hoy escuchamos nuevamente la íntima confidencia que Jesús nos hizo el Jueves Santo: "Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros" (Jn 15, 9). El amor del Padre al Hijo es inmenso, tierno y entrañable. Lo leemos en el libro de los Proverbios, cuando afirma que, mucho antes de comenzar las obras, "Yo estaba allí, como arquitecto, y era yo todos los días su delicia, jugando en su presencia en todo tiempo" (Prov 8, 30). Así nos ama a nosotros y, anunciándolo proféticamente en el mismo libro, añade que "jugando por el orbe de su tierra, mis delicias están con los hijos de los hombres" (Prov 8, 31).

           El Padre ama al Hijo, y Jesús no deja de decírnoslo: "El que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a él" (Jn 8, 29). El Padre lo ha proclamado bien alto en el Jordán, cuando escuchamos: "Tú eres mi Hijo amado, en ti me he complacido" (Mc 1, 11) y, más tarde, en el Tabor: "Éste es mi Hijo amado, escuchadlo" (Mc 9, 7).

           Jesús siempre respondía al Padre con su clásico Abbá (lit. papá). Pero ahora nos revela que "como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros". Entonces, ¿qué pintamos nosotros aquí? Sencillamente una cosa: mantenernos en su amor, observando sus mandamientos y obedeciendo la voluntad del Padre. ¿No es éste el ejemplo que él nos da?: "Yo hago siempre lo que le agrada al Padre".

           Pero nosotros, que somos débiles, inconstantes y cobardes, ¿perderemos, por ser malos, su amistad? ¡No! Porque él no permitirá que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas. Pero si alguna vez nos apartásemos de sus mandamientos, pidámosle la gracia de volver corriendo como el hijo pródigo a la casa del Padre y de acudir al Sacramento de la Penitencia para recibir el perdón de nuestros pecados. "Yo también os he amado (nos dice Jesús), y os he dicho esto para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado" (Jn 15, 9.11).

Luis Raventós

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           De la brevísima lectura del evangelio de hoy de Juan (apenas 3 versículos), debemos destacar 2 realidades: el amor y la alegría. Pero un amor que no es sentimiento ni pasión humana, sino algo divino. Es Dios quien ama a Jesucristo, es Jesucristo quien nos ama a nosotros y está dispuesto a entregar su vida para nuestra salvación. Y nosotros somos los invitados a permanecer en el amor de Cristo.

           Pero este amor de Dios, no es como nuestros frágiles amores humanos; es eterno, irrevocable, inextinguible. Podemos nosotros dejar de amar a Dios porque nos extraviemos yéndonos detrás de cualquier ídolo, pero Dios no dejará de amarnos jamás. Su amor es tan irrevocable como la cruz de Cristo, como su sangre derramada injustamente, precisamente para demostrarnos este amor de Dios. Muchos seres humanos, hermanos nuestros, podrán dolerse de no haber sido nunca amados, de no haber recibido en la vida sino dolores y sufrimientos. A nosotros corresponde testimoniarles el amor de Dios, el amor de Cristo, hacérselo presente. Así guardamos o cumplimos los mandamientos de Cristo.

           Este amor es causa de alegría, es fundamento de felicidad. Y Cristo quiere que esta felicidad llegue en nosotros a la plenitud. Porque el verdadero amor es la fuente de la felicidad, como lo habremos experimentado muchos de nosotros cuando hemos amado de verdad a alguien. Pues con mayor razón la experiencia del amor de Dios y de su Hijo Jesucristo debe ser en nosotros fuente de felicidad para compartir con los demás. Con los que se sienten solos, fracasados, abandonados. Con los enfermos y los desahuciados, los que han sido rechazados por la sociedad, los encarcelados o los pobres. Tantos y tantos seres humanos que merecen ser algún día felices, experimentar el amor liberador de Dios.

Confederación Internacional Claretiana

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           El evangelista continúa hoy con la temática del viñedo de días atrás, pero añadiendo (o recordando) un mandamiento principal: "Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros, como Yo os he amado". La ley que Jesús comunica es su propia experiencia de Dios. El amor del Padre lo ha cobijado de manera tan radical que Jesús, como Hijo, se solidariza con todos los que acogen la propuesta del Reino. Quien opte por Jesús, por el reinado de Dios, permanece en el amor del Padre.

           "Yo os amo, como el Padre me ama a mí". Jesús explicita el tipo de amor que tiene a sus discípulos: un amor parecido al del Padre, y basado en el cumplimiento de sus mandamientos. El eje fundamental de la enseñanza de Jesús es la práctica del amor. Por las energías que despierta y los caminos que abre, el amor es la gran fuerza que mueve al ser humano. El hecho de que Jesús proponga un amor fundamentado en la obediencia, no le quita valor. Al contrario, lo libera y lo vuelve expedito, ya que garantiza el crecimiento del grupo al establecer el amor sobre relaciones solidarias, igualitarias, justas y fraternas.

           Si quisiéramos identificar la principal causa de la crisis de nuestra sociedad, tendríamos que decir que es la falta de amor. Hace falta en las relaciones sociales ese sentimiento que nos acerca y nos permite reconocer en el otro y en la otra a un hermano, sabiendo que somos hijos de un mismo padre.

           Hoy cuando un nuevo ídolo se erige como paradigma universal, proclamando como ley suprema "mi libre voluntad", se hace urgente volver al mandamiento del amor. Es necesaria, pues, una renovación de las mentes, pues la "alegría será completa" (v.11) sólo cuando el amor de Dios sea la alternativa que supere la lógica del libertinaje individualista que hoy predomina.

Servicio Bíblico Latinoamericano