3 de Mayo

Lunes V de Pascua

Equipo de Liturgia
Mercabá, 3 mayo 2021

a) Hch 14, 5-17

           En Iconio se preparaba un alzamiento para maltratar y lapidar a Pablo y a Bernabé. Estos, al ser informados, buscaron refugio en las ciudades de Licaonia: Listra, Derbé... donde anunciaron la Buena Nueva. Había allí sentado (en Listra) un hombre tullido de pies desde su nacimiento (no había andado nunca). Pablo, viendo que tenía fe para ser curado le dijo: "¡Levántate!". Y el hombre dio un salto y echó a andar.

           Pablo realiza las mismas maravillas que Pedro y Jesús. Es el mismo tipo de milagro que Pedro había hecho en favor de un mendigo paralítico junto a la Puerta Hermosa del Templo de Jerusalén. Y con la misma palabra: "levántate". Pero aquí el beneficio va destinado a un pagano. Señor, prodiga tus beneficios sobre los que no te conocen todavía. Y ensancha nuestros corazones.

           Los habitantes toman a Pablo y a Bernabé por dioses, les llaman Hermes y Zeus (respectivamente) y se disponen a ofrecerles un sacrificio. Pablo y Bernabé se ven obligados a defenderse, y por eso contestan: "Nosotros somos también hombres, de igual condición que vosotros". Los apóstoles no pertenecen a una humanidad superior, sino que son como todo el mundo, participando de la condición humana y viviendo con sus contemporáneos, sin ningún sentimiento de superioridad. Así empieza el apostolado. Señor, ayúdanos a conservar nuestra vida ordinaria.

Noel Quesson

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           La Palabra de Dios es anunciada a los paganos. La curación de un paralítico desde su nacimiento exalta los ánimos de aquellos paganos, que interpretan el acontecimiento como el signo de la presencia de los ídolos Zeus y Hermes entre ellos, y tratan de ofrecerles un sacrificio para tenerlos propicios y contentos.

           Pero Pablo, a partir de la cultura de esa gente, les anuncia a Cristo como el que viene a darle plenitud al camino del hombre, pues no hay más dioses, no hay otro nombre en el que podamos salvarnos. Tal vez a algunos lectores de este pasaje de la Escritura, acostumbrados a recibir alabanzas y honores por sus servicios pastorales, o por su forma de anunciar el evangelio no les guste el ejemplo de Pablo de referirlo todo a Dios.

           Efectivamente la obra de salvación no es nuestra sino de Dios. Por tanto, sólo a él sea dado todo honor y toda gloria ahora y por siempre. Nosotros sólo somos siervos inútiles; no hemos hecho sino sólo lo que teníamos que hacer.

Juan A. Martínez

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           Pablo y Bernabé testimonian hoy de un modo particularmente vivo la experiencia en sus vidas del Espíritu Santo. Un Espíritu Santo que no cesa en su misión de dar fuerzas a los apóstoles, haciéndoles abrazar con gozo las persecuciones, los peligros y los desvelos, e impulsándolos con celo irrefrenable a dar la Buena Noticia a los paganos.

           El relato de los Hechos que hoy escuchamos nos presenta a Pablo y a Bernabé en esta actitud. El destinatario de su compasión: un hombre lisiado, cojo de nacimiento, un hombre desgarrado por unas limitaciones de las que jamás había sido capaz de liberarse. Y aquí está para mí lo maravilloso: nuestros apóstoles son capaces de ver el corazón de aquel hombre y encontrar en él una fe capaz de curarlo. ¿Tenemos nosotros esa mirada? ¿Somos capaces de atisbar las semillas del Reino en el corazón de las personas que nos rodean por paganos y deformes que puedan parecernos ante nuestros ojos? Porque a esto es a lo que sencillamente estamos llamados, y ésa es nuestra misión, para lo que se nos ha enviado el Defensor.

           Sin este Espíritu no podemos hacer nada. Sólo él puede enseñarnos y recordarnos, una y mil veces, todo lo que Jesús nos ha dicho. ¿Recordamos las Palabras de Jesús? ¿Las tenemos en el corazón como oro en paño? Ésta es la medida del amor a Jesucristo. Si fuéramos capaces de atisbar la profundidad de lo que esto significa nos volveríamos locos de alegría. Pues bien, hermanas y hermanos, esto es cierto, y no es una quimera. Es la palabra de Jesús que jamás vuelve a él sin haber cumplido su propósito.

Carolina Sánchez

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           Tras unas nuevas sediciones provocadas por los judíos de Iconio, los 2 misioneros (Pablo y Bernabé) llegan a Listra, donde Pablo cura a un enfermo. La multitud los toma por dioses y se aprestan a ofrecerles un sacrificio, de suerte que tienen que protestar con vehemencia y proclamar que no hay más que un solo Dios. Como explica San Beda:

"Así como el hombre cojo, curado por Pedro y Juan en la puerta del templo prefigura la salvación de los judíos, también este tullido licaonio representa a los gentiles, alejados de la religión de la ley y del templo, pero recogidos ahora por la predicación del apóstol Pablo" (Comentario a Hechos, 2).

           Los 2 misioneros manifiestan su verdadera obra. No buscan honores para sí, sino sólo para Dios y para Jesucristo, el Señor, cuya doctrina, obra y vida ellos predican para la salvación de todos los hombres: predican con su palabra y predican también con su conducta. Y esa elocuencia de sus palabras, así como los signos que hacen, deja por innecesario cualquier comentario. Donde hay fe, amor, palabra, confianza, todo acaba en triunfo de la Verdad y del Señor. Donde hay desconfianza, intereses, mentiras, todo acaba mal.

           Los cristianos hemos heredado de Israel el oficio de testimoniar y dar gloria a Dios. Y el 1º testimonio es que Cristo ha resucitado y ha sido glorificado. Por eso proclamamos con el Salmo 113 de hoy:

"No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria. Por tu bondad, por tu lealtad. ¿Por qué han de decir las naciones: Dónde está tu Dios? Nuestro Dios está en el cielo, lo que quiere lo hace. Sus ídolos, en cambio, son plata y oro, hechura de manos humanas. Benditos seáis del Señor que hizo el cielo y la tierra. El cielo pertenece al Señor, la tierra se la ha dado a los hombres".

Manuel Garrido

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           Pablo y Bernabé tienen huyen hoy de Iconio (donde les querían apedrear) y siguen su recorrido apostólico. Esta vez consiguen un gran éxito en la ciudad de Listra, donde Pablo cura a un lisiado cojo de nacimiento. Es una escena paralela a la de Pedro curando a un cojo en Jerusalén (Hch 3), sólo que ahora el beneficiado es un pagano.

           El éxito es exagerado, hasta el punto de que les toman por dioses que han bajado disfrazados de hombres: a Bernabé (el más anciano) lo identifican con Zeus, y a Pablo (que es el que habla) lo toman por Hermes, el mensajero de los dioses. Y les quieren ofrecer sacrificios.

           Pablo aprovecha para hacerles una predicación. Esta vez está adaptada a los paganos, no a los judíos de la sinagoga. No parte del AT, sino del Dios creador de cielos y tierra, el que nos manda la lluvia y las cosechas. No habla explícitamente de Jesús: parece un discurso incompleto. Es como el esquema de lo que luego será su gran pieza de predicación a los paganos en el Areópago de Atenas.

           En nuestra vida a veces experimentamos éxitos, y otras fracasos. Momentos de serenidad y momentos de tensión y zozobra. Deberíamos estar dispuestos a todo. Sin perder en ningún momento la paz y el equilibrio interior, y sobre todo sin permitir que nada ni nadie nos desvíe de nuestra fe y de nuestro propósito de dar testimonio de Jesús en el mundo de hoy.

           También hay otras direcciones en que nos interpela la escena de hoy. ¿Nos buscamos a nosotros mismos? Como Pablo y Bernabé, tendremos que luchar a veces contra la tentación de endiosarnos nosotros, recordando que "somos mortales, igual que vosotros". Nuestra catequesis no debe atraer a las personas hacia nosotros, sino claramente hacia Cristo y hacia Dios. Como el Bautista, que orientaba a sus propios seguidores hacia el verdadero Mesías, Jesús: "No soy yo". Como dice el salmo responsorial de hoy: "No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria".

           Otra lección que nos da Pablo es la de sabernos adaptar a la formación y la cultura de las personas que escuchan nuestro testimonio: el hombre de hoy, o el joven de hoy, frecuentemente desconcertados y en búsqueda, entienden unos valores, que serán incompletos tal vez, pero son valores que aprecian. A partir de ellos es como podemos anunciarles a Dios y su plan de salvación. Partiendo como Pablo del AT si se trataba de judíos, o de la naturaleza si eran paganos, lo importante es que podamos ayudar a nuestros contemporáneos a no adorar a dioses falsos, sino al Dios único y verdadero, el Creador y Padre, porque en él está la respuesta a todas nuestras búsquedas.

José Aldazábal

b) Jn 14, 21-26

           Toda la semana seguimos escuchando el discurso de Jesús en su Ultima Cena. A veces el evangelio nos invita a creer en Jesús. Hoy nos invita a amarle y a seguir sus caminos. Cuando Jesús se vaya (y en esta cena se está despidiendo de sus discípulos), ¿cómo se podrá decir que permanecemos en él, que creemos en él y le amamos de veras? Jesús nos da la pista: "El que me ama guardará mi palabra, y el que no me ama no guardará mis palabras".

           Pero este amor tiene consecuencias inesperadas, una admirable intercomunión con Cristo y con el Padre: "Al que me ama lo amará mi Padre y lo amaré yo, mi Padre lo amará y vendremos a él, y haremos morada en él". Y aún más: Jesús nos anuncia al Espíritu Santo como protagonista en nuestra vida de fe. Le llama Paráclito (lit. Abogado, Defensor), le llama Maestro ("él os enseñará todo") y le llama Memoria ("os irá recordando todo lo que os he dicho").

           El Resucitado nos invita a una comunión vital: nuestra fe y nuestro amor a Jesús nos introduce en un admirable intercambio. Dios mismo hace su morada en nosotros, nos convertimos en templos de Dios y de su Espíritu. Nos invita también a permanecer atentos al Espíritu, nuestro verdadero Maestro interior, nuestra memoria: el que nos va revelando la profundidad de Dios, el que nos conecta con Cristo.

           El Catecismo de la Iglesia Católica dedica unos números sabrosos (CIC 1091-1112) al papel del Espíritu en nuestra vida de fe. Lo llama pedagogo de nuestra fe, porque él es quien nos prepara para el encuentro con Cristo y con el Padre, el que suscita nuestra fe y nuestro amor, y el que "recuerda a la asamblea todo lo que Cristo ha hecho por nosotros: él despierta la memoria de la Iglesia".

           Cuando celebramos la Eucaristía y recibimos a Cristo Resucitado como alimento de vida, se produce de un modo admirable esa interpermanencia de vida y de amor: "Quien come mi Carne y bebe mi Sangre, permanece en mí y yo en él. E igual que yo vivo por el Padre, el que me coma vivirá por mí" (Jn 6, 56-57). En la eucaristía se cumple, por tanto, el efecto central de la Pascua, con esta comunicación de vida entre Cristo y nosotros, y, a través de Cristo, con el Padre.

José Aldazábal

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           Toda esta semana meditaremos el Discurso de la Última Cena. Esas palabras de Jesús, en el relato de Juan, siguen inmediatamente el anuncio de la negación de Pedro, portavoz del grupo de los discípulos (Jn 13, 38). Un malestar profundo invade a estos hombres, que temen lo peor. Y es verdad que mañana Jesús será torturado. Jesús experimenta también esta turbación: Y he aquí lo que acierta a decir para reconfortarles, para reconfortarse a sí mismo: "El que recibe mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama".

           Amar a Jesús, esa es la cuestión: Jesús quiere que se le ame. E indica el signo del verdadero amor: la sumisión al amado. Cuando se ama a alguien, se es capaz de abandonar libremente el punto de vista personal para adaptarse al máximo a la voluntad y a los deseos de aquel que ama: se transforma en aquel a quien se ama. Se establece una especie de simbiosis mutua: tu deseo es también el mío, tu voluntad es la mía, tu pensamiento ha llegado a ser el mío... nuestras 2 vidas forman una sola vida.

           "Señor, ¿por qué te manifiestas a nosotros, y no al mundo?". Esta es la pregunta de uno de los apóstoles. Llenos del AT, los apóstoles piden a Jesús que se manifieste pública y gloriosamente, en una especie de teofanía, en medio de relámpagos y truenos, como en el Sinaí y como los profetas lo habían anunciado alguna vez (Ez 43). Hoy, también, algunos cristianos (y quizás también yo) continúan buscando manifestaciones espectaculares. ¿Cuál será la respuesta de Jesús?

           La respuesta de Jesús es clara: "Si alguno me ama guardará mi palabra, mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él". Esta es la manifestación que Dios nos hace. Hace su morada en el corazón de los que creen en él. Dicho de otro modo: no se manifiesta más que en el corazón de los que le aman. Jesús habla de amor.

Noel Quesson

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           Escuchamos hoy cómo otro Judas (Tadeo, no el Iscariote) le preguntó: "Señor, y ¿a qué se debe que nos vayas a manifestar tu persona a nosotros y al mundo no?" (v.22). Jesús le contestó: "Uno que me ama cumplirá mi mensaje y mi Padre le demostrará su amor: vendremos a él y nos quedaremos a vivir con él" (v.23). El discípulo le pregunta decepcionado, y esperaba una vuelta gloriosa y triunfante de Jesús, no sólo una manifestación a individuos. No comprende, porque no renuncia a su concepción mesiánica.

           La venida de Jesús no se hará con alarde de poder ni para vengarse de la injusticia cometida contra él (v.23). La transformación de la sociedad humana no se hace por la fuerza. Por eso, en respuesta a Judas, repite lo antes dicho (v.21). Su mensaje es el del amor al hombre y se despliega en sus mandamientos. Su manifestación no es como la que ellos esperan. La respuesta a la práctica del amor es la presencia suya y del Padre. El Padre y Jesús, que son uno, establecerán su morada en el discípulo. En el antiguo Exodo, la presencia de Dios en medio del pueblo se localizaba en la Tienda del Encuentro. En el nuevo, cada uno será morada de Dios.

           Pero Jesús continúa con su explicación, y le dice a Judas Tadeo: "El que no me ama no cumple mis palabras; y el mensaje que estáis oyendo no es mío, sino del Padre que me envió" (v.24). El mensaje de Jesús es el del Padre, que invita a un éxodo espritual (Jn 10, 2-4), que abre los ojos para que el hombre conozca su dignidad según el designio de Dios (Jn 9, 1) y que se manifiesta en el compartir (Jn 6, 5). Practicarlo significa tener el Espíritu de Jesús.

           Tras lo cual, Jesús continúa diciéndole: "Os dejo dichas estas cosas mientras estoy con vosotros. Pero un valedor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre por mi medio, él os lo irá enseñando todo, recordándoos todo lo que yo os he expuesto" (vv.25-26). La frase mientras estoy con vosotros hace recordar la marcha de Jesús y anuncia su despedida. Ellos tendrán que ir comprendiendo y profundizando lo que les ha dicho, pero ayudados por el Espíritu. Es el Espíritu profético, que transmite a la comunidad mensajes del Señor. Jesús, hecho presente por su Espíritu, es el maestro de la comunidad.

           El Espíritu Santo es el amor y lealtad, la gloria (Jn 1,14.32; 1,17; 7,39), el mensaje (en cuanto el amor se formula para proclamarlo), el Espíritu (en cuanto fuerza de vida), el Mandamiento (en cuanto es norma de conducta) y la Gloria ( en cuanto hace visible y hace presente a Dios). Jesús está presente con su Espíritu (fuerza y actividad de su amor).

Juan Mateos

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           Hoy Jesús nos muestra su inmenso deseo de que participemos de su plenitud. Incorporados a él, estamos en la fuente de vida divina que es la Santísima Trinidad. Dios está contigo, y en tu alma en gracia habita la Trinidad. Por eso tú puedes y debes estar en continua conversación con el Señor, a pesar de tus miserias. Jesús asegura que estará presente en nosotros por la inhabitación divina en el alma en gracia. Así, los cristianos ya no somos huérfanos. Ya que nos ama tanto, a pesar de que no nos necesita, no quiere prescindir de nosotros.

           Más en concreto, Jesús nos dice que "el que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él" (Jn 14,21). Este pensamiento nos ayuda a tener presencia de Dios. Entonces, no tienen lugar otros deseos o pensamientos que, por lo menos, a veces, nos hacen perder el tiempo y nos impiden cumplir la voluntad divina. He aquí una recomendación de San Gregorio Magno: "Que no nos seduzca el halago de la prosperidad, porque es un caminante necio aquel que ve, durante su camino, prados deliciosos y se olvida de allá donde quería ir".

           La presencia de Dios en el corazón nos ayudará a descubrir y realizar en este mundo los planes que la Providencia nos haya asignado. El Espíritu del Señor suscitará en nuestro corazón iniciativas para situarlas en la cúspide de todas las actividades humanas y hacer presente, así, a Cristo en lo alto de la tierra. Si tenemos esta intimidad con Jesús llegaremos a ser buenos hijos de Dios y nos sentiremos amigos suyos en todo lugar y momento: en la calle, en medio del trabajo cotidiano, en la vida familiar.

           Toda la luz y el fuego de la vida divina se volcarán sobre cada uno de los fieles que estén dispuestos a recibir el don de la inhabitación. La Madre de Dios intercederá (como madre nuestra que es) para que penetremos en este trato con la Santísima Trinidad.

Norbert Estarriol

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           En la lectura evangélica de hoy, correspondiente a una pequeña sección de los discursos de despedida de Jesús (antes de su pasión), se resalta la idea del amor mutuo: de los discípulos a Jesús, del Padre y del Hijo entre sí, del Padre y de Cristo a los discípulos. No se trata de un amor puramente sentimental, hecho de palabras y de gestos, como el amor del que a veces hacen ostentación los devotos y entusiastas de algunos santos o de algunas advocaciones de la Virgen. Cristo exige un amor comprometido que consiste en saber y guardar sus mandamientos, en guardar su palabra, conscientes de que es la misma palabra de Dios.

           Al final del pasaje Jesús promete a sus discípulos el don del Espíritu, enviado por el Padre en su nombre a consolar y defender a los discípulos. Es el sentido de la palabra Paráclito con la que se le designa en algunas traducciones. El Espíritu será además, según lo promete Jesús a sus discípulos, como un maestro secreto de la comunidad cristiana, que le manifestará todo lo referente a la salvación, al alcance y las consecuencias de la obra de Jesucristo y que, además, le recordará todo lo que Jesús ha dicho.

           Como Jesús sabe de nuestra debilidad y de nuestra ignorancia, por eso promete a sus discípulos este don divino del Espíritu, presentándose aquí, en tan pocos y breves versículos, la mención expresa de las que la teología cristiana denominará: 3 divinas personas de la Santísima Trinidad, el único Dios verdadero.

Confederación Internacional Claretiana

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           Cuando Jesús dijo que al que le escuchara (y cumpliera sus mandamientos) "Yo me mostraré a él" (v.21), un discípulo le preguntó: "Señor, ¿por qué vas a mostrarte a nosotros y no a la gente del mundo?". La posición de Jesús, mal entendida, nos puede llevar a la creencia de que Jesús consideraba a sus discípulos como un grupo exclusivo y cerrado, y que el resto de la población era el mundo en el sentido negativo que en muchos textos tiene este concepto. Sin embargo Jesús no responde directamente a la pregunta hecha. Sencillamente describe 2 grupos de personas con intereses y actuaciones diferentes: "los que lo aman" y "los que no lo aman". Y para cada uno de ellos anuncia unas consecuencias.

           Es decir, Jesús no es exclusivista, sino que más bien rompe con el exclusivismo. La revelación de Dios no era patrimonio sólo de los judíos y no fue sólo a un grupo preferido de personas a quien se reveló la Buena Nueva, sino a "todo el que recibe mis mandamientos y los obedece". Cuando las personas, los grupos o instituciones se consideran como depositarios absolutos de la verdad, considerando a los que piensan y actúan de modo diferente como inferiores, ignorantes o condenados, se rompe la fraternidad y la armonía, necesarias para la sana convivencia. No puede haber verdadera justicia, si nuestras relaciones son excluyentes y dominantes.

           Comprendemos entonces que cuando se margina o se discrimina a alguien, se está en contravía de la construcción de una sociedad de iguales, que fue el mensaje de Jesús. Los cristianos y cristianas, con la ayuda del Espíritu Santo (v.26), tenemos que revisar muchas nuestras prácticas cotidianas (lúdica, laboral, de pareja...), sobre todo si éstas presuponen algún tipo de inferioridad en los demás, o falsamente nos hacen sentir autorizados para someterlos a nuestra voluntad. La unidad en la diversidad es uno de los elementos del Reino de Dios, como bien explicó Juan Pablo II.

Servicio Bíblico Latinoamericano