4 de Mayo

Martes V de Pascua

Equipo de Liturgia
Mercabá, 4 mayo 2021

a) Hch 14, 19-28

           El pasaje que escuchamos hoy es la conclusión del 1º viaje misionero de San Pablo. Pablo y Bernabé hacen, en sentido inverso, el itinerario que acaban de recorrer para afianzar las comunidades fundadas. Ese viaje ha durado 3 años (años 45 y 48), 15 años después de la muerte y resurrección de Jesús y como 1ª experiencia de aclimatación del evangelio en tierra pagana.

           En Listra Pablo había curado a un tullido, y al día siguiente marchó a Derbe. Habiendo evangelizado esa ciudad, Pablo y Bernabé volvieron a Listra, Iconio, Pisidia y Panfilia, fortaleciendo el ánimo de los discípulos y alentándolos a perseverar en la fe. Como se ve, el evangelio empieza a penetrar en Asia Menor, algo totalmente distinto al mundo judío de Jerusalén y aledaños.

           Se trata de una andadura evangélica de miles de kilómetros a pie, atravesando montañas y surcando ríos, adentrándose tanto en capitales (Iconio) como aldeúchas (Listra). Ciertamente, Señor, la fe tiene que enraizarse en una tierra, en comunidades humanas y en sus culturas, en grupos humanos.

           Pero la fe no es un tesoro material, que un día se recibe y queda tal cual. Es una vida que puede consolidarse o debilitarse, que puede crecer o morir. Pablo es consciente de ello. Retoma hacia los nuevos conversos para afianzarlos en la fe. Por eso, Pablo les decía: "Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios". Se trata de uno de los temas esenciales de san Pablo: la aflicción.

           La fe, pues, no suprime la tribulación, y el sufrimiento acompaña al cristiano como a todo ser humano. Pero dicho sufrimiento tiene para nosotros un sentido: sabemos que es un paso, ciertamente doloroso, que conduce al Reino, a la felicidad total junto a Dios. Pablo ya se atrevía a decir esas cosas a los recién convertidos. ¿Considero yo así también mis propios sufrimientos?

           Pero Pablo y Bernabé no se contentan con anunciar el evangelio, sino que empiezan a "designar presbíteros en cada Iglesia". En un 2º tiempo, algunos años después de su viaje de ida, vuelven, fundan comunidades estructuradas y designan a ancianos para jefes de las mismas. El término anciano traduce el término griego presbitre del que vino más tarde la palabra castellana preste). La propia fe no puede vivirse individualmente. Es necesario vivirla en Iglesia, con otros. ¿Comparto yo mi fe con otras personas? o bien, ¿la vivo solo? ¿Qué sentido tiene para mí la Iglesia? ¿Cómo participo de la vida de la comunidad local?

           El sacerdote designado para presidir una comunidad de fieles, representa a Cristo, que es cabeza de su cuerpo místico: símbolo de la unidad, constructor de unidad y aquél por el cual se hacen "las junturas y los ligamentos, para que el cuerpo crezca y se desarrolle" (Col 2, 19).

Noel Quesson

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           Escuchamos hoy en la 1ª lectura que Dios nos regala un apoyo insustituible: la comunidad eclesial, protagonista del relato que acabamos de escuchar. Me llega particularmente este detalle: que habiendo dejado medio muerto a Pablo (después de ser apedreado), dice la Escritura que "entonces, lo rodearon los discípulos". ¡Qué hermoso! Y ciertamente, ¡qué eficaz! Porque ese bálsamo fraterno que fue "rodear a Pablo" inmediatamente ¡lo puso en pie!, y Pablo pudo volver a la ciudad, y al día siguiente proseguir su camino hacia Derbe predicando el evangelio. Todo ello, por la gracia de Dios, y el envío a la misión que habían recibido, él y Bernabé, de la comunidad de Antioquia.

           Por otro lado, vemos cómo uno de los objetivos primordiales de estos 2 apóstoles era animar y exhortar a los discípulos a ser fieles al don de la fe porque hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios. Imagino la impresión de los discípulos al ver a Pablo, todavía con las heridas frescas, pronunciar estas palabras. Supongo que no necesitaría del poder de su persuasión (que sin duda no le faltaba) para convencerlos.

           Y por último, vemos de nuevo a la comunidad en el centro, cuando al retornar a su punto de partida, Pablo y Bernabé lo 1º que hacen es reunir a la Iglesia para contarle lo que Dios había hecho por medio de ellos. Y termina diciendo que se quedaron allí bastante tiempo con los discípulos. ¡Aprendamos a ser comunidad que abraza, cura, anima, conforta, envía y comparte.

           Y para terminar, un interrogante: ¿Cómo es posible que los discípulos fueran capaces de abrazar todo tipo de sufrimientos por causa de Jesucristo? ¿Cómo se pudo operar un cambio tan radical en unos hombres aterrados, confusos y llenos de dudas después de la muerte del Señor? Los datos nos muestran a un grupo que ha perdido no sólo la esperanza, sino casi también la fe. A un grupo desconfiado, que no se convence con nada, que parte siempre de la duda, que se resiste a creer. Cristo tiene que repetir sus apariciones, debe aportar pruebas, dejarse tocar, comer con ellos... para ser creído.

Carolina Sánchez

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           Ayer leíamos que les ensalzaban como a dioses, y hoy, que les apedrean hasta dejarles por muertos. Una vez más Pablo y sus acompañantes experimentan que el Reino de Dios padece violencia y que no es fácil predicarlo en este mundo. Pero no se dejan atemorizar: se marchan de Listra y van a predicar a otras ciudades. Son incansables. La Palabra de Dios no queda muda.

           El pasaje de hoy nos describe el viaje de vuelta de Pablo y Bernabé de su primera salida apostólica: van recorriendo en orden inverso las ciudades en las que habían evangelizado y fundado comunidades, hasta llegar de nuevo a Antioquía, de donde habían salido.

           Al pasar por cada comunidad reafirman en la fe a los hermanos, exhortándoles a perseverar en la fe, "diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios". Van nombrando también presbíteros o responsables locales, orando sobre ellos, ayunando y encomendándolos al Señor. Se trata de un 2º momento, después de la 1ª implantación: ahora es la estructuración y el afianzamiento de las comunidades.

           Llegados a Antioquía de Siria dan cuentas a la comunidad, que es la que les había enviado a su misión. Las noticias no pueden ser mejores: "Les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe". El salmo responsorial de hoy, en ese sentido, es también consecuentemente misionero y entusiasta: "Tus amigos, Señor, anunciarán la gloria de tu Reino, explicando tus hazañas a los hombres".

           También a nosotros, como a Pablo y Bernabé, se nos alternan días de éxito y días de fracaso. Encontramos dificultades fuera y dentro de nosotros mismos. Tal vez no serán persecuciones ni palizas, pero sí la indiferencia o el ambiente hostil, y también el cansancio interior o la falta de entusiasmo que es peor que las dificultades externas. Y eso no sólo en nuestro trabajo apostólico, sino en nuestra vida de fe personal o comunitaria. Tenemos que aprender de aquellos primeros cristianos su recia perseverancia, su fidelidad a Cristo y su decisión en seguir dando testimonio de él en medio de un mundo distraído.

           También hay otra lección en su modo de proceder: su sentido de comunidad. Se sienten, no francotiradores que van por su cuenta, sino enviados por la comunidad, a la que dan cuentas de su actuación. Se sienten corresponsables con los demás. Y la comunidad también actúa con elegancia, escuchando y aprobando este informe que abre caminos nuevos de evangelización más universal.

José Aldazábal

b) Jn 14, 27-31

           En el clima de despedida de Jesús, hay una preocupación lógica por el futuro. Y Jesús les tranquiliza: "La paz os dejo, mi paz os doy". Eso sí, no es una paz barata, sino una paz que viene de lo alto: "No os la doy yo como la da el mundo". La consigna de Jesús es clara: "No tiemble vuestro corazón ni se acobarde". Es verdad que "me voy", pero también lo es otro dato: "Vuelvo a vuestro lado, y si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre".

           La paz y la seguridad que Jesús promete a los suyos deriva de la unión íntima que él tiene con el Padre: él ama al Padre, cumple lo que le ha encargado el Padre y ahora vuelve al Padre. Desde esa existencia postpascual es como volverá a los suyos y les apoyará y les dará su paz. Las palabras de Jesús en el evangelio de hoy las recordamos cada día en la misa, antes de comulgar: "Señor Jesucristo, que dijiste a los apóstoles: la paz os dejo, mi paz os doy".

           También ahora necesitamos esta paz. Porque puede haber tormentas y desasosiegos más o menos graves en nuestra vida personal o comunitaria. Como en la de los apóstoles contemporáneos de Jesús. Y sólo nos puede ayudar a recuperar la verdadera serenidad interior la conciencia de que Jesús está presente en nuestra vida.

           Esta presencia siempre activa del Resucitado en nuestra vida la experimentamos de un modo privilegiado en la comunión. Pero también en los demás momentos de nuestra jornada: "Yo estoy con vosotros todos los días", "donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo", "lo que hiciereis a uno de ellos, a mí me lo hacéis". La presencia del Señor es misteriosa y sólo se entiende a partir de su ida al Padre, de su existencia pascual de Resucitado: "Me voy y vuelvo a vuestro lado".

           A veces podemos experimentar más la ausencia de Cristo que su presencia. Puede haber eclipses que nos dejan desconcertados y llenos de temor y cobardía. Como también en el horizonte de la última cena se cernía la "hora del príncipe de este mundo", que llevaría a Cristo a la muerte. Pero la muerte no es la última palabra. Por eso estamos celebrando la alegría de la Pascua. También Cristo encontró la paz y el sentido pleno de su vida en el cumplimiento de la voluntad de su Padre, aunque le llevara a la muerte.

           Escuchemos la palabra serenante del Señor: "No tiemble vuestro corazón ni se acobarde". Si estamos celebrando bien la Pascua, deberíamos haber crecido ya notoriamente en la paz que nos comunica el Resucitado, venciendo toda turbación y miedo.

José Aldazábal

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           Desear la paz era el saludo ordinario al llegar y al despedirse. La despedida y el saludo de Jesús no son, como los ordinarios, triviales. Tampoco se despide como todos, pues, aunque se va, no va a estar ausente (v.28). Ir al Padre, aunque sea a través de la muerte, no es una tragedia, puesto que su muerte va a ser la manifestación suprema del amor del Padre (Jn 12, 27). El Padre es más que Jesús, porque en él Jesús tiene su origen (Jn 1,32; 3,13.31; 6,61), el Padre lo ha consagrado y enviado (Jn 10, 36) y todo lo que tiene procede del Padre (Jn 3,35; 5,26; 17,7).

           Jesús había predicho la traición que lo llevaría a la muerte (Jn 13, 19); ahora predice los efectos de ésta: el triunfo de la vida. La marcha es inminente. El jefe del orden este es la personificación del poder opresor. Jesús no está en absoluto sometido a ese poder, ni éste puede pretender autoridad sobre él ni derecho a detenerlo y condenarlo. Pero va a aceptar el enfrentamiento para mostrar a la humanidad su amor al Padre (Jn 8, 28), llevando a cabo su obra aun a costa de su propia vida (Jn 10, 17). La muerte de Jesús debe convencer a todos de la autenticidad de su mensaje y de su fidelidad al que lo envió.

           La exhortación a salir ("levantaos, vámonos de aquí"), después de anunciar la llegada del jefe del orden este (v.30), tiene un tono de desafío que se convierte en consigna para toda la comunidad. Como Jesús, ésta ha de afrontar la hostilidad del mundo.

           Estas palabras dividen el discurso de la cena en 2 partes. En la 1ª, la instrucción de Jesús, de obra y de palabra, se ha referido a la constitución de la comunidad; en la 2ª va a tratar de su identidad y misión en medio del mundo. La invitación a marcharse con él indica precisamente la diferencia de tema. Jesús va a marcharse con el Padre pasando a través del mundo de tiniebla y muerte, y en este paso se lleva a los suyos consigo. La constitución de la comunidad se ha hecho dentro de casa, pero su camino está fuera, en medio de la humanidad.

Juan Mateos

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           Hoy Jesús nos habla indirectamente de la cruz: nos dejará la paz, pero al precio de su dolorosa salida de este mundo. Hoy leemos sus palabras dichas antes del sacrificio de la cruz y que fueron escritas después de su resurrección. En la cruz, con su muerte venció a la muerte y al miedo. No nos da la paz "como la da el mundo" (Jn 14, 27), sino que lo hace pasando por el dolor y la humillación: así demostró su amor misericordioso al ser humano.

           En la vida de los hombres es inevitable el sufrimiento, a partir del día en que el pecado entró en el mundo. Unas veces es dolor físico; otras, moral; en otras ocasiones se trata de un dolor espiritual. Y a todos nos llega la muerte. Pero Dios, en su infinito amor, nos ha dado el remedio para tener paz en medio del dolor: él ha aceptado marcharse de este mundo con una salida sufriente y envuelta de serenidad.

           ¿Por qué lo hizo así? Porque, de este modo, el dolor humano (unido al de Cristo) se convierte en un sacrificio que salva del pecado. Como decía Juan Pablo II, "en la cruz de Cristo el sufrimiento humano ha quedado redimido". Jesucristo sufre con serenidad porque complace al Padre celestial con un acto de costosa obediencia, mediante el cual se ofrece voluntariamente por nuestra salvación. Un autor desconocido del s. II pone en boca de Cristo las siguientes palabras:

"Mira los salivazos de mi rostro, que recibí por ti, para restituirte el primitivo aliento de vida que inspiré en tu rostro. Mira las bofetadas de mis mejillas, que soporté para reformar a imagen mía tu aspecto deteriorado. Mira los azotes de mi espalda, que recibí para quitarte de la espalda el peso de tus pecados. Mira mis manos, fuertemente sujetas con clavos en el árbol de la cruz, por ti, que en otro tiempo extendiste funestamente una de tus manos hacia el árbol prohibido".

Enric Cases

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           En el evangelio de hoy Jesús comunica su paz a los discípulos. El evangelio de Juan gusta contraponer la propuesta de Jesús y la actividad el mundo. La oferta de Jesús es una paz nacida de la solidaridad, el respeto por la vida y la entrega generosa. La paz del mundo, pax romana, es una estrategia para garantizar el intercambio de mercancías y el comercio en general. Una y otra no se excluyen, pero la tranquilidad del mercado no sustituye a la paz que nace de la justicia.

           Se considera con demasiada frecuencia, desde la antigüedad, que el mejor ambiente para el gran comercio es la seguridad que ofrece la tropa militar. Sin embargo, esta paz tiende a ser frágil, porque está basada en el predominio de la guerra. Es simplemente una bomba de tiempo. El evangelio nos exhorta a valorar los esfuerzos humanos por consolidar la economía, pero nos recuerda que la vida del ser humano está por encima de todo cálculo y es un valor en sí misma. Por tanto, la paz debe fundarse en el respeto a la dignidad humana y no sólo en garantías militares.

           Jesús da la paz a los suyos en la forma tradicional del saludo y despedida de los semitas. Pero insinúa también que quiere dar su paz, la cual no corresponde a la paz que dan los que son del mundo. El judío usaba la fórmula de paz no sólo como saludo ordinario, sino también como parte de un acto sagrado. La fórmula de saludo estaba llena de contenido vivencial. En el AT llegó a ser fórmula litúrgica de bendición en el culto en Jerusalén (Nm 6,26; Sal 29,11). En el NT aparece desde el nacimiento de Juan Bautista y de Jesús (Lc 2,14; Lc 1,79), hasta la resurrección.

           Jesús da la paz a sus discípulos antes de anunciarles su muerte, ligada a la acción del Maligno (v.30). Después de su resurrección da la paz a sus atemorizados discípulos (Jn 20,19; 21,26). Es decir, la paz de Jesús es algo más que un saludo. Es su misma fuerza, junto con la del Padre y la del Espíritu, que reconforta y anima. Es una comunicación sacramental. La Iglesia primitiva sintió la paz de Jesús como la fuerza que la reunificaba en las contradicciones (Ef 2, 14). Es decir, la paz estaba asociada a momentos especiales de gracia, en los que Dios se manifestaba como energía especial.

           Hoy Jesús nos da esa misma paz, que debe recibir el contenido que quiso darle Jesús: no sólo un saludo de cortesía, sino una ratificación de su presencia, para no perder la esperanza y para fomentar la fraternidad. La paz no es sólo ausencia de la guerra, sino un verdadero estado de gracia, construido en lo más profundo del ser humano. Ella posibilita que nos acerquemos al otro como a un hermano.

Servicio Bíblico Latinoamericano