19 de Abril
Domingo III de Pascua
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 19 abril 2026
Lectio
El día de Pentecostés, 14 Pedro, en pie con los once, levantó la voz y declaró solemnemente: "Judíos y habitantes todos de Jerusalén, fijaos bien en lo que pasa y prestad atención a mis palabras. 22 Jesús de Nazaret fue el hombre a quien Dios acreditó ante vosotros con los milagros, prodigios y señales que realizó entre vosotros. 23 Dios lo entregó conforme al plan que tenía determinado, pero vosotros, valiéndoos de los impíos, lo crucificasteis y lo matasteis. 24 Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte, pues era imposible que ésta lo retuviera en su poder, 25 ya que el mismo David dice de él: Tengo siempre presente al Señor, porque está a mi derecha para que yo no vacile. 26 Por eso se regocija mi corazón, se alegra mi lengua 27 y hasta mi carne descansa confiada, porque no me entregarás al abismo ni permitirás que tu fiel vea la corrupción. 28 Me enseñaste los caminos de la vida y me saciarás de gozo en tu presencia. 29 Hermanos, el patriarca David murió y fue sepultado, y su sepulcro aún se conserva entre nosotros. 30 Como era profeta, y sabía que Dios le había jurado solemnemente sentar en su trono a un descendiente de sus entrañas, 31 vio anticipadamente la resurrección de Cristo y dijo que no sería entregado al abismo, ni su carne vería la corrupción. 32 A este Jesús Dios lo ha resucitado, y de ello somos testigos todos nosotros. 33 El poder de Dios lo ha exaltado, y él, habiendo recibido del Padre el Espíritu Santo prometido, lo ha derramado, como estáis viendo y oyendo" (Hch 2,14.22-33).
La bajada del Espíritu Santo en Pentecostés transforma a los apóstoles en hombres nuevos, en testigos ardientes y animosos del Resucitado, conscientes de que ahora se realiza la promesa escatológica de Dios (vv.16-21), mediante la cual hemos entrado "en los últimos tiempos".
El cambio acontecido en el grupo de los discípulos está bien atestiguado en el 1º discurso de Pedro referido en Hechos de los Apóstoles. Si bien el autor del texto sagrado ha retocado la forma y la estructura, el contenido originario emerge de manera inconfundible.
Los vv. 22-24, prototipo del kerigma apostólico, contienen expresiones propias de la cristología más antigua, como la de que Jesús es "el hombre a quien Dios acreditó". Se muestra que la cruz (que escandalizó a todos los apóstoles) formaba parte de un sabio designio de Dios, el cual entregó a su Hijo único a los hombres por amor. Todos son responsables de lo sucedido, pues "vosotros lo matasteis". Sin embargo, "Dios lo resucitó" (vv.23-24).
Al kerigma le sigue el testimonio de las Escrituras, que sólo a la luz del misterio pascual son plenamente comprensibles. Por eso explica Pedro el Salmo 15 (vv.25-31), que ha encontrado en Cristo su plena realización. Él es el Mesías, y su alma no ha sido abandonada en el abismo ni ha conocido la corrupción, sino que ha sido colmada de gozo en la presencia del Padre. Los apóstoles, en virtud del Espíritu derramado sobre ellos, son testigos de la resurrección de Cristo y la anuncian con claridad a todo Israel y hasta los confines de la tierra.
Queridos, 17 si llamáis Padre al que juzga sin favoritismos y según la conducta de cada uno, comportaos con temor durante el tiempo de vuestra peregrinación. 18 Sabed que no habéis sido liberados de la conducta idolátrica heredada de vuestros mayores con bienes caducos (el oro o la plata), 19 sino con la sangre preciosa de Cristo, cordero sin mancha y sin tacha. 20 Cristo estaba presente en la mente de Dios antes de que el mundo fuese creado, y se ha manifestado al final de los tiempos para vuestro bien, 21 para que por medio de él creáis en el Dios que lo resucitó de entre los muertos y lo colmó de gloria. De esta forma, vuestra fe y vuestra esperanza descansan en Dios (1Pe 1,17-21).
En su exordio, la Carta I de Pedro conduce a los fieles a contemplar la gracia de la regeneración llevada a cabo por el Padre, a través de Cristo, en el Espíritu (vv.3-5.10-12). Por eso se detiene a considerar en concreto qué significa vivir de la fe, ofreciendo una clave de interpretación cristiana del misterio del sufrimiento, considerado como prueba purificadora y como participación en los sufrimientos de Cristo (vv.6-9).
Sobre este sólido fundamento puede mostrar el apóstol las exigencias de la vida cristiana, como camino de santificación y de configuración con Cristo (vv.13-16). Estas exigencias no se reducen a prácticas exteriores, sino que son una actitud interior que determina toda la orientación de la existencia.
Por medio del bautismo nos convertimos en hijos de Dios y recibimos el privilegio de llamar Padre al justo Juez de todos los seres vivos. La conciencia de semejante dignidad llena a los cristianos de "santo temor", término que no significa miedo sino un amor lleno de veneración y empapado del sentido de la propia pequeñez e indignidad.
En efecto, la gracia recibida le ha costado un precio muy elevado al mismo Cristo, el verdadero Cordero, cuya sangre ha librado a la humanidad de la esclavitud del pecado y de la muerte eterna (Ex 12,23). La nueva relación de parentesco con el Señor hace ciertamente que la vida sobre la tierra sea tomada como peregrinación, mientras que la verdadera patria es el cielo (v.17).
En este vuelco se ha llevado a cabo, en plenitud, el designio de Dios. Jesús, con su resurrección, ha inaugurado los "últimos tiempos", caracterizados por la tensión hacia lo alto. Esta tensión debe ser sostenida constantemente por una vida de fe y de esperanza (v.21) y por la memoria viva de todo lo que ha realizado el Señor para nuestra salvación.
13 Aquel mismo día, dos de los discípulos se dirigían a una aldea llamada Emaús, que dista de Jerusalén unos 11 kilómetros. 14 Iban hablando de todos estos sucesos. 15 Mientras hablaban y se hacían preguntas, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. 16 Sus ojos estaban ofuscados y no eran capaces de reconocerlo. 17 Él les dijo: "¿Qué conversación es la que lleváis por el camino?". Ellos se detuvieron entristecidos, 18 y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: "¿Eres tú el único en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos días?". 19 Él les preguntó: "¿Qué ha pasado?". Ellos contestaron: "Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo. 20 ¿No sabes que los jefes de los sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron para que lo condenaran a muerte y lo crucificaron? 21 Nosotros esperábamos que él fuera el libertador de Israel. Sin embargo, ya hace tres días que ocurrió esto. 22 Bien es verdad que algunas de nuestras mujeres nos han sobresaltado, porque fueron temprano al sepulcro 23 y no encontraron su cuerpo. Hablaban incluso de que se les habían aparecido unos ángeles que decían que está vivo. 24 Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y lo hallaron todo como las mujeres decían, pero a él no lo vieron". 25 Jesús les dijo: "¡Qué torpes sois para comprender, y qué cerrados estáis para creer lo que dijeron los profetas! 26 ¿No era preciso que el Mesías sufriera todo esto para entrar en su gloria?". 27 Empezando por Moisés, y siguiendo por todos los profetas, Jesús les explicó lo que decían de él las Escrituras. 28 Al llegar a la aldea adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante, 29 pero ellos le insistieron diciendo: "Quédate con nosotros, porque es tarde y está anocheciendo". Y entró para quedarse con ellos. 30 Cuando estaba sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. 31 Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero Jesús desapareció. 32 Entonces se dijeron uno a otro: "¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?". 33 En aquel mismo instante se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once y a todos los demás, 34 que les dijeron: "Es verdad, el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón". 35 Ellos contaban lo que les había ocurrido cuando iban de camino, y cómo lo habían reconocido al partir el pan (Lc 24,13-35).
En esta aparición del Resucitado pone Lucas de relieve un rasgo fundamental: la importancia que tiene la Sagrada Escritura para encontrar de verdad a Cristo resucitado. Para intuir su misterio es necesario recordar y creer la Palabra (vv.25-27.32.44), puesto que en ella se ha revelado el designio divino que Cristo debía cumplir, a través del sufrimiento y de la muerte, para entrar en la gloria (v.26). De este modo realiza, más allá de toda mesura, la esperanza de redención alimentada por toda la humanidad (v.21).
Jesús mismo, el desconocido compañero de camino, explica las Escrituras a quien se pone a la escucha con un vivo interés (v.29). A lo largo del camino se produce así el paso de la tristeza desalentada (v.17) a la alegría que pone ardiente el corazón (v.32), hasta que llegan al reconocimiento del Resucitado a través de un gesto tan cotidiano como significativo: la fracción del pan (vv.30.35).
El modo de realizar ciertos gestos revela la identidad del que los hace, y por eso desaparece el peregrino (Jesús). Sin embargo, con ello ha dejado de ser ya un desconocido, y empieza a ser el Señor, el Maestro, el Pan vivo siempre presente en medio de los suyos. Éstos, a su vez, de simples viajeros se vuelven testigos, misioneros, adoradores en espíritu y en verdad.
Toda celebración eucarística vuelve a proponer el mismo camino de los discípulos de Emaús, desde los ritos iniciales, pasando por la escucha de la Palabra y la liturgia eucarística, hasta la despedida final. En este proceso se lleva a cabo, por obra de la gracia, un encuentro cada vez más profundo y real con Jesús crucificado y resucitado.
Meditatio
El reconocimiento de Jesús resucitado tiene lugar en un instante, mediante una intuición resplandeciente. A continuación, todo vuelve a la normalidad. Así fue también con los discípulos de Emaús. Después de aquel instante intuitivo, tras aquella mirada que penetra más allá del velo de la carne, desaparece Jesús y todo vuelve a ser, aparentemente, como antes (la posada, la mesa, el pan, los compañeros...). Todo igual, mas todo distinto. Se trata de una experiencia inexpresable.
También hoy todas las personas y todas las cosas nos reservan sorpresas, porque en todas ellas podemos encontrar a Jesús. Ser cristiano significa vivir en medio de un estupor siempre renovado, en un estado de continua espera de sorpresas. Cada momento puede ser el de la revelación del misterio, porque nuestra vida está ahora ligada indisolublemente a Jesús, invisible a los ojos, pero realmente presente entre nosotros.
Toda realidad es epifanía de su presencia como Enmanuel. A nosotros nos corresponde purificar de continuo nuestra mirada en la adoración para poder vislumbrarlo en la trama de los acontecimientos más pobres y cotidianos. Es él, siempre él, el que viene a nosotros a través de todo aquello que acogemos con fe.
Oratio
Quédate con nosotros, Señor, porque sin ti nuestro camino quedaría sumergido en la noche. Quédate con nosotros, Señor Jesús, para llevarnos por los caminos de la esperanza que no muere, para alimentarnos con el pan de los fuertes que es tu Palabra.
Quédate con nosotros hasta la última noche, cuando, cerrados nuestros ojos, volvamos a abrirlos ante tu rostro transfigurado por la gloria y nos encontremos entre los brazos del Padre en el Reino del divino esplendor.
Contemplatio
Dos discípulos de Jesús se dirigen caminando hacia el pueblo de Emaús. Oh alma pecadora, detente un momento a considerar con atención los distintos aspectos de la bondad y de la benevolencia de tu Señor. En 1º lugar, el hecho de que su ardiente amor no le permita dejar a sus discípulos vagar en medio de la desorientación y la tristeza. El Señor es, en verdad, un amigo fiel y un amoroso compañero de camino.
Oh hombre, mira la humildad con que Jesús acompaña a estos dos. Observa cómo va con sus discípulos como si fuera uno de ellos, cuando él es el Señor de todos. ¿No te da la impresión de haber vuelto a la sustancia misma de la humildad? Esto te sirve de modelo, para que tú hagas otro tanto.
Observa, alma cristiana, cómo tu Señor realiza el ademán de proseguir más allá, con objeto de hacerse desear más, de hacerse invitar y de quedarse como huésped de ellos. Capta cómo acepta entrar en la casa, tomar el pan, bendecirlo, romperlo con sus santas manos y dárselo, haciéndose reconocer así.
¿Por qué se ha comportado Jesús de ese modo? Lo hizo para hacernos comprender que debemos practicar las obras de misericordia y la hospitalidad. Esto es, para decirnos que no basta con leer y escuchar la palabra de Dios si después no la llevamos a la práctica (Anónimo del s. XIII, Vida de Cristo, Roma 1982, pp. 164-166).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Quédate con nosotros, Señor" (Lc 24,29).
Conclusio
Mientras los dos viajeros se encuentran de camino hacia su casa, y llorando lo que han perdido, Jesús se acerca y camina con ellos, aunque sus ojos fuesen incapaces de reconocerlo. De improviso, ya no son dos, sino tres las personas que caminan, y todo se vuelve distinto.
El desconocido empieza a hablar, y sus palabras requieren una seria atención. Lo que había empezado a confundir hasta hace un momento, comenzaba a presentar horizontes nuevos. Lo que había parecido tan oprimente, comenzaba a hacerse sentir como liberador. Lo que había parecido tan triste, empezaba a tomar el aspecto de la alegría.
Poco a poco empezaban a comprender aquellos dos de Emaús que su pequeña vida no era después de todo tan pequeña como pensaban, sino parte de un gran misterio que no sólo abarcaba varias generaciones, sino que se extendía de eternidad en eternidad.
El desconocido no ha dicho que no hubiera motivo de tristeza, sino que su tristeza formaba parte de una tristeza más amplia, en la que estaba escondida la alegría. El desconocido no ha dicho que la muerte que estaban llorando no fuera real, sino que se trataba de una muerte que inauguraba una vida verdadera.
El desconocido no ha dicho que no hubieran perdido a un amigo que les había dado nuevo valor y nueva esperanza, sino que esta pérdida había creado un camino para una relación que habría ido mucho más allá que cualquier amistad. El desconocido no tenía el más mínimo miedo de derribar sus defensas y de llevarlos más allá de su estrechez de mente y de corazón. El desconocido tuvo que llamarlos tontos para hacerles ver.
¿En qué consiste el desafío? En esto mismo: en tener confianza. Alguien tiene que abrirnos los ojos y los oídos para ayudarnos a descubrir qué hay más allá de nuestra percepción. Alguien debe hacer arder nuestros corazones (cf. Nouwen, H; La Fuerza de su Presencia, Brescia 1997, pp. 31-35).
Act:
19/04/26
@tiempo
de pascua
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
![]()