12 de Marzo

Jueves III de Cuaresma

Equipo de Liturgia
Mercabá, 12 marzo 2026

Lectio

Esto dice el Señor: "Lo único que os mandé fue esto: Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo. Seguid fielmente el camino que os he prescrito para que seáis felices. Pero ellos no obedecieron ni hicieron caso; siguieron las inclinaciones de su corazón obstinado, me dieron la espalda y no la cara. Desde el día en que vuestros antepasados salieron de Egipto hasta hoy os envié a mis siervos, los profetas. Pero no escucharon ni me hicieron caso, sino que se obstinaron y fueron peores que sus antepasados. Cuando les comuniques todo esto, no te escucharán; cuando les llames, no te responderán. Entonces les dirás: Ésta es la nación que no escucha la voz del Señor su Dios y no aprende la lección. La verdad ha desaparecido de su boca (Jer 7,23-28).

         Dentro de la dura condena del culto convertido en formulismo vacío (Jer 7,1-8,3), el profeta denuncia sobre todo la sordera de Israel a la voz de Dios (v.23), escuchada de modo extraordinario en el Sinaí, en el momento de la alianza (Ex 20,1-21).

         Solamente en la escucha obediente (de hecho, el 1º mandamiento comienza con "escucha, Israel") el pueblo elegido podrá conocer a su Dios, diferente de otra divinidad o ídolo. Los verdaderos profetas no cesan de exhortar, mas junto a su predicación hay otra predicación más fácil y cómoda: la de los falsos profetas. La elección es radical, y en escuchar a unos u otros se juega uno la vida o la muerte.

         El fragmento está dividido en 3 partes. La 1ª y 2ª parte presentan una idéntica estructura, y al mandamiento de Dios (escuchad; v.23) y su urgente solicitud (envié; v.25) corresponden los claros rechazos: "no escucharon" (vv.24.26). No aparece ni sombra de arrepentimiento, ningún deseo de conversión.

         La 3ª parte ofrece la conclusión, y mientras el pueblo vuelve a caer obstinadamente en la idolatría, y espiritualmente vuelve a ser esclavo de Egipto, lejos de Dios (vv.24-27), el profeta no deja de ser fiel a su vocación: desenmascarar toda situación enojosa (v.27), compartir con Dios el sufrimiento de ser rechazado, ser tachado de impostor por los que prefieren la mentira a la verdad.

Un día estaba Jesús expulsando un demonio que había dejado mudo a un hombre. Cuando salió el demonio, el mudo recobró el habla, y la gente quedó maravillada. No obstante, algunos dijeron: "Expulsa a los demonios con el poder de Belzebú, príncipe de los demonios". Otros, para tenderle una trampa, le pedían una señal del cielo. Pero Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo: "Todo reino dividido contra sí mismo queda devastado, y sus casas caen unas sobre otras. Por tanto, si Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo podrá subsistir su reino? Vosotros decís que yo expulso los demonios con el poder de Belzebú. Ahora bien, si yo expulso los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos ¿con qué poder los expulsan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Mas si yo expulso los demonios con el poder de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros. Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros. Pero si viene otro más fuerte que él y lo vence, le quita las armas en que confiaba y reparte sus despojos. El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo desparrama" (Lc 11,14-23).

         Jesús acaba de enseñar a los suyos el Padrenuestro (Lc 11,2-4), oración por excelencia que abre el corazón a la venida del Espíritu Santo (v.13). El Reino de los Cielos, por tanto, ya está en la tierra, se suceden las curaciones y el pueblo sencillo se admira (intuyendo que algo extraordinario está pasando) y se dispone a acoger la salvación.

         No obstante, no todos piensan lo mismo (v.14) y, como en la 1ª lectura, se da una oposición entre 2 actitudes irreconciliables. Surge una duro contraste (vv.14-15) entre los fariseos y Jesús, a quien se le acusa de blasfemia y de aliarse con Satanás (como destino de todo profeta). Jesús responde con un discurso apologético, y su fuerte imagen de la catástrofe (v.17) lleva al oyente a excluir que Satanás pueda luchar contra sí mismo.

         La conclusión de Jesús se impone por sí misma: que algo está actuando, y pertenece al "poder de Dios" (expresión que recuerda los prodigios ejecutados por Moisés en el Exodo).

         Lo mismo que sucedió tras la enseñanza sobre la oración, aparece aquí la misma afirmación esencial: "El reino de Dios ha llegado a vosotros". Jesús, expulsando a los demonios, abre una nueva época, época de libertad de la esclavitud, a condición de acoger libremente la buena noticia que anuncia (v.23).

Meditatio

         Si instintivamente sentimos la necesidad de valorar personas y acontecimientos, viéndolo con nuestros propios ojos, la Palabra que se nos actualiza hoy nos proporciona material abundante, y nos viene a decir que, para saber ver de verdad, es indispensable aprender antes a escuchar. Escuchar ¿qué? La voz del que ha creado todo con su Palabra amorosa, y tiene todo en su mano.

         No obstante, hay un enemigo celoso de la felicidad del hombre, que está siempre al acecho para impedir escuchar la voz del Señor y dejarse conducir por su mano.

         El mentiroso sugiere pensamientos falsos, infunde dudas y sospechas. Y si el hombre no conserva en su corazón la palabra de Dios (lámpara de sus pasos), y si no la medita día y noche, no estará en disposición de discernir rectamente, con riesgo de extraviarse y hasta de caer bajo el dominio de falsas doctrinas.

         Muchas veces nos puede suceder también a nosotros, en tantas cuestiones (de ética profesional...), que no nos sintamos en sintonía con el evangelio, o que éste nos parezca duro, desfasado e incapaz de ponerse al día.

         De este modo, en muchas ocasiones aparentemente secundarias nos deslizamos hacia un paganismo tal vez no de calibre mayor, pero paganismo al fin y al cabo. De no remediar esto, a la larga se perderá el gusto por la Palabra, y no sólo no parecerá dulce al paladar, sino que hasta llegaremos a perder la necesidad de ella, e incluso puede llegar a molestarnos si alguien nos la recuerda.

Oratio

         Padre, que tu voz resuene siempre en nuestro corazón. No permitas que otras voces la apaguen, y vuelve a susurrarnos una y otra vez lo mucho que nos quieres, tanto cuando nos animas como cuando nos corriges.

         Apártanos, Señor, de las sugestiones sutiles, de los mensajes persuasivos del enemigo astuto, del celoso de nuestra amistad contigo. Sabes bien que el orgullo frecuentemente nos acecha, y que el miedo nos paraliza frente al dolor o la prueba.

         Con tal de sufrir menos, estamos dispuestos a vender la piel al diablo. Perdona, Señor, nuestra arrogancia, y la audacia con que nos erguimos presumidos frente a tu Hijo y frente a ti. Sobre todo cuando nos hablas de cruz, o de un camino estrecho, o de escucha obediente y sacrificada.

         Compadécete de nuestra fragilidad, mira nuestra buena voluntad, acrecienta en nosotros los deseos de verdad y bondad. Si te ofendemos, no nos lo tomes en serio. Si te comprendemos mal, ayúdanos a rectificar. Si te damos la espalda, sigue buscándonos.

Contemplatio

         Ciertamente, el término o fruto de la Sagrada Escritura no es cualquiera, sino la plenitud de la bienaventuranza eterna. Las palabras de esta Escritura son palabras de vida eterna. A esta plenitud se esfuerza en introducirnos la divina Escritura, y con este fin y con esta intención ha de ser la Sagrada Escritura escudriñada y enseñada y también escuchada.

         Para que lleguemos a este fruto o término, andando derechamente por el recto camino de las Escrituras, hemos de comenzar por el exordio. Es decir, por acercarnos con fe al Padre de las luces, doblando las rodillas de nuestro corazón y pidiendo que él, por su Hijo en el Espíritu Santo, nos dé verdadero conocimiento de Jesucristo, y con el conocimiento su amor.

         Sólo así, conociéndole y amándole, consolidados en la fe y arraigados en la caridad, podremos comprender la amplitud, la longitud, la altura y la profundidad de la Sagrada Escritura. De ser así, llegaremos al conocimiento perfecto y al amor extático de la Santísima Trinidad, donde se halla el término y la plenitud de todo lo verdadero y bueno (cf. San Buenaventura, Breviloquio, prólogo).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6,68).

Conclusio

         Callarse no significa estar mudo, como tampoco hablar equivale a locuacidad. El mutismo no crea soledad, como tampoco la locuacidad crea comunión. Como decía Ernest Hello, "el silencio es el exceso, embriaguez y sacrificio de la palabra. El mutismo, en cambio, es malsano, como algo que sólo fue mutilado y no sacrificado".

         Del mismo modo que existen en la jornada del cristiano determinadas horas para la Palabra, especialmente las horas de meditación y de oración en común, deben existir también ciertos momentos de silencio a partir de la Palabra. Serán sobre todo los momentos que preceden y siguen a la escucha de la Palabra. Ésta no se manifiesta a personas charlatanas, sino en el recogimiento y silencio.

         Callamos antes de escuchar la Palabra, para que nuestros pensamientos se dirijan a la Palabra, igual que calla un niño cuando entra en la habitación de su padre. Callamos después de haber oído la Palabra, porque todavía resuena, vive y quiere permanecer en nosotros. Callamos al comenzar el día, porque es Dios quien debe decir la primera palabra. Callamos al caer la noche, porque a Dios corresponde la última palabra. Callamos sólo por amor a la Palabra.

         Callar, en definitiva, no significa otra cosa que estar atentos a la palabra de Dios para poder caminar con su bendición (cf. Bonhoeffer, D; Vida en Comunidad, Salamanca 1983, p.61).

 Act: 12/03/26     @tiempo de cuaresma         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A