10 de Marzo

Martes III de Cuaresma

Equipo de Liturgia
Mercabá, 10 marzo 2026

Lectio

Entonces Azarías, de pie en medio del fuego, oró así: "Por tu nombre, te lo pedimos, oh Señor: No nos abandones para siempre, no rompas tu alianza, no nos retires tu amor, Por Abraham, tu amigo; por Isaac, tu siervo; por Israel, tu consagrado; a quienes prometiste descendencia numerosa como las estrellas del cielo, como la arena de la orilla del mar. A causa de nuestros pecados, Señor, somos hoy el más insignificante de todos los pueblos, y estamos humillados en toda la tierra. No tenemos príncipes, ni jefes, ni profetas. Estamos sin holocaustos, sin sacrificios, sin poder hacerte ofrendas ni quemar incienso en tu honor. No tenemos un lugar donde ofrecerte las primicias y poder así alcanzar tu favor. Pero tenemos un corazón contrito y humillado. Acéptalo como si fuera un holocausto de cameros y toros, de millares de corderos cebados. Que éste sea hoy nuestro sacrificio ante ti, y que te sirvamos fielmente, pues no quedarán defraudados quienes confían en ti. Ahora queremos seguirte con todo el corazón, queremos serte fieles y buscar tu rostro. No nos defraudes, Señor, y trátanos conforme a tu ternura, según la grandeza de tu amor. Sálvanos con tu fuerza prodigiosa, y muestra la gloria de tu nombre" (Dn 3,25.34-43).

         La clave de lectura de la oración de Azarías está en la frase "muestra la gloria de tu nombre" (v.43). Azarías, en la prueba de la persecución, sólo teme una cosa: que el nombre de Dios pierda su gloria (es decir, su peso, su poder).

         Nada infunde ya miedo a Azarías. Ni el ser reducidos a un resto, ni la humillación (v.37), ni la profanación del templo o la helenización, con la consiguiente destitución de los jefes religiosos y la abolición del culto oficial (v.38).

         Estos acontecimientos, aunque dolorosos, no perjudican a Israel. El profeta los lee como una purificación providencial, y percibe que, en la prueba, el pueblo manifiesta un corazón contrito y un espíritu humilde agradables al Señor, como verdadero sacrificio (v.40) que vuelve dar gloria a su nombre.

         Entonces renace la esperanza (v.42), y la fidelidad de Dios a las promesas hechas a los patriarcas sigue firme (v.35), y la grandeza de su misericordia todavía puede derramar la benevolencia y la bendición sobre el pueblo de la alianza (v.42). Por ello, la súplica de Azarías se transforma en salmo penitencial (vv.26-45), en himno de alabanza cantado al unísono por los tres jóvenes en el horno (vv.52-90).

Entonces se acercó Pedro a Jesús y le preguntó: "Señor, ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano cuando me ofenda? ¿Siete veces?". Jesús le respondió: No te digo siete veces, sino setenta veces siete. Porque con el reino de los cielos sucede lo que con aquel rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al comenzar a ajustarlas le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer y a sus hijos, y todo cuanto tenía, para pagar la deuda. El siervo se echó a sus pies suplicando: "Ten paciencia conmigo, que te lo pagaré todo". El señor tuvo compasión de aquel siervo, lo dejó libre y le perdonó la deuda. Nada más salir, aquel siervo encontró a un compañero suyo que le debía cien denarios. Lo agarró y le apretaba el cuello, diciendo: "¡Paga lo que debes!". El compañero se echó a sus pies, suplicándole: "Ten paciencia conmigo y te pagaré". Pero él no accedió, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara la deuda. Al verlo sus compañeros se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor todo lo ocurrido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: "Siervo malvado, yo te perdoné aquella deuda entera porque me lo suplicaste. ¿No debías haber tenido compasión de tu compañero, como yo la tuve de ti?". Entonces su señor, muy enfadado, lo entregó para que lo castigaran hasta que pagase toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial si no os perdonáis de corazón unos a otros (Mt 18,21-35).

         Estamos en la 2ª parte del Discurso Eclesial de Jesús (Mt 18), dedicado especialmente al perdón de la ofensa personal. Pedro es el interlocutor de Jesús (v.21), que piensa distanciarse del sombrío horizonte de la venganza a ultranza y sin límites (como la venganza de Lamek; Gn 4,23) y manifiesta estar dispuesto a perdonar "hasta siete veces", número muy significativo de disponibilidad total al perdón (v.21).

         En la respuesta de Jesús se dilatan hasta el infinito los límites del perdón (v.22), y se abre una la mentalidad a la que está llamado el cristiano.

         Por ser paradójica, Jesús va a ilustrar esta mentalidad con una parábola (vv.23-34), estructurada en 3 escenas contrapuestas y complementarias: 1º encuentro del siervo deudor con su señor, 2º encuentro del siervo perdonado con otro siervo deudor, 3º nuevo encuentro entre el siervo perdonado con su señor.

         Los discípulos deberán aprender a imitar al Padre celestial (v.35). La deuda del siervo es enorme, las cifras son a todas luces hiperbólicas, pero el señor tiene lástima (v.27, utilizando el mismo verbo para describir los sentimientos de Jesús en la muerte de Lázaro) y manifiesta su gran magnanimidad con un perdón gratuito.

         El siervo perdonado se encuentra con un colega que le debe una cifra irrisoria (vv.28-30). Esperaríamos que inmediatamente le perdonase la pequeña deuda, pero no sucede así, y su reacción es despiadada. La gracia recibida no transformó su corazón, y por eso pasamos a la última escena, en que esa actitud es digna de juicio y del castigo divino. La conclusión está clara: el perdón del hombre a su hermano condiciona el perdón del Padre.

Meditatio

         San Ambrosio indica que Dios creó al hombre para tener alguien a quien perdonar, y revelar así el rostro de su amor desconcertante y su disponibilidad ilimitada al perdón a cualquier precio (incluso a precio de la sangre de su Hijo). No obstante, amor pide amor, y la misericordia de Dios desea inspirar la misma disposición en el hombre, para que al sentirse perdonado éste perdone a los demás.

         En efecto, ¿de qué nos sirve haber experimentado la misericordia divina, si no permitimos que se transparente en nuestro rostro ni en nuestra vida? Quien no acepta perdonar al hermano muestra no reconocer la gravedad del propio pecado.

         El perdón de Dios sería vano si no permitimos que se plasme a su imagen y semejanza, pues él es un Dios "piadoso y misericordioso, lento a la ira y rico en amor". Jamás podremos pagar la enorme deuda de nuestros pecados, de nuestra ciega ingratitud... pero él los perdona pidiéndonos hacer lo mismo.

         Perdonar de corazón "hasta setenta veces siete" al hermano, será en la tierra el comienzo de una gran fiesta que culminará en el cielo. Será el comienzo de la fiesta de la reconciliación, de la gloria de los hijos que Dios se ha adquirido al precio de la sangre del Hijo, del Espíritu Santo derramado para el perdón de los pecados.

Oratio

         ¡Qué inmenso es tu corazón, oh Padre bueno y misericordioso, lento a la ira y rico en amor! ¡Nos sentimos tan tacaños y mezquinos ante tu magnanimidad! Tú nos has llamado gratuitamente a la vida y quieres que la gastemos por ti y los hermanos en plenitud de donación. Sólo así podemos ser felices, mas ¡qué lejos estamos de participar en esta extraña lógica, en la que el que más ama parece perder, en la que se es grande en la medida que nos hacemos pequeños!

         Enséñanos, Señor, a recordar tu amor, que no dudó en darnos lo que tenía de más precioso (tu amado Hijo) aun sabiendo que somos siervos despiadados, capaces de recibir el perdón y no estar dispuestos a hacer lo mismo.

         Abre los ojos de nuestro corazón, Señor, para que sepamos reconocer, en lo ordinario de cada día, las mil ocasiones que se presentan de verter en los hermanos una medida de amor "apretada, rellena, rebosante", la misma que tú viertes en nuestro interior cada vez que tocamos fondo en nuestra pobreza.

Contemplatio

         Al predicar las bienaventuranzas, el Señor antepuso los misericordiosos a los limpios de corazón. En efecto, los misericordiosos descubren en seguida la verdad en sus prójimos, proyectan hacia ellos sus afectos y se adaptan de tal manera que sienten como propios los bienes y los males de los demás.

         La verdad pura únicamente es comprendida por el corazón puro, y nadie siente tan vivamente la miseria del hermano como el corazón que asume su propia miseria. Para que sientas tu propio corazón en la miseria de tu hermano, necesitas conocer primero tu propia miseria. Así podrás vivir en ti sus problemas, y se despertarán iniciativas de ayuda fraterna.

         Éste fue el programa de acción de nuestro Salvador. Él quiso sufrir para saber compadecerse, se hizo miserable para aprender a tener misericordia. Por eso se ha escrito de él: "Aprendió por sus padecimientos la obediencia" (cf. Bernardo de Claraval, Sobre los Grados de Humildad, III, 6).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Tú eres, Señor, bueno e indulgente" (Sal 85,5).

Conclusio

         Lo que cuenta es soportar al otro en todas las facetas de su carácter (incluso las difíciles y desagradables), callar sus errores y pecados (también los que ha cometido contra nosotros) y aceptar y amar sin descanso. Todo esto se acerca al perdón.

         Quien adopta una postura similar en las relaciones con los otros (con su padre, su amigo, su marido), también en las relaciones con extraños, con todos los que encuentra, sabe bien lo difícil que es. A veces se verá impulsado a decir: No, ya no puedo más, no logro soportarlo, estoy al límite de mi paciencia, o: "Señor, ¿cuántas veces deberé perdonar a mi hermano si peca contra mí?".

         ¿Cuánto tiempo tendré que soportar sus durezas, sus faltas de atención o sus ofensas? Señor, ¿cuántas veces? Esto deberá acabar, y alguna vez tendremos que llamar al error por su nombre. No, no es posible que siempre se pisotee mi derecho. ¿Hasta siete veces?

         Esto es un verdadero tormento, sobre todo cuando nos preguntamos: ¿Cómo me las arreglaré con este individuo, cómo podré soportarlo? ¿Dónde comienza mi derecho en mis relaciones con él?. Ya está: hagamos como Pedro, vayamos a Jesús, vayamos a plantearle siempre esa pregunta.

         Si acudimos a otro, o nos preguntamos a nosotros mismos, quedaremos desasistidos y la ayuda recibida será fatal. Mas Jesús sí nos puede ayudar, y por eso él nos dice: "No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete". Jesús sabe muy bien que esa es la única manera de ayudarle (cf. Bonhoeffer, D; Memoria y Fidelidad, Magnano 1995, pp. 96-98).

 Act: 10/03/26     @tiempo de cuaresma         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A