22 de Abril
Miércoles III de Pascua
Equipo
de Liturgia
Mercabá, 22 abril 2026
Lectio
Aquel día 1 se desencadenó una gran persecución contra la Iglesia de Jerusalén, y todos, excepto los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaria. 2 A Esteban lo enterraron unos hombres piadosos e hicieron gran duelo por él. 3 Saulo, por su parte, se ensañaba contra la Iglesia, entraba en las casas, apresaba a hombres y mujeres y los metía en la cárcel. 4 Los que se habían dispersado fueron por todas partes anunciando el mensaje. 5 Felipe bajó a la ciudad de Samaria y estuvo allí predicando a Cristo. 6 La gente escuchaba con aprobación las palabras de Felipe y contemplaba los prodigios que realizaba. 7 Pues de muchos poseídos salían los espíritus inmundos, dando grandes voces, y muchos paralíticos y cojos quedaron curados. 8 Y hubo gran alegría en aquella ciudad (Hch 8,1-8).
Nos encontramos hoy en presencia de otro giro decisivo en la historia de la frágil comunidad cristiana: su difusión fuera de los muros de Jerusalén. Se pasa así de la persecución a la dispersión, y de la dispersión a la difusión de la Palabra.
Los helenistas, o seguidores de Esteban, son quienes reciben los golpes. Tienen que huir y dispersarse por las regiones de Judea y Samaría, mas con ello inician la carrera de la Palabra por el mundo, "hasta los confines de la tierra".
Es curioso el contraste entre el "gran duelo" por la muerte de Esteban y la "gran alegría" por la acción de Felipe, otro de los Siete. Por su parte, Saulo se "ensañaba contra la Iglesia", porque ésta se expandía precisamente entre los que estaban al margen del judaísmo. La salida de Jerusalén es un hecho no sólo geográfico, sino también cultural. Cristo es predicado también a los samaritanos.
El fragmento da la impresión de que se ha producido un nuevo Pentecostés, una nueva primavera de la Iglesia, después de la que tuvo lugar en Jerusalén y antes de la que se produjo entre los paganos. El conjunto va acompañado de poderosos gestos de liberación, y alude a un mundo que se renueva al contacto con la difusión de la Palabra.
En aquel tiempo, 35 dijo Jesús a la muchedumbre: "Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no volverá a tener hambre; el que cree en mí nunca tendrá sed. 36 Pero vosotros, como ya os he dicho, no creéis, a pesar de haber visto. 37 Todos los que me da el Padre vendrán a mí, y yo no rechazaré nunca al que venga a mí. 38 Porque yo he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. 39 Y su voluntad es que yo no pierda a ninguno de los que él me ha dado, sino que los resucite en el último día. 40 Mi Padre quiere que todos los que vean al Hijo y crean en él tengan vida eterna, y yo los resucitaré en el último día" (Jn 6,35-40).
La muchedumbre ha visto y escuchado la palabra de Jesús en el fragmento precedente, pero no ha reconocido en él al Hijo de Dios bajado del cielo, como el maná del desierto. Jesús denuncia amargamente esta difundida incredulidad de los judíos (v.36), a pesar de que la iniciativa amorosa del Padre se sirva de la obra del Hijo para darles la salvación y la vida (Jn 3,14s; 4,14.50; 5,21.25).
La Iglesia primitiva era consciente de este conflicto con la Sinagoga, y a través del evangelista expresa su profundo vínculo con el Maestro, subrayando que el designio de Dios se realiza mediante la acogida que todo creyente reserva a Jesús. Él ha tomado carne humana no para hacer su propia voluntad, sino la de Aquel que le ha enviado.
El plan de Dios es un plan de salvación, y el Padre, confiándolo al Hijo, proclama que los hombres se salvan en Jesús, sin que se pierda ninguno. Más aún, aquellos que han sido confiados por el Padre al Hijo, él quiere que los "resucite en el último día" (v.39).
La expresión "último día" tiene un significado preciso en Juan. En concreto, es el día en que termina la creación del hombre y tiene lugar la muerte de Jesús. Es el día, por tanto, del triunfo final del Hijo sobre la muerte, y en él todos podrán probar "el agua del Espíritu" que será entregada a la humanidad.
En ese día, Jesús dará cumplimiento a su misión, mediante la resurrección y dará la vida definitiva. Ésta última tiene su comienzo aquí (en la fe), y su plena realización al final de los tiempos (en la resurrección final). Los que crean en Jesús, Hijo de Dios, no experimentarán la muerte, sino que disfrutarán de una vida inmortal.
Meditatio
El fragmento de Hechos de los Apóstoles pone claramente de manifiesto que una de las causas de la difusión del evangelio, a través del mundo, es la persecución. En este caso, son objeto de la misma los irreductibles, los extremistas compañeros de Esteban, que no aceptaban componendas con el judaísmo.
Los apóstoles se libran por ahora, posiblemente porque todavía confían encontrar una solución a los delicados problemas planteados con la tradición judía. La persecución le ha ayudado a la Iglesia a no dormirse, y a encontrar sus propias raíces misioneras. Éstas son el secreto de su eterna juventud.
La Revolución Francesa, por poner un solo ejemplo, supuso una fuerte prueba para la Iglesia, pero le hizo salir de la tormenta para reemprender su itinerario misionero por el mundo.
Cuando existe el peligro de instalarnos cómodamente en un lugar, o la tentación de considerarnos integrados en un contexto social, o estar demasiado tranquilos, es entonces cuando interviene el Espíritu para dar la alarma a través de diversas pruebas, la más terrible de las cuales (aunque quizás, también la más eficaz) es la persecución.
Toda persecución da frutos cuando la Iglesia está viva, como en el caso de la comunidad de Jerusalén. La Palabra se difunde para que los que están dispersos queden impregnados de la novedad cristiana. Por eso puede proceder del duelo la alegría, de la diáspora el crecimiento, de la muerte de Esteban la multiplicación de los apóstoles.
Oratio
Tu palabra, Señor, me turba una vez más, porque me parece que tú prefieres más bien los medios rápidos para alcanzar tus fines. Tú querías hacer salir el alegre mensaje de Jerusalén, y surge una violenta persecución. Me siento turbado, lo confieso.
A mí, Señor, me gusta evitar las desgracias y vivir en paz. Es decir, en mi paz, que no es exactamente la tuya. Con mi paz no crece la alegría en el mundo. Con tu dinamismo, en cambio, crece la alegría, de una manera frecuentemente desagradable para mí. Crece la alegría de los que están fuera de mis intereses.
Señor, estoy turbado, sobre todo porque tu palabra me dice que yo debería estar alegre en las persecuciones, y debería pedírtelas cuando me encuentro demasiado bien, y no sentirme satisfecho de lo que hago o me rodea. Te confieso, Señor, que me falta valor.
Hay algo, Señor, que debo pedirte para no morir de vergüenza: que vea que las persecuciones tienen un sentido para ti y para tu Iglesia. Y por consiguiente, también para mí.
Contemplatio
Jesús invitaba a los judíos a que tuvieran fe, mientras ellos buscaban signos para creer. Sabían que habían sido saciados con 5 panes, pero preferían el viejo maná a este nuevo alimento. Por ello, el Señor les recuerda que su "pan de vida" es muy superior al maná de Moisés, y que éste nunca se atrevió a decir que su alimento era "permanente y da la vida eterna" (Jn 6,27).
En consecuencia, Jesús prometía algo más que Moisés. Éste prometía llenar el estómago aquí en la tierra, para luego perecer. Jesús, en cambio, prometía un "alimento permanente".
El verdadero pan es el que "da la vida al mundo". El maná era símbolo de este alimento, y todas esas cosas (dice el Señor a los judíos" eran signos que hacían referencia a mí. Oigámosle: "No fue Moisés el que dio el pan del cielo, sino que es Dios quien os lo da" (Jn 6,32).
¿Qué pan es éste? ¿Acaso el maná? No, no el maná, sino el pan del que era signo el maná. Es decir, el mismo Señor Jesús, porque "el pan de Dios viene del cielo y da la vida al mundo" (cf. San Agustín, Comentario de Juan, XXV, 12).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Grandes son la obras del Señor" (Sal 110,2).
Conclusio
Existe una fuerte compenetración entre el sufrimiento (llamémosle cruz) y el compromiso apostólico (esto es, la construcción de la Iglesia). Es decir, que no es posible ser apóstol sin cargar con la cruz.
Si hoy se ofrece el deber y el honor del apostolado a todos los cristianos, para que la vida cristiana se revele hoy con más fuerza (tal cual es, y debe ser), esto es señal de que ha sonado la hora para todo el pueblo de Dios. No obstante, si todos debemos ser apóstoles, todos debemos cargar con la cruz.
Para construir la Iglesia es preciso esforzarse y sufrir. Esta conclusión desconcierta ciertas concepciones erróneas de la vida cristiana (de facilidad, comodidad, interés temporal o personal), cuando su rostro tiene que estar siempre marcado por el signo de la cruz, del sacrificio soportado y de la consumación por amor (a Cristo, a Dios y al prójimo, cercano o alejado).
No es ésta una visión pesimista del cristianismo, sino una visión realista. La Iglesia debe ser un pueblo de fuertes y animosos testigos, que sabe sufrir por su fe y por su difusión silenciosa, gratuita y amorosa (cf. Pablo VI, Audiencia General, 1-IX-1976).
Act:
22/04/26
@tiempo
de pascua
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
![]()