14 de Marzo

Sábado III de Cuaresma

Equipo de Liturgia
Mercabá, 14 marzo 2026

Lectio

Esto dice el Señor: En su aflicción madrugarán para buscarme y dirán: "Venid, volvamos al Señor, pues él ha desgarrado y él nos curará, él ha herido y él vendará nuestras heridas. En dos días nos devolverá la vida, al tercero nos levantará y viviremos en su presencia. Esforcémonos en conocer al Señor. Su venida es tan segura como la aurora; como aguacero descenderá sobre nosotros, como lluvia primaveral que riega la tierra". ¿Qué voy a hacer contigo, Efraín? ¿Qué voy a hacer contigo, Judá? Vuestro amor es como nube mañanera, como rocío que pronto se disipa. Por eso os he quebrantado por medio de los profetas. Por eso os he aniquilado con las palabras de mi boca, y mi juicio resplandece como la luz. Yo quiero amor, y no sacrificios. Yo quiero conocimiento de Dios, y no holocaustos (Os 6,1-6).

         El pasaje de hoy constituye un acto litúrgico penitencial (vv.1-3) en el que participa todo el pueblo. El horizonte más lejano que mueve a la conversión es el temor del día del castigo mesiánico anunciado varias veces (Os 5,9), y el contexto próximo es el actual estado de guerra entre Israel y Judá.

         Buscar ayuda en el enemigo mortal, Asiria, ha extirpado las regiones septentrionales del Reino del Norte (ca. 732 a.C), con los inevitables horrores de la ocupación, destrucción y deportación (2Re 15,29; 17,55). El profeta exhorta y amonesta, y recuerda que tantas desgracias han ocurrido porque el corazón estaba lejos del Señor, acallado con sacrificios vacíos de amor.

         Con una imagen frecuente en la Sagrada Escritura (Ex 15,26; Dt 32,29; Is 30,26; Ez 34,16), el pueblo reconoce estar enfermo (Os 5,13), y recurre a Dios como a su médico. De hecho, él mismo ha producido la herida con vistas a la enmienda, y sólo él puede curarla (v.1). Yahveh es el señor de la historia.

         El arrepentimiento del pueblo no es sólo interesado (v.3), sino también efímero (v .4). Dios lo sabe bien. Sin embargo, no se cansa de invitar a la conversión, y su palabra es una espada que inexorablemente hiere para curar (Is 49,2; Hb 4,12). Él pide amor, no holocaustos (v.6); pide confianza, y no una simple observancia de prácticas cultuales desgraciadamente hipócritas.

A unos que presumían de ser hombres de bien y despreciaban a los demás, Jesús les dijo esta parábola: Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, erguido, hacía interiormente esta oración: "Dios mío, te doy gracias porque no soy como el resto de los hombres: ladrones, injustos adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago los diezmos de todo lo que poseo". Por su parte, el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: "Dios mío, ten compasión de mí, que soy un pecador". Os digo que éste bajó a su casa reconciliado con Dios, y el otro, no. Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado (Lc 18,9-14).

         Estamos en el contexto de la subida de Jesús a Jerusalén, y la atención se dirige a las condiciones necesarias para entrar en el Reino (Lc 18,9-19,28). En este contexto, aparecen 2 personajes contrapuestos. Ambos oran, mas en su modo de orar se revela su modo de vivir y sus relaciones con Dios y los demás. Ambos, en la oración, dicen la verdad de su existencia.

         El fariseo saca a colación sus méritos, y se tiene por acreedor de Dios. En el fondo, no necesita de Dios, aunque le dé gracias porque le ha concedido ser tan perfecto. Pero hay más. Su justicia le hace juez, y el sentirse juez le hace despiadado. Por último, tan ciega es la estima que tiene sí mismo que, cuando mira a los demás, sólo es para despreciarlos (v.11).

         El publicano, por el contrario, es consciente de sus pecados ("con la cabeza inclinada"), pero está abierto al cielo y sabe esperar sólo en Dios todo ("golpeándose el pecho"). Así pues, llama a la puerta del Reino, y ésta se le abre.

Meditatio

         Conocerse a sí mismo y conocer a Dios, o conocerse a sí mismo en Dios, es el comienzo de la sabiduría y de la verdadera vida. De hecho, ¿qué es el hombre sin Dios?

         Un soberbio rodeado de presuntos rivales, o un desesperado pillado en el cepo de su egoísmo, ¿qué es sin Dios? O más bien, ¿qué sería con Dios? Sin Dios, seguiría siendo un orgulloso o un egoísta un pecador. Con Dios, seguiría siendo un orgulloso o un egoísta, pero abierto a una misericordia (el Dios misericordioso) que podría cambiarle la faz de su rostro.

         Vemos, pues, lo importante que es dejar caer las caretas con las que pretendemos ocultarnos. Sobre todo las de la pobreza de nuestro ser, la mezquindad de nuestro corazón, la dureza de nuestros juicios. Uno sólo puede curarse si se reconoce enfermo, necesitado de salvación.

         Dios espera este momento, e incluso hasta lo provoca sabiamente con su pedagogía inconfundible. Todos tenemos algo de fariseos, pero a todos nos brinda Dios poder pasar por la experiencia del publicano de la parábola, que supo reconocer a Dios como algo superior a él, siempre dispuesto a abrir su corazón a una súplica humilde.

Oratio

         Oh Dios, creador del cielo y la tierra, el universo entero es lugar de tu presencia, y en ti vivimos, nos movemos y existimos. Todas nuestras palabras y acciones están en tu presencia, y la verdad de nosotros mismos está patente ante tus ojos.

         El temor nos asalta, Señor, porque sabemos que nuestro corazón no es puro, ni vida santa. Y por eso tratamos de ocultarnos, y de justificarnos en los defectos de los demás. Incluso adornarnos nuestras obras, y con ello las convertimos en pura apariencia. En definitiva, tratamos de buscar una seguridad.

         No obstante, no podemos acallar una voz que desde lo hondo de nosotros mismos nos grita: ¿Por qué actúas así? ¿Qué tratas de buscar con lo que haces? Esa voz es tu voz, Señor, que silenciosamente va creando en nuestro interior un gran vacío y el único grito verdadero: "Ten piedad de mí, que soy un pecador". El orgullo me mata, y por eso humildemente te busco, Señor.

Contemplatio

         Me preguntáis si un alma puede acudir a Dios completamente lleno de miseria. Respondo que el alma conocedora de su propia miseria no sólo puede tener una gran confianza en Dios, sino que le será imposible alcanzar la verdadera confianza si carece del conocimiento de su propia miseria. ¿Por qué? Porque el conocimiento y la confesión, de esta miseria, es lo que precisamente nos introduce en la presencia de Dios.

         Por eso, los grandes santos como Job, David y otros, comenzaban siempre sus oraciones confesando la propia miseria e indignidad. Es algo excelente, por tanto, reconocerse vil, bajo e indigno, sobre todo a la hora de comparecer ante el divino acatamiento.

         El célebre dicho de los antiguos ("conócete a ti mismo") suele interpretar así: Conoce la grandeza y excelencia de tu alma, para no envilecerla ni profanarla con cosas indignas de su nobleza. Y se interpreta de esta otra manera: Conoce tu indignidad, tu imperfección, tu miseria.

         Cuanto más miserables somos, tanto más debemos confiar en la bondad y misericordia de Dios, porque entre la misericordia y la miseria existe un parentesco tan grande que la una no se puede ejercitar sin la otra.

         Si Dios no hubiera creado a los hombres, hubiera sido ciertamente bondadoso. Pero no hubiera sido misericordioso, puesto que no hubiera podido ejercitar su misericordia con ninguno, ya que la misericordia se practica con los miserables (cf. Francisco de Sales, Conversaciones Espirituales, II)

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Conoces hasta el fondo de mi alma" (Sal 138,14).

Conclusio

         De la ascesis de la pobreza surge cada día un hombre nuevo, pacífico, benevolente y dulce, que queda para siempre marcado por un arrepentimiento lleno de alegría y de amor, que aflora por todas partes y siempre permanece en segundo plano de su búsqueda de Dios.

         Este hombre, que en su día estaba quebrantado, ahora ha sido reedificado en todo su ser, por pura gracia. Apenas se reconoce, es diferente, y en el mismo instante en que tocó el abismo profundo del pecado, fue precipitado al abismo de la misericordia. Ha aprendido a entregar las armas ante Dios, a no defenderse ante él. Está despojado y sin defensa. Ha renunciado a la justicia personal y no tiene proyectos de santidad.

         Las manos de este hombre están vacías, o sólo conservan su miseria, que se atreve a exponer ante la misericordia. Dios se ha hecho verdaderamente Dios para él, y nada más que Dios. Eso es lo que quiere decir Salvator, o salvador del pecado.

         Ese hombre está casi reconciliado con su pecado, como Dios se ha reconciliado con él. Para sus hermanos y prójimos, ese hombre se ha convertido en un amigo benevolente y dulce, que comprende sus debilidades. No tiene ya confianza en sí mismo, sino sólo en Dios. Se sabe pecador, pero pecador perdonado. Por eso se abre, y trata de hermanos, a todos los pecadores del mundo. Se siente cercano a ellos, porque no se cree mejor que los demás.

         La oración preferida de ese hombre es la del publicano, su respiración y su latir de corazón es el del mundo, su deseo más profundo es la salvación y sanación del género humano. "Señor Jesús, ten piedad de mí, pobre pecador" (cf. Louf, A; A Merced de su Gracia, Madrid 1991, p. 125).

 Act: 14/03/26     @tiempo de cuaresma         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A