5 de Marzo

Jueves II de Cuaresma

Equipo de Liturgia
Mercabá, 5 marzo 2026

Lectio

Así dice el Señor: "Maldito quien confía en el hombre y se apoya en los mortales, apartando su corazón del Señor. Será como un cardo en la estepa, que no ve venir la lluvia, pues habita en un desierto abrasado, en tierra salobre y despoblada. Bendito el hombre que confía en el Señor, y pone en el Señor su confianza. Será como un árbol plantado junto al agua, que alarga hacia la corriente su raíces. Nada teme cuando llega el calor, su follaje se conserva verde, y en año de sequía no se inquieta ni deja de dar fruto. Nada más traidor y perverso que el corazón del hombre. ¿Quién llegará a conocerlo? Yo, el Señor, sondeo el corazón y examino la conciencia, para dar a cada cual según su conducta, según lo que merecen sus acciones" (Jr 17,5-10).

         El profeta Jeremías nos ofrece hoy 2 sentencias sapienciales. En la 1ª sentencia (vv.5-8), contraponiendo los extremos, con un típico estilo semítico, nos indica claramente dónde se encuentra la maldición del hombre (cuyo final es la muerte) y dónde la bendición de Dios (portadora de vida).

         Al impío no se le caracteriza directamente como el que obra mal, sino como el hombre que confía sólo en lo humano (carne) y se aleja interiormente del Señor. De esta actitud del corazón, sólo pueden venir acciones malvadas. Aquello en lo que el hombre confía se asemeja al terreno del que succiona sus nutrientes un árbol. Por eso, al impío se le compara con un cardo arraigado en tierra salobre e inhóspita (v.6), que no da fruto ni durará mucho.

         Al hombre piadoso se le describe partiendo del interior, pues confía en el Señor. Se asemeja a un árbol plantado al borde de la acequia (Sal 1), que no teme el estío ni las circunstancias adversas. Por eso, prosperará y dará fruto (v.7).

         La 2ª sentencia (vv.9-10) insiste más explícitamente en la importancia del corazón, centro de las decisiones y de los afectos del hombre. Sólo Dios puede conocerlo de verdad y sanarlo, sopesarlo y valorar con equidad la conducta y el fruto de las obras de cada uno.

19 Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino, y todos los días celebraba espléndidos banquetes. 20 Y había también un pobre, llamado Lázaro, tendido en el portal y cubierto de úlceras, 21 que deseaba saciar su hambre con lo que tiraban de la mesa del rico. Hasta los perros venían a lamer sus úlceras. 22 Un día, el pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. También murió el rico y fue sepultado. 23 Y en el abismo, cuando se hallaba entre torturas, levantó los ojos el rico y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro en su seno. 24 Y gritó: "Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje en agua la yema de su dedo y refresque mi lengua, porque no soporto estas llamas". 25 Abraham respondió: "Recuerda, hijo, que ya recibiste tus bienes durante la vida, y Lázaro, en cambio, males. Ahora él está aquí consolado mientras tú estás atormentado. 26 Además, entre vosotros y nosotros se abre un gran abismo, de suerte que los que quieran pasar de aquí a vosotros no puedan, ni tampoco puedan venir de ahí a nosotros". 27 Replicó el rico: "Entonces te ruego, padre, que lo envíes a mi casa paterna, 28 para que diga a mis cinco hermanos la verdad y no vengan también ellos a este lugar de tormento". 29 Abraham le respondió: "Ya tienen a Moisés y a los profetas, ¡que los escuchen!". 30 Él insistió: "No, padre Abraham, si se les presenta un muerto, se convertirán". 31 Entonces Abraham le dijo: "Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco harán caso aunque resucite un muerto" (Lc 16,19-31).

         Lucas recoge en su cap. 16 la catequesis de Jesús sobre el uso de las riquezas. La conocida parábola que nos propone hoy nos enseña a considerar la presente condición a la luz de la eterna, que dará un vuelco total. Se sacan a continuación las consecuencias prácticas (v.25).

         El hombre rico que nos presenta Jesús no tiene nombre. Pero como en el centro de sus intereses está el opíparo banquete cotidiano, tradicionalmente se le da el apelativo de Epulón (lit. Opulento), por vivir en la opulencia.

         Jesús, por el contrario, saca del anonimato al pobre. Su mismo nombre es significativo, ya que significa "Dios ayuda". El hambre y la enfermedad le hacen yacer a la puerta del rico, en espera (v.21) de lo que cae descuidadamente de la mesa puesta. Hasta los perros le muestran piedad, pero eso pasa desapercibido para el rico.

         La vida humana acaba. Y Jesús levanta el telón del tiempo para mostrarnos otro banquete, el eterno predicho por los profetas. Los ángeles llevan a este banquete a Lázaro hasta el puesto de honor, lo recuestan cerca del patrón de la casa y ponen su cabeza vuelta hacia su pecho (v.22), para que goce de los bienes de la salvación.

         La suerte del rico es precisamente la contraria, y solamente ahora, entre los tormentos infernales, ve a Lázaro y osa pedir por su mediación un mínimo alivio al ardor que devora su paladar (v.24). Sin embargo, las opciones de la vida presente hacen definitiva e inmutable la condición eterna (v.26).

         No obstante, ni siquiera un milagro como la resurrección de un muerto (dice Jesús, aludiendo a sí mismo) podría ablandar la dureza del corazón, del que hace oídos sordos a lo que el Señor dice incesantemente por medio de las Escrituras (vv.27-31).

         Ni una palabra contra Dios, ni contra los hombres. Ni rebelión, ni envidia, ni crítica. La muerte es liberadora, llega como amiga y cambia los escenario. Lázaro, el despreciado, es acogido por los ángeles y santos en el seno de Abraham, y una belleza sobrenatural emana de su rostro.

         Jesús se hizo como ese Lázaro, al despojarse de su rango y hacerse pobre para enriquecernos a los demás. Y su amor y humillación voluntaria fue la que cerró ese insondable abismo que separaba la tierra del cielo. Ahora, a cada hora, él se sienta a la puerta de nuestro corazón y llama.

Meditatio

         La palabra de Dios de hoy presenta a nuestros ojos un cuadro de imágenes sencillísimas, de vivos colores, sin matices. Su mismo estilo es ya una enseñanza, y nos lleva a buscar sinceramente lo esencial. Y su temática va a lo fundamental: que el hombre decide en el tiempo su destino eterno (vida o muerte), sin que exista otra posibilidad.

         Quien confía en sí mismo y, en una felicidad ciega, es incapaz de percibir al mendigo sentado a su puerta, sin duda que caerá por el precipicio de la muerte. Quien confía en Dios, se reconoce dependiente y percibe su amor compasivo, sin duda que llevará en su corazón un germen de eternidad, y florecerá en la felicidad futura.

         ¿Cómo aprender a no confiar en nosotros mismos? Ni Jeremías ni Jesús lo explican con teorías, sino que utilizan imágenes (la de un árbol, la de un mendigo). Y si no, fijemos la mirada en Lázaro. El silencio parece ser el rasgo principal de su rostro, probado duramente a lo largo de la vida, olvidado por los que esperaba ayuda.

Oratio

         Señor Jesús, tú nos conoces hasta el fondo y sabes dónde ponemos nuestra confianza. Líbranos de los proyectos mezquinos que nos proporcionan falsas seguridades, y ábrenos a horizontes de vida eterna. Tú ves nuestro corazón, y sabes con qué cosas se sacia y de qué tiene hambre.

         Quítanos todo lo que nos estorba, lo que nos encierra en el palacio de nuestro egoísmo, de nuestro orgullo, de nuestra vanidad de tener o de saber. Quítanos toda aquello que nos hace indiferentes, insensibles a tantos hermanos sentados a nuestra puerta y privados de lo que realmente necesitan (de casa, de pan, de instrucción, de salud, de cuidados, de amor, de esperanza).

         Haznos capaces de compartir todo lo que recibimos de tus manos (pan espiritual y pan material), para encontrarnos allí donde tú has querido venir a vivir en medio de nosotros. Tú eras rico y te hiciste pobre, y con ello has enriquecido y hecho gozosa nuestra pobreza.

Contemplatio

         Extiende tus manos, padre Abraham. Hazlo una vez más, oh Padre, y con ellas acoge al pobre. Ensancha tu seno para que quepa un número cada vez mayor. De ser así, estaremos con los que descansan en el reino de Dios junto con Abraham, Isaac y Jacob, y entre los invitados a la cena que no buscaron excusas.

         Iremos allí donde se encuentra el paraíso de las delicias, donde Adán tropezó con los ladrones y no tiene ya motivo para llorar por sus heridas. Allí donde el mismo ladrón se alegra por haber entrado a formar parte del Reino de los Cielos. Allí donde no existen ni huracanes, ni tinieblas, ni tarde, donde ni el verano ni el invierno cambiarán el curso de las estaciones.

         Iremos allí donde no hace frío, ni cae granizo o lluvia, ni necesitaremos este sol o esta luna, ni brillarán las estrellas. Allí sólo lucirá el fulgor de la gracia de Dios, puesto que el Señor será la luz de todos, y la luz verdadera que alumbra a todo hombre resplandecerá sobre todos. Iremos allí donde el Señor Jesús ha preparado moradas para sus siervos (cf. San Ambrosio, El Bien de la Muerte, XII, 53).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Dichosos los invitados a la mesa del Señor" (de la liturgia).

Conclusio

         Quien sabe olvidarse y perderse en la ofrenda de sí mismo, y sacrificar gratuitamente su corazón, es un hombre perfecto. En el lenguaje bíblico, poderse darse y entregarse, o hacerse pobre, significa estar cerca de Dios y encontrar la propia vida escondida en Dios. En una palabra, esto es el cielo. Por el contrario, girar sólo alrededor de uno mismo, así como atrincherarse y sentirse fuerte, significa condenación e infierno.

         El hombre puede encontrarse a sí mismo, y llegar a ser verdaderamente hombre atravesando el dintel de la pobreza de un corazón sacrificado. Este sacrificio no es un vago misticismo que hace perder consistencia al mundo y al hombre, sino una toma de consideración del hombre y del mundo. Dios mismo se ha acercado a nosotros como hermano y se ha hecho prójimo, como otro hombre cualquiera.

         El amor al prójimo no es algo distinto del amor a Dios, sino su dimensión práctica. Por eso, ambas realidades son esencialmente una sola. Así queda garantizado nuestro espíritu de pobreza, nuestra disposición a la donación y al sacrificio desinteresado, por el que actualizamos nuestro ser humanos, siempre y necesariamente en relación con el hermano más próximo.

         Dichoso el hombre que se ha puesto al servicio del hermano y hace suyas las necesidades de los demás. Y desdichado el hombre que, con su rechazo egoísta del hermano, se ha cavado un abismo tenebroso que lo separa de la luz, del amor y de la comunión. El hombre que solamente ha deseado ser rico, tendrá a los demás por meros enemigos, y acabará cavando su propio infierno.

         En el sacrificio que se olvida totalmente de sí, y en la donación total al otro, es donde se abre y se revela la profundidad del misterio infinito. En el otro, el hombre llega contemporáneamente y realmente a Dios (cf. Metz, J. B; Pobreza de Espíritu, Brescia 1968, pp. 42-45).

 Act: 05/03/26     @tiempo de cuaresma         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A