16 de Abril

Jueves II de Pascua

Equipo de Liturgia
Mercabá, 16 abril 2026

Lectio

En aquellos días, 27 los guardias hicieron entrar a los apóstoles para que comparecieran ante el Sanedrín, y el sumo sacerdote les preguntó: 28 "¿No os prohibimos terminantemente enseñar en nombre de ése? Sin embargo, habéis llenado Jerusalén con vuestras enseñanzas y queréis hacernos responsables de la muerte de ese hombre". 29 Pedro y los apóstoles respondieron: "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. 30 El Dios de nuestros antepasados ha resucitado a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándolo de un madero. 31 Dios lo ha exaltado a su derecha como príncipe y salvador para dar a Israel la ocasión de arrepentirse y de alcanzar el perdón de los pecados. 32 Nosotros y el Espíritu Santo que Dios ha dado a los que le obedecen somos testigos de todo esto". 33 Ellos, enfurecidos por tales palabras, querían matarlos (Hch 5,27-33).

         Estamos en el 4º discurso de Pedro, también delante del Sanedrín. En él responde a la doble acusación de haber desobedecido la prohibición terminante de "enseñar en nombre de ése" y "hacer a los notables responsables de la muerte de Jesús". En concreto, es preciso señalar la alergia del Sanedrín hacia "el nombre de ése", nombre en torno al cual se está llevando a cabo el giro decisivo.

         Las características de este breve discurso pueden ser resumidas de este modo. En 1º lugar, Pedro reafirma el deber de someterse a Dios antes que a los hombres, porque sólo a quien se somete a Dios se le concede el Espíritu Santo (v.32). En 2º lugar, a Jesús se le vuelve a llamar, una vez más, príncipe (lit. iniciador) y salvador, como nuevo Moisés que guía al pueblo hacia la liberación y la salvación.

         En 3º lugar, la obra propia y originaria de este Príncipe y Salvador consiste en "dar a Israel la ocasión de arrepentirse y de alcanzar el perdón de los pecados". Se trata de una alusión a aquel oráculo de Jeremías que decía: "Pondré mi ley en su interior y la escribiré en sus corazones, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo" (Jer 31,33). Gracias a Jesús, príncipe y salvador, han llegado los tiempos de este don sublime. 

         En 4º lugar, el Espíritu Santo es el garante de la autenticidad del testimonio, tanto en favor de la vida nueva como de la certeza y el valor que infunde y de los prodigios que realiza.

         La reacción de rabia del Sanedrín es preocupante, pues tras la eliminación física del Nazareno, se piensa también ahora en la eliminación de los apóstoles.

En aquel tiempo, 31 dijo Jesús a Nicodemo: "El que viene de lo alto está sobre todos. El que tiene su origen en la tierra es terreno y habla de las cosas de la tierra; el que viene del cielo 32 da testimonio de lo que ha visto y oído; sin embargo, nadie acepta su testimonio. 33 El que acepta su testimonio reconoce que Dios dice la verdad, 34 porque cuando habla aquel a quien Dios ha enviado, es Dios mismo quien habla, ya que Dios le ha comunicado plenamente su Espíritu. 35 El Padre ama al Hijo y le ha confiado todo. 36 El que cree en el Hijo tiene la vida eterna, pero quien no lo acepta no tendrá esa vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él" (Jn 3,31-36).

         La perícopa con que concluye Jn 3 recoge en una síntesis la reflexión del evangelista, expresada con una sucesión de dichos de Jesús muy estimados por la Iglesia joanea. El tema central sigue siendo la figura de Jesús, único revelador del Padre y dador de vida eterna a través del Espíritu. El discípulo está invitado por la palabra de Dios a comprobar su propia relación con Jesús.

         Esto se lleva a cabo a la luz del ejemplo del Bautista, que renunció a sí mismo y se abrió con alegría a Cristo ("el que viene de lo alto"; v.31a) por pertenecer al mundo divino y ser superior a todos los hombres.

         El hombre, aun cuando sea un gran profeta como el Bautista, es terreno (v.31b) y sigue siendo un ser limitado. En consecuencia, sólo Jesús puede hablar de Dios al hombre por experiencia directa. Ahora bien, incluso ante estas palabras de vida eterna que revela Jesús, se niegan los hombres a creer.

         Con todo, existe un resto que vive de la fe. Son los creyentes que confiesan que "Dios dice la verdad" (v.33). Su fe es la que confirma que el obrar de Jesús forma unidad con el del Padre. Ahora bien, Cristo no es sólo la revelación de la palabra de Dios, sino que es la Palabra misma. Es "Espíritu y vida" (Jn 6,63).

         Esta realidad profunda del ser de Jesús hace que no sólo sea el que recibe todo del Padre, sino también el que transmite a su vez cuanto posee. Es el canal a través de cual se da el Espíritu.

         ¿Cómo comunica Jesús este don? En 1º lugar, a través de su palabra, cuando se deja que ella penetre en el interior del hombre. Y también a través del Espíritu de Dios, de una manera sobreabundante. Las palabras de Jesús y el Espíritu de Dios están en perfecta correspondencia.

Meditatio

         Todos los discursos de Pedro concluyen con la promesa de la remisión de los pecados para aquellos que se conviertan. La obra de Jesús se presenta aquí como la del iniciador y salvador destinado a dar a Israel la gracia de la conversión y la remisión de los pecados.

         Esto nos hace pensar, pues ¿por qué este tema está desapareciendo de la predicación y de la conciencia de no pocos cristianos?

         Presentar la salvación como perdón de los pecados está, por lo menos, fuera de moda. No se usa mucho. Sin embargo, para quien tiene el sentido de Dios, y se da cuenta de la importancia decisiva que tiene estar en comunión con él, y siente la experiencia de la tragedia que supone estar lejos de él, y se toma en serio el hecho de que lo que cuenta es estar en amistad y en comunión con Dios... el perdón de los pecados se presenta como el hecho decisivo de la vida.

         ¿Quién no es pecador? ¿Quién no tiene necesidad de perdón? ¿Quién es más salvador que aquel que, al perdonar, restablece la amistad con Dios? Presentar la obra de Jesús como ligada al perdón de los pecados, significa presentarla como la de alguien que restablece la comunión filial con Dios. Ése es el inicio de cualquier otro bien mesiánico.

         ¿Qué se puede construir sin este fundamento? Sobre todo, muchas realidades falsas, como estar lejos de Dios, sentirnos no aceptados por él, sentirnos ajenos a nuestro origen y a nuestro fin.

         ¿Se puede llamar a esto vida? Creemos que no, y por eso anuncia Pedro a Jesús como alguien que ha sido exaltado por Dios para restablecer la amistad entre el angustiado corazón del hombre y el ardiente corazón del Padre.

Oratio

         Te doy gracias, Señor, por haber hecho que me encontrara hoy con esta Palabra que me recuerda el don del perdón de los pecados. Me olvido demasiado pronto de las veces que me has perdonado, de la alegría de sentirme reconciliado por ti y contigo.

         En el intento de actualizar la palabra salvación, para hacerla comprensible y aceptable por los otros (que yo considero distraídos por las excesivas cosas de este mundo), corro el riesgo de olvidarme que la salvación, si bien se refleja en este mundo, fundamentalmente consiste en estar en comunión contigo, Señor. Para nosotros, pecadores, eso incluye y presupone que tú perdonas nuestros pecados.

         Señor, ilumíname para que sepa hablar de tu salvación en términos comprensibles, y al mismo tiempo no me olvide del núcleo insustituible de esta realidad, que es estar unido contigo. Haz, sobre todo, que no pierda la esperanza de tenerte como amigo benévolo cuando, oprimido por mis culpas, me dirija tembloroso a ti. Muéstrame tu rostro benigno de salvador, y dame tu Espíritu "para el perdón de los pecados".

Contemplatio

         El vigor de la conversión es el ardor de la caridad derramada en nuestros corazones con la visita del Espíritu Santo. Está escrito de este mismo Espíritu que es "el perdón de los pecados".

         En efecto, cuando se digna visitar el corazón de los justos, el Espíritu Santo los purifica de toda la impureza de sus pecados. Apenas se derrama en el alma, suscita en ella de manera inefable el odio a los pecados y el amor a las virtudes.

         El Espíritu Santo hace que el alma odie de inmediato lo que amaba, ame ardientemente aquello por lo que sentía horror y gima intensamente por lo uno y lo otro, al acordarse de haber amado (para su condena) el mal y odiado el bien que ama.

         En efecto, ¿quién se atreverá a decir que un hombre, aunque esté cargado con el peso de todo tipo de pecados, pueda perecer si es visitado por la gracia del Espíritu Santo? (cf. Gregorio Magno, Comentario de I Reyes, II, 107).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Bienaventurado el hombre que se refugia en el Señor" (cf. Sal 2,12).

Conclusio

         ¿De qué modo trabajamos para la reconciliación? En 1º lugar, reivindicando para nosotros mismos el hecho de que Dios nos ha reconciliado consigo en Cristo. No obstante, no basta con creer esto con nuestra cabeza, sino que debemos dejar que la verdad de esta reconciliación penetre en todos los rincones de nuestro ser.

         Hasta que no estemos plena y absolutamente convencidos que hemos sido reconciliados con Dios, y estamos perdonados, y hemos recibido un corazón nuevo, y un espíritu nuevo, y unos ojos nuevos, y unos nuevos oídos, continuaremos creando divisiones entre la gente, porque esperaremos un poder de curación que no poseemos.

         Sólo cuando confiemos plenamente en el hecho de pertenecer a Dios, y encontremos en nuestra relación con Dios todo lo que necesitamos, podremos ser libres de verdad en este mundo, y ministros de la reconciliación.

         Esto es algo que no resulta fácil, porque muy pronto volvemos a caer en la duda y en el rechazo de nosotros mismos. Por ello, necesitamos que se nos recuerde constantemente, a través de la palabra de Dios, y de los sacramentos del amor al prójimo, que estamos reconciliados de verdad (cf. Nouwen, H; Pan para el Viaje, Brescia 1997, p. 385).

 Act: 16/04/26     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A