19 de Enero

Lunes II Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 19 enero 2026

Lectio

En aquellos días, 16 Samuel dijo a Saúl: "Deja que te diga lo que el Señor me ha dicho esta noche". Él le dijo: "Habla". 17 Continuó Samuel: "¿No es cierto que, a pesar de considerarte a ti mismo insignificante, eres el jefe de todas las tribus de Israel, y que el Señor te ungió rey de Israel? 18 El Señor te mandó a esta expedición diciéndote: Vete y consagra al exterminio a esos pecadores amalecitas, y hazles la guerra hasta acabar con ellos. 19 ¿Por qué no has obedecido la orden del Señor? ¿Por qué te has lanzado sobre el botín, haciendo lo que desagrada al Señor?". 20 Respondió Saúl: "Yo he obedecido la orden del Señor". Fui a la expedición a la que él me mandó, traje a Agag, rey de Amalec, y consagré al exterminio a los amalecitas. 21 La gente reservó del botín tan sólo las ovejas y vacas, las primicias de lo consagrado al exterminio, para ofrecérselo en sacrificio al Señor, tu Dios, en Guigal". 22 Samuel respondió: "¿Acaso no se complace más el Señor en la obediencia a su palabra que en holocaustos y sacrificios? La obediencia vale más que el sacrificio, y la docilidad más que la grasa de carnero. 23 La rebeldía es un pecado de superstición, y la arrogancia un crimen de idolatría. Por haber rechazado la palabra del Señor, él te rechaza a ti como rey" (1Sm 15,16-23).

         El episodio aquí narrado revela la orientación última del corazón de Saúl: conservar el reino siguiendo la lógica de las conveniencias políticas, antes que obedecer al Señor y hacer depender su vida de su elección.

         Saúl, reprendido por el profeta, disimula la culpa cometida levantando una polvareda de pretextos, justo lo contrario de lo que hará David (que confesará abiertamente su pecado).

         El elemento más digno de destacar en el relato figura en la declaración de Samuel, cuando afirma que "la obediencia vale más que el sacrificio".

         Se trata ésta última de una conquista relevante del pensamiento religioso, que pasa a valorar más la experiencia vivida que los actos de culto (que pueden estar disociados de la práctica de la fe-) y da más relieve a la actitud interior de la persona que a los actos externos. La obediencia, vivida con amor, será el elemento que caracterice la ofrenda sacerdotal y existencial de Jesús.

18 Un día en que los discípulos de Juan y los fariseos ayunaban, fueron a decir a Jesús: "¿Por qué los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan, y los tuyos no?". 19 Jesús les contestó: "¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Mientras el novio está con ellos, no tiene sentido que ayunen. 20 Llegará un día en que el novio les será arrebatado. Entonces ayunarán. 21 Nadie cose un remiendo de paño nuevo en un vestido viejo, porque lo añadido tirará de él, lo nuevo de lo viejo, y el rasgón se hará mayor. 22 Nadie echa tampoco vino nuevo en odres viejos, porque el vino reventará los odres y se perderán vino y odres. El vino nuevo necesita odres nuevos" (Mc 2,18-22).

         El ayuno no está valorado como una práctica en sí misma, sino en relación con el significado que puede adquirir dentro del contexto de referencia en que se practica. Los discípulos de Juan el Bautista ayunaban para prepararse ante la llegada inminente del juicio divino.

         El pueblo se abstenía de tomar alimento el Día de la Expiación (Yom Kippur) y el día en que se recordaba la destrucción del templo, con el fin de conservarlos en la memoria.

         El espíritu religioso que inducía a practicar el ayuno, como es el caso de los fariseos, impulsa a Jesús a suspenderlo, realizando así un signo profético voluntariamente provocador. Dado que él mismo introduce en el mundo el tiempo glorioso de las nupcias entre Dios (el esposo) y su pueblo (la esposa), no tiene sentido reiterar un signo que recuerda el luto. El signo que conviene aquí, por el contrario, es el del banquete alegre.

         El ayuno, estrictamente ligado a poner de relieve la fortuna de la presencia de Jesús, fue restablecido por la Iglesia, en su curso la confrontación dolorosa con las fuerzas del mal, que además estalló justo cuando el Esposo les fue arrebatado.

         Las afirmaciones posteriores, sobre el vestido y el vino, nos invitan a comprender la novedad introducida por Jesús en el evangelio, y confirman el signo de la suspensión del ayuno.

Meditatio

         La palabra del Señor nos pone hoy en guardia sobre la forma de administrar la relación religiosa con Dios, según nuestras necesidades particulares. De hecho, es el propio Jesús el que nos pide protegernos del radicalismo, y no descolocarnos. También nos pone en guardia sobre el uso del culto como mampara, para poner al descubierto una presunta santidad personal.

         El Señor nos recuerda hoy, de manera inequívoca, que la relación con él sólo es auténtica cuando se modula sobre la obediencia. Ésa es la única seguridad, y la única santidad por él querida.

         Obedecer a Dios significa estar con el corazón y la mente abiertos, dispuestos a vibrar con todo soplo del Espíritu, prefiriendo a éste a nuestro sentido común. Significa estar disponibles a comprobar la inconsistencia de nuestras formas exteriores y habituales de fe, para adentrarnos por el camino de la autenticidad.

         Dios se entrega del todo, de modo imprevisible y sorprendente. ¿Somos capaces nosotros de mostrarnos acogedores, y dispuestos a adherirnos a su novedad?

Oratio

         Señor Jesús, tú que fuiste obediente en todo al Padre, enséñame a no buscar mi voluntad sino la suya. Hazme comprender que eso no significa abdicar de mi capacidad de elección, sino vivir con libertad y gratuidad el don que soy.

         Me resulta fácil, Señor, encontrarme a mis anchas en la lógica, incluso religiosa, que me he construido yo mismo, y considerar como hereje a quien no la sigue.

         Que yo madure, Señor, al calor de tu Espíritu, y también lo haga la inteligencia de mi corazón. Que no me encierre en mis razonables certezas, y me abra a las exigencias de tu palabra y su inagotable novedad.

Contemplatio

         Los sabios y las grandes personalidades suelen ponen su cabeza, con humildad, bajo el yugo de la obediencia. En cambio, los tontos se la sacuden y se resisten a obedecer.

         Por mi parte, yo considero más importante obedecer a quien está por encima de mí, por amor a Dios, que obedecer al Creador mismo, aunque éste anunciara directamente a alguien su voluntad.

         Los que dicen pretender seguir la vía de la perfección, y no ponen su cabeza bajo el yugo de la obediencia, dan signos de que, en el fondo de su alma, esconden una gran soberbia (cf. San Egidio de Asís, Refranes, Milán 1964, p. 128).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "La obediencia vale más que el sacrificio" (1Sm 15,22).

Conclusio

         El Señor no viene a limitarnos ni despojarnos, sino a que nos adhiramos a él para poder crecer. Revelándose como el Dios que ama, él invita a nuestra libre voluntad a que dé una respuesta obediente de fe.

         El espíritu filial que anida en nosotros nos hace capaces de invocar al Padre, y de obedecerle. Si en algunas ocasiones nos mostramos como niños caprichosos, no ha de asaltarnos ningún temor, porque el Padre sabe mostrarse paciente y corregir con amor. Él acepta cualquier pizca de buena voluntad, pero no la naturaleza indisciplinada y esquiva.

         A través de los acontecimientos de nuestra vida cotidiana, se entreteje la voluntad de Dios como una tela. Es preciso que esta tela no tenga desgarros. Si los hay, y mucho más en nombre de Dios, éste es el remedio: la penitencia, y el sacramento de la reconciliación.

         ¿Cómo distinguir la voluntad de Dios de la nuestra? La experiencia de los que nos han precedido nos enseñan que la voluntad de Dios requiere un impregnado de renuncia y sufrimiento, capaz de superar nuestras propias inclinaciones, nuestra propia razón y nuestras propias capacidades.

         Este paso de la desobediencia a la obediencia se surte en la oscuridad, e incluso en la aridez o la repulsa. Con todo, ofrece la alegría y serenidad de haber seguido libremente la voluntad de Dios, antes que la nuestra (cf. Canopi, A. M; Si, Padre, Milán 1999, pp. 69.77).

 Act: 19/01/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A