3 de Febrero

Martes IV Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 3 febrero 2026

Lectio

En aquellos días, 9 Absalón se encontró frente a frente con los hombres de David. Iba montado en un mulo, y al pasar por debajo de las ramas de una gran encina, su cabeza se enredó en las ramas de la encina y quedó colgando en el aire, mientras el mulo que montaba continuó adelante. 10 Le vio uno y se lo fue a decir a Joab: "He visto a Absalón colgando de una encina". 14 Dijo Joab: "No quiero perder el tiempo discutiendo contigo". Y tomando tres flechas, las clavó en el corazón de Absalón, que estaba aún vivo colgado de la encina. 24 David estaba sentado entre las dos puertas de entrada. El centinela, que estaba en la terraza que hay a la entrada, por encima de la muralla, miró, y al ver que un hombre que venía corriendo solo, 25 gritó para anunciárselo al rey. 30 El rey dijo: "Retírate y quédate aquí". Él se retiró a un lado, y se quedó allí. 31 Entonces llegó el cusita y dijo: "Traigo buenas noticias para el rey, mi señor. El Señor te ha hecho justicia librándote de todos los que se habían sublevado contra ti". 32 El rey preguntó al cusita: "¿Está bien el joven Absalón?". El cusita contestó: "¡Que corran la suerte de ese joven los enemigos del rey, mi señor, y todos los que se han sublevado contra ti para hacerte daño!". 1 El rey se estremeció y, subiendo a la habitación que hay encima de la entrada de la ciudad, se echó a llorar, diciendo entre sollozos: "¡Hijo mío, Absalón! ¡Hijo mío, hijo mío, Absalón! ¡Ojalá hubiera muerto yo en tu lugar, Absalón, hijo mío, hijo mío!". 2 Informaron a Joab de que el rey lloraba y se lamentaba por Absalón, 3 y aquel día la victoria se cambió en luto para toda la tropa, porque oyeron decir que el rey estaba afligido por su hijo. 4 Aquel día la tropa entró a escondidas en la ciudad, como entran los que vuelven avergonzados por haber huido en la batalla (2Sm 18,9-10.14.24-25.30-19,4).

         El reinado de David se vio afligido en su ocaso por la rebelión de su hijo Absalón, en la que tuvo que intervenir el ejército. El rey había ordenado respetar la vida de su hijo, mas el joven, en su huida, quedó colgado entre las ramas de un árbol. En esa situación el general Joab lo cazó y asesinó, creyéndose con ello ganar el favor del rey (por haber eliminado al usurpador).

         El relato, del que la liturgia sólo lee hoy algunos fragmentos, es intensamente dramático. El rey espera con ansias las noticias de la batalla, dividido entre el deseo de la victoria y la angustia por la suerte de su hijo (vv.24-27). Por su parte, los criados le comunican las buenas noticias, fingiendo ignorar el fin de Absalón (vv.28-31).

         El drama estalla cuando, ante la pregunta explícita de David ("¿está bien el joven Absalón?"), no queda escapatoria, y es preciso revelarle que su hijo ha muerto. Estalla entonces el dolor del rey. El hijo muerto ya no es un enemigo y un rival, sino sólo un muchacho. La exultación por la victoria se transforma en luto, y el pueblo siente vergüenza como por una derrota (vv.1-4).

En aquel tiempo, 21 al regresar Jesús, mucha gente se aglomeró junto a él a la orilla del lago. 22 Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se echó a sus pies 23 y le suplicó con insistencia, diciendo: "Mi niña está agonizando. Ven a poner las manos sobre ella, para que se cure y viva". 24 Jesús se fue con él. Mucha gente lo seguía y lo estrujaba. 25 Una mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años, 26 y que había sufrido mucho con los médicos, y había gastado todo lo que tenía sin provecho alguno, yendo más bien a peor, 27 oyó hablar de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto, 28 pues se decía: "Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, quedaré curada". 29 Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias, y ella sintió que estaba curada del mal. 30 Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se volvió en medio de la gente y preguntó: "¿Quién ha tocado mi ropa?". 31 Sus discípulos le replicaron: "Ves que la gente te está estrujando y ¿preguntas quién te ha tocado?". 32 Pero él miraba alrededor a ver si descubría a la que lo había hecho. 33 La mujer, asustada y temblorosa, y sabiendo lo que le había pasado, se acercó, se postró ante él y le contó toda la verdad. 34 Jesús le dijo: "Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu mal". 35 Todavía estaba hablando cuando llegaron unos de casa del jefe de la sinagoga diciendo: "Tu hija ha muerto, no sigas molestando al maestro". 36 Jesús, que oyó la noticia, dijo al jefe de la sinagoga: "No temas, basta con que tengas fe". 37 Y sólo permitió que le acompañaran Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. 38 Llegaron a casa del jefe de la sinagoga. Al ver el alboroto, a unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos, 39 Jesús entró y les dijo: "¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto, está dormida". 40 Ellos se burlaban de él. Entonces Jesús echó fuera a todos, tomó consigo al padre de la niña, a la madre y a los que le acompañaban, y entró donde estaba la niña. 41 La tomó de la mano y le dijo: "Talitha kum", que significa: "Niña, a ti te hablo, levántate". 42 La niña se levantó al instante y echó a andar, pues tenía doce años. Ellos se quedaron atónitos, 43 y él les insistió en que nadie se enterase de aquello, y que dieran de comer a la niña (Mc 5,21-43).

         El pasaje actual forma parte de la sección de los milagros, que va de Mc 4,35 a Mc 6,6. Dos episodios, al parecer independientes, han sido encajados de tal modo que se resaltan con habilidad tanto las diferencias como los puntos de contacto. El versículo inicial (v.21) conecta el relato con la sección de las parábolas, cuando dice que Jesús "regresó a la otra orilla del lago" tras una excursión a territorio pagano.

         El episodio de la hija de Jairo (vv.22-24.35-43) presenta, en la 1ª parte, la súplica del padre y la pronta disponibilidad de Jesús. El relato queda, a continuación, bruscamente interrumpido por la inserción de un nuevo personaje y de su historia (vv.25-28).

         Resalta el contraste entre Jairo (hombre influyente, que implora a Jesús delante de todos) y la mujer anónima (que se le acerca de modo furtivo, escondida entre la gente). Sin embargo, son iguales su confianza en Jesús y la inmediata respuesta del mismo.

         El milagro de la hemorroísa tiene lugar en 2 tiempos, el 1º en secreto (en que sólo la mujer y Jesús se dan cuenta del prodigio) y el 2º en público, tras la pregunta de Jesús y el estupor de los discípulos. Este doble movimiento provoca un nuevo prodigio: que la mujer hable, salga de sí misma y entre en relación con otra persona (Jesús). No ha sido curada simplemente de la enfermedad (v.29), sino que ha sido salvada (v.34).

         Sin solución de continuidad, Marcos reemprende el relato, y entra en la 2ª parte del mismo. Se precipita el drama, pues la niña ha muerto y la intervención del taumaturgo parece inútil (v.35). Sin embargo, Jesús da un vuelco a la situación, y afirma que "no está muerta, sino dormida".

         La actitud del Maestro es completamente distinta para cada personaje. La mujer se le había acercado en secreto, y él la había impulsado a mostrarse ante todos. Jairo le ha rogado en público, y Jesús deja a la gente fuera de la estancia, ordenando no decir nada de lo sucedido.

Meditatio

         Son muchas y diferentes las formas en que las personas se dirigen, en el evangelio, a Jesús. Son diferentes también, aunque al mismo tiempo semejantes, sus respuestas. A veces da la impresión de que no quiere escuchar, y el que lo invoca debe insistir bastante tiempo. Otras veces, incluso previene la petición.

         Jairo es un hombre que ocupa un lugar de prestigio en la sociedad, y no vacila en implorar humildemente la ayuda de un rabino. La hemorroísa, en cambio, tiene vergüenza, porque su enfermedad la excluía del contacto con los otros y teme una nueva decepción, después de haber padecido tantas.

         Jesús escucha a ambos con prontitud, pues para él no existe una técnica para obtener el milagro, que excluya a otras. Para él basta con la fe, de cualquier forma que se exprese.

         Sin embargo, hay algo que va más allá del milagro. La mujer se ve como obligada a mostrarse. Jesús quiere mostrar tal vez que ninguna enfermedad, ninguna condición humana, puede ser considerada infamante, con tal de que se confíe en él. Jairo, a su vez, con su familia, se ve como llamado a la sobriedad y a la discreción: sólo unos pocos discípulos asisten a la resurrección de la niña y, sobre todo, no tienen que dar publicidad al hecho.

         Es posible que Jesús quiera mostrar una atención a los pequeños, un respeto hacia los sentimientos de la niña que podían quedar desatendidos en ese momento. Es preciso desviar la curiosidad morbosa de la gente de la personalidad en formación de una niña de 12 años; es menester volver a introducir lo más pronto posible a la pequeña en la normalidad: dadle de comer.

         ¡Cuánto hemos de aprender hoy, trastornados como estamos por el bombardeo obsesivo de las telecrónicas del corazón que ninguna ley sobre la privacidad consigue frenar!

Oratio

         Señor, pon en mis labios la invocación silenciosa de la mujer enferma. Pon en mi corazón su confianza, pues basta con tocar tu manto para curar.

         Concédeme, Señor, la humildad de Jairo. Por culpa de mi orgullo, no sé pedir ayuda, no soy capaz de reconocer que necesito a los demás.

         Escucha, Señor, las palabras que no sé decirte. Tú sabes mejor que yo lo que me ocurre. No me dejes vagar de un sitio a otro, donde no pueda encontrar socorro.

         Haz, Señor, que no busque grandes cosas, sino sólo la paz de tu reino. Aleja de mí el deseo de lo que no es esencial y condúceme en lo secreto del corazón a buscar sólo tu proximidad. Señor, enséñame a rogarte.

Contemplatio

         Antes de que la palabra evangélica revele el misterio del significado, quisiera detenerme un poco en los sufrimientos afrontados y soportados por los padres a causa del afecto y del amor que sienten por sus hijos.

         Es peor aún el día de la muerte, cuando son los hijos quienes les preceden. El archisinagogo creyó en Dios, dado que pidió que la misma mano por quien sabía que había sido creada su hija la vuelva a crear y la restituya a la vida.

         La lectura de hoy ha recogido todo lo que es propio de la esperanza, y ha excluido cualquier cosa que tenga que ver con la desesperación. Como el aire se convierte en torbellino, así estaba turbada la mujer por tempestades de pensamientos. Luchaban la fe con la razón, la esperanza con el temor, la necesidad con el pudor.

         Así pues, con semejante estado de ánimo, llegó merecidamente la mujer del extremo de un pedazo de tela a la plenitud de la divinidad de Jesús. Esta mujer, mostrándonos que hay algo muy grande en el borde del manto de Cristo, nos ha enseñado lo que vale el Cuerpo de Cristo.

         Escuchen los cristianos, que tocan cada día el cuerpo de Cristo, qué medicina pueden recibir del mismo cuerpo, si una mujer obtuvo toda la salud con sólo tocar el borde del manto de Cristo (cf. Pedro Crisólogo, Homilías, Roma 1990, pp. 109-117).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, quedaré curada" (Mc 5,28).

Conclusio

         Muchas personas pasan por la misma experiencia de la mujer que sufría hemorragias. Se han agotado, su fuerza vital se ha consumido, han gastado todo su patrimonio sólo para ganarse la simpatía el reconocimiento, el amor y la estima. Sin embargo, su condición se vuelve cada vez peor. Todo este dispendio de dinero no les ha permitido encontrar una amistad verdadera. No se puede comprar nuestro propio valor con dinero.

         Puesto que Jesús desprendía confianza, amor y simpatía, esta mujer consiguió encontrar el coraje necesario para decir toda la verdad. No podemos arrancar la verdad adoptando metodologías de diálogo, sino sólo si hemos creado una atmósfera de amor y confianza.

         "Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu mal". Aquí se ha instaurado una relación verdadera. Jesús le desea la paz a la mujer y le da la esperanza de estar curada de su enfermedad. La mujer, tras haber experimentado su valor a través del encuentro, ya no puede sangrar. Al entrar en contacto con este hombre que la acepta sin reservas, se detiene su flujo de sangre, ya no tiene necesidad de continuar consumiéndose para ser aceptada y amada.

         Frente a la hemorroísa, no puedo dejar de pensar en las muchas personas que se sacrifican por los otros, aunque lo hagan de manera inconsciente y por una necesidad de tranquilidad o reconocimiento. A fin de cuentas, ponen su patrimonio a disposición de los otros, dan su dinero para beneficencia y lo gastan todo.

         Este tipo de generosidad no se traduce en una mayor interioridad y libertad, pues sigue manteniendo la vaciedad y el agostamiento. Ellos lo han entregado todo, y ahora nadie les tiene en consideración, y por eso están vacíos y agotados. En definitiva, su sacrificio no estaba dictado por un amor verdadero, sino por un deseo de gratificación o el deseo de ser alguien.

         No es posible curar a estas personas pretendiendo aún más de ellas, mayores sacrificios, mayor compromiso en favor de la familia. En su encuentro con nosotros deben advertir ante todo que valen simplemente por lo que son. En este encuentro deben tocar a un ser humano, de suerte que fluya la energía, que experimenten el flujo vital. Si el encuentro tiene lugar simplemente entre seres humanos, no hay necesidad de hacerse más interesante aportando problemas; las dificultades se trasladan a un nivel razonable.

         En este fragmento Marcos no sólo habla de la mujer que padece hemorragias (y que, al encontrarse con Jesús, encuentra estima y simpatía), sino que se habla también de la hija de Jairo. Jesús cura a esta muchacha, que se había ido extinguiendo cada vez más hasta yacer inmóvil y rígida como muerta en el lecho, cogiéndole la mano y ordenándole que se levante.

         Una vez levantada la niña, Jesús no continúa reteniéndole la mano, sino que la deja ir, y que encuentre su camino. Además, Jesús ordena que le den de comer. Comer es, bajo ciertos aspectos, un signo de sociabilidad. La muchacha es de nuevo capaz de entrar en la vida social.

         Este relato nos dice que no debemos atar a nosotros a las personas con un cuidado excesivo que no les permita crecer en libertad. No debemos tener a una persona de la mano durante toda la vida, pues la haríamos permanecer en su enfermedad. Debemos reforzar su vitalidad y enseñarle a dar por sí sola los pasos necesarios (cf. Grun, A; Riqueza de la Vida, Brescia 2000, pp. 46-49).

 Act: 03/02/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A