21 de Marzo

Sábado IV de Cuaresma

Equipo de Liturgia
Mercabá, 21 marzo 2026

Lectio

Dijo Jeremías: Tú, Señor todopoderoso, me lo hiciste saber y comprendí. Me hiciste descubrir sus maquinaciones. Yo era como un cordero manso llevado al matadero, y no sabía lo que tramaban contra mí, a forma de: ¡Destruyamos el árbol cuando aún tiene savia, arranquémosle de la tierra de los vivos y que no se mencione más su nombre! Pero tú, Señor todopoderoso, tú juzgas rectamente y examinas los pensamientos e intenciones. Haz que yo pueda ver tu venganza sobre ellos, porque a ti he confiado mi causa" (Jr 11,18-20).

         El presente texto constituye la 1ª de las confesiones de Jeremías. Se trata de ráfagas de luz que nos permiten adentrarnos en el mundo interior del profeta, a través de las repercusiones personales de su misión. En ese sentido, son un testimonio único en la Biblia.

         Por voluntad del Señor, Jeremías descubre la conjura de sus paisanos de Anatot, que han urdido contra él para quitarle de en medio (v.19). Es difícil precisar las causas históricas, pero esto no impide captar el mensaje fundamental. En la historia de la salvación, las vicisitudes de la vida del profeta son de capital importancia, por el modo con que tuvo que vivirlas.

         Jeremías, víctima inocente, pensando en el peligro que acaba de pasar, se compara con un cordero manso llevado al matadero. Esta imagen, presente también en el canto IV del Siervo de Yahveh (Is 53,7), se utilizará ampliamente para describir al Mesías Sufriente que expía en silencio el pecado del mundo (Jn 1,29; 1Pe 1,19; Ap 5,6).

         Atormentado en el corazón y la mente, el profeta sufre, y se atreve (él, tan humilde) a elevar una oración de venganza, pidiendo a Dios la ley del talión. Como se ve, Jeremías vive su pasión como hombre del AT, y será Jesús, realidad de lo que el profeta figuraba, quien le dé su verdadero sentido.

Al oír a Jesús manifestarse de este modo, algunos afirmaban: "Seguro que éste es el profeta". Otros decían: "Éste es el Mesías". Otros, por el contrario, decían: "¿Acaso va a venir el Mesías de Galilea? ¿No afirma la Escritura que el Mesías tiene que ser de la familia de David y de su mismo pueblo, de Belén". Y surgió entre la gente una discordia por su causa. Algunos querían detenerlo, pero nadie se atrevió a ponerle la mano encima. Los guardias fueron donde estaban los jefes de los sacerdotes y los fariseos, y éstos les preguntaron: "¿Por qué no lo habéis traído?". Los guardias contestaron: "Nadie ha hablado jamás como lo hace este hombre". Los fariseos les replicaron: "¿También vosotros os habéis dejado seducir? ¿No os dais cuenta de que ninguno de nuestros jefes ni los fariseos han creído en él? Lo que ocurre es que esta gente, que no conoce la ley, se halla bajo la maldición". Uno de ellos, Nicodemo, el mismo que en otra ocasión había ido a ver a Jesús, intervino y dijo: "¿Acaso nuestra ley permite condenar a alguien sin haberle oído previamente para saber lo que ha hecho?". Los otros le replicaron: "¿También tú eres de Galilea? Investiga las Escrituras y llegarás a la conclusión de que los profetas jamás han surgido de Galilea". Acabada la discusión, cada uno se marchó a su casa (Jn 7,40-53).

         "Surgió entre la gente una discordia por su causa" (v.43), como escena tomada al vivo. El evangelista nos muestra cómo la gente discute sobre un hombre del que todos hablan, preguntándose si no será el Mesías. Su palabra de autoridad, que fascina incluso a los guardias enviados para arrestarlo (v.46), no podría dejar lugar a dudas. Sin embargo, se esgrimían 2 fuertes argumentos en contra.

         En 1º lugar, Jesús viene de Galilea, y la Escritura dice que "nacería en Belén". En 2º lugar, los jefes del pueblo no ha creído en él, y ¿puede la gente ordinaria tener otro parecer respecto al oficial, respecto a este hombre con pretensiones inauditas?

         Frente a la agitación general, los que ejercen el poder responden con sarcasmo y desprecio, síntomas inequívocos de una reacción desmesurada dictada por el miedo a perder prestigio. Sólo se distingue la valiente voz de Nicodemo (el que vino a ver a Jesús de noche; Jn 3,1), que indica que la misma ley no juzga a nadie antes de haberle escuchado.

         También a Nicodemo se le tacha de ignorante, y bruscamente concluye Juan: "Cada uno se marchó a su casa" (v.53). Algunos lo hacen llevando en el corazón el deseo de conocer más a Jesús; otros, con un rechazo más enconado. Pero la Palabra no calla, pues "todavía no había llegado su hora".

Meditatio

         La palabra de Dios siempre es viva, y presenta temas particularmente impactantes. La confesión dolorosa del profeta Jeremías nos dice hasta qué punto hay que estar dispuestos a padecer por ser fieles a Dios, sirviéndole con corazón recto.

         No menos chocantes son las preguntas sobre la identidad del Mesías que aparecen en el evangelio. Hoy también se nos pregunta, a veces angustiosamente, quién es Jesús. La gente se divide en el modo de pensar y buscar la verdad.

         Muchos "se marchan a su casa" encerrados en la duda o la indiferencia, porque rechazan al único que es capaz de unificar el corazón y los hombres. ¿Y qué decir de las amenazas, persecuciones y condenas de inocentes? Un cuadro oscuro aparece ante nuestros ojos. Sin embargo, siempre existen figuras egregias que, como Nicodemo, desafían la opinión de los poderosos con su indómita pasión por la verdad.

         No fue nada fácil para los contemporáneos de Cristo, por tanto, creer en él. Y por eso debe brotar en nosotros un inmenso agradecimiento hacia los que le reconocieron y siguieron, y con su fe abrieron el camino de la salvación.

         ¿Dónde está hoy Jesucristo? ¿Dónde podremos reconocerlo y seguirle? Quizás sea ésta la única pregunta que nos interese, y nadie puede responder por nosotros. Leer estos textos, confrontándolos con la historia actual, significa adentrarse en la palabra de Dios.

Oratio

         Oh Dios, Padre omnipotente, noche y día te dirigimos la pregunta angustiosa. ¿Hasta cuándo durarán en la tierra tantos males? ¿Hasta cuándo triunfarán los prepotentes y prosperarán los malvados? ¿Hasta cuándo calumniarán al inocente sin que lo defiendas, perecerá el justo sin que le socorras?

         Ábrenos los ojos de la fe, oh Dios, para poder reconocer que tú das sentido a todo, desde el momento en que estás siempre presente al lado de todo ser humano en tu Hijo amado, el Santo, el Inocente, el Cordero manso llevado por nosotros al matadero. Haz que vivamos para él y nos adhiramos a su palabra, en la que creemos y en la que queremos creer con todas nuestras fuerzas.

         Aumenta nuestra fe, oh Dios, y haz que nos mantengamos firmes y perseverantes en la hora en la que el misterio extiende su sombra sobre nuestro corazón amedrentado, hasta que se revele en plenitud tu sabio designio de amor.

Contemplatio

         Alma cristiana, piensa en tu redención y liberación. Saborea la bondad de tu Redentor, incéndiate en el amor de tu Salvador. ¿Dónde está la fuerza de Cristo? Aquí mismo: en que "sus manos destellan su poder, allí está oculta su fuerza" (Hab 3,4). Ahora bien, el poder está en sus manos porque han sido clavadas en los brazos de la cruz.

         ¿Dónde está, pues, la fuerza en tal debilidad? ¿Dónde la grandeza en tal humillación? ¿Dónde el respeto en tal abyección? Hay ciertamente algo desconocido, oculto, en esta debilidad, en esta humillación, en esta abyección. ¡Oh fuerza oculta! Un hombre suspendido en la cruz suspende la muerte eterna a todo el género humano; un hombre clavado al madero desenclava al mundo, condenado a muerte perenne.

         Fue él quien comprendió lo que agradaba al Padre y podía favorecer a los hombres, y libremente lo hizo. Así fue como el Hijo manifestó al Padre una obediencia libre, cuando quiso realizar espontáneamente lo que sabía que agradaría a su Padre. Con este precio, no solamente el hombre queda exonerado de sus faltas la primera vez, sino que también es acogido por Dios cada vez que vuelve a él arrepentido.

         Nuestra deuda ha sido pagada por la cruz, por la cruz con la que nuestro Señor Jesucristo nos ha rescatado. Los que quieren recurrir a esta gracia con auténtico amor se salvan (cf. Anselmo de Aosta, Oraciones y Meditaciones, Madrid 1953, pp. 429-437).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único" (Jn 3,16).

Conclusio

         La condición del cristiano, en la medida en que ser cristiano es resignarse a estar a merced de alguien, es algo singularmente inconfortable. Y tú lo sabes muy bien. En el fondo, lo que temes es, como dices muy bien, que una vez metido el dedo en el engranaje, no se sabe dónde podrás ir a parar.

         Ciertamente, no se nos oculta que lo que impide tener fe a los que no la tienen es eso, como también lo es lo que impide tener más fe a los que ya la tienen.

         Siempre es grave introducir a otro en la propia vida, porque ya no será posible disponer enteramente de uno mismo. Dejar a Jesús entrar en la vida propia encierra un riesgo terrible, y no se sabe hasta dónde nos llevará. Pues bien, la fe es precisamente eso. Jamás se me hará creer que es confortable.

         Tomar en serio a Jesucristo es aceptar en la propia vida la irrupción de lo absoluto del amor, es aceptar el ser arrastrada hacia no se sabe dónde. No obstante, ese riesgo es liberador, porque, después de todo, sabemos bien que sólo deseamos una cosa: ese amor absoluto, que en última instancia nos despoja de nosotros mismos.

         Esto quiere decir, y me parece lo esencial, que la fe no es una manera de acabar con las aventuras de la inteligencia, ni esa tranquilidad que uno se concedería cuando queda aún mucho por buscar. La fe no es una meta, sino un punto de partida. Introduce nuestra inteligencia en la más maravillosa de las aventuras, que es contemplar un día a la Trinidad (cf. Danielou, J; Escándalo de la Verdad, Madrid 1962, pp. 136-137).

 Act: 21/03/26     @tiempo de cuaresma         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A