1 de Mayo

Viernes IV de Pascua

Equipo de Liturgia
Mercabá, 1 mayo 2026

Lectio

En aquellos días, llegado Pablo a Antioquía de Pisidia, decía en la sinagoga: 26 "Hermanos, hijos de la estirpe de Abraham, y los que, sin serlo, teméis a Dios. Es a vosotros a quienes se dirige este mensaje de salvación. 27 Ciertamente, los habitantes de Jerusalén y sus jefes no reconocieron a Jesús, y al condenarlo cumplieron las palabras de los profetas que se leen todos los sábados. 28 Sin haber hallado en él ningún delito que mereciera la muerte, pidieron a Pilato que lo matase. 29 Después de cumplir todo lo que acerca de él estaba escrito, lo bajaron del madero y lo sepultaron. 30 Pero Dios lo resucitó de entre los muertos. 31 Durante muchos días se apareció a los que habían subido con él desde Galilea a Jerusalén, los cuales son ahora sus testigos ante el pueblo. 32 Nosotros os anunciamos la buena noticia: que la promesa hecha a nuestros antepasados 33 Dios nos la ha cumplido a nosotros, sus descendientes, resucitando a Jesús, como está escrito también en el salmo segundo: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy" (Hch 13,26-33).

         En este discurso, su 1º discurso programático, Pablo desarrolla los mismos argumentos de fondo del 1º discurso de Pedro en Pentecostés. Debía ser un esquema habitual en los que anunciaban el evangelio en los ambientes judíos, y éste se resumía en: las antiguas promesas se han cumplido ahora, a pesar del rechazo por parte de los habitantes de Jerusalén, que entregaron a Pilato a un inocente, al que Dios despertó de los muertos.

         Los matices del discurso son distintos, pero la sustancia es la misma: que Jesús, injustamente condenado, ha sido reconocido justo por Dios mediante la resurrección.

         Ésta es la "palabra de salvación", ésta es la "buena nueva", ésta es la realización de la "promesa hecha a nuestros antepasados": que Dios es lo suficientemente fuerte para vencer el mal, incluso el más horrible. Y que Dios dará la salvación a los que crean en su poder, el mismo poder que se manifestó en el acontecimiento pascual de Jesús.

         Hemos de señalar que Pablo fundamenta el anuncio de la resurrección en declaraciones de testigos. Pablo tiene mucho cuidado en no introducirse en el número de estos, con lo que reconoce su papel insustituible. Él es sólo un portavoz de "lo que ha recibido". Con todo, se apresura a añadir: "Y nosotros os anunciamos la buena noticia", introduciéndose en el grupo de los evangelizadores.

         Pablo nos anuncia la palabra de salvación a nosotros, que somos los verdaderos hijos de Abraham (Mt 3,9), los herederos de las promesas (Gál 3,16-29), el verdadero Israel de Dios (Gál 6,16). Lo somos hoy, en este contexto concreto que es el nuestro.

En aquel tiempo, 1 dijo Jesús a sus discípulos: "No os inquietéis. Confiad en Dios y confiad también en mí. 2 En la casa de mi Padre hay lugar para todos. De no ser así, ya os lo habría dicho; ahora voy a prepararos ese lugar. 3 Una vez que me haya ido, y os haya preparado el lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que podáis estar donde voy a estar yo. 4 Vosotros ya sabéis el camino, para ir adonde yo voy". 5 Tomás replicó: "Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo vamos a saber el camino?". 6 Jesús le respondió: "Yo soy el camino, la verdad y la vida, y nadie puede llegar hasta el Padre sino por mí" (Jn 14,1-6).

         Los apóstoles, reunidos en torno a Jesús en el Cenáculo, después del anuncio de la traición de Judas, de las negaciones de Pedro, y de la inminente partida del Maestro, han quedado profundamente afectados. El desconcierto y el miedo han inundado la comunidad. Jesús lee en el rostro de sus discípulos una fuerte turbación, un peligro para la fe, y por eso les anima a que tengan fe en el Padre y en él (v.1).

         Si el Maestro exhorta a sus discípulos a la confianza es porque él está a punto de irse a la casa del Padre. No deben entristecerse, por tanto, por su partida, porque él no los abandona. Más aún, volverá para llevarlos con él (v.3).

         Los apóstoles no comprenden las palabras de Jesús, y Tomás manifiesta su absoluta incomprensión. No saben la meta hacia la que Jesús se dirige, ni el camino para llegar a ella, desde el punto de vista más material. Jesús, en cambio, precisa el medio para entrar en contacto personal con él: "Yo soy el camino, la verdad y la vida" (v.6).

         Esta fórmula de revelación es una de las cumbres más elevadas del misterio de Cristo y de la vida trinitaria. En ella, se deja claro que Jesús es el camino porque es la verdad y la vida. En consecuencia, la meta no es Jesús, sino el Padre, y Jesús es el mediador hacia el Padre. La función mediadora de Jesús hacia el Padre está explicitada por la verdad y por la vida.

         El Señor se vuelve así, para todos los discípulos, en el camino al Padre, por ser la verdad y la vida. Él es el revelador del Padre y conduce a Dios, porque el Padre está presente en él y habla en verdad. Él es el lugar donde se vuelve disponible la salvación para los hombres, y éstos entran en comunión con Dios.

Meditatio

         Jesús también me dice a mí hoy: "No te inquietes". Tú sabías, Señor, que también había de llegar para mí el momento de la inquietud y la turbación. Para mí y para tantos otros como yo.

         ¿Cómo es posible que haya tantos odios y venganzas, tanta corrupción e indiferencia, tanta hambre de dinero y de poder, tanta violencia y tanta prepotencia? Fíjate, Señor, cómo nuestras ciudades se han vuelto semejantes a Sodoma y Gomorra. ¿Cómo es posible no sentirse inquieto?

         Jesús responde a mi inquietud asegurándome que también "hay un lugar para mí": allí donde está él, un lugar preparado para quien, a pesar de la inquietud, persevera con él en las pruebas y en la tormenta.

         En definitiva, también en el s. XXI sigue siendo Jesús el camino, la verdad y la vida. Con él es como podemos y debemos atravesar los ciclones de la avidez, la sensualidad sin límites, y los vientos gélidos de la injusticia y del cinismo.

         Todas las fuerzas que nos desvían, o todas las tendencias arrolladoras que nos exigen estar firmemente aferrados a ellas, ¿quieren llevarte por otros caminos? Acuérdate de que él es el camino. ¿Quieren indicarte soluciones más adelantadas, más dignas del III milenio? Acuérdate de que él es la verdad. ¿Quieren enseñarte cómo vivir de un modo más intenso y libre? Acuérdate de que él es la vida. Acuérdate de que con él puedes iniciar una reconstrucción real, aunque no fácil.

Oratio

         Sostén, Señor, mi corazón vacilante. Tú mismo ves lo difícil que es no quedar preso del asombro en este mundo, que parece haber olvidado que tú has venido a nosotros.

         Tú mismo estás viendo cómo estamos destruyendo, en unos pocos decenios, un patrimonio espiritual acumulado durante siglos, mediante un tenaz trabajo misionero y pastoral. Tú mismo estás viendo cómo envejecen tus fieles, sin que lleguen demasiados refuerzos. Tú ves cómo disminuye la práctica religiosa y el número de vocaciones, y cómo se disgrega la familia.

         Sostén, Señor, mi fe vacilante, porque no quiero abandonarte a ti, que eres todo para mí. Sostén esta débil esperanza mía, que quisiera ver el III milenio iluminado por tu verdad. Sostén la cada vez menos vívida llama del amor por mis hermanos, a los que quisiera hacer el supremo regalo de dar testimonio de ti como el único que pone en contacto con el Dios vivo y verdadero.

         Haz, Señor, que las palabras que dijiste a Tomás venzan todo mi desánimo, y triunfen sobre mi debilidad. Estoy seguro de que eres tú quien tiene la última palabra. A ti, Señor, me acojo, mas "no quede yo avergonzado para siempre" (Sal 71,1).

Contemplatio

         Mediante la continua invocación, y el continuo recuerdo de nuestro Señor Jesucristo, se implanta en nuestra mente una especie de divina tranquilidad, siempre que no olvidemos la oración continua dirigida a él, la sobriedad sin tregua y la obra de la vigilancia.

         En verdad, intentamos realizar siempre del mismo modo, y de una manera propia, la invocación a Jesucristo con un corazón ferviente, de modo que podamos tener parte y gustar el santo nombre de Jesús. No obstante, es la continuidad, tanto para la virtud como para el vicio, la madre de la costumbre, y la costumbre tiene la misma fuerza que la naturaleza.

         La mente que llega a semejante tranquilidad persigue, a continuación, a los enemigos, como el perro que caza las liebres en el bosquecillo. El perro, para devorarlas, y la mente para aniquilarlos (cf. San Hesiquio, Sobre la Sobriedad, 98).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Jn 14,6).

Conclusio

         Nadie escapa a la posibilidad de ser herido. Es más, todos somos personas heridas, física, psicológica, mental y espiritualmente. La pregunta principal no es, por tanto, ¿cómo podemos esconder nuestras heridas? (a fin de que no nos resulten embarazosas), sino ¿cómo podemos poner nuestras heridas al servicio de los demás?

         Cuando las heridas dejan de ser una fuente de vergüenza, y se vuelven fuente de curación, nos convertimos en curadores heridos.

         Jesús es el curador herido de Dios. Por medio de sus heridas, él nos ha sanado de nuevo. El sufrimiento y la muerte de Jesús han traído consigo alegría y vida. Su humillación ha traído gloria, y su rechazo ha traído una comunidad de amor.

         Como seguidores de Jesús, también nosotros podemos hacer que nuestras heridas traigan curación a los demás (cf. Nouwen, H; Pan para el Viaje, Brescia 1997, p. 207).

 Act: 01/05/26     @tiempo de pascua         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A