4 de Junio
Jueves IX Ordinario
Equipo de Liturgia
Mercabá, 4 junio 2026
Lectio
Querido hermano, 8 acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David. Hazlo según el evangelio que yo anuncio, 9 por el cual sufro hasta verme encadenado como malhechor, aunque la palabra de Dios no esté encadenada. 10 Todo lo soporto por amor a los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación de Jesucristo y la gloria eterna. 11 Es doctrina segura: si con él morimos, viviremos con él; 12 si con él sufrimos, reinaremos con él; si lo negamos, también él nos negará; 13 si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo. 14 Recuerda estas cosas y ordena, en nombre de Dios, que nadie se enzarce en discusiones vanas, que no sirven para nada sino para perdición de los que escuchan. 15 Cuida de presentarte ante Dios como un hombre probado, como un obrero que no tiene de qué avergonzarse, como fiel pregonero del mensaje de la verdad (2Tm 2, 8-15).
La vida del cristiano es una participación renovada en la muerte y en la vida gloriosa del Señor, es sufrir y resurgir a una vida nueva en Aquel en quien creemos. Así lo vivió Pablo, encadenado por el evangelio "como malhechor" (v.9), aunque también seguro de reinar con él (v.12).
En 1º lugar, los sufrimientos del cristiano participan del valor redentor de los sufrimientos de Cristo, y son instrumento de salvación en la medida en que el cristiano (como le gusta decir a Pablo) sufre por Cristo y muere con él (vv.11.12).
Desde el momento en que el Hijo del Eterno murió en la cruz, ya no hay sufrimiento terreno que sea inútil, ni creyente que no se sienta responsable de la salvación de los demás. Así, la comunión en la cruz es lo que da la fuerza para soportarlo todo por los hermanos, "para que ellos también alcancen la salvación de Jesucristo y la gloria eterna" (v.10).
En 2º lugar, la vida del cristiano es una existencia pascual, gracias a la memoria de la resurrección de Jesús (v.8) y a la profecía de su propia resurrección (v.11). Es una existencia que proclama la fidelidad del Eterno, mayor que cualquier infidelidad humana (v.13). Por eso el cristiano no se enzarza en "discusiones vanas" (v.14), ni se avergüenza de la palabra que debe anunciar, porque es palabra de la verdad y "nunca podrá ser encadenada" (v.9).
En aquel tiempo, 28 un maestro de la ley que había oído la discusión, y había observado lo bien que Jesús había respondido a los saduceos, se acercó y le preguntó: "Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante?". 29 Jesús contestó: "El más importante es éste: Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor. 30 Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. 31 El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento más importante que éstos". 32 El maestro de la ley le dijo: "Muy bien, maestro. Tienes razón al afirmar que Dios es único y que no hay otro fuera de él, 33 y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios". 34 Jesús, viendo que había hablado con sensatez, le dijo: "No estás lejos del reino de Dios". Y nadie se atrevió a seguir preguntándole (Mc 12, 28-34).
El tono de la pregunta del maestro de la ley, a diferencia de Mateo y Lucas, no es aquí (en Marcos) ni polémico ni tendencioso, sino simplemente teórico y escolar, sin trampas más o menos escondidas. Al contrario, parece darse un reconocimiento recíproco de la exactitud y del carácter pertinente de las respuestas, por parte de cada uno de los interlocutores.
La cuestión planteada era en aquellos tiempos una pregunta clásica y debatida con frecuencia, y tampoco era nueva del todo la respuesta de Jesús. En realidad, se trata de la cuestión central para él y para todo creyente, y la pregunta a la que Jesús intentará responder con toda su vida.
Jesús le brinda al maestro de la ley, interlocutor leal, una respuesta precisa y rigurosamente bíblica. Y no sólo por las referencias a Dt 6,4 y Lv 19,18, sino porque sólo es posible entenderla dentro de la revelación, según la cual nuestro amor a Dios y al prójimo supone un hecho precedente y fundador: el amor de Dios por nosotros.
Este es el dato que precede a cualquier otro, el origen y la medida del amor humano. Si éste nace del amor divino, debe medirse sobre la base del mismo, amando a toda la humanidad y a cada hombre sin distinción y con toda nuestra propia humanidad. Es decir, con corazón, mente y voluntad.
De todos modos, Marcos no se contenta con estas especificaciones, sino que introduce en su texto otras 2 importantes notas particulares:
-una observación polémica sobre el culto (v.32),
que recupera la antigua batalla de los profetas contra el ritualismo embarazoso
que separa la oración del amor;
-la afirmación del monoteísmo (vv.29.32), en
abierta polémica con el ambiente pagano en que vivía la comunidad de Marcos, y
destinada a dejar bien sentado que sólo de Dios (es decir, de haber
puesto a Dios en el centro de su vida) puede venirle la libertad al hombre.
Meditatio
Dios creó al hombre a su semejanza, le dio un corazón capaz de dejarse amar y de amar a su vez. Pero no sólo le hizo capaz de amar a su manera (divina), ni se contentó con verter su benevolencia en el ser humano haciéndolo amable, sino que activó en él una capacidad afectiva que no es ya sólo humana. Este es el signo más grande del amor de Dios hacia el hombre, el de un Creador que no se ha guardado celosamente su poder de amar, sino que lo ha compartido con la criatura.
Dios no hubiera podido amar más al hombre, y ésta es la razón de que éste sea el primer y más importante mandamiento (o por mejor decirlo, el don más grande).
Si el amor a Dios vale más que todos los holocaustos y sacrificios, eso significa que el hombre lleva a cabo la mayor experiencia del amor divino cuando ama a la manera de Dios, porque sólo entonces puede descubrir cómo ha sido amado por el Eterno, hasta el punto de haber sido hecho capaz de amar a su manera.
En esta línea es en la que invita Pablo a Timoteo a sufrir y a morir con Cristo, por la salvación de los hermanos. Sobre todo, porque no se consuma sólo la comunión redentora de la cruz, sino que se plasma el misterio sorprendente de la comunión de Dios con el hombre, del amor divino con el amor humano.
Gracias a esta comunión, el amor de Dios se hace presente y visible en esta tierra. Más aún, Dios mismo es amado en un rostro humano, y el corazón de carne produce ya desde ahora latidos eternos.
Oratio
Dios del amor, tú eres el Señor y el Maestro, sólo tú tienes las palabras de la vida y puedes revelar al hombre su verdad y su dignidad. Todos quisiéramos saber qué es importante en la vida, para no correr en vano. Si te preguntamos es porque tú eres amor y sólo el amor conoce la verdad y no se la guarda para sí.
Concédenos comprender, Señor, que la grandeza del hombre está en el amor, en la certeza de ser amado (desde siempre, por el Señor del cielo y de la tierra) y en la certeza de poder amar al Creador junto con sus criaturas. En esto consiste la grandeza humana, y ésta es humana y divina a la vez.
Este amor divino es mandamiento, pero sobre todo es don. Es reposo y felicidad para el alma, pero también lucha contra el egoísmo y la desesperación. Es la verdad de donde nace la libertad, la libertad de depender en todo de aquél a quien amamos y a quien estamos llamados a amar.
Concédeme, Padre, esta libertad. Concédeme la libertad de entregarte mi vida para que tú la conviertas en un evangelio, historia y providencia de amor para muchos hermanos. Concédeme la libertad de amarte a ti y a todos con el corazón del Hijo, hasta la cruz.
Contemplatio
Si Cristo vino fue, sobre todo, para que el hombre supiera cuánto le ama Dios, y lo aprendiera para encenderse más en el amor de quien lo amó antes, y para amar al prójimo según la voluntad y el ejemplo de quien se hizo próximo prefiriendo no a los que estaban cerca de él, sino a los que vagaban lejos.
Toda la Escritura divina fue escrita para preanunciar la venida del Señor, y cualquier cosa que haya sido transmitida después con las cartas, y confirmada con la autoridad divina, habla de Cristo e invita al amor. No sólo toda la ley y los profetas, sino toda la Sagrada Escritura.
Los dos preceptos de amor a Dios y al prójimo han sido establecidos para la salvación, así como los volúmenes de las divinas Escrituras confiados a la memoria. Por ello, en el AT está oculto el NT, y en el NT está la revelación del AT.
Según esta ocultación, los hombres materiales, que entienden sólo de modo material, han estado sometidos por el temor al castigo. En cambio, los hombres espirituales, que entienden de manera espiritual, recibieron la revelación de las cosas ocultas y han sido liberados por la caridad entregada.
Ya que nada es más hostil a la caridad que la envidia, y la soberbia es madre de la envidia, el Señor Jesucristo es la prueba del amor divino por nosotros, y el ejemplo de humana humildad entre nosotros. Lo es a fin de que nuestro mayor mal sea sanado por la medicina contraria, que es aún más grande.
Gran miseria es el hombre soberbio, y gran noticia es la misericordia del Dios humilde. Pongamos como fin este amor, refiramos a él todo lo que digamos, contemos todas las cosas de manera que la persona a la que hablamos crea al escuchar, espere al creer y ame al esperar (cf. San Agustín, Catequización de Bárbaros, IV, 8-11).
Actio
Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Si con él morimos, viviremos con él" (2Tm 2,11).
Conclusio
Al envejecer nos damos cuenta de inmediato de que todo se reduce a poquísimas certezas. Para mí, estas certezas son tres: que el Eterno es amor, que somos amados, que somos libres. Ojalá consiguiera comunicar estas tres certezas, en particular la certeza de que esta misteriosa libertad que hay en nosotros no tiene otra razón de ser que hacernos capaces de responder al Amor con el amor.
La estupenda belleza de la libertad no consiste en el hecho de hacernos "libres de", sino "libres para". En concreto, para amar y para ser amados. No, el infierno no son los otros, sino que es la soledad de quien, absurdamente, ha pretendido ser autosuficiente.
Hay gente que me pregunta: ¿Por qué venimos al mundo? Y yo me limito a responder: Para aprender a amar. Sí, estamos destinados a encontrar el amor, cuya hambre se hace sentir en forma de vacío dentro de nosotros.
Podemos plantearnos un montón de preguntas, tales como: ¿Por qué tantas imperfecciones y sufrimientos? Si tenemos la certeza de que el Eterno es amor, y de que somos amados, y de que somos libres para poder responder al Amor con el amor, todo lo demás no es más que un "a pesar de todo" (cf. Pierre, A; Testamento, Milán 1994, p. 75).
Act:
04/06/26
@tiempo
ordinario
E D I T O R I
A L
M
E
R C A B A
M U R C I A
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