2 de Junio

Martes IX Ordinario

Equipo de Liturgia
Mercabá, 2 junio 2026

Lectio

Hermanos, 12 esperad y apresurad la venida del día de Dios, en que los cielos se desintegrarán y los elementos del mundo se derretirán abrasados. 13 Nosotros, sin embargo, según la promesa de Dios, esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva, en la que habite la justicia. 14 Queridos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad vivir en paz con Dios, limpios e irreprochables ante él, 15 considerando como salvación la paciencia de nuestro Señor. 17 Puesto que conocéis esto de antemano, manteneos en guardia, para que no os arrastre el error de los malvados y se derrumbe vuestra fortaleza. 18 Creced en gracia y conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él la gloria ahora y por siempre (2Pe 3,12-15.17-18).

         El fragmento de hoy es una reflexión sobre el estado del cristiano que "espera la venida del día de Dios" (v.12), día de Dios por excelencia. Con ello, Pedro pretende recordar a los creyentes el objeto y el sentido de esta espera. En 1º lugar, lo que esperamos son "unos cielos nuevos y una tierra nueva" (Is 65,17; 66,22), en los que se manifestará Cristo y se manifestará en todos los ámbitos el proyecto de Dios, que ahora es sólo un deseo.

         Ahora bien, esta espera es algo completamente distinto a una espera pasiva. Quien vive ya desde ahora en medio de la piedad y la santidad puede apresurar incluso la venida del día del Señor, puesto que realiza ya en esta tierra, en la pequeñez de su historia, lo que será la justicia típica del día de Dios. Por eso define Pedro a sus destinatarios como limpios, como las "víctimas ofrecidas a Dios" en el culto del AT, "irreprochables ante él" y "en paz con Dios" (v.14), como ocurrirá en el domingo sin ocaso de la vida futura.

         En estas circunstancias, se vuelve secundario el problema del cuándo vendrá este "día de Dios". Lo que cuenta es la magnanimidad del Señor, que organiza los tiempos y la historia siguiendo una amorosa perspectiva de salvación. Ese designio es desconocido para los impíos, mientras que es objeto de conocimiento progresivo por parte del creyente.

         El creyente sabe que aún tiene que seguir descubriendo a Cristo hasta la manifestación completa del día del Señor. A él sea la gloria, ahora y tal como aparecerá en aquel día. El amén final indica que el escrito debe ser leído en la asamblea dominical de los cristianos.

Los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos 13 le enviaron unos fariseos y unos herodianos con el fin de cazar a Jesús en alguna palabra. 14 Llegaron y le dijeron: "Maestro, sabemos que eres sincero y que no te dejas influir por nadie, que no miras la condición de las personas y que enseñas con verdad el camino de Dios. ¿Estamos obligados a pagar tributo al césar o no? ¿Lo pagamos o no lo pagamos?". 15 Dándose cuenta de su mala intención, Jesús les contestó: "¿Por qué me ponéis a prueba? Traedme una moneda para que la vea". 16 Se la llevaron, y Jesús les preguntó: "¿De quién es esta imagen y esta inscripción?". Le contestaron: "Del césar". 17 Jesús les dijo: "Pues dad al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios". Esta respuesta les dejó asombrados (Mc 12,13-17).

         En el centro del evangelio de hoy figura una pregunta hipócrita. Los herodianos y los fariseos no buscan ninguna respuesta, sino poner a Jesús en una situación embarazosa, hacerlo odioso ante la autoridad romana y la muchedumbre. La respuesta de Jesús, sin embargo, evita la trampa de la rígida alternativa, y aprovecha la pregunta para brindar un criterio decisivo para la vida cristiana.

         Dios y el césar no se contraponen entre sí, ni se encuentran en el mismo plano. Existe un primado de Dios, pero que no priva al estado de sus derechos. En virtud de este principio, el cristiano aprende a obedecer no sólo a Dios, sino también a los hombres, porque la raíz de toda autoridad deriva en última instancia del Eterno. De este principio dimana la libertad de conciencia, al amparo de toda idolatría del poder y acogiendo la respectiva soberanía de la Iglesia y del estado.

         Esta respuesta "les dejó asombrados" (v.17), y los que antes querían cazarlo en alguna palabra quedan asombrados ahora por el mensaje de libertad contenido en las palabras de Jesús.

Meditatio

         Esperar y apresurar el día del Señor. Dar a Dios y al césar lo que le corresponde a cada uno. En estas imágenes encontramos descrita la vida del cristiano, como acontecimiento de espera, anuncio de que el Esposo no ha llegado todavía y nostalgia de un amor más grande que todo afecto humano (como un deseo extinguido).

         El creyente vive y celebra cada día como día del Señor, indica en él la presencia misteriosa del Esposo, expresa la alegría del encuentro con él, del deseo inextinguible. Algo así como una espera que se realiza, y se vuelve cada vez más intensa, y acelera en cierto modo la venida del Señor.

         El cristiano no se evade del mundo ni de la historia, sino que está bien implantado en ellos. Lo está para indicarle al mundo lo que hay en él de Dios y que debe volver a él. Lo está para recordar que el corazón humano pertenece al Altísimo, y que sólo en él encuentra la paz, y que lo que es corruptible ha de ser abandonado, y que lo que es bello pasa.

         El cristiano tiene esa actitud ante el mundo, pero por desprecio a lo humano sino para darle a todas las realidades su justo peso, y mantener viva la esperanza del "día de Dios", en el que todo lo terreno (afectos y esperanzas, debilidades y angustias...) se fundirá en el fuego del amor eterno, y habrá "unos cielos nuevos y una tierra nueva".

Oratio

         Señor, Dios de la historia, eterno sin tiempo, te alabo porque has creado también nuestra historia y nuestro tiempo. Ambos te pertenecen y están repletos de ti. De ti proceden y a ti deben volver, del mismo modo que nuestra persona, con todo lo más humano que posee, como el deseo de vivir y de amar.

         Cuando llevamos a cabo tal recorrido y confesamos que tú eres la fuente y el término de lo que somos y tenemos, nuestro tiempo entra en tu eternidad y nuestra historia se convierte en historia de salvación, al tiempo que la vida celebra tu soberanía y la muerte es como una vuelta a casa.

         Perdóname, Señor, tú que haces nuevas todas las cosas. Perdóname por todas las veces que he pretendido apropiarme de mi tiempo y no he sabido esperar la novedad de tu día. Perdóname por todas las veces que no he sabido reconocer tu imagen en las cosas y he dirigido hacia mí lo que hubiera debido devolverte.

         En esas ocasiones, en vez de soñar con "unos cielos nuevos y una tierra nueva", y reconocer el alborear de tu día, he preferido ilusiones inmediatas y satisfacciones más seguras en apariencia, gustos y sabores ya conocidos y ya viejos. Lo he preferido, sí, para encontrar un final al aburrimiento y frustración, o ese regusto doloroso del placer que se repite por inercia, tristemente semejante a sí mismo.

         Maestro, "tú que eres sincero" enséñame a esperar el día de Dios y, mientras lo espero, a "dar a Dios lo que es de Dios". Por ejemplo, todos los latidos de mi corazón, y cada aliento de mi vida.

Contemplatio

         También tú, si enciendes el candil, y si recurres a la iluminación del Espíritu Santo, y ves la luz en la luz, encontrarás la dracma en ti. La encontrarás porque ya que ha sido puesta en ti la imagen del Rey celestial.

         Cuando Dios hizo al hombre, lo hizo "a su imagen y semejanza", y puso esta imagen dentro de él. El Hijo de Dios es el pintor de esta imagen, y puesto que el pintor es tal y tan grande, su imagen puede ser oscurecida por la desidia, pero no cancelada por la maldad. En efecto, la imagen de Dios permanece siempre, aunque le sobrepongas la imagen de lo terreno (cf. Orígenes, Homilías del Génesis, XIII, 4).

Actio

         Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: "Nosotros esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva" (2Pe 3,13).

Conclusio

         Dios de todos los nombres y de todos los pueblos, Padre nuestro, Señor de la historia, Señor del amor, alfa y omega de los tiempos, te hablo en nombre de los perdedores, de parte de los que ya ni siquiera tienen nombre. Te hablo de parte de aquellos que ni siquiera representan una cifra en las frías estadísticas.

         Amo, oh Dios, las alegrías del fotón, del tiempo y del espacio. Amo la lente que lanza su insistente mirada al universo, amo la magia sagrada que alivia el dolor y difiere la muerte, amo las manos de quien penetra en el misterio mismo de la vida. Amo la forma, el sonido, el color, amo el don de la palabra que has puesto en mi boca. No obstante, ya te hablarán otros de la alegría del arte y de la magia de la ciencia.

         Yo te hablo del dolor. Te hablo del hambre, oh Dios, y de la muerte. Te hablo de parte de quienes sembraron sueños y han muerto con un bocado de esperanza amarga en la garganta. Te hablo de parte del que resiste en medio de la noche. Te hablo, oh Dios, de los que velan.

         Desde aquí saludo los tiempos venideros. Saludo el tiempo en el que por fin encuentre las manos que construyan contigo "un cielo nuevo y una tierra nueva". Manos nuevas para poblar el mundo de colores (cf. Najlis, poetisa nicaragüense).

 Act: 02/06/26     @tiempo ordinario         E D I T O R I A L    M E R C A B A    M U R C I A